Cuentos del Cole

   

¡NUNCA DEBÍ DESCUBRIRLO!

 

Mari Carmen Osuna Fernández

C.E.I.P. “Santa Teresa” Estepa (Sevilla)

 

            Era el primer día de las vacaciones de verano. Yo estaba sentado en la butaca que hay debajo del reloj. Mi madre llegó y con una sonrisa me dijo: 

-Hijo, vamos a ir a Inglaterra.

Era algo con lo que había estado soñando durante mucho tiempo; todas esas calles llenas de carruajes de caballos, el paisaje nevado derritiéndose ... Ella prosiguió:

 -Tu tío me ha llamado y me ha dicho que podemos ir con él a pasar las vacaciones.

 

 

 

 

 

 

De repente se me quitó la sonrisa de la cara, conocía a mi tío y sabía que no era tan amable. Si nos había invitado era por algo, algo que aún ahora no entiendo bien.

Al día siguiente hicimos las maletas y nos pusimos en camino. Cuando bajé no podía creer lo que veía: era una ciudad preciosa, con altas torres y en una de ellas un enorme reloj. Habían un montón de carruajes que pasaban de un lado al otro. A lo lejos vi un carruaje de caballos que se acercaba, ¡era mi tío! Se bajó y nos saludó. Nos invitó a subir, decía que el camino a su casa era largo y que ya que tenía el carruaje era una lástima ir andando. Estuvimos hablando sobre mis notas y lo que debía hacer para mejorarlas, puesto que no fueron muy buenas. Llegamos y bajé de la carroza, mi madre y mi tío bajaron un rato después. Pasamos dentro de la casa. Era enorme: tenía dos salones, una cocina, un salón de baile y una sala de reuniones. Subimos a la planta superior: En ella había seis habitaciones, cada una con su dormitorio y su baño. Mi tío nos mostró nuestras habitaciones. El dormitorio era muy grande. Cuando estaba deshaciendo las maletas mi tío nos llamó. Mi madre que también estaba bajó delante mía.

-Os quiero presentar a Melisa, es la cocinera de la casa- dijo mi tío con una sonrisa- y éste es Juan, el mayordomo.

Cuando nos disponíamos a subir otra vez mi tío nos rogó que nos quedáramos puesto que ya estaba la cena. Después de cenar fui a mi habitación, tenía mucho sueño. Llevaba ya un rato durmiendo cuando me desperté, tenía mucha sed. Baje a la cocina y observé que la puerta de la sala de reuniones estaba encajada e iluminada por un candil. Eran la una y veinte de la madrugada. ¡Todos tenían que estar dormidos! Me picó la curiosidad y me asomé. Mi tío estaba hablando con alguien, un señor con el pelo gris y los ojos negros. Hablaban sobre algo..., algo siniestro. Si no recuerdo mal estaban hablando sobre un asesinato. Yo escuchaba:

-Señor Fernández ¿seguro que no se echara atrás, verdad?

- A propósito ¿ha encontrado ha alguien? – preguntó el otro hombre.

-Sí, mi sobrino y su madre. Mañana iremos a por ellos mientras estén durmiendo, luego echaremos los dos cuerpos al río como hicimos con su padre.

            No, no podía creer lo que estaba escuchando. Esa era la razón de su inesperada invitación. Se me cayó el vaso al suelo, mi tío y su acompañante se asomaron alumbrando con el candil. Me vieron pasar, pero al no haber más velas alumbrando y al estar la puerta entreabierta supongo que creyeron que era un gato. Subí a mi dormitorio. No podía dormir. En la cabeza seguía oyendo aquellas palabras: “mañana iremos a por ellos como hicimos con su padre”.

A la mañana siguiente mi tío nos presentó al señor Pierg, un compañero de negocios. “Con él hablo anoche” pensé. Fui a darme una vuelta mientras aquellas palabras seguían repitiéndose en mi cabeza. Tenía que hacer algo, no podía quedarme de brazos cruzados. Cuando regresé ya estaba la cena preparada.

-Llegas justo a tiempo- dijo mi madre llevándome hasta el comedor.

Allí estaban sentados: mi tío Duck y el señor al que había conocido por la mañana. Después de cenar mi madre y yo subimos a mi habitación. Tartamudeando se lo conté todo. Empezó a llorar y mientras la tranquilizaba le conté el plan que había tramado durante todo el día.

-¡Bien, lo haremos!- dijo entre lágrimas.

Nos mantuvimos despiertos, cada uno en su cuarto. A las dos y diez oí que alguien entraba. Yo estaba escondido detrás de la puerta al igual que mi madre, cuando se adentró lo suficiente lo empujé y cerré la puerta con llave. Mi madre me siguió. Corrimos los dos escalera a bajo y salimos a la calle. Mi tío y el señor Pierg que había conseguido salir nos perseguían. Caminamos de prisa por las calles hasta que llegamos a un río. Los dos  llegaron enseguida. Pierg me cogió por la espalda y mi madre consiguió que me soltara tirándole una piedra. Al retroceder para esquivar la piedra, tropezó y cayó desde el altísimo puente. Durante unos momentos movió las manos pero enseguida desapareció y se perdió en el agua. Mientras tanto mi tío se había puesto ante mi madre con una cuerda. Había rodeado su cuello e intentaba ahogarla. Cogí una gran piedra y con furia se la lancé. Le golpeó la cabeza, se volvió hacia mí y comenzó a balancearse. Después tropezó y cayó por encima de la barandilla hasta el fondo del río mientras soltaba un grito de dolor y miedo. Mi madre y yo nos asomamos y logramos ver como después de unos segundos el cuerpo de mi tío desapareció bajo las aguas. Mi madre y yo nos abrazamos. La pesadilla había terminado felizmente para nosotros. Pero aún no sabemos ni mi madre ni yo por qué razón nos había odiado tanto mi tío. El secreto se lo llevó al otro mundo.

Al día siguiente el periódico tenía un titular peculiar: “LOS RESPETABLES DUCK YELI Y PIERG SCANSIN DESAPARECIDOS”.

 

 

MARI CARMEN OSUNA FERNÁNDEZ 6º B

 

© TOMO V “Cuentos del Cole” CEIP SANTA TERESA. Estepa (Sevilla)