DESCARTES:

 Las reglas del método, su generalidad,  y el concepto de razón

 Había estudiado un poco, cuando era más joven, de las partes de la filosofía, la lógica, y de las matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que debían, al parecer, contribuir algo a mi propósito. Pero cuando las examiné advertí, con respecto a la lógica, que sus silogismos y la mayor parte de las demás instrucciones que da, más sirven para explicar a otros las cosas ya sabidas o incluso, como el arte de Lulio, para hablar sin juicio de las que se ignoran que para aprenderlas. Y si bien contiene, en efecto, muchos buenos y verdaderos preceptos, hay, sin embargo, mezclados con ellos, tantos otros nocivos o superfluos que separarlos es casi tan difícil como sacar una Diana o una Minerva de un mármol no trabajado. En lo tocante al análisis de los antiguos y al álgebra de los modernos, aparte de que no se refieren sino a muy abstractas materias que no parecen ser de ningún uso, el primero está siempre tan constreñido a considerar las figuras que no puede ejercitar el entendimiento sin fatigar en mucho la imaginación, y en la última hay que sujetarse tanto a ciertas reglas y cifras que se ha hecho de ella un arte confuso y oscuro, bueno para enredar el espíritu, en lugar de una ciencia que lo cultive. Esto fue causa de que pensase que era necesario buscar algún otro método que, reuniendo las ventajas de estos tres, estuviese libre de sus defectos. Y como la multitud de leyes sirve a menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay pocas, pero muy estrictamente observadas, así también, en lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, siempre que tomara la firme y constante resolución de no dejar de observarlos ni una sola vez.

 Consistía el primero en no admitir jamás como verdadera cosa alguna sin conocer con evidencia que lo era; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención y no comprender, en mis juicios, nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese motivo alguno para ponerlo en duda.

 El segundo, en dividir cada una de las dificultades que examinare en tantas partes como fuese posible y en cuantas requiriese su mejor solución.

 El tercero, en conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos; y suponiendo un orden aun entre aquellos que no se preceden naturalmente unos a otros.

 Y el último, en hacer en todo enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que estuviera seguro de no omitir nada.

Esas largas cadenas de trabadas razones muy simples y fáciles, que los geómetras acostumbran a emplear para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión para imaginar que todas las cosas que entran en la esfera del conoci­miento humano se encadenan de la misma manera; de suerte que, con sólo abste­nerse de admitir como verdadera ninguna que no lo fuera y de guardar siempre el orden necesario para deducir las unas de las otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir. Y no me costó gran trabajo saber por cuáles era menester comenzar, pues ya sabía que era por las más sencillas y fáciles de conocer; y considerando que entre todos los que antes han buscado la verdad en las ciencias, sólo los matemáticos han podido hallar algunas demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y evidentes, no dudé de que debía comenzar por las mismas que ellos han examinado, aun cuando no es­peraba de ellas más provecho que el de acostumbrar mi espíritu a alimentarse con verdades y no contentarse con falsas razones. Mas no por eso tuve la intención de aprender todas esas ciencias particulares que comúnmente se llaman matemáticas; pues al advertir que, aunque tienen objetos diferentes, concuerdan todas en no con­siderar sino las relaciones o proporciones que se encuentran en tales objetos, pensé que más valía limitarse a examinar esas proporciones en general, suponiéndolas sólo en aquellos asuntos que sirviesen para hacerme más fácil su conocimiento y hasta no sujetándolas a ellos de ninguna manera, para poder después aplicarlas libremente a todos los demás a que pudieran convenir.

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Pero lo que más me satisfacía de este método era que con él estaba seguro de em­plear mi razón en todo, si no perfectamente, al menos lo mejor que me fuera posible. Sin contar con que, aplicándolo, sentía que mi espíritu se acostumbraba poco a poco a concebir más clara y distintamente los objetos. Por no haber circunscrito este método a ninguna materia particular, me prometí aplicarlo a las dificultades de las demás ciencias con tanta utilidad como lo había hecho a las del álgebra. No por eso me atrevía a examinar todas las que se presentasen, pues esto habría sido contrario al orden que el método prescribe; pero al advertir que todos los principios de las cien­cias debían tomarse de la filosofía, donde aún no hallaba ninguno cierto, pensé que era necesario, ante todo, tratar de establecerlos en ella. Mas como esto es la cosa más importante del mundo, y donde es más de temer la precipitación y la prevención, comprendí que no debía acometer esta empresa hasta llegar a una edad bastante más madura que la de veintitrés años que entonces contaba, dedicando el tiempo a prepararme para ella; tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones que había recibido antes de esta época, como reuniendo muchas experiencias que fuesen después materia de mis razonamientos, y ejercitándome constantemente en el método que me había prescrito para afirmarse más y más en él.

Discurso del método, II, Edición de R. Frondizi. Alianza Editorial. Págs. 82-85

DESCARTES:

 Duda y certeza: «Pienso, luego soy», como primer principio de la filosofía

 No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice, pues son tan metafísicas y fuera de lo común que acaso no sean del gusto de todo el mundo. Sin em­bargo, me siento obligado, en cierto modo, a hablar de ellas para que se pueda juzgar si los fundamentos que he adoptado son bastante sólidos. Largo tiempo hacía que había advertido que en lo que se refiere a las costumbres es a veces necesario seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, según se ha dicho anteriormente. :pero, deseando yo en esta ocasión tan sólo buscar la verdad, pensé que debía hacer todo lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, para ver si, después de hecho esto, no me quedaba en mis creencias algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan a veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal como ellos nos la hacen imaginar. Y como hay hombres que se equivocan al razonar, aun acerca de las más sencillas cuestiones de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que estaba yo tan expuesto a errar como cualquier otro y rechacé como falsos todos los razonamientos que antes había tomado por demostraciones. Finalmente, considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos, sin que en tal caso sea ninguno verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más ciertas que las ilusiones de mis sueños. Pero advertí en seguida que aun queriendo pensar, de este modo, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pen­saba, fuese alguna cosa. Y al advertir que esta verdad -pienso, luego soy- era tan firme y segura que las suposiciones más extravagantes de los escépticos no eran capa­ces de conmoverla, juzgué que podía aceptarla sin escrúpulos como el primer prin­cipio de la filosofía que buscaba.

 Al examinar después atentamente lo que yo era y ver que podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que no me encontrase, pero que no podía fingir por ello que yo no fuese, sino al contrario, por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas se seguía muy cierta y evidente­mente que yo era, mientras que, con sólo dejar de pensar, aunque todo lo demás que hubiese imaginado hubiera sido verdad, no tenía ya razón alguna para creer que yo fuese, conocí por ello que yo era una substancia cuya total esencia o naturaleza es pensar, y que no necesita, para ser, de lugar alguno ni depende ninguna cosa ma­terial. De manera que este yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es entera­mente distinta del cuerpo y hasta es más fácil de conocer que él, y aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser cuanto es.

 Después de esto consideré, en general, lo que se requiere para que una proposi­ción sea verdadera y cierta; pues ya que acababa de encontrar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consistía esa certeza. Y habiendo notado que en la proposición pienso, luego soy, no hay nada que me asegure que digo la verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser, juzgué que podía admitir como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, pero que sólo hay alguna dificultad en advertir cuáles son las que concebimos distintamente.

Discurso del método. IV. Edición R. Frondizi. Alianza Editorial. Págs. 93-95

 DESCARTES: DISCURSO DEL MÉTODO

 1. - SÍNTESIS. El «proyecto» general es examinar «en qué consiste el conocimiento humano». Descartes elimina en primer lugar todo aquello que ha aprendido (parte primera); establece ense­guida los nuevos principios, el «método» (parte segunda) y «organiza y unifica el saber humano» (partes cuarta, quinta y sexta). Mientras tanto Descartes no se atreve a romper el «statu quo» de su época, respeta sus costumbres y creencias (parte tercera).

 2. - SEGUNDA PARTE. Estando en un cuartel de invierno disfrutando de una relativa calma y con­fort, Descartes nos hace partícipes de las reflexiones que le han conducido a elaborar su proyecto: la unidad de la ciencia a partir de un único método de inspiración matemática. Señala cómo las obras de un solo autor son mejores que las que han sido realizadas por varios; el deber a renunciar a la diversidad de opiniones que nos han sido enseñadas, a menudo fuente de errores, y en su lugar ser legitimadas por la propia razón. Esta empresa puede quizás alterar el ánimo de algunos, parti­darios de la tradición; sin embargo, no se trata de reformar la enseñanza oficial, ni el orden social establecido, sino sólo de exponer cómo Descartes ha llevado a cabo la reforma teórica de su pensa­miento.

Ante la imposibilidad de elegir un modelo, toma la decisión radical de forma metódica y provisional. No obstante, encuentra en la lógica, en el análisis geométrico y en el álgebra, los fun­damentos de su nuevo método, reduciendo a cuatro las reglas que han de observarse para construir con orden los pensamientos:

 a) evidencia,

b) análisis o resolución,

c) síntesis o composición,

d) enumeración.

 Formulados estos preceptos y siguiendo el orden establecido, Descartes los aplicó en pri­mer lugar a las matemáticas, por ser su objeto el más simple; adaptó el cálculo algebraico y el aná­lisis a la solución de problemas y descubrió así los mecanismos que facilitan su solución («Geometría, analítica”). Concibió entonces el proyecto filosófico de fundamentar la ciencia en general, pero, considerándose demasiado joven para acometer tal empresa, la dejó para más, ade­lante.

 3. - CUARTA PARTE. Este capítulo constituye el núcleo central del Discurso. En él Descartes aborda los fundamentos de su metafísica siguiendo las reglas del método propuestas en la segunda parte. La búsqueda de la certeza implica poner en práctica la duda metódica y provisional en todo el ámbito del conocimiento, tras lo cual Descartes descubre un primer principio indubitable: «Yo pienso, luego soy», el ser pensante que existe independientemente de toda cosa material. Es un principio evidente porque es claro y distinto, de donde se sigue que la claridad y distinción de las ideas será el criterio que seguir en la búsqueda de la verdad.

A partir de aquí Descartes pasa a establecer la existencia de Dios a través de tres argumentaciones. La primera, gnoseológica, se basa en la idea un ser un ser perfecto; el acto de pensar en el que se fundamenta mi existencia es la duda, algo imperfecto. Entonces, ¿cómo puedo pensar en la idea de perfección si yo soy un ser imperfecto? Esto sólo puede ser porque esta idea ha sido puesta en mí por un ser perfecto, Dios. La segunda, basada en la causalidad, parte también de la imperfección de la propia existencia; se requiere un artífice de nuestro ser, Dios, del cual depende todo y sin el cual nada podría subsistir. Por último, desde el punto de vista ontológico, el concepto mismo de perfección divina requiere su existencia, pues, de lo contrario, dejaría de ser un ser perfecto. La existencia de Dios, fuente de toda perfección y verdad, prueba también la existencia del mundo exterior, pues Dios garantiza la evidencia de nuestras ideas claras y distintas. Queda en nuestras manos el librarnos de las ilusiones de nuestra imaginación y sentidos y evitar el error.

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