STO. TOMÁS DE AQUINO

 La relación fe-razón

 "CAPÍTULO IV

 Propónese convenientemente a los hombres, para ser creída, la verdad divina, accesible a la razón natural

 Existiendo, pues, dos clases de verdades divinas, una de las cuales puede alcanzar con su esfuerzo la razón y otra que so­brepasa toda su capacidad, ambas se proponen conveniente­mente al hombre para ser creídas por inspiración divina. Nos ocuparemos en primer lugar de las verdades que son accesi­bles a la razón, no sea que alguien crea inútil el proponer para creer por inspiración sobrenatural lo que la razón puede alcanzar.

Si se abandonase al esfuerzo de la sola razón el descubri­miento de estas verdades, se seguirían tres inconvenientes. El primero, que muy pocos hombres conocerían a Dios. Hay mu­chos imposibilitados para hallar la verdad, que es fruto de una diligente investigación, por tres causas: algunos por la mala complexión fisiológica, que los indispone naturalmente para conocer; de ninguna manera llegarían éstos al sumo grado del saber humano, que es conocer a Dios. Otros se hallan impe­didos por el cuidado de los bienes familiares. Es necesario que entre los hombres haya algunos que se dediquen a la adminis­tración de los bienes temporales, y éstos no pueden dedicar a la investigación todo el tiempo requerido para llegar a la su­ma dignidad del saber humano consistente en el conocimien­to de Dios. La pereza es también un impedimento para otros. Es preciso saber de antemano otras muchas cosas, para el co­nocimiento de lo que la razón puede inquirir de Dios; porque precisamente el estudio de la filosofía se ordena al conocimien­to de Dios; por eso la metafísica, que se ocupa de lo divino, es la última parte que se enseña de la filosofía. Así pues, no se puede llegar al conocimiento de dicha verdad sino a fuerza de intensa labor investigadora, y ciertamente son muy pocos los que quieren sufrir este trabajo por amor de la ciencia, a pesar de que Dios ha insertado en el alma de los hombres el deseo de esta verdad.

El segundo inconveniente es que los que llegan al hallazgo de dicha verdad lo hacen con dificultad y después de mucho tiempo, ya que por su misma profundidad, el entendimiento humano no es idóneo para captarla racionalmente sino des­pués de largo ejercicio; o bien por lo mucho que se requiere saber de antemano, como se dijo; o bien, porque en el tiem­po de la juventud el alma que se hace prudente y sabia en la quie­tud, como se dice en el libro VII de la Física, está sujeta al vaivén de los movimientos pasionales y no está en condicio­nes para conocer tan alta verdad. La humanidad, por consi­guiente, permanecería inmersa en medio de grandes tinieblas de ignorancia, si para llegar a Dios sólo tuviera expedita la vía racional, ya que el conocimiento de Dios, que hace a los hom­bres perfectos y buenos en sumo grado, lo lograrían únicamente algunos pocos, y éstos después de mucho tiempo.

El tercer inconveniente es que, por la misma debilidad de nuestro entendimiento para discernir y por la confusión de fan­tasmas, las más de las veces la falsedad se mezcla en la inves­tigación racional, y, por lo tanto, para muchos serían dudosas verdades que realmente están demostradas, ya que ignoran la fuerza de la demostración, y principalmente viendo que los mismos sabios enseñan verdades contrarias. También entre muchas verdades demostradas se introduce de vez en cuando algo falso que no se demuestra, sino que se acepta por una razón probable o sofística, tenida como demostración. Por esto fue conveniente presentar a los hombres, por vía de fe, una certeza fija y una verdad pura de las cosas divinas.

La divina clemencia proveyó, pues, saludablemente al man­dar aceptar como de fe verdades que la razón puede descu­brir, para que así todos puedan participar fácilmente del co­nocimiento de lo divino sin ninguna duda y error (...).

 CAPITULO V

 Las verdades que la razón no puede investigar propó­nense convenientemente a los hombres por la fe para que las crean

 Creen algunos que no debe ser propuesto al hombre como de fe lo que la razón es incapaz de comprender, porque la di­vina sabiduría provee a cada uno según su naturaleza. Se ha de probar que también es necesaria al hombre la proposición por vía de fe de las verdades que superan la razón. En efecto, nadie tiende a algo por un deseo o inclinación, sin que le sea de antemano conocido. Y porque los hombres están ordena­dos por la Providencia divina a un bien más alto que el que la limitación humana puede gozar en esta vida -como estu­diaremos más adelante-, es necesario presentar al alma un bien superior, que trascienda las posibilidades actuales de la razón, para que así aprenda a desear algo y tender diligente­mente a lo que está totalmente sobre el estado de la presente vida. Y esto pertenece únicamente a la religión cristiana, que promete especialmente los bienes espirituales y eternos; por eso en ella se proponen verdades que superan a la investiga­ción racional. La ley antigua, en cambio, que prometía bienes temporales, expuso muy pocas verdades no accesibles a la ra­zón natural. En este sentido, se esforzaron los filósofos por conducir a los hombres de los deleites sensibles a la honesti­dad, por enseñar que hay bienes superiores a los sensibles, cuyo sabor, mucho más suave, únicamente lo gozan los que se entregan a la virtud en la vida activa y contemplativa.

Es también necesaria la fe en estas verdades para tener un conocimiento más veraz de Dios. Únicamente poseeremos un conocimiento verdadero de Dios cuando creamos que su ser está sobre todo lo que podemos pensar de Él, ya que la sus­tancia divina trasciende el conocimiento natural del hombre, como más arriba se dijo. Porque el hecho de que se proponga al hombre alguna verdad divina que excede a la razón huma­na, le afirma en el convencimiento de que Dios está por enci­ma de lo que se puede pensar.

La represión del orgullo, origen de errores, nos indica una nueva utilidad. Hay algunos que, engreídos con la agudeza de su ingenio, creen que pueden abarcar toda la naturaleza de un ser, y piensan que es verdadero todo lo que ellos ven y falso lo que no ven. Para librar, pues, el alma humana de esta pre­sunción y hacerla venir a una humilde búsqueda de la verdad, fue necesario que se propusieran al hombre divinamente cier­tas verdades que excedieran plenamente la capacidad de su entendimiento.

Otra razón de utilidad hay en lo dicho por el Filósofo: Cier­to Simónides, queriendo persuadir al hombre a abandonar el estudio de lo divino ya aplicarse a las cosas humanas, decía que al hombre le estaba bien conocer lo humano y al mortal lo mortali. Y el Filósofo argumentaba contra él de esta manera: El hombre debe entregase, en la medida que le sea posible, a1 estudio de las verdades inmortales y divinas. Por eso en el libro XI De los animales dice que, aunque sea muy poco lo que captamos de las sustancias superiores, este poco es más amado y de­seado que todo el conocimiento de las sustancias inferiores. Si al proponer, por ejemplo, cuestiones sobre los cuerpos ce­lestes -dice también en el libro II Del cielo- son éstas re­sueltas, aunque sea por una pequeña hipótesis, sienten los dis­cípulos una gran satisfacción. Todo esto manifiesta que, aun­que sea imperfecto el conocimiento de las sustancias superio­res, confiere al alma una gran perfección, y, por lo tanto, la razón humana se perfecciona si, a lo menos, posee de alguna manera por la fe lo que no puede comprender por estar fuera de sus posibilidades naturales (...).

 

CAPITULO VI

 Asentir a las verdades de fe, aunque estén sobre la razón, no es señal de ligereza

 Los que asienten por la fe a estas verdades que la rozón humana no experimenta, no creen a la ligera, como siguiendo inge­niosos fábulas, como se dice en la II carta de San Pedro. La divina Sabiduría, que todo lo conoce perfectamente, se dignó revelar a los hombres sus propios secretos y manifestó su pre­sencia y la verdad de la doctrina y de la inspiración con prue­bas claras, dejando ver sensiblemente, con el fin de confirmar dichas verdades, obras que excediesen el poder de toda la na­turaleza. Tales obras son: la curación milagrosa de enferme­dades, la resurrección de los muertos, la maravillosa mutación de los cuerpos celestes y, lo que es más admirable, la inspira­ción de los entendimientos humanos, de tal manera que los ignorantes y sencillos, llenos del Espíritu Santo, consiguieron en un instante la más alta sabiduría y elocuencia. En vista de esto, por la eficacia de esta prueba, una innumerable multi­tud, no sólo de gente sencilla, sino también de hombres sa­pientísimos, corrió a la fe católica, no por la violencia de las armas ni por la promesa de deleites, sino lo que es aún más admirable, en medio de grandes tormentos, en donde se da a conocer lo que está sobre todo entendimiento humano, y se coartan los deseos de la carne, y se estima todo lo que el mundo desprecia. Es el mayor de los milagros y obra mani­fiesta de la inspiración divina el que el alma humana asienta a estas verdades, deseando únicamente los bienes espiritua­les y despreciando lo sensible. Y que esto no se hizo de im­proviso ni casualmente, sino por disposición divina, lo mani­fiesta el que Dios lo predijo que así se realizaría, a través de muchos oráculos de los profetas, cuyos libros tenemos en ve­neración como portadores del testimonio de nuestra fe (...).

 CAPITULO VII

 La verdad racional no contraría a la verdad de la fe cristiana

 Aunque la citada verdad de la fe cristiana exceda la capaci­dad de la razón humana, no por eso las verdades racionales son contrarias a las verdades de fe. Lo naturalmente innato en la razón es tan verdadero, que no hay posibilidad de pensar en su falsedad. Y menos aún es lícito creer falso lo que posee­mos por la fe, ya que ha sido confirmado tan evidentemente por Dios. Luego como solamente lo falso es contrario a lo ver­dadero, como claramente prueban sus mismas definiciones, no hay posibilidad de que los principios racionales sean contrarios a la verdad de la fe.

Lo que el maestro infunde en el alma del discípulo es la ciencia del doctor, a no ser que enseñe con engaño, lo cual no es lícito afirmar de Dios. El conocimiento natural de los primeros principios ha sido infundido por Dios en nosotros, ya que Él es autor de nuestra naturaleza. La Sabiduría divina contiene, por tanto, estos primeros principios. Luego todo lo que esté contra ellos está también contra la sabiduría divina. Esto no es posible de Dios. En consecuencia, las verdades que poseemos por revelación divina no pueden ser contrarias al conocimiento natural.

Nuestro entendimiento no puede alcanzar el conocimiento de la verdad cuando está sujeto por razones contrarias. Si Dios nos infundiera los conocimientos contrarios, nuestro entendi­miento se encontraría impedido para la captación de la ver­dad. Lo cual no puede ser de Dios. Permaneciendo intacta la naturaleza, no puede ser cambiado lo natural; y no pueden coexistir en un mismo sujeto opiniones contrarias de una mis­ma cosa. Dios no infunde, por tanto, en el hombre una certe­za o fe contraria al conocimiento natural (...).

De todo esto se deduce claramente que cualesquiera de los argumentos que se esgriman contra la enseñanza de la fe no pueden proceder rectamente de los primeros principios inna­tos, conocidos por sí mismos. No tienen fuerza demostrativa, sino que son razones probables o sofísticas. Y esto da lugar a deshacerlos.

 CAPITULO VIII

 La razón humana ante la fe

 Hay que notar que las cosas sensibles, principio del conoci­miento racional, tienen algún vestigio de imitación divina, tan imperfecta, sin embargo, que son totalmente insuficientes pa­ra darnos a conocer la sustancia del mismo Dios. Como el agente produce algo semejante a sí mismo, los efectos tienen, a su manera, la semejanza de las causas; pero no siempre lle­ga el efecto a asemejarse perfectamente a su agente. Según esto, para conocer la verdad de fe, que só1o es evidente a los que ven la sustancia divina, la razón ha de valerse de ciertas semejanzas, que son insuficientes para hacer comprender de una manera casi demostrativa y evidente dicha razón. Es pro­vechoso, sin embargo, que la mente humana se ejercite en es­tas razones tan débiles, con tal de que no presuma compren­derlas y demostrarlas, porque es agradabilísimo, como ya se dijo, captar algo de las cosas altísimas, aunque sea por una pequeña y débil razón".

(Sto. TOMAS: Suma contra los gentiles, I, 4-8. Madrid, BAC, 1967, pp. 102-113).

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