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Un día, cuando iba
para su casa, vio a lo lejos una cosa en las ramas de un olivo. Parecía que
se movía pero no podía adivinar de qué se trataba porque estaba todavía un
poco lejos. Al principio pues, no sabía lo que era. Al fin, cuando se acercó lo bastante,
descubrió que era un águila. Se aproximó a ella muy despacio y con mucho
cuidado la cogió entre sus manos. Al ver que apenas se movía, supo que
estaba malherida y se fue corriendo hacía su casa. Allí su mujer le tenía
la comida preparada. Pero Andrés entró y sin apenas saludarla, fue
corriendo al armario del botiquín para poder curar al águila. La mujer lo
siguió y cuando vio el estado en el que se encontraba el águila, estuvo a
punto de desmayarse. Sólo cuando la terminaron de curar fueron a comer.
Cuando todo se calmó, mientras los dos comían, le contó todo lo que había
ocurrido.
Al día siguiente
Andrés dejó el águila con su mujer y se fue a trabajar al campo como todos
los días. Era una señora: baja, ojos azules, rubia y cuerpo atlético.
María, que así se llamaba, se quedó en la casa cuidándola. Andrés, mientras
trabajaba en el campo, no dejaba de pensar en el águila. Cuando acabó su
jornada de trabajo, cogió el coche y se fue directamente a su casa. Y así
un día y otro.
Pasaron los días
y el águila aunque se sentía a gusto con ellos parecía un poco triste, daba
la impresión de que echaba de menos a su familia. Así que Andrés habló con
su mujer. Aunque los dos la querían comprendían que para ella era mejor
volver con su familia de verdad. Entonces decidieron darle la libertad.
Pero antes tenían que probar si podía volar. Así que se fueron al campo y
desde lo alto de una pequeña colina la echaron a volar. Era increíble
pero... ¡ya podía volar!
El animal remontó
el vuelo y comenzó a revolotear una y otra vez por encima de Andrés y
María. Era su forma de darles
las gracias y demostrarles su agradecimiento. Estuvo así durante unos
minutos hasta que finalmente se alejó y desapareció por el horizonte. Los
dos esposos regresaron a su casa un poco tristes porque ya no volverían a
ver al águila , pero contentos porque habían hecho lo que debían.
Y así termina el cuento, que quiere enseñarnos esto:
“LOS ANIMALES DEBEN VIVIR EN
LIBERTAD. POR MUY BIEN QUE LOS CUIDEMOS,
ELLOS PREFIEREN ESTAR CON SU
FAMILIA DE VERDAD.”
JOSÉ ANTONIO CARO MARTÍNEZ 6º B
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