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Sevilla es la ciudad menos localista de España. Es una ciudad abierta, confiada y aparentemente alegre. Quien besa los labios de esta diosa indolente, ya nunca más puede huir de la seducción de sus encantos. Todos los pueblos, todas las razas pasaron por aquí y a todos sedujo el sortilegio de la ciudad. José María Izquierdo y Sevilla.
En uno de los últimos libros sobre jardines, aparecidos en España, se distinguen en los jardines del Alcázar sevillano tres zonas distintas: una la de jardines árabes, compuesta por la sucesión de patios que corren unidos por rejas, escalinatas y cancelas, junto a los muros del palacio – patio de la Danza, patio de la Galera, el Rústico, el del Príncipe -... Otra, renacentista, formada por aquel núcleo central de borduras de arrayán y boj, el más importante del conjunto, rodeado todo de verjas y portadas. Y la tercera, los jardines nuevos en los terrenos de la Huerta del Retiro, tras la muralla de los Grutescos. Pudieron añadir una cuarta zona de praderas y parques al estilo inglés en los terrenos que antiguamente ocuparon las huertas de la Alcoba y de la Alcobilla... En conjunto, todos estos patios, zonas y jardines, constituyen la muestra más acabada y perfecta del jardín hispanoárabe.
Miguel se había refugiado en el Alcázar, para seguir hacia Portugal. Una tarde, charlando distraídamente por los jardines, nos dimos de cara con el Generalísimo. Yo hice... lo que tenía que hacer: Presentarlos. Se estrecharon la mano... y Franco continuó su paseo...
Es el mes de mayo y es en Sevilla. Son los Jardines del Alcázar. La emperatriz tiene una belleza cristalina – acordaos del retrato de Tiziano - concentrada principalmente en el color verdoso de los ojos y en la delgadez enhiesta y venusina de su figura. “Era la emperatriz – nos dice el cronista Alonso de Santa Cruz - blanca de rostro y de mirar honesto y poca habla y baja. Tenía los ojos grandes, la boca pequeña, la nariz aguileña, los pechos breves, la garganta alta y hermosa. Era de su condición mansa y retraído.
Viven aún ciertas figuras y ciertos amores por estos jardines del Alcázar. ¡Don Pedro! Que nos perdonen los historiadores. Ni corona ni cetro. Mocito de Sevilla, niño de barrio con amores. Fino de cintura, aguileño, triste de amor y de sangre. Oía correr la fuente de sus jardines y se le encendía el pecho en recuerdos de mujeres. Por la noche chirriaban en la sombra los goznes de las cancelas. Tapias de cal. Bien valía su deseo un charco de sangre en las esquinas de los desafíos. Postigos que se abren a la media noche. Postigos que se cierran al alba. Veinte años, Veinticinco años desbocados, ardiéndole en pasiones por dentro de las venas. Siente la soledad hasta en las yemas de lo dedos. ¡Qué voz clara y lejana la del agua en los estanques! La noche de Sevilla provoca deseos aleonados. Este olor a jazmines calientes, este rumor de coplas y pechos femeninos que llegan de los barrios. Oía correr las fuentes de sus jardines -¡Las aguas llevan sus ojos!- y se le incendia el pecho en recuerdos de mujeres. Sevilla en los labios.
¿Fue en estos jardines del Alcázar de Sevilla donde Garcilaso vio por primera vez a Isabel de Freire? ¡Lugar feliz y feliz incidencia que ha de motivar la voz más pura de la poesía española! El Navagero nos dice en el diario de su viaje por España y con referencia a estos días del imperial epitalamio: “Hay aquí en los jardines del Alcázar de Sevilla un patio de naranjos que es el sitio más apacible del mundo”. Los cielos que perdimos. Garcilaso de la Vega (selección) Juan Boscán (selección)
Por el fragmento de un poema árabe antiguo sabemos que el rey Almotamid gustaba del olor de los jazmines... ¿Qué resta en estos jardines de aquellos príncipes sevillanos crueles y poetas? Tal vez fuesen otros los jardines; pero por el fragmento de un poema sabemos que al rey Almotamid le enamoraban la blancura y el olor de los jazmines. Sevilla en los labios.
Lo ha recordado el inmenso Jorge Guillén, en el prólogo a las “Obras Completas” de García Lorca: “Lectura maravillosa fue la del “Llanto” en el Alcázar de Sevilla, una tarde, primavera del 35. Con el poeta y el Sultán del Alcázar, Joaquín Romero Murube, nos encontrábamos unos pocos amigos de Ignacio Sánchez Mejías. No podía faltar Pepín Bello, tan querido por todos nosotros, gran humorista en acción, hoy retired humorist, como dice Chaplin en Limelight... Aquella elegía, aquella tarde, aquel jardín, aquellos amigos...” La Sevilla de Joaquín Romero Murube.
Carta de Joaquín Romero Murube a Lorca. Neruda: “Me gustas cuando callas”
Paso a describirles la persona y la presencia de la Majestad Oriental de Transjordania. Y cuánto me duele que la realidad no me dé apoyo para una lírica y cromática parrafada. Pero el rey de los transjordanos es pequeñillo de cuerpo, menudo y sin aparato ni prosopopeya vestuaria que lo distinga o enaltezca suntuosamente sobre los demás mortales hijos de Alá. Esto a mi me defraudó poderosamente; y no quiera pensar cuánto más a mis braceros y peones, a los que exigí, sudé, reñí, animé, amonesté y ofrecí en la puntualidad y rapidez de sus trabajos, augurándoles la llegada y visita de un auténtico Rey de Oriente.
Salió unos instantes a los jardinillos viejos que están costeros del Palacio. Por medio de un ministro y en idioma francés, me preguntaron si era cierto que en los jardines del Alcázar sevillano existían palmeras milenarias. Así, milenarias... La duda hubiera dejado muy mal a todos los reyes sevillanos empezando por el mismísimo Yusuf y terminando por mi colega en las celestes musas, gran Almotamid. Contesté con gran aplomo afirmativamente. Hubo un pequeño diálogo transjordánico entre el Rey y su intérprete. Me apretaban el cerco; Su Majestad quería saber cuál era la palmera más antigua. Yo, con una decisión que a mí mismo me asombraba, señalé la más alta entre las más lejanas. El Rey la miró larga, tierna y complacidamente. Después dirigió hacia mí su mirada con afecto y agradecimiento. Parecía contento. Yo suspiré. El honor y la vejez de las palmeras del Alcázar estaban a salvo. Toda esta escena duró poco más de un minuto. Pero yo sudé por todo un año.
Todas las tardes, al finar la jornada, Miguel León ha de pasar por las oficinas de los superiores de palacio para dar cuenta de los trabajos realizados durante el día, así como de cualquier otra novedad que merezca ser acusada. -¿Da usted su permiso? Miguel es ceremonioso y educado como suele serlo por naturaleza o intuición la gente del agro. Comienza su parlamento sin esperar que lo escuchen: - A la paz de Dios. Hoy se ha regado el jardín del estanque y la costanilla de los almendros. Se están emparejando los cuadros del naranjal para labrar bien las acequias en los plantones nuevos. Faltó el hijo de Curro, que dicen que sigue con el dolor metido en los costados. Hay que comprar alambre y piedra de amolar para las azadas y escardillos. Han entrado tres volquetes de estiércol pasado... de otras cosas nada que mentar. ¡Bueno, sí!... He tenido que echar una “collerita”... Y si no manda usted otra cosa, hasta mañana, si Dios quiere. Esto de “echar colleritas” llamó mi atención desde el primer día, y como no alcanzaba muy claramente su sentido, pedí una explicación sobre ello. Miguel fue entonces más explícito: - ...las colleritas, los novios o lo que sean... Gente desvergonzada que viene a los jardines para meterse manos con muy poco respeto. Si no los echa uno, terminan siempre haciendo indecentadas. ¿Cosas de la vida! ¡Lo que yo sé!
Vamos a ver, Miguel; quiero que hablemos un poco de las “colleritas”. Me parece que es usted excesivamente duro con esas personas que, casi a diario, amonesta e incluso expulsa del jardín. Me consta que muchas veces los hechos no llegan a mayores. Piense en que también usted fue joven alguna vez. Muchos de ellos son recién casados, gente ilusionada y amorosa que pasea por un jardín delicioso. El lugar invita un poco a la ternura y a la expansión sentimental. En ese caso la obligación del que lo ve es hacerse pasar desapercibido. Claro que esto es una cosa, y otra es que se cometan inmoralidades. Usted, que conoce mucho de la vida, según dice tantas veces, sabrá bien distinguir los dos extremos. Es decir; que no conviene ser exagerados por una parte, ni tampoco consentir desatinos ni extralimitaciones que ofendan a los más respetables sentimientos. Como regla, debemos adoptar un criterio prudente: ni molestar a aquellos paseantes que por sus circunstancias especiales son víctimas honestas de aquellos ámbitos, ni tolerar, desde luego, a los atrevidos y desconsiderados que ataquen a la moral con torpezas y liviandades. ¿Me entiendes? - Perfectamente. Ya estoy en su pensamiento. Lo que no se puede consentir son los ataques a la moral. ¿No es así? Pues de acuerdo- contestó convencido.
- ...y he tenido que echar una “collerita”. Yo, le miré con asombro, pues creía que después de la conversación sobre aquel extremo su liberalidad para con las tiernas debilidades ajenas no daría lugar a nuevos desahucios. - ¿Qué han hecho, Miguel? -inquirí un poco sorprendido. - ¿Qué han hecho?... ¡Casi nada! Estuvieron atacando a la moral lo menos cinco minutos seguidos. Discurso de la mentira.
Las largas y dulces ramas caían casi hasta la tierra como un fidelísimo velo de jade traslúcido. Me atrajiste con tus brazos. Pero yo asustada te dije: -¿Y si alguien nos viera desde esas ventanas? -Niña, ahí no vive nadie. Aquí no hay más que orejitas de hojas que no escuchan. Diario de Anika.
Y hoy, la muerte. Cinco líneas perdidas en el noticiario de toda la tierra: “Ha muerto el poeta sevillano Luis Cernuda”... Es pronto para hablar de todo el sevillanismo que encierra la obra poética de Luis Cernuda... Poeta amargo, desolador. Un sevillano difícil abre en la moderna lírica española la cima más alucinante del desprecio... A esa tumba mejicana que guarda los restos de un raro, peregrino poeta de Sevilla, en este noviembre agrio y ventolero, con nuestra oración, enviamos un poco de humedad de calle, patio gris, y mármoles sevillanos. No hay flores. Aún no hay violetas, ni tulipanes amarillos tan bienquistos por el muerto. Lloran los últimos jazmines, ya sin alma de olor. Y un nardo postrero se ennegrece con el frío de lo que acaba. Cernuda: Poema cantado1 Cernuda:Fotomontaje
Escribía enojado Camilo José Cela con el Director del Alcázar en su libro “Primer viaje andaluz”: Al otro lado de la Plaza del Triunfo está el alcázar, entre torres y altas y sólidas murallas. El vagabundo, en el alcázar es amigo de un empleado al que llaman don Joaquín... El motivo de la ofensa queda expuesto por Cela, quien después de narrar la invitación de Romero Murube “con gazpacho andaluz y cocido sevillano”, le ofrece un aromático habano de sortija: Don Joaquín, espejo de anfitriones, preguntó al vagabundo por sus costumbres. -¿Tiene usted costumbre de dormir la siesta? El vagabundo, a quien la digestión no había nublado del todo el discernimiento, entendió los alcances de las palabras de Joaquín. El vagabundo, poniéndose en pie, se despidió lo más fino que pudo... “Primer viaje andaluz” se publicó en 1959. No negamos nuestra curiosidad por conocer la reacción de Joaquín Romero, que quedó, como casi siempre, en una frase y una media sonrisa socarrona: -Nunca podré agradecérselo bastante. Así todos sabrán que, que gracias a ser empleado del Ayuntamiento, he podido librarme de pertenecer a la plantilla de la Censura Oficial, como tuvo que hacer el pobre Camilo. La Sevilla de Joaquín Romero Murube. Entrevista a Camilo José Cela(1 de 5)
La fachada del Palacio del Rey don Pedro estaba, por la parte baja, enterrada unos 60 centímetros, pues el nivel del patio había subido, como el de toda Sevilla, por mor de las arriadas.
A la hora de atardecer llegaron a estos palacios del rey don Pedro. Estaba yo a la puerta principal para ofrecer mis respetos y servicios a tan altas embajadas. El Ministro de Estado de España, don Ramón Serrano Súñer, hizo las presentaciones. Y yo quedé maravillado de la mocedad del conde Ciano, pues siempre espera uno encontrar en estos graves cargos del Estado personas ya cuajadas en años y experiencia. Aparenta tener poco más de 30 años.
Memoriales y divagaciones
Y ocurrió algo, a los pocos momentos de la llegada que me corroboró la impresión de juventud que el Ministro italiano había causado en mí desde los principios. Hechas las presentaciones nos encaminamos hacia la escalera principal del palacio que está a la mano izquierda de donde yo le aguardaba, para aposentar a cada señor en los departamentos que previamente habían sido acondicionados según la principalía y rango de cada uno. A la cabeza del grupo íbamos el conde Ciano, el Sr. Serrano Súñer y yo. Como la escalera es de fábrica suntuosa, tiene el gradería de muy escasa altura, y el conde comenzó a subirlo de dos en dos escalones. Le imité para o quedar retrasado en la llegada. Y al ver el conde que yo podía seguirle sin agobio amplió la marca y abarcó tres peldaños de cada empuje. Y yo le seguí igualmente. Y el conde miró de reojo y sacó fuerte la lengua hacia un lado, en su gesto peculiar. Y brincó y subió los últimos tramos de cuatro en cuatro gradillas. Y yo le seguí muy frescamente, pues una crianza campesina me ha hecho duro de piernas y ágil de miembros. Y llegamos a un mismo compás arriba, aunque guardando yo, intencionadamente un leve retraso, porque a ello obliga la cortesía y los usos de ceremonia. Y el conde rió muy fuerte al llegar a lo más alto, y con más llaneza e ingenuidad me dio su mano como a un compañero de diablura o triunfo deportivo. El cortejo nos seguía lejos, con paso académico. Memoriales y divagaciones
IPor palacios y jardines a buscar a Don Joaquín. por el corredor al patio lo vieron los mozos ir. Los ojos grandes y tristes, aguileña la nariz. Por el estanque del Yeso, o en la pared del jazmín, por el mirador del Rey o en la galería sin fin, pasó celando su sombra, mozos, ¿pasó por aquí?
II cantaba en un alhamí, y el Sultán lo condecora con la orden Medjahuí. Con Alifonso discute la grafía marroquí, Con Don Pedro caminaba seguido de un alguacil, lo que Juan Diente no sepa lo sabe el fino Joaquín. Doña Isabel y Fernando por su celo en el regir le regalan capisayo de damasco y un tahalí. porque parte hacia Munich. Lo nombra Carlos III hombre probo y muy civil.
IIICancionero de las flores, laberinto del jardín, limón lunario o de abril, por entre las clavellinas en la mano una azucena pasó soñando el amigo, flores, ¿pasó por aquí?
IV Subido en las altas torres con cada barco que parte él se quería partir. Por las murallas de oro contra el cielo azul turquí, con una amante de niebla lo vieron ir y venir. En el fondo del estanque con sirenas de agua dulce lo vieron, vago, dormir. Los pájaros que volaban decían “adiós, Joaquín”. Solo el aura de las flores pregonaba su existir. ¡Decid cielos de Sevilla, decid!, ¿se fue por ahí?
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