La
relación fe-razón
"CAPÍTULO
IV
Propónese
convenientemente a los hombres, para ser creída, la verdad divina, accesible a
la razón natural
Existiendo, pues, dos clases de verdades divinas, una de las cuales puede alcanzar con su esfuerzo la razón y otra que sobrepasa toda su capacidad, ambas se proponen convenientemente al hombre para ser creídas por inspiración divina. Nos ocuparemos en primer lugar de las verdades que son accesibles a la razón, no sea que alguien crea inútil el proponer para creer por inspiración sobrenatural lo que la razón puede alcanzar.
Si se abandonase
al esfuerzo de la sola razón el descubrimiento de estas verdades, se seguirían
tres inconvenientes. El primero, que muy pocos hombres conocerían a Dios. Hay
muchos imposibilitados para hallar la verdad, que es fruto de una diligente
investigación, por tres causas: algunos por la mala complexión fisiológica,
que los indispone naturalmente para conocer; de ninguna manera llegarían éstos
al sumo grado del saber humano, que es conocer a Dios. Otros se hallan impedidos
por el cuidado de los bienes familiares. Es necesario que entre los hombres haya
algunos que se dediquen a la administración de los bienes temporales, y éstos
no pueden dedicar a la investigación todo el tiempo requerido para llegar a la
suma dignidad del saber humano consistente en el conocimiento de Dios. La
pereza es también un impedimento para otros. Es preciso saber de antemano otras
muchas cosas, para el conocimiento de lo que la razón puede inquirir de Dios;
porque precisamente el estudio de la filosofía se ordena al conocimiento de
Dios; por eso la metafísica, que se ocupa de lo divino, es la última parte que
se enseña de la filosofía. Así pues, no se puede llegar al conocimiento de
dicha verdad sino a fuerza de intensa labor investigadora, y ciertamente son muy
pocos los que quieren sufrir este trabajo por amor de la ciencia, a pesar de que
Dios ha insertado en el alma de los hombres el deseo de esta verdad.
El segundo inconveniente es
que los que llegan al hallazgo de dicha verdad lo hacen con dificultad y después
de mucho tiempo, ya que por su misma profundidad, el
entendimiento humano no es idóneo para captarla racionalmente sino después
de largo ejercicio; o bien por lo mucho que se requiere saber de antemano, como
se dijo; o bien, porque en el tiempo de la juventud el alma que se hace
prudente y sabia en la quietud, como se dice en el libro VII de la Física,
está sujeta al vaivén de los movimientos pasionales y no está en condiciones
para conocer tan alta verdad. La humanidad, por consiguiente, permanecería
inmersa en medio de grandes tinieblas de ignorancia, si para llegar a Dios sólo
tuviera expedita la vía racional, ya que el conocimiento de Dios, que hace a
los hombres perfectos y buenos en sumo grado, lo lograrían únicamente
algunos pocos, y éstos después de mucho tiempo.
El
tercer inconveniente es que, por la misma debilidad de nuestro entendimiento
para discernir y por la confusión de fantasmas, las más de las veces la
falsedad se mezcla en la investigación racional, y, por lo tanto, para muchos
serían dudosas verdades que realmente están demostradas, ya que ignoran la
fuerza de la demostración, y principalmente viendo que los mismos sabios enseñan
verdades contrarias. También entre muchas verdades demostradas se introduce de
vez en cuando algo falso que no se demuestra, sino que se acepta por una razón
probable o sofística, tenida como demostración. Por esto fue conveniente
presentar a los hombres, por vía de fe, una certeza fija y una verdad pura de
las cosas divinas.
La divina clemencia proveyó,
pues, saludablemente al mandar aceptar como de fe verdades que la razón puede
descubrir, para que así todos puedan participar fácilmente del conocimiento
de lo divino sin ninguna duda y error (...).
CAPITULO
V
Las verdades que la razón
no puede investigar propónense convenientemente a los hombres por la fe para
que las crean
Creen algunos que
no debe ser propuesto al hombre como de fe lo que la razón es incapaz de
comprender, porque la divina sabiduría provee a cada uno según su
naturaleza. Se ha de probar que también es necesaria al hombre la proposición
por vía de fe de las verdades que superan la razón. En efecto, nadie
tiende a algo por un deseo o inclinación, sin que le sea de antemano conocido.
Y porque los hombres están ordenados por la Providencia divina a un bien más
alto que el que la limitación humana puede gozar en esta vida -como estudiaremos
más adelante-, es necesario presentar al alma un bien superior, que trascienda
las posibilidades actuales de la razón, para que así aprenda a desear algo y
tender diligentemente a lo que está totalmente sobre el estado de la presente
vida. Y esto pertenece únicamente a la religión cristiana, que promete
especialmente los bienes espirituales y eternos; por eso en ella se proponen
verdades que superan a la investigación racional. La ley antigua, en cambio,
que prometía bienes temporales, expuso muy pocas verdades no accesibles a la razón
natural. En este sentido, se esforzaron los filósofos por conducir a los
hombres de los deleites sensibles a la honestidad, por enseñar que hay bienes
superiores a los sensibles, cuyo sabor, mucho más suave, únicamente lo gozan
los que se entregan a la virtud en la vida activa y contemplativa.
Es también necesaria la
fe en estas verdades para tener un conocimiento más veraz de Dios. Únicamente
poseeremos un conocimiento verdadero de Dios cuando creamos que su ser está
sobre todo lo que podemos pensar de Él, ya que la sustancia divina trasciende
el conocimiento natural del hombre, como más arriba se dijo. Porque el hecho de
que se proponga al hombre alguna verdad divina que excede a la razón humana,
le afirma en el convencimiento de que Dios está por encima de lo que se puede
pensar.
La represión del
orgullo, origen de errores, nos indica una nueva utilidad. Hay algunos que,
engreídos con la agudeza de su ingenio, creen que pueden abarcar toda la
naturaleza de un ser, y piensan que es verdadero todo lo que ellos ven y falso
lo que no ven. Para librar, pues, el alma humana de esta presunción y hacerla
venir a una humilde búsqueda de la verdad, fue necesario que se propusieran al
hombre divinamente ciertas verdades que excedieran plenamente la capacidad de
su entendimiento.
Otra razón de utilidad hay
en lo dicho por el Filósofo: Cierto Simónides, queriendo persuadir al hombre
a abandonar el estudio de lo divino ya aplicarse a las cosas humanas, decía que al hombre le estaba bien conocer lo humano y al mortal lo
mortali. Y el Filósofo argumentaba contra él de esta manera: El hombre
debe entregase, en la medida que le sea posible, a1 estudio de las
verdades inmortales y divinas. Por eso en el libro XI De los animales dice
que, aunque sea muy poco lo que captamos de las sustancias superiores, este poco
es más amado y deseado que todo el conocimiento de las sustancias inferiores.
Si al proponer, por ejemplo, cuestiones sobre los cuerpos celestes -dice también
en el libro II Del cielo- son éstas resueltas, aunque sea por una
pequeña hipótesis, sienten los discípulos una gran satisfacción. Todo esto
manifiesta que, aunque sea imperfecto el conocimiento de las sustancias
superiores, confiere al alma una gran perfección, y, por lo tanto, la razón
humana se perfecciona si, a lo menos, posee de alguna manera por la fe lo que no
puede comprender por estar fuera de sus posibilidades naturales (...).
CAPITULO VI
Los que asienten
por la fe a estas verdades que la rozón humana no experimenta, no
creen a la ligera, como siguiendo ingeniosos fábulas, como se dice en
la II carta de San Pedro. La divina Sabiduría, que todo lo conoce
perfectamente, se dignó revelar a los hombres sus propios secretos y
manifestó su presencia y la verdad de la doctrina y de la inspiración con
pruebas claras, dejando ver sensiblemente, con el fin de confirmar dichas
verdades, obras que excediesen el poder de toda la naturaleza. Tales obras
son: la curación milagrosa de enfermedades, la resurrección de los muertos,
la maravillosa mutación de los cuerpos celestes y, lo que es más admirable, la
inspiración de los entendimientos humanos, de tal manera que los ignorantes y
sencillos, llenos del Espíritu Santo, consiguieron en un instante la más alta
sabiduría y elocuencia. En vista de esto, por la eficacia de esta prueba, una
innumerable multitud, no sólo de gente sencilla, sino también de hombres sapientísimos,
corrió a la fe católica, no por la violencia de las armas ni por la promesa de
deleites, sino lo que es aún más admirable, en medio de grandes tormentos, en
donde se da a conocer lo que está sobre todo entendimiento humano, y se coartan
los deseos de la carne, y se estima todo lo que el mundo desprecia. Es el mayor
de los milagros y obra manifiesta de la inspiración divina el que el alma
humana asienta a estas verdades, deseando únicamente los bienes espirituales
y despreciando lo sensible. Y que esto no se hizo de improviso ni casualmente,
sino por disposición divina, lo manifiesta el que Dios lo predijo que así se
realizaría, a través de muchos oráculos de los profetas, cuyos libros tenemos
en veneración como portadores del testimonio de nuestra fe (...).
CAPITULO
VII
Aunque la citada
verdad de la fe cristiana exceda la capacidad de la razón humana, no por eso
las verdades racionales son contrarias a las verdades de fe. Lo naturalmente
innato en la razón es tan verdadero, que no hay posibilidad de pensar en su
falsedad. Y menos aún es lícito creer falso lo que poseemos por la fe, ya
que ha sido confirmado tan evidentemente por Dios. Luego como solamente lo falso
es contrario a lo verdadero, como claramente prueban sus mismas definiciones,
no hay posibilidad de que los principios racionales sean contrarios a la verdad
de la fe.
Lo que el maestro infunde
en el alma del discípulo es la ciencia del doctor, a no ser que enseñe con
engaño, lo cual no es lícito afirmar de Dios. El conocimiento natural de los
primeros principios ha sido infundido por Dios en nosotros, ya que Él es autor
de nuestra naturaleza. La Sabiduría divina contiene, por tanto, estos primeros
principios. Luego todo lo que esté contra ellos está también contra la
sabiduría divina. Esto no es posible de Dios. En consecuencia, las verdades que
poseemos por revelación divina no pueden ser contrarias al conocimiento
natural.
Nuestro entendimiento no
puede alcanzar el conocimiento de la verdad cuando está sujeto por razones
contrarias. Si Dios nos infundiera los conocimientos contrarios, nuestro entendimiento
se encontraría impedido para la captación de la verdad. Lo cual no puede ser
de Dios. Permaneciendo intacta la naturaleza, no puede ser cambiado lo natural;
y no pueden coexistir en un mismo sujeto opiniones contrarias de una misma
cosa. Dios no infunde, por tanto, en el hombre una certeza o fe contraria al
conocimiento natural (...).
De todo esto se deduce
claramente que cualesquiera de los argumentos que se esgriman contra la enseñanza
de la fe no pueden proceder rectamente de los primeros principios innatos,
conocidos por sí mismos. No tienen fuerza demostrativa, sino que son razones
probables o sofísticas. Y esto da lugar a deshacerlos.
CAPITULO
VIII
Hay que notar que
las cosas sensibles, principio del conocimiento racional, tienen algún
vestigio de imitación divina, tan imperfecta, sin embargo, que son totalmente
insuficientes para darnos a conocer la sustancia del mismo Dios. Como el
agente produce algo semejante a sí mismo, los efectos tienen, a su manera, la
semejanza de las causas; pero no siempre llega el efecto a asemejarse
perfectamente a su agente. Según esto, para conocer la verdad de fe, que só1o
es evidente a los que ven la sustancia divina, la razón ha de valerse de
ciertas semejanzas, que son insuficientes para hacer comprender de una manera
casi demostrativa y evidente dicha razón. Es provechoso, sin embargo, que la
mente humana se ejercite en estas razones tan débiles, con tal de que no
presuma comprenderlas y demostrarlas, porque es agradabilísimo, como ya se
dijo, captar algo de las cosas altísimas, aunque sea por una pequeña y débil
razón".
(Sto. TOMAS: Suma
contra los gentiles, I, 4-8. Madrid, BAC, 1967, pp. 102-113).