La identidad humana

 

¿Que nos distingue de los replicantes?

   

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¿Por qué los replicantes coleccionan fotografías?

Deckard se pregunta acerca del motivo que lleva a los replicantes a coleccionar fotografías. Los replicantes no poseen recuerdos de forma natural y para substituirlos se ven obligados a recurrir a un sucedáneo de memoria: coleccionar y recopilar fotografías aunque éstas pertenezcan a desconocidos. La verdadera pregunta que nos deberíamos hacer trata acerca de lo que nos mueve a nosotros, los seres humanos, a coleccionar fotografías de idéntica manera, ya que sí está presente en nuestra naturaleza el poseer recuerdos. El motivo que nos lleva a coleccionar fotografías es el de confirmar, certificar ante los demás y ante nosotros, que estuvimos allí. Philippe Dubois, en su libro El acto fotográfico (Paidós, Buenos Aires, 1994), incluye el siguiente relato: "A la edad de 5 años [...] me encontré en un día de junio embarcado en uno de esos rituales juegos de playa. El concurso se trataba era una trivial carrera a pie sobre el muelle [...] Sucede que ese día, por azar, me encontré bastante separado del grueso de los corredores cuando faltaban 25 m para la llegada. Cuando ya tenía prácticamente ganada la carrera, veo a mi propio padre que apunta en mi dirección su aparato de fotos para fijar la hazaña para la posteridad. A la vista del aparato, ante la idea sin duda de estar preso en la película, me detengo en seco y miro a mi padre que me fija. Recobrado de su sorpresa —pero hecha la foto— en vano mi padre me alienta y me grita para que continúe. Nada que hacer, quedo allí inmóvil ante los gritos, completamente paralizado —la foto está justamente allí para mostrarlo—. El resto de participantes del concurso, que habían quedado atrás, terminaron desfilando a mis espaldas. Ni siquiera llegué a cruzar la línea de llegada". Imaginemos por un momento que carecemos de recuerdos de aquellos sucesos mediante los que percibimos una continuidad en nuestro pasado. El filósofo Henri Bergson aseveraba que sin recuerdos no poseeríamos una auténtica personalidad, pues "¿qué somos nosotros? ¿qué es nuestro carácter sino la condensación de la historia que hemos vivido desde nuestro nacimiento, antes de nuestro nacimiento incluso, dado que llevamos con nosotros disposiciones prenatales? Sin duda no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado todo entero, incluida nuestra curvatura de alma original, como deseamos, queremos, actuamos..." (Henri Bergson: Memoria y vida, Editorial Altaya, Barcelona 1997, p. 48.).
Si careciéramos de recuerdos no seríamos sino entes vacíos, simples espacios por ocupar. Los recuerdos se encuentran íntimamente ligados a los sentimientos y las vivencias y como estos a la temporalidad. Al transcurrir las vivencias durante el tiempo, su permanencia como recuerdos conforma nuestro Yo. Así, los recuerdos pasan a convertirse en una suerte de "certificado" de nuestra existencia, conforman nuestra persona, nuestro ser, deseamos que perduren y tememos que con nuestra muerte desaparezcan y se pierdan. Cuando consultamos una fotografía nuestros recuerdos guardados en una poco fiable e inmaterial memoria se rinden ante la evidencia material que se nos presenta en el papel y nuestros recuerdos pasan a quedar fijados en un soporte material. Tras haber consultado una y otra vez las fotografías, y ante el mayor peso que ofrece la materialidad, acabaremos por desechar en nuestra memoria los débiles recuerdos carentes de fisicidad. Las sólidas fotografías pasarán a sustituir a nuestra memoria y nuestra vida pasará a ser certificada mediante las fotografías reunidas que pasarán a convertirse en un documento de nuestra existencia, aquel sucedáneo de memoria que buscaban los replicantes. La fotografía, cohabitando con la realidad, actúa de manera contradictoria ya que fotografiar un objeto o una persona garantiza que será preservado en el tiempo, pero al mismo tiempo que preserva el momento presente lo relega al pasado: nuestra memoria queda anestesiada y nuestra identidad en entredicho ante la evidencia material de las fotografías. Del deseo de conservar los recuerdos surge en todas las culturas: la creencia en una vida más allá de la muerte, una vida que permita seguir existiendo a nuestra alma hecha de recuerdos ya que "...la inmortalidad del alma es algo espiritual, algo social.
El que se hace un alma, el que deja una obra, vive en ella y con ella en los demás hombres, en la humanidad, tanto cuanto ésta viva... (Miguel de Unamuno: La agonía del cristianismo, Alianza Editorial, Madrid 1996, p.40).
Los replicantes, seres vivos creados en el laboratorio "virtualmente idénticos al hombre", habían iniciado su propio viaje de peregrinación mística con el objetivo de preguntar por el tiempo de su existencia a su mago creador, Eldon Tyrell, convertido así en ser supremo. Es entonces cuando Roy Batty, el replicante por excelencia, conocerá lo limitado de su vida y la inevitable llegada de su muerte. En los momentos finales de Blade Runner, Roy Batty lanza su famoso monólogo en el que siente la proximidad de su muerte: "ahora, todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia...". Y al igual que los humanos, teme que los momentos que ha vivido, los recuerdos que ha adquirido durante su existencia, se pierdan tras su muerte. Sin haber aceptado el hecho de la muerte, Roy Batty no era un auténtico ser humano, tan sólo su réplica, pero conociendo ahora la inminencia de este hecho quedará en igualdad de condiciones con los humanos, hasta ese momento los únicos seres vivos conscientes de su muerte, hecho que les otorga el don de la conciencia de la propia existencia. Roy Batty se convertirá de este modo en humano tan sólo para morir poco después de haber lanzado un monólogo que se transformará en epitafio. Aunque el cuerpo genéticamente mejorado de los replicantes ofrece la mejor imagen especular del ser humano, ya que sigue siendo de carne y hueso, aún así, los replicantes no son seres humanos. Los replicantes no son sino máquinas antropomorfas con una programación genética que les permite desarrollar con la máxima eficacia aquella labor para la que han sido creados, de manera que los replicantes poseen una vida activa de cuatro años, el período en el que una máquina cualquiera trabajará a pleno rendimiento. En realidad ese período de vida útil es un seguro implantado genéticamente para impedir que los replicantes acaben imponiéndose sobre los humanos, ya que al igual que en Frankenstein el hombre ha creado un ser que escapa a su control. Transcurrido este tiempo de vida útil, la máquina, y también el replicante, son desechados y reemplazados por un ejemplar recién salido de la factoría. Aunque los replicantes nacen con el cuerpo de un adulto, carecen de experiencias previas a ese momento, conteniendo en su mente tan sólo la información específica para su trabajo. Según van acumulando experiencias durante su existencia, los replicantes serán capaces de desarrollar sentimientos que son propios de los seres humanos —amor, odio, temor, alegría—, pero esto ocurre en el interior de una personalidad carente de base por no tener recuerdos que les doten de un pasado continuo. De este modo se convertirán en fácilmente distinguibles de los humanos mediante un test psicológico. Los replicantes no podrían soñar, ya que su mente no les ofrece recuerdos, unas imágenes que provienen de la memoria y de las experiencias del pasado. Mientras su mente sólo posea los conocimientos programados para su trabajo, sólo podrán "soñar con ovejas eléctricas". Únicamente llegarán a soñar a medida que las vivencias de su corta existencia se vayan transformando en recuerdos. El escalón final en la evolución de los replicantes es la obtención de recuerdos que doten a su personalidad con un pasado. Los replicantes se saben diferentes de los humanos debido a su carencia de recuerdos. Por lo tanto, un replicante con recuerdos que permitan una continuidad en su pasado sería imposible de distinguir de un auténtico ser humano. Esto es lo que sucede con Rachael, una replicante que en un experimento ha recibido los recuerdos de otra persona, por lo que ella misma ignora su verdadero origen. En sus primeras apariciones, lo hace maquillada en exceso y con un casi imposible peinado que indica su carácter artificial, de muñeca de plástico. Sin embargo, Deckard, cuyo deber sería el de darle muerte, acaba sintiéndose atraído por ella y con este acto involuntario otorgará el don de la vida a un ser artificial. Deckard se convierte en una suerte de Pigmalión, aquel escultor enamorado de una estatua creada por él mismo y que solicita la ayuda de los dioses para que le den vida. Gracias al experimento de Tyrell, Demiurgo de los replicantes, Rachael no tiene limitada su vida a cuatro años y al igual que en los seres humanos, nadie conoce el día de su muerte. En determinado momento, Rachael deshace su complejo peinado ante Deckard mientras que no volverá a aparecer con un maquillaje que ya no necesita. Al igual que a los replicantes, también a nosotros nos atemoriza la incertidumbre que se plantea ante el inevitable momento de la muerte: ¿Seguirá existiendo el alma una vez que nuestro cuerpo muera? ¿Realmente es nuestro cuerpo el soporte del alma? Recordemos a Platón y su creencia en el espíritu inmaterial encerrado y limitado por un cuerpo material. Como seres materiales que pertenecen al mundo físico, somos seres caóticos e irregulares y evolucionamos entre constantes cambios y mutaciones y nuestra inmaterial memoria necesita de apoyos materiales que refuercen nuestra necesidad de ser recordado por otros y perdurar ante quienes han de seguirnos. Es por ello que coleccionamos fotografías (y no sólo fotografías), que son ofrecidas, y aceptadas también, como sucedáneo de memoria para los humanos.
 

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© 2001, José Ramón Cumplido Muñoz. El presente ensayo pertenece al web site Jack Blade Runner Page: [ http://www.geocities.com/Hollywood/Boulevard/7920 ] [ http://pagina.de/bladerunner ] Este ensayo no puede ser reproducido sin permiso previo del autor y del editor. [ langara25@mixmail.com ] [ torrejoncity@hotmail.com ] .

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