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Lunes 24 de noviembre de 2014
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Ciudadanas europeas

 

Ciudadanas europeas 


Granada

Mariana Pineda Muñoz [1804-1831]

Heroína de la libertad, su vida dramática y su personalidad excepcional la han convertido, sin duda, en la granadina más celebre y que ha inspirado la mayor cantidad de literatura. Hija natural de María de los Dolores Muñoz y Bueno, de una

familia humilde de labradores de Lucena (Córdoba), y de Mariano Pineda y Ramírez, nacido en Guatemala y perteneciente a una noble familia, vino al mundo en Granada el 1 de septiembre de 1804. Ante el rechazo de su amante a contraer matrimonio, María Dolores decidió huir; pero Mariano le arrebató la criatura cuando sólo tenía ésta cuatro meses. Un año después, él murió, y Mariana fue entregada a su tío, José Pineda, administrador de su herencia, quien, tras despojar a la niña de todos sus bienes la dio en custodia al confitero José Mesa y su esposa Úrsula de la Presa. En este hogar, donde recibió una educación esmerada, permaneció Mariana hasta los catorce años.

Se casó a los quince años, el 9 de octubre de 1819, con Manuel Peralta, un joven

de Huéscar, militante del partido liberal. Tuvo el matrimonio pronto un hijo, José María. Movido por las dificultades económicas, Manuel quiso averiguar el paradero

de la herencia de su esposa, pero su silencio fue comprado por la entrega al matrimonio de un mayorazgo. Tuvieron otra hija, Úrsula María, y, poco después, murió el esposo, quedando Mariana viuda a la edad de dieciocho años. Para entonces, ya estaba comprometida con las ideas liberales.

Cuando en octubre de 1923 es proclamado rey Fernando VII, que restaura el absolutismo, la casa de Mariana Pineda se convierte en un centro clandestino de amparo y ayuda para los liberales. En 1828, en medio de una sangrienta represión, tiene lugar un hecho trascendental. Su tío, el presbítero Pedro de la Serrana, es encarcelado por sus ideas. Mariana acude a visitarlo a la cárcel y allí conoce a otros liberales, entre otros, el capitán Fernando Álvarez de Sotomayor. Condenado éste a muerte, Mariana idea un plan para rescatarlo. Entró en la cárcel el 26 de octubre, disfrazada de fraile capuchino y logró sacar a Fernando confundido entre otros religiosos que habían acudido al presidio aquel día.

Mariana continuó ayudando a los liberales y colaborando en la infraestructura de la resistencia, sirviendo de enlace entre los presos y sus familias, gestionando mejores condiciones y tramitando escritos en solicitud de indultos. Su actividad acabó levantando las sospechas del juez Pedrosa, que se afanó en encontrar pruebas que inculparan directamente a la joven. Arrestada, ésta se negó a confesar y a delatar a sus compañeros, por lo que, a falta de indicios claros, fue puesta en libertad. Pedrosa estrechó el cerco de vigilancia y la volvió a arrestar y liberar.

Detrás de este acoso se ha querido ver el despecho de un hombre enamorado y rechazado, pero también la consternación porque una mujer encabezara un movimiento político de protesta.

En aquella época murió su padre adoptivo, pero la pena no logró mermar su actividad antiabsolutista, así como sus contactos con Torrijos y otros revolucionarios, exiliados en Gibraltar. A comienzos de 1831, el poder real acomete una represión aún más radical e indiscriminada, al hilo de los rumores sobre levantamientos liberales.

Pedrosa encontró entonces la prueba incriminatoria de Mariana. A través de una delación, el juez supo que dos bordadoras del Albaicín estaban confeccionando, por encargo de la joven, una bandera con el lema «Igualdad, Libertad y Ley».

Pedrosa consiguió de las bordadoras la tela y logró que ésta acabase en la casa de Mariana. En el momento de su detención, el 13 de marzo de 1831, se hallaba en la casa de su madre adoptiva. Tras un arresto domiciliario de diez días, del que intentó infructuosamente huir disfrazada, fue confinada en el beaterio de Santa María Egipciaca, el llamado Convento de las Arrecogidas, donde pasó los últimos dos meses de su vida. Al amparo de una resolución real que le otorgaba plenos poderes en la causa contra Mariana Pineda, Pedrosa pidió la pena capital.

Todo el proceso fue un cúmulo de ilegalidades, de apaños e incumplimientos de las escasas garantías jurídicas sobre las que se sustentaba el poder. El juez le ofreció repetidamente el perdón a cambio de delatar a sus cómplices, pero siempre obtuvo la negativa de Mariana. Tres días antes de su ejecución, fue trasladada a la Cárcel Baja. Serena, ratificada en su firme resolución de no delatar a nadie, encomendó el cuidado de sus hijos. Escribió allí mismo a su hijo una carta en la que le decía que moría «en aras de la patria, de la libertad y de la santa causa de los derechos del pueblo». El día 26 de mayo de 1931 fue conducida a lomos de mula al Campo del Triunfo, donde fue ejecutada mediante el método del garrote vil. Al mismo tiempo, fue quemada ante sus ojos la bandera causante de su detención.

Mariana se convirtió en símbolo de la lucha por la libertad. Concluido el período absolutista, después del silencio forzoso que cayó sobre su nombre, en 1937, a propuesta de los diputados granadinos, las Cortes le decretaron una fiesta anual, que se celebró durante mucho tiempo. Tras errar por diversos lugares, sus restos fueron finalmente inhumados en la Iglesia del Sagrario. Hoy día lleva su nombre una plaza y su estatua está situada en uno de los lugares más representativos políticamente de Granada.

 B i b l i o g r a f í a

 MARTÍNEZ, C. et al. (Dir.): Mujeres en la Historia de España. Enciclopedia biográfica. Barcelona: Planeta, 2000, pp. 632-635.

RODRIGO, A.: Mariana de Pineda, heroína de la libertad. Madrid: Compañía Literaria, 1997.

 Mª Dolores Mirón. Universidad de Granada

 

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Eugenia de Montijo [1826-1920]

Eugenia de Montijo nació en Granada, el 5 de Mayo de 1826, en el jardín de la casona familiar, en una tienda allí improvisada durante un terremoto, como a ella le gustaba re c o rd a r. Nacida en el seno de una ilustre familia, era la segunda hija de D. Cipriano de Guzmán, Conde de Teba, y de Dña. María Manuela Kirkpatrick, hija de un rico negociante escocés afincado en Málaga. Su padre, un liberal procedente de Galicia, que había servido en los ejércitos de Napoleón I, se había instalado en Granada a causa de los avatares políticos de la época, y a la sazón se hallaba en libertad provisional vigilada por su oposición al absolutismo de Fernando VII.

Fue bautizada en la Capilla Real de Granada, apadrinada por su tío Eugenio, Conde de Montijo, entonces líder de la logia masónica más importante de la ciudad.

Eugenia pasó en Granada los cuatro primeros años de su vida, para después trasladarse con su familia a Madrid. No obstante, siguió ligada a su tierra natal.

Durante su juventud, visitaba la ciudad con su padre, al que acompañaba en sus largos paseos a caballo, durmiendo al sereno o pasando la noche entre los gitanos, por cuya cultura se sintió fascinada. Asimismo, pasó largas temporadas con su madre en Lanjarón.

Por la fecha en que se instaló en Madrid (1830), murió su tío Eugenio, cuyo título de Montijo heredó la familia. Deseosa de figurar entre las gentes de la nobleza y los círculos artísticos, Dña. María Manuela promovió en su casa de Madrid continuas reuniones, tertulias y fiestas, siendo la introductora en España de los bailes de disfraces.

En 1839, murió D. Cipriano, lo que supuso un severo golpe para Eugenia, que estaba muy unida a él. A partir de entonces, se hicieron frecuentes las estancias en París y Londres, los viajes y la vida mundana. De carácter difícil, poco disciplinada, mimada, atrevida, romántica, excéntrica y con sentimientos de niña desgraciada, a los 11 años ya había intentado escapar de Londres con una joven princesa hindú.

Durante su juventud, conocida por su belleza y elegancia, se implicó en numerosos conflictos amorosos. En 1842 se enamoró de su primo, el Duque de Alba, pero

su madre lo había elegido para su hija mayor, Paca, y los casó. Boda que se dice la llevó a un intento de suicidio. A partir de entonces, son numerosos sus avatares amorosos, siendo pretendida por hombres de la más alta nobleza, y sin mostrar ningún interés por casarse.

Debido a las habladurías que corrían en Madrid acerca de sus excentricidades, su madre la llevó a París en el otoño de 1848, en medio de fuertes convulsiones políticas.

Aquel mismo año se había producido una revolución contra la monarquía de Luis Felipe y había asumido la Presidencia de la República Luis Napoleón, que en 1952 sería proclamado Emperador, con el nombre de Napoleón III. Eugenia vivió de cerca los avatares políticos y personales del emperador y, ayudada por su madre y por el escritor Próspere Merimée, emprendió un cerco amoroso a Luis Napoleón, que finalizó con éxito, a pesar de las reticencias de los ministros y la hostilidad de la familia del emperador. El enlace civil tuvo lugar el 29 de enero de 1953 en Las Tullerías, y al día siguiente la ceremonia religiosa en la Catedral de Nôtre Dame, convirtiéndose Eugenia en Emperatriz de los franceses.

Eugenia tuvo un hijo, Luis, en 1856, lo que le proporcionó un heredero a su esposo.

Fueron sus años de mayor prestigio y prosperidad, en los que procuró ser cada vez más aceptada en la Corte. En 1859 ejerció por primera vez la Regencia, durante una campaña de su marido en Italia. La oposición, que seguía llamándola despectivamente «la española», la empezó a acusar de intromisión en los asuntos de Estado. A pesar de ello, volvió a ocupar la Regencia en 1865. En estos difíciles años para el Imperio, que se veía seriamente amenazado, Eugenia se volcó más y más en la actividad pública. En octubre de 1869 inauguró, en el que sería su último gran acto solemne, el Canal de Suez. Asumió por tercera vez la Regencia en un momento en especial delicado, con el Imperio cuestionado dentro y fuera de Francia. El conflicto entre Francia y Prusia en 1970, que acabó con la derrota y prisión de Napoleón III en Sedán, puso fin a esta parte de su vida. Se llegó a decir que, en ese momento, Eugenia era «el único hombre» del Consejo de Ministros.

Logró escapar de París, antes de que entraran las tropas prusianas en la ciudad, refugiándose en la ciudad inglesa de Chislehurst, donde más tarde su reunió con ella su esposo.

Muerto Luis Napoleón en 1873, Eugenia de Montijo se afanó en promover la restauración del Imperio en la persona de su hijo Luis. Pero éste murió en África del Sur, en 1879, en el transcurso de una expedición inglesa contra los zulúes. A partir de entonces, Eugenia se dedicó a viajar por toda Europa, como ilustre y respetada exiliada, pero apartada ya de los avatares políticos.

En abril de 1920 decidió volver a España, con el pretexto de ser operada de cataratas por el famoso doctor Barraquer. Después de pasar por Algeciras y Sevilla, se instaló en Madrid, en le palacio de los Duques de Alba, donde murió el 11 de julio de 1920.

Joaquina Eguaras Ibáñez [1897-1981]

Joaquina Eguaras fue una de las primeras mujeres intelectuales de la Granada contemporánea.

Nacida en el pueblo navarro de Orbaiceta el 10 de enero de 1897, a los dos años de edad, su familia, debido al destino militar de su padre, se instaló en el granadino barrio del Realejo. Tras superar la enseñanza primaria, hizo Magisterio e inició en 1918 la carrera de Filosofía y Letras, lo que la convirtió en la segunda mujer universitaria de Granada. Alumna brillante, que, sin embargo, hubo de entrar los primeros días a la Facultad por la puerta de atrás, concluyó su Licenciatura en 1922 con Premio Extraordinario y Matrícula de Honor en todas las asignaturas.

En 1925 entró como Profesora Ayudante en la Facultad de Letras, lo que la convirtió en la primera mujer profesora de la Universidad de Granada, siendo la única hasta 1935. Tras un breve paso por la enseñanza secundaria, en 1930 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y el 15 de noviembre de ese mismo año fue nombrada Directora del Museo Arqueológico de Granada. De este modo, se convertía, a los 33 años de edad, en la mujer española más joven en un puesto directivo de este rango, cargo que desempeñó durante 37 años. Bajo su dirección, el Museo tomó un enorme impulso, ya que multiplicó por diez el número de piezas, promovió excavaciones arqueológicas por toda la provincia y publicó las principales obras y colecciones existentes en él. De este modo, a su jubilación, fue nombrada Directora Honoraria.

Paralelamente, trabajó en la Escuela de Estudios Árabes, situada en la Casa del Chapiz, como profesora desde su inauguración en 1932, y después como Secretaria hasta 1972. Desde 1940 impartió de nuevo clases en la Facultad de Letras, ya como Profesora Titular, de Árabe y Hebreo. Experta en Lengua, Historia y Arte de la Granada musulmana, fueron numerosas las publicaciones que realizó sobre este tema. En 1967, ya jubilada, fue nombrada Profesora Adjunta Honoraria, en premio a sus méritos docentes e investigadores.

Además de estos nombramientos, Joaquina formó parte de las instituciones más prestigiosas nacionales e internacionales relacionadas con su labor de arqueóloga

y arabista: Miembro de la Junta Conservadora del Tesoro Artístico de Granada, Miembro Correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, Miembro y Secretaria de la Comisión Provincial de Monumentos, Delegada Provincial del Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas en Granada; Miembro de Número de la Real Academia de Bellas Artes Ntra. Sra. de las Angustias de Granada, Miembro Correspondiente de «The Hispanic Society of America», Miembro de Honor de la Asociación Española de Orientalistas, etc. Se le otorgaron numerosas distinciones, como la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, Medalla de Plata al Mérito en las Bellas Artes, Orden de la Mehdawiya. Joaquina Eguaras volcó toda su vida en el trabajo científico y en el desarrollo de su carrera profesional. A sus méritos intelectuales, cabe agregar su proyección humana. Mujer sencilla, amable, simpática y bondadosa, querida en todas partes, fue un personaje entrañable de la sociedad granadina y una inigualable guía turística de la ciudad.

Murió el 25 de abril de 1981. Cuatro días después, el Ayuntamiento de Granada acordó dedicarle una calle. Pionera en tantas cosas, Joaquina Eguaras logró labrarse su propio espacio en el ámbito profesional y científico en una época que pretendía devolver a las mujeres a la casa.

Almería.

Carmen de Burgos Seguí [1867-1932]

Escritora, periodista y pedagoga. Bautizada en la Iglesia Parroquial de San Pedro (Almería) con los nombres de María del Carmen, Ramona y Loreta, nació al amanecer del día 10 de diciembre de 1867 -algunos autores sitúan la efeméride en 1873 o 1876- en Rodalquivir, municipio de la citada provincia. Era hija de José  Burgos Cañizares, propietario, y Vicecónsul de Portugal en Almería, y de Nicasia Seguí Nieto. Se casó muy joven, «en contra de la voluntad de su padre», a los dieciséis años, con Arturo Álvarez, hijo del gobernador de Almería, instalándose en aquella capital. Allí, por primera vez, entra en contacto con el mundo gráfico colaborando en la Almería Bufa. Problemas matrimoniales y la muerte de su hijo (de los tres que tuvo sólo sobrevivió su hija Maruja), la llevaron a Madrid abandonando el domicilio conyugal. Así describe estos primeros momentos su compañero sentimental

el escritor Ramón Gómez de la Serna: «Carmen vino a Madrid a rehacer

su vida, sin recursos, con su hija en brazos (...) Carmen, con su sombrerito triste y con su hija siempre en brazos» y «en medio del escándalo provinciano».

Tras el divorcio, decidió estudiar magisterio, como alumna libre, al mismo tiempo que se iniciaba en el artículismo. Según datos oficiales ingresó en la Escuela Normal de Maestras de Guadalajara en 1901. En 1905 consiguió una beca para ampliación de Estudios en el extranjero y en 1907 fue comisionada para desempeñar la Cátedra de Economía Doméstica en la Escuela de Artes e Industrias de Madrid. Ese mismo año se traslada a la Escuela Normal Superior de Maestras de Toledo (sus biógrafos coinciden en que fue un castigo impuesto a causa de un artículo publicado en el Heraldo de Madrid que no gustó a la autoridad académica). Allí «sobre vivió » hasta 1909, que se trasladó a Madrid como auxiliar de la Sección de Letras en la Escuela Normal Central de Maestras, al mismo tiempo que desempeña la Cátedra de Economía Doméstica en la Escuela Superior de Artes Industriales e omdistrias” .

En 1911 fue nombrada profesora especial de la Escuela de Artes y Oficios deMadrid. Fue también profesora de sordomudos y ciegos, en la que ejerció hasta su muerte. Como apuntamos, su faceta como pedagoga siempre se vinculó con su actividad como escritora y periodista. Su producción literaria y articulista es numerosísima y abarca un amplio temario: desde belleza y economía doméstica hasta política. En este campo Carmen de Burgos luchó siempre por los principios republicanos, la inserción de la mujer en la vida pública y el sufragio, y con este fin fundó en 1920 la Cruzada de las Mujeres Españolas, a imagen de la creada en Portugal por su gran amiga, la dirigente feminista Ana de Castro. Cerebro intelectualmente inquieto, en 1908 había fundado la Alianza Hispano Israelita, publicando en su órgano de difusión la Revista Crítica. Su trabajo como colaboradora lo desarrolló, entre otras, en las siguientes publicaciones: La España Artística, La Educación, Album Ibero-Americano, La Cor respondencia de España, El País, ABC, Feminal, La Alhambra, El Liberal, Tribuna Pedagógica, Por esos mundos, La Esfera, El Turbión. Fue redactora de El Heraldo y El Nuevo Mundo de Madrid. Fue miembro activo de la Asociación de la Prensa y de la Sociedad de Escritores y Artistas, Ateneo, Protección de la Infancia y «otras sociedades científico literarias». Fue también la primera mujer corresponsal de guerra en España. Por lo que se refiere a su conciencia feminista ésta se fue desarrollando y evolucionando paulatinamente. En un principio, sus reivindicaciones se basaron fundamentalmente en la defensa del derecho a la educación, y al papel fundamental de la mujer como madre. No obstante acabaría defendiendo, con la pasión que siempre la caracterizó, el papel de las mujeres en la vida pública. Esta misma evolución puede aplicarse al tema del sufragio, pues si en un primer momento tuvo ciertas dudas respecto a la conveniencia de hacerlo extensivo a «todas» las mujeres españolas, su implicación posterior con el republicanismo y las ideas socialistas hicieron de ella una de las mayores defensoras del sufragio universal.

El día 9 de octubre de 1932 fallecía en Madrid, cuando participaba en una reunión política del Círculo Radical Socialista. Su último aliento fue para vitorear a la República. Su amiga Dolores Cebrián, esposa de Julián Besteiro y compañera de Carmen en la Normal de Toledo, lo comunicaba oficialmente al Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Al otro lado de la frontera, la revista portuguesa Portugal Feminino, con la que colaboró en vida, también ofrecía su tributo a la feminista española insertando la necrológica (elaborada por su amiga Ana de Castro Osorio) en su «Página Feminista»: «Carmen de Burgos, la gran escritora española que el 9 de octubre murió heroicamente en plena actividad de acción liberadora, es un valor mundial que todas las mujeres deben respetar (...) Amaba sus ideales más que a su propia vida... Y quien sabe si su gran y heroico sacrificio quedará aún largos años desconocido e inútil para la sociedad y, principalmente, entre las mujeres, al progreso de las cuales se sacrificó».

 

 

Córdoba

Manuela Díaz Cabezas [1920]

Campesina y guerrillera. En 1939, tras la victoria franquista, muchas mujeres marcharon al exilio. Muchas otras se quedaron en sus pueblos, en sus casas, conviviendo o, para hablar con más precisión, coincidiendo diariamente con los vencedores, en el exilio interior. Una de estas mujeres, como tantas otras que ahora empiezan a recuperarse desde la historia feminista, es Manuela Díaz, apodada «la guerrillera». Nace en el pueblo de Villanueva de Córdoba, en una humilde familia campesina, el día 11 de diciembre de 1920. Fue la mayor de siete hermanos hijos todos de Francisco y Ana María. Casi todas las familias asentadas de los pueblos tienen su apodo y así se les conoce entre los del lugar. A la familia de Manuela, desde su bisabuelo, se la conocía por «Los Parrilleros».

En la biografía que de ella hace Antonina Rodrigo, nos la presenta como una mujer «guapa, valiente, analfabeta porque nunca pudo asistir a la escuela». Por otro lado nada de extrañar, en un país en que en el 1920, año del nacimiento de Manuela, el analfabetismo femenino rondaba el 60% de la población femenina. Sin embargo, su falta de estudios no impidió que se desarrollase su conciencia de clase y su lucha contra la injusticia. Hija de campesinos, ayudaba a sus padres en las faenas del campo. Como afirma Rodrigo «esas fueron sus asignaturas». Su concepto de libertad, en el más amplio sentido del término, la llevó a preferir trabajar en el campo, en la libertad del aire libre, que a ocuparse en el servicio doméstico. Esa libertad la llevó a ser compañera de Miguel hasta la muerte de él en 1944.

Manuela no estuvo afiliada a ningún partido político, aunque votaba al de su madre, militante comunista.

Al finalizar la Guerra Civil los hombres de la familia, incluido Miguel, militantes izquierdistas, se integraron en la guerrilla. Comenzó entonces la cadena de sufrimientos para Manuela. Madre e hija tuvieron que hacer frente a la supervivencia de los que quedaron, hermanos pequeños y los dos hijos de Miguel y ella. Detenida por ayudar a los fugados, sufrió las primeras vejaciones, palizas y torturas.

Después vinieron más. A la menor sospecha, Manuela era llevada al Ayuntamiento, que era la cárcel del pueblo. Sin embargo, no consiguieron que denunciara a los de la partida de «Los Parrilleros», en la que pronto se tendría que integrar Manuela, acosada por la Guardia Civil que, según sus propias palabras, «no la dejaba vivir». Su vida en el monte, como guerrillera, estuvo llena de penalidades. En el pueblo, con la abuela, quedaban sus dos hijos. Allí, en el monte, le nació el tercero. Sin recursos, ni condiciones para criarlo, tuvo que dejarlo en un cortijo. La guardia Civil se hizo cargo del niño y lo internaron en el hospital de Villanueva.

Apenas sobrevivió un año. Al parecer, según le comentó a Rodrigo, «el niño no fue muy bien atendido por el médico falangista» que atendía la sección de pediatría. Pero de todas las penalidades de Manuela la mayor de todas era el estar separada de sus hijos. El riesgo que suponía el ponerse en contacto con la familia les obligaba a mantenerse alejados de ella. Creyeron que la ocasión estaba de su parte durante la celebración de las ferias, pero alguien les delató y tuvieron que desistir de su empeño. Era el año 1943. Al año siguiente, en febrero, el jefe de la partida, Miguel, cayó muerto tras un enfrentamiento con la Guardia Civil. En diciembre de 1944 la partida fue capturada en Fuencaliente. Tras los interrogatorios de rigor, torturas y palizas incluidas, no consiguieron sacarles información. Manuela, con un brazo partido, salió de Villanueva para ser encerrada en la cárcel de Ventas. Le fue conmutada la pena de muerte. Sus compañeros, Alfonso y José Antonio Cepas El Lobito, sufrieron peor suerte. Durante su cautiverio murieron su hijo Juan, con diecisiete  años, y su padre, que también había sido huésped de la Cárcel de Valencia doce años.  Manuela recuperó la libertad en 1961. Había cumplido cuarenta y un años.

Cuando A. Rodrigo la entrevistó para su biografía, le contó que durante sus años de presidio aprendió a leer y a escribir y que le enseñaron también a coser, con lo que pudo ayudar a su madre mientras estuvo presa. Desde su casa de Villanueva de Córdoba hace recuento de su vida. El cuerpo cansado, dolorido por las penalidades y las antiguas palizas. La mente lúcida y el recuerdo presente de sus luchas.

Jaén

Carmen Linares [1951]

Carmen Pacheco Rodríguez nació en Linares (Jaén) en 1951. Hija del guitarrista aficionado Antonio Pacheco Segura, se inicia en el cante en su ciudad natal en reuniones familiares. En 1965 la familia se traslada a Madrid, donde comienza a frecuentar peñas flamencas en la capital de España y también en Biarritz (Francia), formando parte del elenco de artistas de la compañía de Manolo «El Sevillano».

En 1970 actúa en el espectáculo de Fosforito de gira por el sur de Francia, y al año siguiente graba su primer disco, acompañada a la guitarra por Juan Habichuela y al cante por Paco Romero y José Molina. Este grupo realiza actuaciones por Italia y Estados Unidos y debuta en distintos festivales andaluces. En 1972 se incorpora al tablao madrileño «Torres Bermejas» donde ya actuaban Camarón de la Isla, La Perla de Cádiz, Pansequito, El Güïto, Trini España, José Mercé, Paco Cepero y El Fati. A partir de 1974 inicia una gira por Japón en compañía de Merche Esmeralda, el Chaquetón, Luis Habichuela y Paco Antequera. De vuelta a Madrid, es contratada en el tablao «El Café de Chinitas». Así, la trayectoria profesional de Carmen Linares se ha visto, como en otras tantas ocasiones, reconocida fuera de nuestras fronteras antes de llegar a popularizarse en nuestro país, pues no será hasta 1978 cuando obtenga el máximo galardón del Festival Nacional del Cante de las Minas de La Unión (Murcia).

A partir de 1981, Carmen Linares trasciende el mundo de los tablaos para combinar el cante y la interpretación, estrenando la obra de Martín Recuerda Las arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, con música de Enrique Morente, en el Teatro de la Comedia de Madrid. En la década de los ochenta, Carmen Linares alterna su participación en festivales -Primer Encuentro de Música Femenina Mediterránea (Córcega, 1983), la IV Bienal de Arte Flamenco (Sevilla, 1984), Festival de Europalia (Bélgica), II Cumbre Flamenca de Madrid, Festival Flamenco de San Isidro (Madrid)- con la puesta en escena de obras como la Historia de los Tarantos de Alfredo Mañas y Diquela de la Alhambra, o su participación en la película Flamenco de Carlos Saura.

La voz de Carmen Linares, llena de matices y musicalidad, junto a un estilo muy personal y versátil, ha permitido mostrar las inagotables posibilidades del arte flamenco, que ha enriquecido con la combinación del cante jondo y agrupaciones de cámara y orquestas sinfónicas; ejemplo de ello son sus interpretaciones de El amor brujo y La vida breve de Falla. Idéntico rigor y afán por investigar posibilidades y temáticas, es el que la artista pone en sus grabaciones, muestra de ello son sus dos últimos trabajos: Canciones populares antiguas (1994), donde recopila poemas y canciones de Federico García Lorca y Manuel de Falla, y Antología de la mujer en el cante (1996) donde recupera 27 estilos diferentes de cantes de mujer.

Tras sus discos, Carmen Linares vuelva a los escenarios en 1997 con el espectáculo Un rato, un minuto, un siglo…junto a la actriz Lola Herrera donde ponen voz y música a textos de García Lorca, e igualmente re presenta en París el montaje Solo Flamenco. En 1998 estrena la obra de Manolo Sanlúcar Locura de brisa y trino.

Carmen Linares ha recibido numerosos premios, entre los que destacan los siguientes:

Premio Icaro de la Música (1988), Premio del Ministerio de Cultura por el disco Cantaora (1992), Primer premio de la Asociación Nacional de Críticos de Arte Flamenco (1995), Medalla de plata de la Junta de Andalucía (1997), Premio Trovador de las Artes Escénicas (1998) y Premio El Olivo (1999). Comparada en innumerables ocasiones con la Niña de los peines, por su amplio conocimiento de la historia y de la praxis del flamenco, Carmen Linares representa magistralmente a la última generación del flamenco y ejemplifica que no hay que ser ni varón ni gitano para estar en la cumbre de su profesión.

Málaga

María Zambrano Alarcón [1904-1991]

El juego entre ocultación y visibilidad

marca el modo de la presencia,

lo que implica una manera de entrar

en el espacio y de fluir en el tiempo.

El 22 de abril de 1904 nace en el municipio de Vélez Málaga, María Zambrano, primera hija de Blas José Zambrano y Araceli Alarcón ambos maestros que prestan su servicio en la Escuela Graduada de este municipio. A la edad de 5 años se traslada a Segovia donde su padre enseña Gramática Castellana en la Escuela Normal y frecuenta la compañía de Antonio Machado con el que colabora en la fundación de la Universidad Popular. En 1921, María inicia sus estudios de Filosofía en la Universidad Central de Madrid donde será alumna de Ortega y Gasset, J.M. García Morente, Julián Besteiro y Zubiri y formará parte de la tertulia de la Revista de Occidente; sus años formativos lo serán no sólo en el plano académico sino en el personal y en el político: forma parte de la Federación Universitaria Española (FUE), colabora con los periódicos madrileños El Liberal y La libertad y con El Manantial de Segovia, y participa en la constitución de la Liga de Educación Nacional.

Enferma de tuberculosis, el reposo consiguiente es físico que no intelectual. De él nace el primer libro de María Zambrano: Horizonte de liberalismo (El nuevo liberalismo) (1930) y su incorporación como profesora a la Universidad Central de Madrid, al Instituto Escuela y a la Residencia para Señoritas, a la vez que ve llegar con júbilo el advenimiento de la II República. En sus escritos a partir de 1933 vemos aparecer el germen de todo el pensamiento de nuestra filósofa: la reflexión sobre la pérdida de contacto con la tierra, la prolongación -desde Ortega- del tema de la «deshumanización de las artes» y la reflexión sobre los despojos abandonados por la conciencia, con un indiscutible fondo nietzscheano.

Poco después del estallido de la Guerra Civil, María Zambrano se casa con Alfonso Rodríguez Aldave, que acaba de ser nombrado secretario de la Embajada española en Santiago de Chile con quien parte hacia su destino donde publica la primera versión de Los intelectuales y el drama de España como respuesta a su creciente angustia. Por ello mismo y con la premonición de que la guerra está perdida regresa a España y colabora, desde Valencia, con la República atendiendo las labores de Propaganda e Infancia y escribiendo junto a otros intelectuales en la revista Hora de España. A partir de ahí, el exilio; pasa a Francia con su hermana y su madre y c o m p a rten el camino con Machado. Desde allí a México pasando por New York y La Habana, por último es contratada como profesora de Filosofía en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, donde publica Pensamiento y P o e s í a en la vida española y Filosofía y Poesía. Su estancia en México se alternará con visitas académicas a Cuba y Puerto Rico (donde asiduamente ofrece cursos y seminarios en la Asociación de Mujeres Graduadas) hasta que se traslada, en 1943 a este país, luego a París y en 1949 a México, La Habana y en 1953 a Roma... en todos estos re c o rridos María se integra perfectamente en el grupo de exiliados españoles y confraterniza con la intelectualidad de la época. De este período datan Persona y democracia (1959), La tumba de Antígona (1967) entre o t ros muchas colaboraciones y artículos literarios y filosóficos.

En 1980 se traslada a Ginebra. Comienzan los reconocimientos oficiales a una María Zambrano que se debate sobre el regreso. El 20 de noviembre de 1984, María Zambrano llega a Madrid.

Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Málaga en 1982 y Premio Cervantes en 1989, entre otros notables reconocimientos, celebran su retorno. Su producción intelectual es amplísima y sirvan de ejemplo: El pensamiento vivo de Séneca (Buenos Aires, 1944), La agonía de Europa (Buenos Aires, 1945), Hacia un saber sobre el alma (Buenos Aires, 1950), El hombre y lo divino (México, 1950), La tumba de Antígona (México, 1967), Claros del bosque (Barcelona, 1977), De la Aurora (Madrid, 1986), Notas de un método y Delirio y Destino (Madrid, 1989), Los bienaventurados (Madrid, 1990), Al parpadeo de la luz (Málaga, 1991), Los sueños y el tiempo (Madrid, 1992).

María Zambrano fallece el 6 de febrero de 1991, su pensamiento y su memoria perviven.

B i b l i o g r a f í a

 

Cádiz

María Silva (La Libertaria) [1917-1936]

Este personaje pertenece a la leyenda de un pueblo y a toda una ideología: el anarquismo.

Para encuadrar a María, “la Libertaria”, tenemos que situarnos en Casas Viejas, (Cádiz), durante la II República.

Al asociar ambos nombres nos viene al recuerdo la historia de los Sucesos de Casas Viejas, tan dolorosa y cruenta… Casas Viejas cambió su nombre por Benalup, tal vez para que no le pesara la trágica leyenda de la que, hasta hace poco, casi no se podía hablar.

Enero de 1933. En este pequeñito pueblo andaluz, como en muchos otros, la gente humilde se quiere levantar contra el caciquismo señoril. Participando de la convocatoria revolucionaria que la CNT lanza a ciudades y pueblos, desde el sindicato de Casas Viejas se proclama el comunismo libertario. Los trabajadores desfilan por las calles e intentan que la guardia civil, renuncie a su poder. En la confusión, dos guardias son heridos.

Llegan refuerzos para detener la revuelta. Algunas personas se refugian en la choza de Seisdedos. Llegan más refuerzos desde Jerez. Al parecer, según el Capitán Rojas en una controvertida declaración que el gobierno desmentirá, con orden de eliminar la sublevación a cualquier precio, “ni heridos, ni prisioneros”. Siguiendo las órdenes de este capitán, los guardias incendian la choza.

Dentro había hombres, mujeres y niños. Sólo María Silva y el niño Manuel García, pudieron escapar de la choza, pereciendo el resto dentro de ésta. No acabaron aquí los hechos. El capitán ordena capturar a los hombres del pueblo. Catorce serán detenidos y conducidos a los restos de la choza de Seisdedos, allí se les obliga a mirar la tragedia y son masacrados sin previo aviso. La oficialidad justifica falsamente estos muertos. Tras numerosas investigaciones, se conocerá la auténtica masacre. Después se procederá a las detenciones y juicios.

María tenía dieciséis años cuando se produjeron los trágicos sucesos. Era nieta de Seisdedos, el carbonero, el dueño de la choza que fue quemada. Como hija de trabajadores, su formación fue la pobreza y los ideales del anarquismo. El día de los hechos, junto con su amiga Manuela, recorrieron el pueblo llevando la bandera roja y negra del anarquismo, elices por la implantación de lo que tanto habían deseado, el comunismo libertario.

María solía llevar un pañuelo rojo y negro y, en más de una ocasión, los guardias la recriminaban por ello.

María fue detenida y encarcelada. Interrogada por las autoridades, a veces se llegó a negar que estuviera en la choza en el momento de los hechos. Pero el mito de la Libertaria trascendió, obre todo entre los anarquistas. Todos los presos estaban enamorados de la Libertaria.

En la cárcel de Medina Sidonia, conocerá a su futuro compañero, el anarquista Miguel Pérez Cordón, encarcelado por llevar donativos de los pueblos próximos a los damnificados por la tragedia de asas Viejas.

María, en su declaración, según comenta Ramón J. Sénder, cuenta como ella fue a la casa de u abuelo para ayudarle y así comenzó el tiroteo, en la oscuridad de la choza. Ella, horrorizada, alió por el corralito junto con su primo, no sabiendo ni cómo pudo hacerlo. Después oyó grandes tiroteos y supo de la quema y muerte de su padre ante la choza, en la cruenta masacre.

Las mujeres huyeron del pueblo con sus niños hasta el día 14 y luego volvieron, por miedo, l pueblo. María es detenida por primera vez y llevada a Medina. Días más tarde vuelven a detenerla “con calentura”; así estuvo enferma en la cárcel. María en la cárcel, mientras está enferma, recibe insinuaciones amorosas del jefe de la cárcel, insinuaciones que ella rechaza indignada. Después es trasladada a la cárcel de Cádiz.

Excarcelada, vive con Miguel Pérez en unión libre, según las ideas anarquistas. Juntos marchan  Madrid y, posteriormente, María queda embarazada. Así la detendrán y encarcelarán en aterran, siendo fusilada en el 36, a comienzos de la guerra civil, entre Medina y Jerez. Estuvo e la cárcel a la espera de que naciera su hijo Sidonio. Aún lo estaba amamantando, cuando as ráfagas de fuego segaron su vida. Una corta vida.

La Libertaria atrajo el interés de gran cantidad de anarquistas en su momento. Federica Motseny, la inmortalizó en una novelita breve, que tenía por título su nombre: María Silva

La Libertaria. (1951).

Veinte años después de los hechos, la Libertaria seguía siendo un mito. Aún en el exilio, ederica, a toma como símbolo de la mujer revolucionaria española. Según ella, María no fue una mujer brillante, ni extraordinaria. Hija de simples campesinos, no pudo seguir estudios,…era sencilla, buena, humilde, honrada, bonita....es la encarnación y el símbolo del martirio de España…

Según Montseny fue una militante activa y consciente, que vivió el ritmo de los acontecimientos acaecidos en España hasta el 36.

La aureola que rodeaba a María, después de los sucesos, se extendió por toda España. Toda a prensa hacía de ella un símbolo de las mujeres revolucionarias de Andalucía.

Su trágico final estará marcado por sus implicaciones ideológicas. El Consejo de Guerra decide condenarla a muerte a pesar de su avanzada gestación. ... “Toda la tragedia de Andalucía, arrastrada durante siglos, estallaba ahora, como una tormenta, en torno a la triste y bella cabeza de María...” así lo dice Federica en la novela en la que idealiza la integridad de esta heroína, en los instantes antes de su muerte: ...”Sus grandes ojos miraban cara a cara a los verdugos.....una descarga sonó. María sintió las balas penetrar en su carne. Una última imagen: Miguel, su madre, su hijo. Después nada..” in duda , María Silva, merece ser recordada en nuestra historia, como una mujer más que murió por la libertad. Ella representa a esas miles de mujeres que como ella fueron fusiladas impunemente. Ella fue todo un mito que la dictadura silenció, y recuperarla ha sido nuestra tarea, no fácil, pero ahí está…

Bibliografía


Huelva

Josefa Navarro Zamora [1897-2002]

Doña Josefa Navarro nació en la aldea de Jabuguillo, en el municipio de Aracena (Huelva), el día 20 de julio de 1897. Terminó sus estudios de magisterio en el año 1920, y aprobó las oposiciones en 1921. Trabajó brevemente como maestra en Cartaya (Huelva) y luego en Huertas de Benamahoma, Ubrique (Cádiz). En 1926 fue nombrada para la plaza de maestra de párvulos en Coria del Río, tercera plaza de esta naturaleza que se creó en toda Andalucía.

En esta plaza estuvo Dª Josefa cuarenta años como titular. En ella se jubiló en el año 1966, casi con 70 de edad. Desde entonces se trasladó a vivir a su aldea natal de Jabuguillo donde falleció en el mes de julio de 2002, a punto de cumplir ciento cinco años de edad.

Gran conversadora, perfectamente ordenada en sus charlas, y muy didáctica en sus ejemplos, hasta los últimos momentos de su vida conservó una memoria prodigiosa, una mentalidad clara y ágil y una facilidad de palabra que asombraba a quienes hablaban con ella. Pero si Dª Josefa fue extraordinaria no se debió a su dilatada vida, ni a su asombrosa memoria y capacidad verbal, sino a otros dos rasgos de su personalidad que marcarán su magisterio y su labor social. Por un lado, su entrega a los demás, especialmente a las personas más pobres y débiles, y por otro a su profesionalidad, que la impulsó a estar al tanto siempre de los últimos adelantos en la enseñanza y a poner en práctica los métodos pedagógicos más modernos. Esta forma de ser y de actuar se tradujo en unos resultados profesionales que fueron reconocidos por las autoridades de entonces.

Desde sus comienzos, Dª Josefa empleó en la escuela las ideas y métodos de la pedagoga Italiana María Montessori, metodología revolucionaria en esos momentos, lo que le valió hasta nueve “Votos de Gracia” que le concedió la Inspección Educativa de aquella época.

Y, como premio a toda la labor social y escolar que había realizado en Coria del Río con varias generaciones de niños, niñas y personas adultas y a los méritos relevantes de su pedagogía, le fue concedida la Cruz de Alfonso X el Sabio el mismo año de su jubilación por el Sr. Ministro de Educación en persona.

Cuando se abrió la escuela de párvulos en Coria, sólo contaba con un local del Ayuntamiento y un banco de madera “que no cabía en él ni a lo largo ni a lo ancho”; los aseos estaban muy lejos del aula, sólo tenía seis alumnos, pues la escuela de párvulos estaba muy mal vista socialmente, “la escuela de los cagones” se le llamaba despectivamente; era considerada una cosa propia de gente muy pobre, casi de asistencia social o caridad, por eso los hijos e hijas de las familias ricas no iban a esta escuela. Con su trabajo y su tesón, consiguió en pocos años tener hasta ciento veinte alumnos y alumnas, que atendían, en tres aulas, ella, como maestra titular y otras dos monitoras más, “las chachas,” como se llamaban entonces. Impuso medidas de higiene, que eran desconocidas en aquellos años, como el baby blanco para todos los niños y niñas, actividades al aire libre, aprender cantando,  aprender manipulando sensorialmente letras y números, etc. En poco tiempo consiguió elevar muy alto la consideración social de la escuela de párvulos, lo que hizo que padres y madres de todos los estamentos sociales acudieran a matricular a sus hijos en la escuela de Dª Josefa. Su escuela se convirtió en ejemplo y referencia de un trabajo bien hecho.

Los inspectores iban a visitarla y quedaban asombrados de la prontitud con que los niños y niñas aprendían a leer y de los métodos pedagógicos que Dª Josefa practicaba: muchas canciones, muchos juegos, grandes dibujos en las paredes del aula, láminas de colores para cada niño, argollas de alambre, paneles, etc.

Pero la faceta por la que más se la recuerda en Coria del Río y por la que varias generaciones de todas las edades le han dedicado su cariño es la de su entrega generosa y su capacidad de ayuda a los más desfavorecidos. Desde el principio comenzó ayudando más que imponiendo. Daba las camisas casi nuevas de su marido para que las madres “que no tenían posibles” les confeccionasen el “baby” a sus hijos e hijas. En su casa, a veces, daban parte de la cena o el almuerzo a las vecinas que tenían niños pequeños y no tenían bastante

para darles de comer. Un año tuvo la suerte de que le tocara el Gordo de la Lotería Nacional: 18.000 pesetas. Con ese dinero y un poco más que puso el Ayuntamiento le dio un desayuno a todos los niños a base de chocolate con leche y pan frito para mojar.

Esta capacidad de entrega hizo que los naturales de Coria le reconocieran su ejemplar labor a lo largo de cuarenta años en el pueblo con la dedicatoria de una calle: “Calle maestra Josefa Navarro Zamora”, también con el nombre de un centro educativo, el C.E.I.P. “Josefa Navarro”, y con el nombramiento de “Hija Adoptiva de Coria del Río”. Tanto reconocimiento da idea de cuánta sería su labor social y pedagógica en este pueblo en donde hay muchos vecinos y vecinas que guardan muy gratos recuerdos de su maestra de párvulos.

Pero su entrega no se circunscribió solamente al pueblo de Coria. En Jabuguillo, desde su jubilación ha practicado la ayuda a todo el que lo ha necesitado en la aldea y en otras aldeas cercanas. Costeaba muchas veces los libros o el material escolar de los niños de algunas familias, atendía a los enfermos, hacía regalos puntuales todos los años por Navidad a una legión de sobrinos y a su descendencia. Era en la aldea como una madre de todos y así la reconocían todos los vecinos y vecinas.

La Delegación Provincial de Educación y la Diputación Provincial de Huelva le rindieron un homenaje merecido en 1998. Posteriormente, el Ayuntamiento de Aracena le hizo un nuevo homenaje y le dedicó una calle en Jabuguillo: “Calle Dª Josefa Navarro”. Asimismo fue entrevistada por periodistas para varios programas de radio y de la televisión autonómica, e igualmente una entrevista suya fue publicada en la revista “Andalucía Educativa”, nº 2.

“Doña Josefa”, como era conocida en las aldeas de Aracena, falleció el día 8 de julio de 2002 a punto de cumplir los ciento cinco años de una vida completamente llena de experiencias vitales.

 Información

- Entrevista con Josefa Navarro Zamora.

- Entrevista con Rosario Domínguez.

 José Luis Macías Rico. E.O.E Sierra

enció, y recuperarla ha sido nuestra area, no fácil, pero ahí está…

Sevilla

Encarnación Luna Ramos [1945-2001]

Encarnación Luna Ramos nació en La Roda de Andalucía, el 28 de Mayo de 1945. Desde muy pequeña, se trasladó a Pedrera a vivir con unas tías suyas, como  consecuencia de las necesidades que ella, sus seis hermanos y su pobre madre, ya por aquellas fecha viuda, tenían.

Encarnación, Encarnita para sus amistades y familiares, fue una persona tenaz y perseverante desde la infancia. Apenas tenía diez, años cuando ayudaba a sus tías a hacer la matanza. No podía con casi nada de lo que se usaba en la labor, porque, además, Encarnita era una mujer de constitución más bien bajita y considerablemente delgada en aquella época. Enseguida aprendió a coser y ayudaba a una modista a confeccionar las prendas, Como aún era una adolescente, sus tías le dejaban algún tiempo libre. Encarnita lo dedicaba a cuidar niños y niñas de la vecindad: le gustaba trabajar y ayudar a los demás.

Cuando tuvo edad para trabajar, emigró a Barcelona. Allí trabajó en varias empresas de la industria textil. Una vez que estas empresas empezaron a decaer, a Encarnita no le importó dedicarse a limpiar las casas por horas. No era una persona arrogante, lo importante para ella era trabajar y cuidar a su familia que para entonces eran su marido y su única hija.

Una vez alcanzados los cuarenta años, ella y su familia deciden volver a Pedrera, para ella su pueblo, natal. Es allí donde le diagnostican un cáncer de mama. Fue algo muy rápido: diagnóstico, seguido de intervención quirúrgica. En unos días, Encarna era una mujer mastectomizada. No le importó, o, por lo menos, nos lo hizo creer a todas las personas que la conocíamos. Ella siguió adelante no dándole demasiada importancia a lo ocurrido. Siguió trabajando de empleada del hogar sin apenas tener en cuenta sus propias limitaciones.

Un fatídico día, Encarna se cae por las escaleras de su casa y se rompe dos vértebras.

Vuelven a intervenirla quirúrgicamente. Se le detecta una metástasis en el hueso. El médico le da pocas esperanzas de vida, pero a ella no le importa; decía: “mientras haya vida, hay que vivirla, y lo más importante es estar con los míos”. Entonces, las limitaciones fueron más fuertes pero, como no era una mujer que se rindiera fácilmente, decidió estudiar y obtener el título de Graduado Escolar. Como consecuencia de esa tenacidad que la caracterizaba desde niña, consiguió aprobar con buenas notas.

¿Qué hacer ahora? Encarnita encontró el mundo de las asociaciones de mujeres y creó una junto a un grupo de amigas del Centro de Adultos. La asociación se denominó “Asociación de mujeres La Pedrera “. Esta se planteó la posibilidad de crear una compañía de teatro, y se creó. Encarnita, cómo no, participó en ella actuando en dos obras: Las cinco advertencias de Satanás, de E. Jardiel Poncela y Una noche de primavera sin sueño, del mismo autor.

En las continuas revisiones médicas, a las que acudía con asiduidad, le detectan otra metástasis, esta vez en el pulmón, pero tampoco fue un obstáculo para hacer lo que a ella le gustaba y en verdad quería. Siguió con su teatro y su asociación, haciendo manualidades. Aún acudiendo a la quimioterapia y superando la dificultad que tenía para respirar, conoció el mundo del cine y la televisión. Su última representación fue la que realizó en el cortometraje “Galgos”, que se grabó íntegramente en Pedrera y por gente de Pedrera.

Encarnita se retiró de mundo laboral, por así llamarlo, pero siguió luchando contra su enfermedad. Durante ese tiempo, volvieron a detectarle otra metástasis, la última, esta vez en el cerebro. Finalmente Encarnita murió una primavera, el 15 de Noviembre del 2001.

Hasta aquí todo podía quedar en la biografía de cualquier mujer con el mismo problema que Encarnita. Pero lo que ella quiso demostramos a todas las personas que la conocimos es su enorme generosidad, su grandeza humana, desde un anonimato que ahora queremos desvelar porque entendemos que su último gesto merece nuestro reconocimiento.

Encarnita en los momentos más duros de su enfermedad y cuando el proceso ya era inevitable, se preguntaba como podía devolver todo el esfuerzo que la medicina había hecho por prolongarle la vida junto a su familia. Y su pregunta encontró una respuesta : ceder su cuerpo a la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla para que se pudiesen estudiar los efectos de su enfermedad, con la finalidad de avanzar científicamente en este mal generalizado que es el cáncer.

Y así fue. Y si grande fue su corazón en vida, más grande fue su generosidad en la muerte. Gracias Encarnita.

 Información

- Entrevista con Inmaculada Gómez Luna