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DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA Volver a la portada de los Departamentos

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LA LITERATURA ANDALUSÍ

Los comienzos culturales en Al-Andalus debieron ser lentos y de modestos objetivos. Pero desde mediados del siglo X, aproximadamente, se pasa de una fase receptiva a otra creadora de cultura, teniendo lugar un importante despertar científico, literario y filosófico. La mayor parte de los andalusíes sabían leer y escribir, cosa que no ocurría en las restantes naciones de Europa. El afán de saber de aquellos andalusíes no parecía tener límite y representa, sin duda, una de las más bellas páginas de la historia de nuestra cultura.

Uno de los ejes de ese florecer cultural fueron los libros. Su amor por ellos penetró tanto en aquella sociedad que apenas había objeto más apreciado y todo el mundo rivalizaba por poseerlos: desde el califa hasta los más humildes, hombres y mujeres. De ello da fe la más importante biblioteca de la Edad Media europea, la del califa de Córdoba Al-Hakam II. Parece ser que constaba de 400.000 volúmenes, muchos de ellos de carácter único.

Las bibliotecas particulares eran frecuentes entre la gente acomodada y los intelectuales. Un rico bibliófilo de Almería llegó a formar una tan gigantesca que superaba los 400.000 volúmenes encuadernados. Y la verdad es que rara era la casa donde no hubiera alguno.

El pueblo andalusí poseía una fina sensibilidad: el rey, el príncipe y el magnate, el artesano y el hombre del pueblo, hombres y mujeres, campesinos y artistas, ciegos e iletrados, todos en general, gustaban de la poesía y llevaban dentro de sí un poeta, o quedaban extasiados ante cualquier recital poético. No faltaron hombres que buscaron en este quehacer su medio de vida, a través del elogio a sus mecenas. Los poetas en número jamás igualado, llenan todo el ámbito de la Península.

Abd Al-Rahmán III (912-961), por ejemplo, se vio acompañado de una pléyade de poetas que exaltaban su poder y la magnificencia de su corte. El ambiente de tolerancia que se respiraba en Córdoba favorece la expansión de las letras, pues allí convivían las culturas musul­mana, cristiana y judaica, y se hablaba el árabe y el romance. La lírica arábigo-andaluza alcanza su apogeo en este periodo califal. En las cortes de Toledo, Badajoz, Zaragoza, Almería, Murcia y, especialmente, Sevilla se rinde culto a la poesía.

Existió una amplia gama de temas, predominando el de la naturaleza, bien en la descripción de sus variados aspectos o bien sirviendo de marco a otros temas muy diversos. Los andalusíes sintieron predilección por ella, y los jardines, las flores, los paisajes y las estaciones (sobre todo la primavera) fueron retratados con maestría. Les gustaba personificarla, hacerla hablar e instituyeron, por ejemplo, las querellas entre flores.

Otro de los principales temas, que no podía faltar en un pueblo tan sensible, es el amoroso. El panegírico abunda asimismo en este ambiente, en el que la adulación juega un papel importante. Encontramos cantores ascéticos y místicos, y no falta tampoco el tema elegíaco, que canta el dolor y el llanto. La poesía filosófica y de enigma tuvo también su lugar aquí.

En cualquiera de estos temas el poeta andalusí, al igual que el oriental, llenas sus casidas (que constaban de 30 a 120 versos de idéntico metro, acabados todos con la misma rima) de abundantes metáforas, en ocasiones bellas, aunque, a veces, extrañas y hasta carentes de estética para nuestro gusto actual; algunas de fácil interpretación, pero otras, tan rebuscadas, que nos resulta difícil hallar su verdadero significado.

La poesía andalusí se plasmó mediante el zéjel (en árabe “zayal”, melodía) y la moaxaja (“muwashshaha”, nombre tomado de los collares de las mujeres), las dos mayores contribuciones de Al-Andalus a la poesía. Son formas líricas populares relacionadas con la música que suponen una ruptura con la rigidez de los poemas clásicos como la casida.

Las moaxajas son bastante diversas, se prestan fácilmente al canto y expresan sobre todo temas delicados o ligeros (el amor, los placeres, las descripciones de la naturaleza). Se trata de un poema de cinco o más estrofas que comprende una jarcha (estribillo inicial o refrán, en donde se mezclaron las lenguas mozárabe, hebrea y árabe popular, y se convirtieron en uno de los primeros ejemplos de poesía en lengua romance), tres versos que riman entre sí y dos más que riman con el estribillo. Las normas de esta composición fueron fijadas a fines del siglo IX por el poeta ibn Hammud Al-Qabrí, llamado "el ciego de Cabra".

Los maestros más grandes de la moaxaja fueron el cordobés Ibn Zaidún (1003-1070) y los granadinos Ibn Al-Jatib (1333-1375) e Ibn Zamrak (1333-1392).Poema de Ibn Zamrak en la Alhambra

La estructura del zéjel es semejante a la de los primitivos villancicos castellanos. Se basa en un estribillo o jarcha ("salida") asonantado, sin número fijo de versos, y una mudanza de cuatro versos, el último de los cuales rima con el estribillo.

El más importante de los poetas andalusíes que cultivaron el zéjel fue Ibn Quzmán (m. 1159), que, con sus poemas satíricos, introdujo el árabe vulgar y dialectal en lo que hasta entonces era exclusivo del árabe literario.

La influencia de estas composiciones traspasaría pronto las fronteras de Al-Andalus y se expandiría hacia el Magreb y el Próximo Oriente y hacia el Norte alcanzando su influencia a los poetas castellanos, a los trovadores provenzales e italianos y a las cantigas galaico-portuguesas.

Una de las figuras más importantes es la de Muhammad Ibn Al-Jatib, de Loja (1313-1375). Alternó su labor de poeta con la de médico. También fue un político de primer orden, ocupando durante un tiempo el cargo de visir en Granada. Caído en desgracia con Muhammad V, huye a Marruecos, donde, tras ser juzgado, lo estrangularon. Se le atribuyen unos sesenta escritos sobre bellas letras, filosofía, mística, historia, medicina, de los que sólo una parte ha sido conservada. Fue seguramente el último autor de moaxajas en Al-Andalus; su prosa, rimada y decorada, era con frecuencia natural y elegante. Sus poesías adornan el salón de Comares de la Alhambra.

Ibn Zamrak de Granada (1333-1393) fue discípulo de Ibn Al-Jatib y participó en el tribunal que lo condenó. Caído en desgracia, fue, a su vez, asesinado por Muhammad VII. Es autor de una poesía exquisita, de casidas y moaxajas clásicas. Ha pasado a la historia literaria por ser el poeta que más adornó las paredes de la Alhambra: la fuente de los leones, la Sala de las dos hermanas, etc.

Ibn Zaydún (1003-1070), fue ministro de varios príncipes, estuvo aposentado en Sevilla y cantó a su Córdoba natal; su poesía es humana, pero sobre todo fue el poeta del amor: célebres fueron sus relaciones con la princesa Wallada, rivalizando con Ibn ‘Abdûs, ministro en Córdoba. Ibn Zaydún compuso contra éste poemas amenazantes y lo ridiculizó, valiéndole ello la prisión y el exilio.

Abú Amir ibn Suhayd (992-1035), poeta de la corte de Córdoba, escribió además una epístola muy original en su espíritu y en su método, considerada como precursora de la Divina Comedia de Dante. Consiste en el relato de una ‘visita’ del autor a las regiones habitadas por los “genios” inspiradores de los poetas y los escritores, conducido por uno de esos genios. El autor imagina diálogos y discusiones con ellos. Tiene así la ocasión de criticar a los grandes autores desde un punto de vista literario y de una manera humorística y, a veces, burlesca.Poema de Ibn Suhayd

Al-Mutamid (m. 1091), “rey” de Sevilla, de la dinastía de los abadíes, menos afortunado que su padre en su reinado, pero indudablemente un gran poeta y mecenas, protector no sólo de los de su corte, sino también de allende sus fronteras, que acudían a él buscando refugio y protección. Su vida fue pura poesía, e incluso durante su cautividad en Agmat no deja de componer los más sentidos poemas y muere evocando sus palacios y olivares sevillanos.

Ibn Bajjah, conocido como Avempace (m. 1138) y originario de Zaragoza, en la que durante un tiempo fue visir, fue un gran filósofo andaluz. Murió en Fez, envenenado, según se cuenta, bajo la instigación de sus enemigos, quienes lo acusaron de impío. Como filósofo, escribió comentarios a Aristóteles y tratados personales. También se interesó por las ciencias naturales, las matemáticas y la medicina.

Ibn Rushd, Averroes (m. en 1198), nacido en Córdoba, hizo sólidos estudios filosóficos y científicos, cumplió varias veces la función de cadí, reemplazó a Ibn Tufáil como médico de la corte almohade, tuvo que defender sus opiniones filosóficas y murió en Marrakech. Redactó un gran número de escritos sobre medicina, astronomía y filosofía. Es célebre como comentarista de Aristóteles y sus trabajos, traducidos al latín, influyeron considerablemente en el desarrollo de la filosofía europea.

Ibn Tufáil (m. 1185) nació en Guadix, enseñó medicina en Granada, cumplió las funciones de secretario de varios príncipes y acabó como médico en la corte almohade. Murió en Marrakech. Su renombre lo debe sobre todo a su novela filosófica “El Viviente, Hijo del Despierto”.

Ibn Jaldun (1332-1406), nacido en Túnez de familia andaluza, historiador que participó intensamente en la vida política peninsular (fue embajador en Egipto). Fue autor de unos “Prolegómenos a una historia universal”, que tratan de los asentamientos y condiciones de los pueblos, de geografía, de antropología, y terminan con una clasificación de las ciencias.

Ibn Al-Hakim de Ronda (1261-1308), valido del rey, cultivó diversos géneros literarios y protegió a otros escritores. Fue asesinado en una conjura y su “Historia de España” no ha llegado a nuestros días.

Ibn Hazm (994-1063), nacido en Córdoba, gran polígrafo cuya obra literaria más significativa fue "El collar de la paloma", tratado sobre el amor y los amantes, escrito en prosa y verso y en la que se descubre como un poeta agradable, de fina psicología y hombre de buen gusto. Su importancia es tal que se ha traducido a casi todas las lenguas europeas.

Durante un tiempo, fue visir, conoció los combates, el exilio y la prisión y acabó por consagrarse a una vida de estudios.

Ha sido descrito como “uno de los gigantes de la historia intelectual del Islam”. Su producción intelectual es enorme: la suma total de sus obras sobre  derecho, tradiciones, fundamentos jurídicos, historia de sectas y religiones y otras materias históricas, genealogía, libros de literatura y obras de polémica contra sus adversarios, alcanzaba cerca de 400 tomos, con un contenido aproximado de 80.000 folios.

Fue un polemista poderoso y tenaz. Para rebatir el menosprecio que un escritor de la época hizo respecto a la valía de los literatos de Al-Andalus, Ibn Hazm redactó una breve “Epístola sobre la excelencia de Al-Andalus”, quizás el primer tratado e intento reivindicador de la historia literaria andalusí y de sus poetas.

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