Domingo, 25 de agosto de 2019
Resume, que algo queda (primera parte)
Escrito por: Manuel Jiménez Friaza, martes 14 de junio de 2011 , 19:24 hs, en la categoría: El rincón de Manuel Jiménez
  1. Enseñar a resumir un texto es una la de las tareas más endiabladamente difíciles a que nos enfrentamos los que nos dedicamos a este «oficio de tinieblas»: ¿aunque, bien mirado, qué es fácil en la enseñanza? Su aprendizaje es tanto o más complicado que su instrucción y basta para comprobarlo echar un vistazo a los subrayados de nuestros alumnos sobre manuales o sobre hojas fotocopiadas o sobre sus propios apuntes manuscritos. El otro día, por citar el último caso, vi a un joven bachiller estudiando en la bilioteca, en un manual en el que tenía resaltadas con tinta fluorescente las líneas que, en teoría y mal que bien, contenían para él lo fundamental del tema que estudiaba: las páginas del libro brillaban como luciérnagas pues había subrayado la práctica totalidad del texto. «¿Crees que has resumido el tema o más bien lo has coloreado?», le dije. Él me respondió con una sonrisa: «pues tienes razón; lo he coloreado». Más adelante explicaré, a propósito de esta anécdota, por qué el subrayado, como paso previo al resumen, me parece un paso tan errado e inútil.

  2. Definir lo que es un resumen, y comprender uno mismo las pautas que debe enseñar para que el alumno lo haga bien, es una tarea intelectual frustrante que siempre está a punto de caer en el abismo del círculo vicioso y en la tautología recursiva: antes muerta que sencilla. Si fuera un «a priori» kantiano o una -¿cómo llamarla?- intuición, sería tan fácil como responder a la pregunta fatídica «¿cómo resumo el texto?» con un sublime, sintético y consolador «pues resumiéndolo». Y, sin embargo (risum teneatis?), es, en resumen, lo que hacemos. Veámoslo más despacio.

  3. Como hace muchísimo tiempo que tengo la mosca tras la oreja con esta cuestión, decidí hace también muchos cursos reducir la cosa a lo que llamo en clase «las tres reglas de oro de un buen resumen», por buscar más que nada alguna objetividad, aparente, en el asunto; un criterio claro, supuestamente claro, para valorar sus sinopsis y una supuesta claridad expositiva. A saber:

    • Un resumen debe ser breve.

    • Debe contener sólo lo esencial del texto.

    • Debe estar redactado con un vocabulario propio, siempre que sea posible.

  4. ¿A que parece fácil y didáctico? Pues como ya vengo avisando, para nada. Y la dificultad, el abismo de la tautología en que nos hundimos todos está en la segunda regla, que es la madre de todas las reglas engañosas... Pregunta: ¿qué es lo esencial? Respuesta: lo que no es anecdótico. Pregunta: ¿Y qué es lo anecdótico? Respuesta: lo que no es esencial. Como en el DRAE. Y volvemos a empezar el cuento de la buena pipita: ¿qué es resumir? Resumir es resumir... Pensad en esta estimulante paradoja mientras saco la segunda y tercera partes de esta larga entrega.

  5. Por último, por ahora, y tal vez lo más inquietante: se acepta como tópico común que dominar la técnica del resumen trae como consecuencia que se ha conseguido en gran parte la comprensión lectora. Como ese es el primer objetivo de la ley de Educación, he comentado con algunos compañeros a lo largo de los años, como una «boutade» con su fondo de verdad, que incumplimos sistemáticamente ese objetivo al otorgar los títulos de ESO y Bachillerato a alumnos que, en su inmensa mayoría, no son capaces de resumir un texto. ¿O no será que, negando la mayor, una cosa no tenga que ver nada con la otra?

  6. Seguirá la segunda parte con mi propuesta para salir del círculo vicioso, aunque más que una propuesta es una añagaza o rodeo para salvar la vergüenza pedagógica y torera y por respirar fuera de este asfixiante y minado territorio de las síntesis. También habrá más reflexiones de fondo sobre la posible inutilidad última de este saber tan evanescente.

  7. En la tercera y última -espero- me centraré en las promiscuas relaciones entre resumen e internet, con algunas derivaciones finales sobre la posible nacesidad contemporánea de enseñar lo contrario: a recoger los restos del naufragio textual en que vivimos para saber reconstruir unidades mayores llenas de sentido con los pecios microtextuales en que naufragan las lenguas y la urgencia de rescatar su dimensión perdida: la profundidad. No olvidemos que «texto» significa «tejido», es decir, el resultado laborioso y paciente del entrecruce entre una trama y una urdimbre...

Comentarios
1 - "El de los ordenadores" | martes 14 de junio de 2011, 20:07 hs
No ha defraudado Manuel. Esperamos la siguiente entrega..
De momento, esas tres reglas de oro ya son algo mejor que la simple tautología en la que caemos los profesores en este asunto. Aunque, si no entiendo mal a Manuel, la tautología aquí es, en el fondo, casi inevitable.
2 - Gabriel de la Riva Pérez | martes 21 de junio de 2011, 00:37 hs
Delicioso viaje entre palabras que recrean el interés de saber hacer un buen resumen. Se me viene a la mente la relación que hago entre personas con capacidad de síntesis y su falta de apego al propio ego. Es decir que para que una persona sepa hacer un resumen debe mantener una distancia prudente entre el afán de mostrarse y el contenido de su mensaje. ¿Estaré divagando?
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