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DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA Volver a la portada de los Departamentos

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EL MUNDO, MIÉRCOLES 26 DE SEPTIEMBRE DE 2001
CULTURA

El hallazgo de un manuscrito con las memorias del último sultán de Granada, Boabdil, le sirve a Antonio Gala para recrear literaria e históricamente la vida de este personaje en El manuscrito carmesí. El guitarrista flamenco Manolo Sanlúcar, prologuista de esta edición, califica al autor como un alfarero de la sensibilidad.

EL MANUSCRITO CARMESI (I)    /    ANTONIO GALA

La Historia en manos de un artista

MANOLO SANLÚCAR

Desde su introducción este libro comienza a despertar interés, contando el sorprendente hallazgo, en una cámara oculta de la mezquita de Karauin, de un manuscrito que contiene las memorias de Boabdil, el último rey de la España Islámica.

Aunque de inmediato, Gala nos advierte de las irregularidades que hacen sospechar del rigor y procedencia de estas memorias, alertándonos de las imprecisiones del relato, cual pulcro historiador. Veladamente, aparenta su compromiso y lealtad hacia sus lectores cuando, en realidad, lo que está haciendo es recrear, modelar, ordenar y acomodar en este espacio histórico la trama que le permita expresarse como artista y alfarero de la sensibilidad. El tema, cualquier tema, es la excusa, la ocasión que el artista tiene para hablar de sí mismo. Y, afortunadamente, así es. Pues quién querría recibir de Antonio Gala un libro de Historia. Lo que yo quiero es que la utilice, que se sirva de ella, para que me regale el fruto de su talento.

De la mano de este libro seremos conducidos por los caminos del Arte. En la escuela me instruyeron sobre cómo Boabdil entregó las llaves de Granada. Pero es ahora el arte literario quien me narra y describe cómo era el sacerdote que dio testimonio de la entrega, emitiendo el recibo: «Rollizo y calvo y sacaba la lengua al escribir».

Sin embargo, aún no siendo Antonio historiador, nos dejará una amplísima y enriquecida crónica de esta parte final de la historia musulmana en España. Como, asimismo, unos datos

que nos revelarán lo que nos oculta la Historia; aquella que se modela según los intereses de los vencedores (...).

La existencia de Boabdil está determinada por el modo en que se relaciona con la vida; desde una sensibilidad extrema donde nada existe sin su presencia, como si no pudiera existir amor alguno sin él. Por tanto, sobre cualquier otra apreciación ésta es una historia de amor. No de un hombre y una mujer sino de Boabdil y todo su universo. De un amor sin límites previstos, como el que está sintiendo cuando a Jalib le dice: «¿No te das cuenta de que, si dejase escapar una sola palabra benévola, te inundaría con mi amor?, ¿he de estarme ante ti con las manos delante de la boca, para evitar que por ella salga mi alma y te asuste?»

En esta sensibilidad queda impregnado cada personaje, como Subh, la nodriza de Boabdil niño, en donde Antonio viene a encarnar toda la ternura de la mujer andaluza, para poder hacernos sentir la adoración que tiene por esa madre cuando la escucha decirle a su hijo, aunque sobrado de salud y hermoso como un adonis, mientras se rompe por tanto amor en su mirada: «¡Que doló de mi niño!»

O el hermano Yosuf, quien se incluye en el mundo «con la naturalidad con que una tesela se incluye en un mosaico».

O el médico judío Ibrahin, quien pensaba que «el hombre ha nacido para la salud y que, si la perdía, era por error suyo».

O el eunuco Nasim, que «tenía reputación de magnífico alcahuete». O el negro Mullej, jorobado y feo, para quien «contar una catástrofe es como perecer de nuevo en ella».

A través de estos personajes Gala despliega su prosa más fluida y preciosista, cual festival de colores, dejándonos en el paladar ese regusto a menta y canela que concentra esta literatura creada para el gozo. Como este pensamiento en boca de Boabdil: «Las flores son la sonrisa de Dios, la mejor prueba de su bondad; la belleza que, al ser superflua, es doblemente bella».

La Alhambra: patio de los leones.

Ponerse ante este libro es como asistir a un concierto. Antonio Gala maneja el lenguaje como quien, ante una partitura, consciente de la naturaleza de cada instrumento, va tejiendo, componiendo un orden que lleva implícito su propio valor, que sobrepasa el de la misma historia. Cada palabra que elige contiene su interés y el modo en que las ordena conforman una sinfonía de ideas y sonoridades, con tal ritmo, cadencia y presentida entonación que uno puede perder, olvidar, el hilo de la trama. Todo cuanto mira se agranda y resplandece, mostrándonos lo que, por sí solos, no sabríamos ver. Como un guía espiritual que nos enseña los matices del alma.

Boabdil va formándose para rey mientras toma lecciones de política, donde aparece esta mirada aguda y escalofriante en la observación «del mal gusto de los castellanos; de las tristezas de sus

vidas y de sus muertes, referidos a una eternidad amenazadora de la que no tienen testimonios y a la que todo lo sacrifican».

Para una sensibilidad como la de este rey, verse obligado a liderar una guerra abierta multiplica el sufrimiento debido. Sin embargo, no es tan grande la herida como el dolor que emite la miserable condición humana, dispuesta a desbocarse en cuanto la ocasión sea propicia. Las incisivas batallas por la conquista de Granada se reflejan y resumen en el sentir de Boabdil: «Mirando a mi alrededor me sentía mezclado con la muerte... como un fantasma ciego, vuelto del otro mundo, que recorre a tientas las salas y el jardín en que fue feliz vivo, y solloza de amor. Aquel fantasma, que era yo, lloraba con unos ojos que ya sólo para llorar servían».

Quién podría dudar de que Boabdil era un predestinado, imposible para otro momento histórico ni otra geografía. Por esto «cuando a un hombre se le impone al nacer una misión, gloriosa o desdichada, su vida tendría que concluirse cuando se concluyera la misión. Si no, ¿qué hará con lo que sobra?» (...).

Por último, una cuestión que, disimuladamente, aparece a menudo ante nuestros ojos: el término con que Boabdil y su pueblo se denominan: «Nosotros los andaluces». Ante esta rotunda expresión ¿qué andaluz puede quedar imperturbable?

El manuscrito carmesí (A. Gala)

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