PLATÓN:
El conocimiento del bien: la suprema ciencia. Los símiles del sol y de la línea: la idea de Bien como sol del mundo inteligible y la clasificación de los seres y del conocimiento en distintos niveles.
- Pero ¿hay conocimiento
más sublime que el de la justicia y el de las demás virtudes de que hemos
hablado?
-Sin duda; y añado que
respecto a estas virtudes el bosquejo que hemos trazado no le basta y que debe
desear un cuadro más acabado. ¿No sería ridículo que se esforzara por tener
conocimiento de cosas poco importantes, y no pusiera un especial cuidado en
conocer las cosas más elevadas?
-Esta reflexión es muy
sensata, pero ¿crees que vamos a dejar que pases adelante sin preguntarte cuál
es esa ciencia superior a todas las demás y cuál es su objeto?
-No lo creo, y puedes
preguntarlo; después de todo, me lo has oído hasta la saciedad, y ahora o no
tienes memoria o, lo que me parece más probable, sólo intentas entorpecerme
con muchas objeciones. Me has oído decir muchas veces que la idea del bien es
el objeto del más sublime conocimiento y que la justicia y las demás virtudes
deben a esta idea su utilidad y todas sus ventajas. Sabes muy bien que esto
mismo, poco más o menos, es lo que tengo que decirte ahora, añadiendo que no
conocemos esta idea sino imperfectamente, y que si no llegáramos a conocerla,
de nada nos serviría todo lo demás; así como la posesión de cualquier cosa
es inútil para nosotros sin la posesión del bien. ¿Crees, en efecto, que sea
ventajoso poseer algo, sea lo que sea, si no es bueno, o conocer todas las cosas
a excepción de lo bello y de lo bueno?
-No, ciertamente; no lo
creo.
-Tampoco ignoras que los
más hacen consistir el bien en el placer, y otros, menos groseros, en el
conocimiento.
-Lo sé.
-También sabes, mi
querido amigo, que los que son de esta última opinión se ven embarazados para
explicar lo que es el conocimiento, y al fin se ven reducidos a decir que es el
conocimiento del bien.
-Si, y eso es muy
chistoso.
-Sin duda es una cosa muy
graciosa de su parte echarnos en cara nuestra ignorancia respecto al bien, y
hablarnos enseguida de él como si lo conociéramos. Dicen que es el
conocimiento del bien, como si nosotros debiésemos entenderles desde el momento
en que pronuncian la palabra bien.
- Es muy cierto.
- Pero los que definen la
idea de bien por la de placer, ¿incurren en un error menor que el de los otros?
¿No están precisados a confesar que hay placeres malos?
- Sí.
- ¿Y, por consiguiente,
que las mismas cosas son buenas y malas?
-Es evidente que esta
materia está llena de numerosas dificultades.
- Convengo en ello.
- Es menos evidente que
respecto a lo bello y a lo honesto muchos se atendrán a las simples apariencias
en sus palabras y en sus acciones; pero que cuando se trate del bien, aquellas
no satisfarán a nadie, y se buscará algo real sin dejarse llevar de las
apariencias.
- Es cierto.
-Y este bien, a cuyo goce
aspira toda alma, en vista del cual lo hace todo, cuya existencia sospecha, pero
en medio de la incertidumbre y sin poder definirlo con exactitud, ni con esa fe
inquebrantable que tiene en las demás cosas, lo cual le priva de las ventajas
que podría sacar de ellas; este bien, tan grande y tan precioso, ¿será
conveniente que la parte escogida del Estado, a la que deberemos confiar todo,
lo desconozca como la generalidad de los hombres?
-De ninguna manera.
-Pienso efectivamente que
no será un seguro guardador de lo justo y de lo honesto el que no conozca las
relaciones que mantienen con el bien; esto en el supuesto que pueda conocerse lo
bello y lo justo sin conocer previamente el bien, lo cual me atrevo a negar.
- Tienes razón.
-Nuestro Estado estará,
por tanto, bien gobernado, si tiene por jefe un hombre que una el conocimiento
del bien al de lo bello y al de lo justo.
-Así debe ser. Pero Sócrates,
¿en qué haces consistir tú el bien, en la ciencia, en el placer o en qué
otra cosa?
-Travieso eres; y hace
rato que conocía que no querías atenerte a lo que han dicho aquellos de cuyas
opiniones nos hemos ocupado.
-Lo que no me parece
razonable, mi querido Sócrates, es que un hombre que ha reflexionado durante
toda su vida sobre esta materia, diga cuál es la opinión de los demás y no
diga la suya.
-Muy bien; pero ¿te
parece más razonable que un hombre hable de lo que no sabe como si lo supiese?
-No; pero puede presentar
como una conjetura lo que cree probable.
-¡Cómo! ¿No te haces
cargo de lo ridículos que son todos estos sistemas que no están fundados en
ningún principio cierto? Los mejores de ellos, ¿no son completamente oscuros?
Y los hombres que por casualidad encuentran la verdad, pero sin poder dar razón
de ella, ¿no se parecen a los ciegos que siguen el camino recto?
- Sí.
-¿Quieres oír la
exposición de un sistema informe, oscuro y mal fundado, cuando puedes oír la
de otro claro y magnifico?
-En nombre de los dioses,
Sócrates -me dijo entonces Glaucón-, no te pares aquí, como si hubieras
llegado al término. Nosotros nos daremos por satisfechos si nos explicas la
naturaleza del bien en la forma que has explicado la de la justicia, la de la
templanza y la de las demás virtudes.
-También yo me daré por contento, pero temo que
semejante cuestión sea superior a mis fuerzas, y que por el empeño de querer
daros gusto, vaya a exponerme a vuestras burlas. Creedme, mis queridos amigos;
dejemos por esta vez la indagación del bien tal como es en sí mismo, porque
nos llevaría muy lejos y sería muy penoso para mí explicaros su naturaleza
tal como yo la concibo, siguiendo el camino que hemos traído. y en su lugar,
si os parece, conversaremos sobre la producción del bien, que es la
representación exacta del bien mismo; y si no os agrada, pasaremos a otro
asunto.
-No. Háblanos del hijo,
y en otra ocasión nos hablarás del padre. Esta deuda la reclamaremos a su
tiempo.
-Bien quisiera pagaros
principal y réditos en lugar de ofreceros sólo el simple fruto (8) de la
deuda que hoy os ofrezco. Sin embargo, aceptad este fruto, esta producción del
bien, y cuidad de que no os engañe, sin quererlo, pagándoos en moneda falsa.
-Procuraremos poner todo
el cuidado que nos sea posible; y así explícate con confianza.
-No lo haré sino después
de haberos recordado lo que hemos dicho precedentemente en muchos pasajes, y de
haceros convenir en ello.
-¿De qué se trata?
-Hay cosas que llamamos
bellas y otras que llamamos buenas, y así las designamos.
-Es cierto.
-Además hay lo bello en
sí, lo bueno en sí, a los que referimos todas estas bellezas y todas estas
bondades particulares como a una idea simple y una.
-Así es.
-De las cosas bellas o
buenas decimos que son objeto de los sentidos y no del espíritu; y de las ideas
de lo bello y de lo bueno en sí decimos que son objeto del espíritu y no de
los sentidos.
-Estoy conforme.
-¿Por qué sentido
percibimos los objetos visibles?
-Por la vista.
-y percibimos los sonidos
por el oído, y todas las demás cosas sensibles por los otros sentidos, ¿no es
así?
-Sin duda.
-¿Has observado que el
autor de nuestros sentidos ha hecho un gasto mayor para el órgano de la vista
que para los demás sentidos?
-No.
-Pues bien, nótalo.
¿Tienen el oído y la voz necesidad de una tercera cosa, el uno para oír, y la
otra para ser oída, de suerte que si esta tercera cosa llega a faltar, el oído
no oirá ni tampoco la voz será oída?
-De ninguna manera.
-Creo que la mayor parte
de los demás sentidos, por no decir todos, no tienen necesidad de un medio
semejante. ¿Hay alguna excepción?
-No.
-Pero respecto de la
vista, ¿no concibes que no puede percibir el objeto visible sin auxilio de una
tercera cosa?
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que aun cuando
los ojos estén bien dispuestos y
se los aplique a su uso, y el objeto tenga color, sin embargo, si no interviene
una tercera cosa destinada a concurrir a la visión, los ojos no verán nada y
los colores serán invisibles.
-.¿Cuál es esa cosa?
-Lo que llamas luz.
-Tienes razón.
-El sentido de la vista
tiene, por lo tanto, una gran ventaja sobre los demás, que es la de estar unido
a su objeto por un lazo de muchísimo valor, a no ser que se diga que la luz es
una cosa despreciable.
-Está muy distante de
serlo.
-De todos los dioses que
están en el cielo, ¿cuál es aquel cuya luz hace que nuestros ojos vean mejor
y que los objetos sean vistos?
-En mi opinión, como en
la tuya y en la de todo el mundo, es el sol.
-Mira si la relación que
une a la vista con este dios es tal como voy a decir.
-¿Cómo?
-La vista, lo mismo
que la parte en que se forma y que se llama ojo, no es el sol.
-No.
-Pero de todos los órganos de nuestros sentidos, el ojo es, a mi parecer, el que más relación tiene con el sol.
-Sin duda.
-La facultad que tiene de
ver, ¿no la posee como una emanación cuya fuente es el sol?
-Sí.
-Y el sol, que no es la
vista, pero que es el principio de ella, es percibido por la misma.
-Es cierto.
-Pues ten en cuenta que
cuando hablo de la producción del bien, es del sol del que quiero hablar. El
hijo tiene una perfecta analogía con su padre. El uno es en la esfera visible
con relación a la vista y a sus objetos lo que el otro es en la esfera ideal
con relación a la inteligencia ya los seres inteligibles.
-¿Cómo? Te suplico que
me expliques tu pensamiento.
-Sabes que cuando se
dirige la vista a objetos que no están iluminados por el sol y sí sólo por
los astros de la noche, apenas se los puede distinguir; parece uno casi ciego, y
la vista no está clara.
-Así sucede.
-Pero cuando se miran los
objetos iluminados por el sol, se los ve distintamente y la vista es muy clara.
-Sin duda.
-Lo mismo sucede
respecto al alma. Cuando fija sus miradas en objetos iluminados por la verdad y
por el saber, los ve claramente, los conoce y muestra que está dotada de
inteligencia; pero cuando vuelve sus miradas sobre lo que está envuelto en
tinieblas, sobre lo que nace y perece, su vista se turba, se oscurece, y ya no tiene más que opiniones, que mudan a cada momento; en una
palabra, parece completamente privada de inteligencia.
-Así es.
-Ten por cierto que lo que derrama sobre los objetos
de las ciencias la luz de la verdad, la que da al alma la facultad de conocer,
es la idea del bien, que es el principio de la ciencia y de la verdad, en cuanto
caen bajo el dominio del conocimiento. Por bellas que sean la gracia y la
verdad, puedes asegurar, sin temor de engañarte, que la idea del bien es
distinta de ellas, y las supera en belleza. Y así como en el mundo visible hay
razón para creer que la luz y la vista tienen analogía con el sol, pero sería
falso decir que son ellas el sol; en la misma forma, en el mundo inteligible
pueden considerarse la ciencia y la verdad como imágenes del bien, pero no habrá
razón para tomar la una o la otra por el bien mismo, cuya naturaleza es de
valor infinitamente más elevado.
-Su belleza debe
estar por encima de toda expresión, puesto que es el origen de la ciencia y de
la verdad, y es aún más bello que ellas. Por consiguiente, no quieres decir
que el bien sea el placer.
-¡No lo permita Dios!
Pero considera su imagen con más atención y de esta manera.
-¿Cómo?
-Indudablemente tú crees
como yo, que el sol no sólo hace visibles las cosas que lo son, sino que las da
también la vida, el crecimiento y el alimento, sin ser él mismo nada de todo
esto.
-Sin duda.
-Lo mismo puedes decir
que los seres inteligibles no sólo reciben del bien su inteligibilidad, sino
también su ser y su esencia, aunque el bien mismo no sea esencia; sino una cosa
muy por encima de la esencia en razón de dignidad y de poder.
-¡Gran Apolo! -exclamó
Glaucón riéndose-, vaya una cosa maravillosa.
-Tú tienes la culpa
-repliqué yo-. ¿Por qué se me ha obligado a decir lo que pienso sobre esta
materia?
-No te detengas, te lo
suplico, y acaba la comparación del bien con el sol, si aún falta algo.
-Verdaderamente si, y aún
falta mucho.
-Un esfuerzo más, y te
ruego que no omitas nada.
-Haré cuantos esfuerzos
me sean posibles, pero no por eso dejarán de escapárseme muchos rasgos de
semejanza, muy a pesar mío.
-Haz lo que dices.
-Imagínate que el bien y
el sol son dos reyes, el uno del mundo inteligible y el otro del mundo
visible; no digo del cielo por temor de que creas que, con ocasión de esta
palabra, quiero dar lugar a un equívoco (9). He aquí, por consiguiente, dos
especies de seres, unos visibles y otros inteligibles.
-Muy bien.
-Figurémonos, por
ejemplo, una línea cortada en dos partes desiguales, y cada una de éstas, que
representan el mundo visible y el mundo inteligible, cortada a su vez en otras
dos, y tendrás de un lado la parte clara y del otro la parte oscura de cada uno
de ellos. Una de las secciones de la especie te dará las imágenes; entiendo
por imágenes, en primer lugar, las sombras, y después los fantasmas
representados en las aguas y sobre la superficie de los cuerpos opacos,
tersos y brillantes. ¿Comprendes mi pensamiento?
-Sí.
-La otra sección te dará
los objetos que estas imágenes representan, quiero decir, los animales, las
plantas y todas las obras de la naturaleza y del arte.
-Lo concibo.
-Opinas que aplicando
esta división a lo verdadero ya lo falso, resulta la proporción siguiente: lo
que las apariencias son a las cosas que ellas representan es la opinión
al conocimiento.
-Convengo en ello.
-Veamos
ahora cómo debe dividirse el mundo inteligible.
-En dos partes: la primera
de las que no puede alcanzar el alma sino sirviéndose de los datos del
mundo visible, que acabamos de dividir, como de otras tantas imágenes,
partiendo de ciertas hipótesis, no para remontarse al principio, sino para descender
a las conclusiones más remotas; mientras que para obtener la segunda, va de la
hipótesis hasta el principio independiente de toda hipótesis sin hacer ningún
uso de las imágenes como en el primer caso y procediendo únicamente mediante
las ideas consideradas en sí mismas.
-No
comprendo bien lo que acabas de decir.
-Tú lo comprenderás
luego, porque todo esto va a parecer ahora más claro. No ignoras, creo yo, que
los geómetras y los aritméticos suponen dos clases de números, el uno
par, el otro impar, figuras, tres especies de ángulos, y así de lo demás, según
la demostración que intentan hacer; que miran en seguida estas
suposiciones como otros tantos principios ciertos y evidentes, de los que
no se dan razón a sí mismos ni la dan a los demás; y en fin, que partiendo de
estas hipótesis, descienden por una cadena no interrumpida de proposición en
proposición hasta llegar a la que intentaban demostrar.
-Eso ya lo sé.
-Sabes también que se
valen para esto de figuras visibles, a las que refieren sus razonamientos,
aunque no piensen en ellas, sino en otras figuras representadas por aquéllas.
Por ejemplo, no recaen sus razonamientos ni sobre la diagonal que ellos
trazan, sino sobre el cuadrado tal cual es en sí mismo con su diagonal.
Lo mismo digo de las demás
figuras que representan, sea en relieve, sea por el dibujo, y que se
reproducen también ya en su sombra ya en las aguas. Los geómetras las emplean
como otras tantas imágenes, que les sirven para conocer las verdaderas
figuras, que sólo pueden conocer por el pensamiento.
-Dices verdad.
-Ésta es la primera clase de las cosas inteligibles. El alma, para llegar a conocerlas, se ve precisada a valerse de suposiciones, no para remontarse a un primer principio, porque no puede ir más allá de las hipótesis que ha hecho, sino que empleando las imágenes terrestres y sensibles que no conoce sino por la opinión y suponiendo que son claras y evidentes, se auxilia de ellas para el conocimiento de las verdaderas figuras.
-Veo que el método de
que hablas es el de la geometría y demás ciencias de esta clase.
-Hazte cargo ahora de lo que yo llamo segunda clase de cosas inteligibles. Son las que el alma comprende inmediatamente por medio del razonamiento, haciendo algunas hipótesis que no considera como principios, sino como simples suposiciones, y que le sirven de grados y de puntos de apoyo para elevarse hasta un primer principio independiente de toda hipótesis. Se apodera de este principio, y adhiriéndose a todas las conclusiones que de él dependen, desciende desde allí hasta la última conclusión; pero sin apoyarse en nada sensible, sino sólo en ideas puras, por las que su demostración comienza, procede y termina.
-Comprendo algo, pero no
lo bastante; me parece esta materia muy oscura. Sin embargo, figúraseme que lo
que te propones es probar que el conocimiento que de los seres humanos
inteligibles se adquiere por la dialéctica, es más claro que el que se
adquiere por medio de las artes, que se sirven de ciertas hipótesis como principios.
Es cierto que estas artes están obligadas a valerse del razonamiento y no de
los sentidos; pero como están fundadas en suposiciones y no se elevan hasta un
principio, crees que no tienen ese claro convencimiento que tendrían si se
remontaran a un principio; y llamas conocimiento razonado, a mi parecer, el que
se adquiere por medio de la geometría y demás artes semejantes, y le colocas
entre la opinión y el puro conocimiento.
-Has comprendido
perfectamente mi pensamiento. Aplica ahora a estas cuatro clases de objetos
sensibles e inteligibles cuatro diferentes operaciones del alma, a saber: a la
primera clase, la pura inteligencia; a la segunda, el conocimiento razonado; a
la tercera, la fe, ya la cuarta, la conjetura, y concede a cada una de estas
maneras de conocer más o menos evidencia según que sus objetos participen más
o menos de la verdad.
-Entiendo; estoy de
acuerdo contigo, y adopto el orden que me propones.
Platón: La República o el Estado,
colección Austral, Espasa-Calpe,
1987, pp. 198-205
(libro VI)
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(8) Equívoco que no se puede traducir, τσχος significa a la par un hijo, una producción y
el interés o producto de una deuda.
(9) Cielo en griego es ουρανος
y visible ορατον y de aquí la precaución en Platón.
PLATÓN:
Parábola
de la caverna. La liberación como ascensión al mundo inteligible y la educación
como orientación de la mirada del alma.
-Ahora represéntate el
estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia ya la ignorancia, según
el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda
su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna
hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar
ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el
cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás de
ellos, a cierta distancia y a
cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alumbra, y un camino
escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un
muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los
espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las
maravillas que hacen.
-Ya me represento todo
eso.
-Figúrate personas que
pasan a lo largo del muro llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de
animales, de madera o de piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el
muro. Entre los portadores de todas estas cosas, unos se detienen a conversar
y otros pasan sin decir nada.
-¡Extraños prisioneros
y cuadro singular!
-Se parecen, sin embargo,
a nosotros punto por punto. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa de sí
mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse
enfrente de ellos en el fondo de la caverna?
-No.
-¿Ni cómo habían de
poder ver más, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?
-Sin duda.
-Y respecto de los
objetos que pasan detrás de ellos, ¿Pueden ver otra cosa que las sombras de
los mismos?
-No.
-Si pudieran conversar
unos con otros, ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de
las cosas mismas?
-Sin duda.
-Y si en el fondo de su
prisión hubiera un eco que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿no se
imaginarían oír hablar a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?
-Sí.
-En fin, no creerían que
pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.
-Es cierto.
-Mira ahora lo que
naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se
les cura de su error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce
de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la
luz; hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá a
los ojos, y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los
objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese
que hasta entonces sólo había visto fantasmas y que ahora tenia delante de
su vista objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si en seguida se le
muestran las cosas a medida que se vayan presentando y a fuerza de preguntas se
le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto y no
estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que
ahora se le muestra?
-Así es.
-Y si se le obligase a
mirar al fuego, ¿no sentiría molestia en los ojos? ¿No volvería la vista
para mirar a las sombras, en las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar
en éstas más distinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?
-Seguramente.
-Si después se le saca de la caverna y se le lleva por el sendero áspero y escarpado hasta encontrar a la claridad del sol, ¿qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera? ¡Cómo se enfurecería! Y cuando llegara a la luz del sol, deslumbrados sus ojos con tanta claridad, ¿podría ver ninguno de estos numerosos objetos que llamamos seres reales?
-Al pronto no podría.
-Necesitaría
indudablemente algún tiempo para acostumbrarse a ello. Lo que distinguiría más
fácilmente seria, primero, sombras; después, las imágenes de los hombres y
demás objetos pintados sobre la superficie de las aguas; y por último, los
objetos mismos. Luego, dirigiría sus miradas al cielo, al cual podría mirar más
fácilmente durante la noche a la luz de la luna y de las estrellas que en
pleno día a la luz del sol.
-Sin duda.
-Y al fin podría, no sólo ver la imagen del sol en
las aguas y dondequiera que se refleja, sino fijarse en él y contemplarlo allí
donde verdaderamente se encuentra.
-Sí.
-Después de esto,
comenzando a razonar, llegaría a concluir que el sol es el que crea las
estaciones y los años, el que gobierna todo el mundo visible y el que es, en
cierta manera, la causa de todo lo que se veía en la caverna.
-Es evidente que llegaría
como por grados a hacer todas estas reflexiones.
-Si en aquel acto
recordaba su primera estancia, la idea que allí se tiene de la sabiduría y sus
compañeros de esclavitud, ¿no se regocijaría de su mudanza y no se compadecería
de la desgracia de aquellos?
-Seguramente.
-¿Crees que envidiaría
aún los honores, las alabanzas y las recompensas que allí se daban al que más
pronto observaba las sombras a su paso, al que con más seguridad recordaba el
orden en que marchaban yendo unas delante y detrás de otras o juntas, y que en
este concepto era el más hábil para adivinar su aparición; o que tendría
envidia a los que eran en esta prisión más poderosos y más honrados? ¿No
preferiría como Aquiles en Homero (1), pasar la vida al servicio de un pobre
labrador y sufrirlo todo antes de recobrar su primer estado y sus primeras
ilusiones?
-No dudo que estaría
dispuesto a sufrir cuando se quisiera antes que vivir de esa suerte.
-Fija tu atención en lo
que voy a decirte. Si este hombre volviera de nuevo a su prisión para ocupar
su antiguo puesto en este tránsito repentino de la plena luz a la oscuridad, ¿no
se encontraría como ciego?
-Sí.
-Y si cuando no distingue
aún nada, y antes de que sus ojos hayan recobrado su aptitud, lo que no podría
suceder sin pasar mucho tiempo, tuviese precisión de discutir con los otros
prisioneros sobre estas sombras, ¿no daría lugar a que éstos se rieran,
diciendo que por haber salido de la caverna había perdido la vista, y no añadirían,
además, que sería de parte de ellos una locura el querer abandonar el lugar en
que estaban, y que si alguno intentara sacarlos de allí y llevarlos al
exterior sería preciso cogerle y matarle?
-Sin duda.
-Y bien, mi querido Glaucón,
ésta es precisamente la imagen de la condición humana. El antro subterráneo
es este mundo visible; el fuego que le ilumina es la luz del sol; este
cautivo, que sube a la región superior y que la contempla, es el alma que se
eleva hasta la esfera inteligible. He aquí, por lo menos, lo que yo pienso, ya
que quieres saberlo. Sabe Dios si es conforme con la verdad. En cuanto a mí, lo
que me parece en el asunto es lo que voy a decirte. En los últimos límites del
mundo inteligible está la idea del bien, que se percibe con dificultad; pero
una vez percibida no se puede menos de sacar la consecuencia de que ella es la
causa primera de todo lo que hay de bello y de bueno en el universo; que, en
este mundo visible, ella es la que produce la luz y el astro de que ésta
procede directamente; que en el mundo invisible engendra la verdad y la
inteligencia; y en fin, que ha de tener fijos los ojos en esta idea el que
quiera conducirse sabiamente en la vida pública y en la vida privada.
-Soy de tu dictamen en
cuanto puedo comprender tu pensamiento.
-Admito, por lo tanto, y
no te sorprenda, que los que han llegado a esta sublime contemplación, desdeñan
tomar parte en los negocios humanos, y sus almas aspiran sin cesar a fijarse en
este lugar elevado. Así debe suceder si es que ha de ser conforme con la
pintura alegórica que yo he trazado.
-Sí, así debe ser.
-¿Es extraño que un
hombre, al pasar de esta contemplación divina a la de los miserables objetos
que nos ocupan, se turbe y parezca ridículo, cuando antes de familiarizarse con
las tinieblas que nos rodean, se vea precisado a entrar en discusión ante los
tribunales o en cualquier otro paraje sobre sombras y fantasmas de justicia y
explicar cómo él las concibe delante de personas que jamás han visto la
justicia en sí misma?
-No veo en eso nada que
me sorprenda.
-Un hombre sensato
reflexionará que la vida puede turbarse de dos maneras y por dos causas
opuestas: por el tránsito de la luz a la oscuridad o por el de la oscuridad a
la luz; y aplicando los ojos del alma lo que sucede a los del cuerpo, cuando vea
a aquélla turbada y entorpecida para distinguir ciertos objetos, en vez de reír
sin razón al verla en tal embarazo, examinará si éste procede de que el alma
viene de un estado más luminoso, o si es que al pasar de la ignorancia a la
luz, se ve deslumbrada por el excesivo resplandor de ésta. En el primer caso,
la felicitará por su turbación; y en el segundo lamentará su suerte; y si
quiere reírse a su costa, sus burlas serán menos ridículas que si se dirigiesen
al alma que desciende de la estación de la luz.
-Lo que dices es muy
razonable.
-Si todo esto es cierto,
debemos concluir que la ciencia no se aprende de la manera que ciertas gentes
pretenden. Se jactan de poder hacerla entrar en un alma donde no existe, poco más
o menos del mismo modo que se volvería la vista a un ciego.
-Lo dicen resueltamente.
-Pero lo que estamos
diciendo nos hace ver que cada cual tiene en su alma la facultad de aprender
mediante un órgano destinado a este fin; que todo el secreto consiste en
llevar este órgano, y con él el alma toda, de la vista de lo que nace a la
contemplación de lo que es, hasta que pueda fijar la mirada en lo más
luminoso que hay en el ser mismo, es decir, según nuestra doctrina, en el bien;
en la misma forma que si el ojo no tuviere un movimiento particular, sería
necesario que todo el cuerpo girase con él al pasar de las tinieblas a la luz;
¿no es así?
-Sí.
-En esta evolución, que
se hace experimentar al alma, todo el arte consiste en hacerla girar de la
manera más fácil y más útil. No se trata de darle la facultad de ver, porque
ya la tiene; sino que lo que sucede es que su órgano está mal dirigido y no
mira a donde debía mirar, y esto es precisamente lo que debe corregirse.
-Me parece que no
consiste en otra cosa el secreto.
-Con las demás
cualidades del alma sucede poco más o menos como con las del cuerpo; cuando no
se han obtenido de la naturaleza, se adquieren mediante la educación y la
cultura. Pero respecto a la facultad de saber, como es de una naturaleza más
divina, jamás pierde su virtud; se hace solamente útil o inútil, ventajosa
o perjudicial, según la dirección que se le da. ¿No has observado hasta dónde
llevan su sagacidad esos hombres conocidos con el nombre de embaucadores? ¿Con
qué penetración su alma ruin discierne todo lo que les interesa? Su vista no
está ni debilitada ni turbada, y como la obligan a servir como instrumento de
su malicia, son tanto más maléficos cuanto son más sutiles y perspicaces.
-Esa observación es
exacta.
-Si desde la infancia se
hubieran atajado estas tendencias criminales, que como otros tantos pesos de
plomo arrastran al alma a los placeres sensuales y groseros y la obligan a mirar
siempre hacia abajo; si después de haberla librado de estos pesos, se hubiera
dirigido su mirada hacia la verdad, la habría distinguido con la misma
sagacidad.
-Así parece.
-¿No es una consecuencia
probable, o más bien necesaria, de todo lo que hemos dicho, que ni los que no
han recibido educación alguna y que no tienen conocimiento de la verdad, ni
aquellos a quienes se ha dejado que pasaran toda su vida en el estudio y la
meditación, son a propósito para el gobierno de los Estados; los unos, porque
en su conducta no tienen un punto fijo por el que puedan dirigir todo lo que
hacen en la vida pública y en la vida privada; y los otros porque no consentirán
nunca que se eche sobre ellos semejante carga, creyéndose ya en vida en las
Islas Afortunadas?
-Tienes razón.
-A nosotros que fundamos
una república toca obligar a los hombres de naturaleza privilegiada a que se
consagren a la más sublime de todas las ciencias, contemplando el bien en sí
mismo y elevándose hasta él por ese camino áspero de que hemos hablado;
pero después que hayan llegado a ese punto y hayan contemplado el bien durante
cierto tiempo, guardémonos de permitirles lo que hoy se les permite.
-¿Qué?
-No consentiremos que se
queden en esta región superior, negándose a bajar al lado de los desgraciados
cautivos, para tomar parte en sus trabajos, y aun en sus honores, cualquiera que
sea la situación en que se vean.
-Pero ¿habremos de ser tan duros con ellos? ¿Por qué condenarles a una vida miserable cuando pueden gozar de una suerte más dichosa?
-Vuelves, mi querido
amigo, a olvidar que el legislador no debe proponerse por objeto la felicidad de
una determinada clase de ciudadanos con exclusión de las demás, sino la
felicidad de todos; que a este fin debe unirse a todos los ciudadanos en los
mismos intereses, comprometiéndose por medio de la persuasión o de la
autoridad a que se comuniquen unos a otros todas las ventajas que están en
posición de procurar a la comunidad; y que al formar con cuidado semejantes
ciudadanos, no pretende dejarlos libres para que hagan de sus facultades el uso
que les acomode, sino servirse de ellos con el fin de fortificar los lazos del
Estado.
-Es verdad; se me había
olvidado.
-Por lo demás, ten
presente, mi querido Glaucón, que nosotros no seremos culpables de injusticia
para con los filósofos que se formen entre nosotros, y podremos exponerles muy
buenas razones para obligarles a que se encarguen de la guarda y de la dirección
de los demás. Les diremos: en otros Estados puede excusarse a los filósofos
que evitan la molestia de los negocios públicos, porque deben su sabiduría sólo
a sí mismo, puesto que se han formado a pesar del gobierno y, por lo tanto, es
justo que lo que sólo se debe a sí mismo en su origen y en su desarrollo, no
esté obligado a ninguna clase de reconocimiento para con nadie; pero vosotros
no estáis en este caso; os hemos formado consultando el interés del Estado y
el vuestro, para que, como en la república de las abejas, seáis en ésta
nuestros jefes y nuestros reyes, y con esta intención os hemos dado una educación
más perfecta, que os hace más capaces que todos los demás para unir el
estudio de la sabiduría al manejo de los negocios. Descended, pues, cuanto sea
necesario, a la estancia común; acostumbrad vuestros ojos a las tinieblas que
allí reinan; y cuando os hayáis familiarizado con ellas, juzgaréis
infinitamente mejor que los demás la naturaleza de las cosas que allí se
ven; distinguiréis mejor que ellos los fantasmas de lo bello, de lo justo y del
bien, porque habéis visto en otra parte la esencia de lo bello, de lo justo y
de lo bueno. Y así, tanto para vuestra dicha como para la de la república, el
gobierno de nuestro Estado será una realidad, y no un sueño, como en la mayor
parte de los demás Estados, donde los jefes se baten por sombras vanas y se
disputan con encarnizamiento la autoridad, que miran como un gran bien. Pero
la verdad es que todo Estado en que los que deben mandar no muestran empeño
por engrandecerse, necesariamente ha de ser bien gobernado y ha de reinar en él
la concordia; mientras que dondequiera que se ansíe el mando no puede menos
de suceder todo lo contrario.
-Es cierto.
-¿Resistirán nuestros
discípulos la fuerza de estas razones? ¿Se negarían a cargar alternativamente
Con el peso del gobierno, para ir después a pasar juntos la mayor parte de su
vida en la región de la luz pura?
-Es imposible que lo rehúsen,
porque son justos y justas también nuestras exigencias; pero entonces cada
uno de ellos, al contrario de lo que sucede en todas partes, aceptará el
mando como un yugo inevitable.
-Así es, mi querido
amigo. Si puedes encontrar para los que deben obtener el mando una condición
que ellos prefieran al mando mismo, también podrás encontrar una república
bien ordenada, porque en el Estado solo mandarán los que son verdaderamente
ricos, no en oro, sino en sabiduría y en virtud, riquezas que constituyen la
verdadera felicidad. Pero dondequiera que hombres pobres, hambrientos de bien, y
que no tienen nada por sí mismos, aspiren al mando, creyendo encontrar en él
la felicidad que buscan, el gobierno será siempre malo, se disputará y se
usurpará la autoridad, y esta guerra doméstica e intestina arruinará al fin
al Estado ya sus jefes.
-Nada más cierto.
-¿Conoces alguna condición
como no sea la del verdadero filósofo, que pueda inspirar el desprecio de las
dignidades y de los cargos públicos?
-No conozco otra.
-Además es preciso
confiar la autoridad a los que no están ansiosos de poseerla, porque en otro
caso la rivalidad haría nacer disputas entre ellos.
-Sin duda.
-¿A quién
obligarás a aceptar el mando, sino a los que, instruidos mejor que nadie en
la ciencia de gobernar, cuentan con otra vida y otros honores que prefieren a
los que ofrece la vida civil?
-No me dirigiría a
otros.
Platón: La República o el Estado,
colección Austral, Espasa-Calpe,
1987, pp. 205-211
(libro VII)
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(1)
Odisea, I. XI, v.488.