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DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA Volver a la portada de los Departamentos

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EL MUNDO, MIÉRCOLES 26 DE SEPTIEMBRE DE 2001
CULTURA

ANTONIO GALA

«El alma de Boabdil era frágil como la escayola o el estuco»

ANTONIO LUCAS

MADRID.- Antonio Gala se adentró en la novela desde el remanso del teatro y la agitación celeste de la poesía. Su primera novela, El manuscrito carmesí, la acometió como una prueba de fuego en la que reinventó a Boabdil, el último rey árabe de Granada, y recorrió, tantos años atrás, la exquisitez truncada de los nazaríes.

Pero Gala también quiso mirar a esa zona oscura, tan oscura, que fue 1492, con el fin de tantas cosas y el comienzo de algunas tragedias. Ese lado ingrato de la reconquista donde Boabdil fue un hombre exquisito, abatido y solo que vio cómo su mundo se venía abajo desde la soledad de la Alhambra.

Por todo ello, esta novela fue distinguida con el Premio Planeta en 1990. Un galardón que acercó a su autor en la narrativa, ya para siempre.

- ¿Por qué esperar tanto para la primera novela?

- Es que sucedió que yo primero velé armas ante Nuestra Señora la Poesía y luego comencé con el cuento para hacer dedos. Pensaba que lo mío, realmente, era la novela, pero en medio de todo esto escribí Los verdes campos del Edén, una obra de teatro que Félix Grande y Paca Aguirre -tras falsificar mi firma- presentaron al premio Calderón de la Barca para autores no estrenados. Me dieron el premio y el éxito fue tan importante que me quedé un tiempo en el teatro. Entre otras cosas, no sólo por el éxito sino porque esta obra la dirigió una de las personas a las que más he admirado: José Luis Alonso, que me llevó de la mano, me enseñó la casa del teatro y me dijo que yo no podía ser autor de una sola obra. Es decir, me introduje en el teatro por una puerta que no era la que yo había soñado. Pero es que yo soy un escritor de destino, no de vocación. Procuro ser un dócil rotulador en manos de la vida.

Boabdil

- Así que inauguró su «viaje» por la novela mirando hacia Boabdil, el protagonista de El manuscrito carmesí.

- Así es. Pero puse a prueba el tema, como suelo hacer siempre. Por ejemplo, en este caso convoqué en un almuerzo en casa a nueve embajadores árabes y les dije que iba a escribir sobre Boabdil. En ese momento se hizo un silencio en la mesa que daba miedo porque, para ellos, el último rey árabe de Granada era un traidor. De inmediato me di cuenta de que sobre ése por el que todos callan debo escribir yo.

- Y de este modo reactivar la memoria de su legado, sobre el que tan poco hay escrito.

- Cierto. Me puse a investigar como un loco y me di cuenta de que existían muy pocos documentos sobre él, entre otras cosas porque la Historia está escrita casi siempre por los vencedores. Y éste no era el caso. Investigué tanto que temí que se convirtiera el libro en un texto de erudición en vez de en una novela. Me puse a escribir, paré, volví a retomar el libro... Y al final, El manuscrito carmesí fue saliendo. Me encariñé de tal manera con el personaje que también yo fui Boabdil. Es más, creo que ésta es la novela más autobiográfica de las mías.

- En esto le llegó el Premio Planeta.

- Sí, pero yo al principio no tenía claro si presentar o no la novela. Terenci Moix me animó a presentarla al premio, pero yo siempre he pensado que los premios son para los jóvenes, para quien se sienta estimulado con ellos. Yo era ya mayor para romper aguas en cualquier género literario, pero claro, acababan de darle el Planeta a Gonzalo Torrente Ballester, así que pensé que en el fondo era un novel en la novela, es decir, que tenía derecho a presentarme. Y lo hice, pero con un enorme miedo porque éste es un país en el que no te permiten que puedas hacer dos cosas bien a la vez. Miedo, decía, porque pensé que si no me daban el premio y la gente se enteraba de que me había presentado, no me permitirían, seguro, ni volver a escribir teatro. Pero, afortunadamente, el jurado apostó por El manuscrito carmesí y me permitió seguir con el teatro y la novela, que es lo que hago ahora.

- ¿No cree que en este libro, entre otras cosas, trazó ese laberinto sentimental que puede habitar en un solo

hombre?

- Yo no he vuelto a leer el libro, pero recuerdo que lo escribí con mucho sentimiento y trasladándome al lugar del protagonista continuamente, narrando en primera persona. Detesto a esos narradores demiúrgicos que lo saben todo, que están dentro de la cabeza de los personajes, que conocen su futuro... En el caso de Boabdil sí que hay ese laberinto. Era un ser debilitado, mal querido por sus padres y sus familiares, viviendo en aquel sitio tan frío como era la Alhambra en una época tan absolutamente distinta como la que le debería haber tocado... Y es que él era un hombre renacentista.

Antonio Gala

- Un hombre a destiempo, dice. ¿Por eso presenta en esta novela la cara más amarga de 1492?

- Claro, claro. A mí, por ejemplo, me parece terrible que Málaga tenga la Feria de Agosto como celebración de la Reconquista, que fue un hecho terrible, como después la de Granada, en la que quedaron 15.000 supervivientes y todos ellos fueron esclavizados. Verdaderamente se ensañó la Reconquista, porque no puede llamarse así a algo que duró ocho siglos. En mi novela, Boabdil y Gonzalo Fernández de Córdoba son los que verdaderamente están viendo lo que se aproxima, es decir, que los castellanos de 1492, tan acostumbrados a luchar, se van a quedar sin enemigos. Menos mal que surgió América y pudieron largarlos. De otro modo, se habrían tenido que comer las piedras de Castilla la Vieja, porque ellos se negaban a trabajar, a realizar los oficios modestos que hacían los árabes, que lograron la Andalucía más bella que ha existido nunca, porque la amaban.

- ¿Y no es El manuscrito..., también, una cartografía de la soledad?

- Sin duda, pero no de la solitude, la soledad querida que dicen los ingleses, sino de la loneliness, la impuesta. Para mí, la soledad ha sido una compañera de trabajo y mi primera colaboradora, junto al silencio. Pero no como la de Boabdil, que es una soledad sucia, una traición.

- De ahí que se establezca la confrontación entre el refinamiento íntimo de Boabdil y el poder al que está obligado. ¿Tan irreconciliables son?

- Sí lo son. El refinamiento necesita un ejercicio, un tipo de soledad que no es la del gobernante. Sin embargo, la soledad del diletante, la del exquisito, es distinta, bien oliente. El poder no era lo que le esperaba a Boabdil, que habría sido un príncipe en el Renacimiento o al menos así me lo he imaginado yo: un hombre que sabía latín, idiomas, que escribía poemas... El alma de Boabdil era frágil como la escayola, como el estuco, como ese encaje bellísimo del arte nazarí.

- Pero también a contracorriente del momento que le tocó vivir.

- Esa fue la segunda razón que a mí me movió para tratar aquel momento de crisis definitiva que fue 1492. No sólo por amor a Andalucía y a los árabes que la enriquecieron tanto, sino también como momento fronterizo en el que el mundo debe ser reinventado. Quien lea ahora El manuscrito carmesí verá cuánto se parece aquel momento a lo que estamos viviendo ahora. La novela termina diciendo que si las naciones árabes se juntaran todas, terminarían siendo las dueñas del mundo.

- A la vez que sale este libro en la colección Millenium, La Esfera de los Libros lanza otro volumen suyo, Cuaderno de amor, donde se recogen sus ideas sobre el tema.

- Es una antología de mi obra realizada por Isabel Martínez Moreno. Pensamientos, aforismos y trazos de mi obra relacionados con el amor, que ha sido muy protagonista de mi escritura. Pero en realidad el amor no se dice, se hace, y en realidad creo que yo lo he hecho muy poco. Me convendría escribir menos sobre él y hacerlo un poco más.

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