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PEDRO CARMONA VELASCO 6º A
C.E.I.P “Santa Teresa”
Estepa (Sevilla)
El
año pasado yo quería ir al campo y hacer allí
una vida tranquila y relajada. Cada día buscaba en cualquier
revista o periódico a ver si veía algún viaje.
Un fin de semana fui a Cortegana un precioso pueblo de la sierra
de Huelva. Allí una familia amiga de nosotros tenía
guarros, gallinas, una perra llamada Linda, dos burros, cinco
conejos, tres gatos y un bonito cortijo con su hermoso y gran
campo. En esos días nos enseñaron muchas cosas.
El primer día estuvimos vacunando a los cochinos, mi hermano
y yo éramos los que corríamos detrás de ellos
para agruparlos. Mi padre los cogía por las orejas y mi
madre ayudaba a ponerles las vacunas, que solo eran un leve pinchazo.
Así vacunamos a cincuenta.
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Después
de una larga mañana lo mejor era un buen atracón
de carne ibérica. Mientras se preparaba la comida mi hermano,
los hijos de la otra familia y yo fuimos a dar una vuelta por
el campo. Cuando paseábamos vimos un pequeño jabalí
herido. Lo primero que hicimos fue coger un pañuelo y taparle
la pata que era la zona dañada y lo llevamos al cortijo
para curarlo. Allí los adultos nos dijeron que los jabalís
eran muy comunes por aquella zona y que había que protegerlos
porque era una especie protegida. También nos recomendaron
que cuando lo metiéramos en el corral nos alejáramos
hasta el día siguiente, porque su madre estaría
cerca y sería peligrosa.
Después de todo por fin pudimos comer. Todo estaba buenísimo
y con una buena siestecita recuperaríamos fuerzas. Cuando
nos levantamos era muy tarde así que decidimos regresar
al pueblo.
Al día siguiente al volver miramos a ver cómo estaba
el jabato y decidimos soltarlo para que fuera con su madre y viviera
tranquilo en la naturaleza con los demás. Ese día
fuimos a la sierra a trepar, había muchos alcornoques y
animales. Antes de escalar nos teníamos que preparar, primero
nos poníamos los arneses y después las cuerdas nos
las enganchábamos. Todos íbamos subiendo a la par
y de pronto empezó a llover muy fuerte así que nos
resguardamos en una cueva. Después de llevar un rato esperando
a que escampara a mi hermano le entro ganas de orinar y fue tras
de una piedra. De repente se escuchó un ruido espantoso
y vimos caer por un hoyo a mi familiar. Al verlo decidimos ir
nosotros detrás de él. Al llegar al final del agujero
caímos al agua pero aquello que estábamos viviendo
no se veía todos los días; había unas columnas
parecidas a las del Partenón griego, unas nubes blandas
en forma de sillón, de mesa y también de colores
en representación de comida y por si faltara poco las aguas
eran termales.
Aquello era como el paraíso que siempre había deseado
ver y disfrutar. Mis padres llamaron por el móvil a salvamento
para que vinieran por nosotros. Desde ese día aquel es
un lugar turístico al que mucha gente acude y con el dinero
ganado no trabajamos y lo que nos sobra lo damos a fundaciones
para construir colegios y hospitales en los países necesitados.
Ahora todos vivimos igual . Pero por desgracia todo esto que acabo
de contar era un sueño que soñé el día
después de venir de pasar unos días en ese precioso
pueblo de la sierra onubense con mis padres y unos amigos, y de
él no hubiera querido despertarme nunca jamás.
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