NIETZSCHE:
1
¿Me pregunta usted qué
cosas son idiosincrasia (51) en los filósofos?... Por ejemplo, su falta de
sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo
(52). Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub
specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno],
-cuando
hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde
hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real.
Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando
adoran, -se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran. La muerte,
el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos
objeciones, -incluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que
deviene no es... Ahora bien, todos ellos creen, incluso con desesperación,
en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué
se les retiene. «Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no
percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador?
-«Lo
tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad! Estos sentidos, que también
en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca del mundo verdadero.
Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos, del devenir, de la
historia [Historie] , de la mentira, -la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la mentira.
Moraleja: decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a todo el resto de la
humanidad: todo él es «pueblo». ¡Ser filósofo, ser momia, representar el monótono-teísmo
(53) con una mímica de sepulturero! -¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable ideé fixe [idea
fija] de los sentidos!, ¡sujeto a
todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible, aun
cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real!...»
2
Pongo a un lado, con gran
reverencia, el nombre de Heráclito (54). Mientras que el resto del
pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos
mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su testimonio porque
mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad. También Heraclito
fue injusto con los sentidos. Estos no mienten ni del modo como creen los
eleatas ni del modo como creía él, -no
mienten de ninguna manera. Lo que nosotros hacemos de su testimonio,
eso es lo que introduce la mentira, por ejemplo la mentira de la unidad, la
mentira de la coseidad, de la sustancia, de la duración... La «razón» es la
causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mostrando el
devenir, el perecer, el cambio, los sentidos no mienten... Pero Heráclito tendrá
eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía. El mundo «aparente»
es el único: el «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso...
3
-¡Y
qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! Esa
nariz (55), por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado todavía con
veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de
los instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar
incluso diferencias mínimas de movimiento que ni siquiera el espectroscopio
registra. Hoy nosotros poseemos ciencia exactamente en la medida en que nos
hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos, -en que hemos aprendido a seguir aguzándolos, armándolos, pensándolos
hasta el final. El resto es un aborto y todavía-no-ciencia: quiero decir, metafísica,
teología, psicología, teoría del conocimiento. O ciencia formal, teoría de
los signos: como la lógica, y esa lógica aplicada, la matemática. En ellas la
realidad no llega a aparecer, ni siquiera como problema; y tampoco como la
cuestión de qué valor tiene en general ese convencionalismo de signos que es
la lógica. -
4
La otra idiosincrasia
de los filósofos no es menos peligrosa: consiste en confundir lo último y lo
primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final -¡por desgracia!, ¡pues no debería siquiera venir! -los «conceptos supremos», es decir, los conceptos más generales,
los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora. Esto es, una
vez más, sólo expresión de su modo de venerar: a lo superior no le es lícito
provenir de lo inferior, no le es lícito provenir de nada...
Moraleja: todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui [causa
de sí mismo]. El proceder de algo distinto es considerado como una objeción,
como algo que pone en entredicho el valor. Todos los valores supremos son de
primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo existente, lo
incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto - ninguno de ellos puede haber devenido, por consiguiente tiene que ser
causa sui (56). Mas ninguna de esas cosas puede ser tampoco desigual una
de otra, no puede estar en contradicción consigo misma... Con esto tienen los
filósofos su estupendo concepto «Dios»... Lo último, lo más tenue, lo más
vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum [ente
realísimo]... ¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias
cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas! -¡Y lo ha pagado caro!...
5
-Contrapongamos
a esto, por fin, el modo tan distinto como nosotros (-digo nosotros por cortesía...) vemos el problema del error y de la
apariencia. En otro tiempo se tomaba la modificación, el cambio, el devenir en
general como prueba de apariencia, como signo de que ahí tiene que haber algo
que nos induce a error. Hoy, a la inversa, en la exacta medida en que el
prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración,
sustancia, causa, coseidad, ser, nos vemos en cierto modo cogidos en el error,
necesitados al error; aun cuando, basándonos en una verificación rigurosa,
dentro de nosotros estemos muy seguros de que es ahí donde está el
error. Ocurre con esto lo mismo que con los movimientos de una gran constelación:
en éstos el error tiene como abogado permanente a nuestro ojo, allí a nuestro lenguaje.
Por su génesis el lenguaje pertenece a la época de la forma más
rudimentaria de psicología: penetramos en un fetichismo grosero cuando
adquirimos consciencia de los presupuestos básicos de la metafísica del
lenguaje, dicho con claridad (57): de la razón. Ese fetichismo ve
en todas partes agentes y acciones: cree que la voluntad es la causa en
general; cree en el «yo», cree que el yo es un ser, que el yo es una
sustancia, y proyecta sobre todas las cosas la creencia en
la sustancia-yo -así es como crea el concepto «cosa»... El ser es añadido
con el pensamiento, es introducido subrepticiamente en todas partes como
causa; del concepto «yo» es del que se sigue, como derivado, el concepto
«ser»... Al comienzo está ese grande y funesto error de que la voluntad es
algo que produce efectos, de que la voluntad es una facultad...
Hoy sabemos que no es más que una palabra (58)... Mucho más tarde, en un mundo
mil veces más ilustrado, l1egó a la consciencia de los filósofos, para su
sorpresa, la seguridad, la certeza subjetiva en el manejo de las
categorías de la razón: ellos sacaron la conclusión de que esas categorías
no podían proceder de la empiria, -la
empiria entera, decían, está, en efecto, en contradicción con ellas. ¿De
dónde proceden, pues? -y
tanto en India como en Grecia se cometió el mismo error: «nosotros tenemos que
haber habitado ya alguna vez en un mundo más alto (-en lugar de en un mundo mucho más bajo: ¡lo cual habría
sido la verdad! ), nosotros tenemos que haber sido divinos, ¡pues poseemos
la razón!»... De hecho, hasta ahora nada ha tenido una fuerza persuasiva más
ingenua que el error acerca del ser, tal como fue formulado, por ejemplo, por
los eleatas: ¡ese error tiene en favor suyo, en efecto, cada palabra, cada
frase que nosotros pronunciamos! -También
los adversarios de los eleatas sucumbieron a la seducción de su concepto de
ser: entre otros Demócrito, cuando inventó su átomo... La «razón»
en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no vamos a
desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática (59)...
6
Se me estará agradecido
si condenso un conocimiento tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis: así
facilito la comprensión, así provoco la contradicción.
Primera tesis. Las razones por las que «este» mundo ha sido calificado de aparente
fundamentan, antes bien, su realidad, -otra especie distinta de realidad es absolutamente indemostrable.
Segunda tesis. Los signos distintivos que han sido asignados al «ser verdadero» de
las cosas son los signos distintivos del no-ser, de la nada, -a base de ponerlo en contradicción con el mundo real es como se ha
construido el «mundo verdadero»: un mundo aparente de hecho, en cuanto es
meramente una ilusión óptico-moral. Tercera tesis. Inventar fábulas
acerca de «otro» mundo distinto de éste no tiene sentido, presuponiendo que
no domine en nosotros un instinto de calumnia, de empequeñecimiento, de recelo
frente a la vida: en este último caso tomamos venganza de la vida con
la fantasmagoría de «otra» vida distinta de ésta, «mejor» que ésta.
Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo «verdadero» y en un mundo «aparente»,
ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última instancia,
un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence,
-un síntoma de vida descendente... El hecho de que el artista
estime más la apariencia que la realidad no constituye una objeción contra
esta tesis. Pues «la apariencia» significa aquí la realidad una vez más, sólo
que seleccionada, reforzada, corregida... El artista trágico no es un
pesimista, -dice precisamente sí incluso a todo lo problemático y
terrible, es dionisíaco (60)