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Y en los patios
suelen ocurrir un montón de cosas, un montón de historias, porque cuando
los niños están en el patio de un colegio, saben que lo fundamental es
divertirse. Aunque hay algunos que no piensan así...
Ocurrió que uno de
los niños, al que no habían elegido para jugar al fútbol, se enfadó
muchísimo. Se enfadó tanto, tanto que decidió que si él no jugaba al
fútbol, ninguno de los niños lo haría. Y pensó y pensó y siguió pensando,
hasta que se le ocurrió un método muy malvado para vengarse.
Empezó por decirle
a otro niño que el balón de fútbol estaba embrujado, que había oído que un
mago muy poderoso le había echado una maldición. Este niño, alucinado con
la historia, se la contó a otro, pero añadiendo sus propios detalles: el
mago era una bruja que no le gustaba que los niños se divirtieran y la
maldición consistía en que el niño que jugara con ese balón se contagiaría
de una increíble mala suerte. Ese niño se lo contó a otros dos niños, que a
su vez se lo contaron a otros niños por todo el patio. Y cada uno de ellos
hacía su propia versión de la historia, aunque en el fondo coincidían en lo
mismo: el balón estaba embrujado y quien jugara con él quedaría maldito.
Al principio, los
niños que jugaban al fútbol no hacían caso de los otros niños, que habían
oído por aquí y por allá que el balón estaba embrujado. Sin embargo, cuando
los que jugaban al fútbol vieron que cada vez venían más y más niños a
contar la misma historia, empezaron a creer que podía ser verdad.
Cuando preguntaban
a los niños quién se lo había contado, ellos no sabían qué decirles: eran
tantos los que se lo habían contado a otros, que al final nadie sabía dónde
había nacido la historia. El caso es que todos los niños del patio estaban
convencidos de que el balón estaba embrujado, así que nadie debía jugar con
él.
Poco a poco, los
que jugaban al fútbol fueron encontrando excusas para no jugar. El niño
malvado, que había dicho la mentira, veía divertido como todos los demás
huían del balón. Nadie quería ni tocarlo, hasta que ninguno quiso jugar al
fútbol y se fueron, dejando el campo vacío con el balón maldito en medio.
Al siguiente día
sonó el timbre del recreo y los niños salieron a jugar. Jugaban al
escondite, a las carreras, al baloncesto, a las canicas... Sin embargo,
aunque todos tenían muchas ganas de jugar al fútbol, ninguno se atrevía a
tocar el balón porque seguían creyendo que tenía una maldición y nadie
quería embrujarse.
El niño malvado
vio la oportunidad para terminar su venganza. Se acercó lentamente al balón
mientras todos los niños le gritaban que no lo hiciera o le ocurriría algo
malo, pero como él sabía que era una mentira lo de la maldición, siguió
acercándose hasta que lo cogió con las manos.
Todos los niños
gritaron a la vez y echaron a correr. Pero como él creía que era una farsa
lo cogió con sus propias manos. Al principio no notaba nada pero minutos
después la mala suerte se apoderó de él: iba a beber y se mojaba todo,
corría y se caía, nadie quería jugar con él, etc. Se dio cuenta de que tenía
muy mala suerte.
Pasaban los días y
nadie quería ni mirar el balón aunque en el fondo todos estaban ansiosos
por jugar con él. Entonces al “niño prodigio”, como lo
llamaban, se le ocurrió la feliz idea: ¡tirad ese balón y comprad otro
nuevo!
Al día siguiente
todos estaban felices y contentos jugando al balón menos el niño que había
inventado la historia del balón embrujado. Ya no se atrevía a jugar con el
balón por si acaso y los niños con él tampoco.
Y es que.... ¡¡¡
LA MENTIRA NO CONDUCE A NADA BUENO!!!
ÁFRICA OSUNA SEGURA 6º A
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