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El estancamiento del XIX

El XIX comenzó con el gran protagonismo de la resistencia andaluza ante la invasión napoleónica, que tuvo su episodio más conocido en la batalla de Bailén (1808). Muchos andaluces se distinguieron también por su lucha contra el absolutismo: en la ciudad de Cádiz, convertida en sede de las Cortes durante la ocupación, se aprobó en 1812 la primera Constitución española, primer intento de poner fin al Antiguo Régimen.

Durante las décadas siguientes, mientras muchas zonas de Europa iniciaban ya su despegue industrial, el desarrollo andaluz se vio obstaculizado por el mal reparto de la tierra –un problema que en muchos casos se remontaba a la distribución realizada por los conquistadores castellanos siglos atrás– y la falta de iniciativa de las clases sociales que podían protagonizar el cambio económico. Estos sectores se beneficiaron de la liberalización de los cuantiosos bienes ociosos de la Iglesia, pero, lejos de invertir sus ganancias en crear industrias, acentuaron el latifundismo y las desigualdades.

Corrida Groyesca
 

Algunas tentativas de industrialización surgidas en las provincias de Málaga y Sevilla fracasaron ante la falta de apoyo del Estado. Por el contrario, en zonas mineras como Riotinto (Huelva) se alentaron modos de producción coloniales a cargo de grandes compañías británicas. A este negro panorama económico, sólo contrarrestado por las exportaciones de vino y aceite, se añadió la repercusión de los procesos de independencia en la América española, que privaron a Andalucía de la influencia y los recursos comerciales de siglos anteriores.

Todas estas circunstancias explican los conflictos sociales que se produjeron en la región durante la segunda mitad del XIX, así como el radicalismo alcanzado por el movimiento obrero anarquista y el auge de las ideas federalistas y republicanas. Un andaluz de Almería, Nicolás Salmerón, presidió la Primera República Española, proclamada tras la revolución que obligó a salir del país a la reina Isabel II.

Es precisamente en esas décadas críticas cuando los viajeros románticos europeos comienzan a construir una imagen exótica y orientalizante que dará lugar a no pocos estereotipos. Surge así la Andalucía de los bandoleros generosos y los toreros valientes, de Carmen y don Juan Tenorio, del flamenco y los toros, de la Semana Santa y las romerías, de la fiesta y de la siesta; unos tópicos que incluso se han difundido como la quintaesencia de lo español y que aún hoy mantienen su fuerza.

 

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