¿Por qué tengo que morir?

 

   
 

"¿Por qué tengo que morir? ¿Por qué he de morir en el plazo de cuatro años? ". Es la pregunta que se hace el replicante Roy Batty, y que nos hacemos los seres humanos ante la muerte propia y ajena. La reflexión sobre el hecho de morir, sobre el sentido que tiene la muerte en la existencia, sobre las diversas actitudes para paliar el dolor ante la muerte son algunas de las cuestiones que tradicionalmente ha tratado de responer la filosofía. Recogemos en forma de textos algunas de estas cuestiones.

 

 
       
 

 


La muerte no es la verdad última

"Cuando perdemos de vista el conjunto de la vida, la muerte representa un vacío, pero no es más que un factor. Si miramos al microscopio un trozo de paño, también veremos que se parece a una red de amplias mallas, y temblaremos de frío al advertir aquellos grandes agujeros.

Lo cierto es que la muerte no es la verdad última. Nos parece negra del mismo modo que el cielo nos parece azul; pero la muerte no ennegrece la existencia, del mismo modo que el azul celeste no macula las alas de las aves." Rabindranat Tagore

 

         
 

 

No hay que temer a la muerte

EL EPICUREISMO.

"Según Epicuro la sensación es la base de todo el conocimiento y se produce cuando las imágenes que desprenden los cuerpos llegan hasta nuestros sentidos. Ante cada sensación el ser humano reacciona con placer o con dolor, dando lugar a los sentimientos, que son la base de la moral.

La lucha contra las diversos miedos que atenazan y paralizan al ser humano es parte fundamental de la filosofía de Epicuro; no en vano, ésta ha sido designada como el "tetrafármaco" o medicina contra los cuatro miedos más generales y significativos: el miedo a los dioses, el miedo a la muerte, el miedo al dolor y el miedo al fracaso en la búsqueda del bien:

- El miedo a los dioses es absurdo, nos dice Epicuro, pues éstos en nada intervienen en los asuntos humanos y no se mueven por la ira ni la cólera ni tantos otros sentimientos que comúnmente se les atribuyen. Por el contrario, los dioses deberían ser un modelo de virtud y de excelencia a imitar, pues viven en armonía mutua manteniendo entre ellos relaciones de amistad.

- El miedo a la muerte es igualmente absurdo e irracional. Es un temor que se produce por dos motivos: o bien la imaginación nos lleva a pensar que existen cosas terribles tras la muerte o bien es fruto de la consideración de que yo, como individuo, voy a dejar de existir para siempre. Ambas pensamientos, sin embargo, son infundados. Por un lado Epicuro es un materialista, y lo único a lo que le concede una vida eterna es a los mismos átomos, pero no al producto formado por las combinaciones entre ellos. Por otro lado la muerte no es un mal. Siendo como es la pérdida de la capacidad de sentir, Epicuro afirma: "La muerte no es nada para nosotros. Cuando se presenta nosotros ya no somos". No siendo un mal en el momento en el que se presenta, menos daño puede hacer mientras estamos vivos y sólo la presentimos. En ese caso es el temor y la angustia que produce la fuente del sufrimiento, y no la muerte. Deberá ser el razonamiento el que nos muestre lo infundado de tal temor. La actitud del sabio es la de vivir razonablemente en lugar de desperdiciar el tiempo que tenemos anhelando un tiempo de vida infinito que nunca lograremos alcanzar:

"El recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo infinito, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible, en efecto, hay en el vivir para quien ha comprendido que nada temible hay en el no vivir." " (Texto extraido de Cibernous)

EL PENSAMIENTO ESTOICO DE SÉNECA

Quien tema a la muerte, no hará nunca nada por un hombre vivo, pero quien sepa que este hecho estaba pactado en el mismo momento en que fue concebido, vivirá según la ley de la naturaleza, y, a su vez, con la misma fortaleza de espíritu, se mantendrá firme para que ninguna cosa que le suceda sea inesperada.

Por otra parte, bien sabes que no es forzoso conservar la vida, pues lo importante no es vivir mucho, sino bien vivir. Así es que el sabio vive lo que debe, no lo que puede. Examinará dónde, cómo, con quién, por qué debe vivir; lo que será su vida, no lo que pueda durar. (LXX)

Darse la muerte o recibirla, acabar un poco después o un poco antes, ha de ser para él enteramente lo mismo; no hay en eso nada que pueda espantarle. ¿Qué importa perder lo que se nos va escapando gota a gota? Morir más pronto o más tarde es cosa indiferente; lo importante es morir bien o mal. Y ¿qué es morir bien? Sustraerse al peligro de vivir mal. (LXX)

Preferiría a la máxima de que "la fortuna lo puede todo para el que vive", este otro pensamiento: la fortuna no puede nada contra el que sabe morir.(LXX)
Sobre todo tratándose de la muerte, debemos sujetarnos a nuestra fantasía. La mejor muerte es la que más nos guste. Poco importa que la vida acabe por el hierro, la cuerda o le veneno, con tal que acabe rompiendo los lazos de la ervidumbre. Se debe cuenta de la vida a los demás; de la muerte no debemos cuenta más que a nosotros mismos: por eso es mejor la que nos agrade más. (LXX)

La obra maestra de la ley eterna es haberle procurado varias salidas a la vida del hombre, que sólo tiene una entrada.(LXX)

La mejor razón para no quejarse de la vida es que ella no retiene al que la quiera dejar. Las cosas humanas están muy bien dispuestas: nadie es desgraciado más que por su culpa. ¿Te place la vida? Vive. ¿No te place?, pues eres dueño de volver al lugar de donde has venido. (LXX)

Si quieres no ser esclavo de tu cuerpo, figúrate que estás alojado en él momentáneamente como un transeúnte, y no pierdas de vista que vas a perder el alojamiento de un instante a otro. Así te hará poca mella la necesidad de dejarlo. Pero, ¿cómo familiarizarse con la idea del propio fin cuando no tienen fin nuestros deseos?

 

 

La muerte es una oportunidad

PLATÓN

En el mito platónico de Er la muerte es una oportunidad. Es también una prueba. Por un lado quienes gozaron una vida justa son premiados con los deleites celestiales ratificando así la tesis de que la vida justa es mejor que la injusta. Por otro es la oportunidad para contemplar la verdad, para elegir con corrección la próxima vida, mostrando así que tipo de conocimiento se adquirió; también es la oportunidad para descubrir que clase de persona se es. Es la ocasión para que el alma recupere su alas, para que recupere su esencia. Es el momento para elegir una próxima vida acorde al bien y la virtud, es la oportunidad de aprender lo que no se aprendió en la vida terrena.

 

El mito de Er

Diez días después de una batalla, al recoger los cadáveres para cumplir con los ritos funerarios, el de Er, guerrero de Panfilia, no muestra los naturales signos de corrupción y cuando yacía sobre su pira, vuelve a la vida relatando lo presenciado en el trasmundo. 

Su alma había abandonado su cuerpo y junto a otras se había dirigido a un bello lugar en donde había dos aberturas en la tierra y dos en el cielo. Entre medio de las mismas, tres jueces pronunciaban las sentencias correspondientes a cada alma; los justos se dirigían hacia la abertura derecha del cielo con una inscripción en el pecho que declaraba sus méritos, los injustos descendían por la abertura izquierda de la tierra con sus acciones inscriptas en la espalda.

Pero por el otro orificio de la tierra salían los que ya habían purgado sus castigos, llenos de polvo y podredumbre; y aquellos que trataban de salir, sin haber cumplido su condena aún, eran rechazados y maltratados por los guardias. Por el segundo orificio del cielo bajaban quienes ya habían cumplido su tiempo en él, con el cansado aspecto de los viajeros pero con signos de haber gozado de los bienes y del éxtasis celestial. 

Todos juntos se reencontraban en una pradera y relataban lo vivido en esos mil largos años de viaje. Los relatos más terribles correspondían a los del inframundo pues contaban los males padecidos y los que vieron padecer a otros. 
Bajo una luz brillante se encontraban la diosa Necesidad y las tres Moiras: Laquesis, que canta las cosas pasadas, Cloto, que canta las presentes y Atropo, que canta las futuras. Allí se repartían en suerte los turnos para elegir nuevas vidas, y si bien eran más las vidas que los vivientes, quien elegía último corría con desventaja. Las vidas a elegir eran variadas, de tiranos todopoderosos, de animales, de héroes "deportivos", de personas comunes, etc. 

Pero ¿qué vida elegir?. Un sagrado heraldo advertía sobre el peligro de una mala elección; la virtud podía ser poseída en mayor o menor grado según se la aprecie o desdeñe. Quienes elegían con más cuidado, habían padecido el mundo subterráneo, en cambio quienes gozaron de los placeres del cielo lo hacían despreocupadamente. Las mejores vidas eran las que conducían al alma a ser más justa y las peores las que conducían al alma a cometer mayores injusticias. Odiseo es quien elige último, el astuto héroe, retiene para sí la existencia de un hombre común. Finalmente todos tomaban agua del Leteo, y eran arrojados a la existencia mortal. 

 

 

¿Qué hacemos con la muerte propia y ajena

FREUD

La muerte propia no se puede concebir; tan pronto intentamos hacerlo podemos notar que en verdad sobrevivimos como observadores. Así pudo aventurarse en la escuela psicoanalítica esta tesis: En el fondo, nadie cree en su propia muerte, o, lo que viene a ser lo mismo, en el inconciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad.

Por lo que toca a la muerte de otro, el hombre culto evitará cuidadosamente hablar de esta posibilidad si el sentenciado puede oírlo. Sólo los niños transgreden esta restricción; se amenazan despreocupadamente unos a otros con la posibilidad de morir, y aun llegan a decírselo en la cara a una persona amada, por ejemplo: «Mamá querida, cuando por desgracia mueras, haré esto o aquello». El adulto cultivado no imaginará la muerte de otro ni siquiera en el pensamiento sin considerarse a sí mismo desalmado o malo; a menos que, en calidad de médico, de abogado, etc., tenga que ocuparse profesionalmente de ella. Y menos todavía se permitirá pensar en la muerte del otro si con este acontecimiento se asocia una ganancia en materia de libertad, de propiedad o deposición social. Desde luego, este sentimiento tierno nuestro no impide que sobrevengan los casos de muerte; cuando ocurren, nos conmueven en lo profundo y es como si nos sacudieran en nuestras expectativas. Por lo general, destacamos el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia. Una acumulación de muertes nos parece algo terrible en extremo. Frente al muerto mismo mantenemos una conducta particular, casi de admiración, como si hubiera llevado a cabo algo muy difícil. Suspendemos toda crítica hacia él, le disculpamos cualquier desaguisado, ordenamos «De mortuis nil nisi bene», y hallamos justificado que en el discurso fúnebre o en su epitafio se lo honre con lo más favorable. Ponemos el respeto por el muerto, que a este ya no le sirve de nada, por encima de la verdad, y la mayoría de nosotros lo valora más incluso que al respeto por los vivos.

Esta actitud cultural-convencional hacia la muerte se complementa con nuestro total descalabro cuando fenece una de las personas que nos son próximas, cuando la muerte alcanza a nuestro padre, a nuestro consorte, a un hermano, un hijo o un caro amigo. Sepultamos con él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces; no nos dejamos consolar y nos negamos a sustituir al que perdimos. Nos portamos entonces como una suerte de Asta, de esos que mueren cuando mueren aquellos a quienes aman.