El código estético del amor cortés, surgido del esquema de valores de la sociedad feudal, implica en el poeta la actitud amorosa concebida como un culto de vasallaje hacia una dama, a la que considera como «señora.

Ese vasallaje se manifiesta como un «servicio» obediente y sumiso (el poeta se considera un «siervo de amor») a la dama, la cual, inicialmente debe reaccionar, según dicho código, con «desdén» ante cualquier insinuación amorosa.

El poeta se figura a la dama dechado de perfecciones corporales y espirituales y la asocia a las cosas más nobles y gentiles: la primavera, el cielo, las flores, las perlas, el sol, las estrellas, el paraíso, y a menudo, atrevidamente, a la Virgen y a Dios mismo. El amado es su siervo, su esclavo, su cautivo.

Un rasgo clave de este «servicio» es su carácter secreto, ya que está en juego el honor de la dama (una noble, casada), por lo que el amante debe extremar su discreción, para que los cortesanos aduladores del celoso señor no puedan descubrir ese amor y delatarlo. Por eso, en los poemas del amor cortés se encubren el nombre de la dama y el sentimiento amoroso. Este amor, que excluye el matrimonio, es concebido como un elemento purificador del poeta, y puede mantenerse, o no, en el plano de un erotismo espiritual, vivido como una experiencia gozosa y sublimadora.

El amor cortés se expresa en la poesia de los trovadores, surge en el sur de Francia a fines del siglo XI en lengua de oc, es imitado por los trovadores de la lengua de oíl, y en Italia, Alemania, Galicia y Portugal, Cataluña, Valencia y Aragón, Castilla y demás partes de España, dió nacimiento a escuelas semejantes.

Un ejemplo de este amor lo tenemos en la siguiente canción anónima:

    
 

Doncella desconocida,

ya no cures más de mí;

de mí fueste bien querida,

yo desamado de ti.

Porque más sin dubda creas

la mi pena dolorida,

ruego a Dios que siempre seas

desamada y mal querida.

En tormentos sea tu vida,

pues no te lo merecí;

de mí fueste bien querida,

yo desamado de ti.