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LLANTOS DE AMOR por María Jesús Martínez Ariza Miedo. Eso es lo que siento. Miedo de que vuelva a hacerlo, de volver a sentir sus gritos en medio de una noche fría y oscura. Miedo de que vuelva borracho y decida hacer una locura. No hay noche en la que no sienta miedo. Fue una noche de frío invierno cuando un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, de pies a cabeza , sin dejar en él ni un solo rincón sin habitar. Estaba tumbada en mi cama, reflexionaba sobre algo que había escuchado en el colegio. El padre de mi mejor amiga maltrataba a su madre. Veía cómo ella sufría, pero quizás no me lo tomaba demasiado en serio. Es una de esas cosas que si no las vives en tus propias carnes no las sientes de verdad desde dentro. Pero ahora la realidad de Sofía, mi amiga, se había convertido en mi propia realidad, mi día a día, mi sin vivir. Escuché como alguien tocaba la puerta, mi madre fue a abrir. Eran las dos de la madrugada y por la ventana entraba la luz de una farola que alumbraba la pared de mi habitación. La puerta se encontraba entornada y desde la cama vi y escuché cómo mis padres discutían aceleradamente. Sólo conseguía ver unas sombras algo difuminadas, pero lo bastante claras como para poder observar el momento en el que mi padre, sin vacilar ni un momento, levantó la mano y golpeó bruscamente a mi madre. Ella quedó rendida en el suelo, él empezó a gritarle todo tipo de insultos y ella, sin nada que poder hacer, aguantó. Esa noche no logré conciliar el sueño. Al cerrar los ojos sólo podía ver la escena que se había quedado grabada en mi mente. Era la primera vez que mi padre hacía esto. No sabía qué hacer con lo que había visto, no sabía cómo borrar aquel sucio recuerdo de aquella noche. Habían pasado dos semanas desde lo sucedido y todo seguía como antes de que ocurriera mi pesadilla, incluso se podría decir que mi padre había empezado a tratar mejor a mi madre. A veces, al llegar del trabajo, le traía una rosa o una caja de bombones. Parecía que quería recompensarla por el daño hecho, pero con eso no conseguiría tapar una herida interior tan grave; donde hubo fuego, quedaron cenizas. Ese mismo día había conversado con Sofía. Me contó que su madre se había decidido a denunciar a su padre llamando al 016. Ahora por fin se sentía segura de que su padre no llegaría en cualquier momento y pegaría a su madre o a ella misma, que en más de una ocasión había llegado a clase con moratones y cicatrices. Había caído la noche, cenaba sola con mi madre, ya que mi padre aún no había vuelto de trabajar. Era la hora de decirle que lo había visto todo, necesitaba decirlo, porque me estaba consumiendo por dentro. Al contárselo, mi madre simplemente me contestó: “Hija debes saber que el amor es ciego y el final es triste”. No lo había entendido del todo, pero tampoco pretendía pedirle explicaciones, porque eso sólo sería recodar un mal momento. Ya estaba dormida cuando me despertaron unos gritos, de nuevo volvía a suceder mi peor pesadilla. Sólo escuchaba gemidos de dolor de mi madre, no sabía qué hacer, si salir y defenderla, si correr, si llorar... No era capaz de salir ahí afuera y dar la cara. Simplemente fui capaz de esconderme debajo de la cama, y esperar, esperar a que pasara todo aquello. Me tapé los oídos con las manos, no quería escucharla, apreté los ojos tanto como pude, pero aquello no paraba. Escuché cómo alguien corría y cerraba la puerta de un portazo. Tenía que salir, había parado de gritar. Abrí la puerta con miedo de que estuviera él allí, pero no fue a él a quien encontré, sino a mi madre tendida en el suelo y alrededor una mancha de sangre que llegaba hasta mis pies. Me quedé paralizada, no sabía qué hacer, me acerqué a ella con temor de que hubiera ocurrido lo que creía que había pasado. Le cogí la mano, no podía dejar de llorar, pero no podía perder tiempo. Cogí el teléfono y marqué el número de la ambulancia. Había recibido golpes en todo el cuerpo, tenía varias costillas rotas, no podía mover las piernas y, lo peor, no recordaba nada, había recibido un golpe en la cabeza que había hecho que olvidara todo. Él acabó en la cárcel gracias a mis declaraciones en su contra, ya no podría hacerle lo mismo a otra mujer que no lo mereciera. Desde luego había marcado mi vida y la de mi madre. Es cierto, al final, el amor es triste. Tenía razón al decirme eso. Lo que mi padre no sabía es que cuando mi madre recibió la brutal paliza tenía en su vientre a un nuevo ser que no había conseguido salvarse. Mi madre comenzó a dar charlas en los colegios de los alrededores sobre el maltrato y lo que sienten sus víctimas. Enseñó que el amor no es amor cuando duele por fuera, que una persona celosa no es señal de que te quiera mucho, sino de que piensa que eres de su propiedad, que le perteneces, pero, sobre todo, empezó a concienciar a los alumnos de que si presencian un maltrato lo denuncien, porque siempre podría llegar a más.
SI TE MALTRATAN, DENÚNCIALO, QUE NADIE CALLE TU VERDAD.
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