hombre/ animal

La idea que el hombre ha tenido de sí mismo ha tomado siempre al animal como referencia, bien sea para establecer una contraposición más o menos radical entre ambos, bien sea para buscar similitudes o diferencias. Los textos que siguen pueden darnos una idea de las relaciones hombre animal, tal como han sido vistas por los diferentes autores.

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1. PLATÓN

El hombre es un animal bípedo sin plumas. Después que Platón hubo definido al hombre como un animal bípedo sin plumas, él [Diógenes] desplumó un gallo, y llevándolo a la escuela, dijo: "Aquí tenéis el hombre de Platón". A partir de lo que se añadió la definición de "con uñas anchas y planas". Diógenes Laercio, lib. VI, C. II. Vit. Diog. C. VI. Secc. 40.

 

 

2. ARISTÓTELES

Es evidente que la ciudad-estado es una cosa natural y el hombre es por naturaleza un animal social/político.El hecho de que el ser humano sea un animal social en mayor grado que la abeja o que cualquier otro animal gregario, tiene una explicación evidente. Es común afirmar que la naturaleza no hace nada en vano y el ser humano es el único que tiene logos. Pues mientras la voz pura y simple es expresión de dolor o placer y es común a todos los animales, cuya naturaleza les permite sentir malestar o gozo y la posibilidad de señalárselo unos a otros, el logos (el lenguaje humano) sirve para manifestar lo que es conveniente y lo que es perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Pues esto es lo que caracteriza al ser humano, distinguiéndolo de los demás animales: el hecho de poseer en exclusiva el sentido del bien y del mal, de la justicia y de la injusticia, y de los demás valores. Y la participación en común de estas cosas es constitutiva de la familia y de la comunidad local (Política. {1253a 7 ss.}).

 

3. FREUD

Después de esta introducción indicaremos que el narcisismo general, el amor propio de la Humanidad, ha sufrido hasta ahora tres graves ofensas por parte de la investigación científica: a) El hombre creía al principio, en la época inicial de su investigación, que la Tierra, su sede, se encontraba en reposo en el centro del Universo, en tanto que el Sol, la Luna y los planetas giraban circularmente en derredor de ella. Seguía así ingenuamente la impresión de sus percepciones sensoriales, pues no advertía ni advierte movimiento alguno de la Tierra, y dondequiera que su vista puede extenderse libremente, se encuentra siempre en el centro de un círculo, que encierra el mundo exterior. La situación central de la Tierra le era garantía de su función predominante en el Universo, y le parecía muy de acuerdo con su tendencia a sentirse dueño y señor del Mundo. La destrucción de esta ilusión narcisista se enlaza, para nosotros, al nombre y a los trabajos de Nicolás Copérnico en el siglo xvi. Mucho antes que él, ya los pitagóricos habían puesto en duda la situación preferente de la Tierra, y Aristarco de Samos había afirmado, en el siglo iii a. de J. C., que la Tierra era mucho más pequeña que el Sol, y se movía en derredor del mismo. Así pues, también el gran descubrimiento de Copérnico había sido hecho antes de él. Pero cuando fue ya generalmente reconocido, el amor propio humano sufrió su primera ofensa: la ofensa cosmológica. En el curso de su evolución cultural, el hombre se consideró como soberano de todos los seres que poblaban la Tierra. Y no contento con tal soberanía, comenzó a abrir un abismo entre él y ellos. Les negó la razón, y se atribuyó un alma inmortal y un origen divino, que le permitió romper todo lazo de comunidad con el mundo animal.
Es singular que esta exaltación permanezca aún ajena al niño pequeño, como al primitivo y al hombre primordial. Es el resultado de una presuntuosa evolución posterior. En el estadio del totemismo, el primitivo no encontraba depresivo hacer descender su estirpe de un antepasado animal. El mito, que integra los residuos de aquella antigua manera de pensar, hace adoptar a los dioses figura de animales, y el arte primitivo crea dioses con cabeza de animal. El niño no siente diferencia alguna entre su propio ser y el del animal; acepta sin asombro que los animales de las fábulas piensen y hablen, y desplaza un afecto de angustia, que le es inspirado por su padre, sobre un determinado animal --perro o caballo -, sin tender con ello a rebajar a aquél.
Sólo más tarde llega a sentirse tan distinto de los animales, que le es ya dado servirse de sus nombres como de un calificativo insultante para otras personas. Todos sabemos que las investigaciones de Darwin y las de sus precursores y colaboradores pusieron fin, hace poco más de medio siglo, a esta exaltación del hombre. El hombre no es nada distinto del animal ni algo mejor que él; procede de la escala zoológica y está próximamente emparentado a unas especies, y más lejanamente, a otras. Sus adquisiciones posteriores no han logrado borrar los testimonios de su equiparación, dados tanto en su constitución física como en sus disposiciones anímicas. Esta es la segunda ofensa -la ofensa biológica- inferida al narcisismo humano.

 

3.Alfonso Fernández Tresguerres .Ante la entrega a la etóloga británica Jane Goodall de un Premio Príncipe de Asturias
Que la ocasión en la que el diario El Comercio me pide que escriba unas líneas sobre Jane Goodall coincida con la concesión a la etóloga británica del Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Tecnológica, hace suponer (lo supongo yo) que se esperan de mí palabras de elogio, y no de virulenta crítica (insisto en que lo deduzco yo. Nadie me lo ha sugerido: de otro modo, tal vez no hubiese aceptado tal encargo, aun agradeciéndolo, como lo agradezco). Y si es así, no defraudaré, puesto que no tengo el menor inconveniente, sino todo lo contrario, en comenzar por reconocer los méritos de la Dra. Goodall. Mas también me permitiré, no obstante, algunas observaciones críticas. La Etología, siendo, como es, una ciencia relativamente joven (aun contando con importantes precedentes, como el propio Darwin), ha alcanzado, sin embargo, unos altísimos niveles de desarrollo y unos resultados que han acabado por obligarnos a replantear drásticamente la imagen que tradicionalmente teníamos de nosotros mismos. Por decirlo en pocas palabras: no es posible, en el momento presente, una reflexión seria sobre el ser humano (vale decir, una Antropología filosófica) sin tener en cuenta (por asimilación o por confrontación) los datos que nos suministra el etólogo. En el año 1973, la Etología recibió su reconocimiento definitivo, como disciplina integrante por derecho propio de la república de las ciencias, con la concesión del Premio Nobel a K. Lorenz, N. Tinbergen y K. Von Frisch. Que treinta años más tarde, los Premios Príncipe de Asturias renueven ese reconocimiento, es algo que les honra y que a mí, particularmente, me alegra y me satisface. Y el que la persona elegida, entre otros etólogos posibles, haya sido Jane Goodall, es un hecho que, en lo que a mí respecta, no presenta reservas mayores ni objeciones de peso. Jane Goodall (Londres, 1934), desde el año 1957, cuando da comienzo a su labor bajo la dirección de Louis Leakey, se ha convertido, por sus propio mérito, en una de las grandes figuras de la Etología, no ya de la Etología presente, sino de la Etología sin más, y ello pese a que, en sus inicios, la ausencia de una formación universitaria específica le valiese no pocas críticas y suspicacias, que, es de suponer, debieron quedar acalladas con su Doctorado en Etología por la Universidad de Cambridge, en 1965, y también, y sobre todo, con sus primeros trabajos. Decir que Goodall es probablemente la mejor conocedora del comportamiento del chimpancé (nuestro pariente más cercano), es ya un tópico. Sus largos años de trabajo en el Gombe (Tanzania), deliciosamente divulgados por ella en obras tales como En la senda del hombre o A través de la ventana, están plagados de observaciones y descubrimientos tan sorprendentes como decisivos, no sólo para el conocimiento del chimpancé, sino también del ser humano.
Los chimpancés utilizan herramientas (por ejemplo, ramitas para sacar termitas de los hormigueros), comen carne (en ocasiones incluso practican el canibalismo), tienen una compleja organización social, presentan una amplia y rica gama de emociones y sentimientos, resuelven problemas (lo que induce a pensar que son capaces de elaborar razonamientos y de mostrar conductas que pueden ser calificadas de inteligentes; si es que tales capacidades han de ser asociadas a la resolución de problemas) y hasta diversos grupos presentan entre ellos diferencias que pueden ser consideradas de carácter cultural.
Sin duda, el conocimiento de los grandes monos, en el que tan importantísimo papel han jugado las mujeres (Birute Galdikas, en el caso de los orangutanes, y Diane Fossey en el de los gorilas, además de Jane Goodall con los chimpancés), ha obligado a una profunda revisión del concepto que hasta ese momento el ser humano tenía de sí mismo. El desarrollo de la Etología supone el entierro definitivo de cualquier concepción antropológica puramente espiritualista, y no digamos de aquéllas más extremas que pudieran negar que el hombre sea un animal (Descartes) o las que hacen de él un reino nuevo (T. de Chardin). Pero es que ni siquiera tiene ya el menor sentido continuar definiendo al ser humano por características que hasta comienzos del siglo XX (y aun más tarde) se consideraban propias y exclusivas de él: capacidad de razonamiento, comportamiento inteligente, lenguaje (el caso de Washoe, a quien se le pudo enseñar a comunicarse mediante el código Ameslan de sordomudos, resulta, a este respecto, suficientemente significativo), cultura..., tales son algunas de las tradicionales líneas divisorias entre el ser humano y el resto del mundo animal que la Etología ha venido a derrumbar, demostrando que se encuentran también en otras especies, y, por supuesto, en los grandes monos, y, dentro de ellos, de forma más paradigmática, en el chimpancé.
Sin duda, en la manifestación y el ejercicio de dichas capacidades en el hombre y en otros animales existen diferencias, y diferencias significativas, esenciales, y no sólo de grado (obviamente, no puedo detenerme ahora a señalarlas); pero esto es algo que sólo en diálogo y controversia con el etólogo puede ser establecido. Y dentro de la Etología forzoso es reconocer que Jane Goodall es una figura de primera línea y autora de aportaciones decisivas a su campo. Reciba, pues, mi agradecimiento por sus trabajos y mi felicitación por el Premio Príncipe de Asturias.
Mas permítaseme ahora apuntar algunas críticas. Los etólogos (y Goodall entre ellos) han incurrido a veces en el vicio gnoseológico (si puedo llamarlo así) que en alguna ocasión he denominado etologismo. El etologismo se constituye mediante un doble movimiento: por un lado, la proyección en el animal de disposiciones o características, emociones o sentimientos humanos (antropomorfismo), y por otro, la extrapolación al ser humano de conclusiones obtenidas a partir del estudio del comportamiento animal (reduccionismo). Con lo primero se niega o se desdibuja la diferencia (nada significativo hay en el ser humano que no se encuentre también en el mundo animal); y con lo segundo se fundamenta la semejanza (nada significativo hay en el ser humano que no pueda ser explicado en clave etológica o biológica). No tengo ahora tiempo de releer los escritos de Jane Goodall, pero siempre he tenido la impresión de que es uno de los etólogos (etóloga, en este caso) que no ha incurrido en exceso en ambas tentaciones (comparada, por ejemplo, con K. Lorenz o I. Eibl-Eibesfeldt); y eso ha sido así al menos hasta su incorporación al The Great Ape Project (Proyecto Gran Simio), porque en éste el etologismo es más que manifiesto.
El intento (porque, en el fondo, de eso se trata) de convertir a los grandes simios (aunque no sólo a ellos) en personas (cada chimpancé, se dice, tiene una personalidad única y propia), beneficiarios de una declaración de derechos, es de suponer que complementaria a la Declaración Universal de los Derechos del Animal (1978), sólo puede llevarse a cabo comenzando por borrar drásticamente lo que pueda separarlos de la persona humana y atribuyéndoles, en consecuencia (de forma tan discutible como manifiestamente antropomorfa), determinadas disposiciones humanas. Y todo ello sin entrar en demasiadas matizaciones, casi por vía meramente dogmática y programática. Pues bien, por la misma vía (mas sólo porque no dispongo de espacio para otra cosa) yo niego que los chimpancés tengan pensamientos privados, imaginación, sentido del humor, del tiempo, conciencia de la muerte, o que sean capaces de engañar o de sentir celos, envidia, o planificar el futuro, por poner algunos ejemplos. Y cuando digo que niego que sean poseedores de tales disposiciones quiero decir que lo niego en el sentido en que pueden ser atribuidas al ser humano y se manifiestan en él, y afirmo que sólo pueden ser predicadas del chimpancé cuando nos quedamos en el plano de las analogías puramente formales, cuando no decididamente proyectivas. Se argumenta que sólo nos separa de él un 1% (o algo menos) del material genético, y que ésa es una diferencia similar a la que tienen otras especies que no se distinguen. Sí, pero lo cierto es que hombre y chimpancé se distinguen: ése 1% es lo bastante significativo como para ser responsable de diferencias esenciales, no sólo en el plano anatómico (con las consecuencias culturales que ello tiene, como es el caso de la mano), sino también en el plano intelectual.
Fue Jane Goodall la que se dirigió a Tanzania para estudiar a los chimpancés, pero no se sabe de ningún chimpancé del Gombe que haya ido a Londres a estudiar a los humanos. Y ésa no un diferencia accidental, sino auténticamente esencial. Y no podría hacerlo, entre otras muchas cosas enteramente obvias, porque el comportamiento humano es inexplicable al margen de contextos culturales objetivos, políticos, económicos o religiosos, que son los mismos con los que tropieza el poder reductor de la Etología. Afirma Goodall que: "No hay muchas diferencias entre un niño pequeño y un pequeño chimpancés". Tal vez. Pero si las hay entre un hombre adulto y un mono

Cuestionario de los textos 1 y 2

1. ¿Qué pretende comunicarnos sobre el hombre la broma que se nos narra en el primer texto?

2.¿Qué razones da Aristóteles para afirmar que el hombre es social y político por naturaleza?

3 ¿Qué diferencias establece Aristóteles entre el lenguaje animal y el lenguaje humano?

$.¿Cómo relaciona Aristóteles las características del lenguaje humano y la sociabilidad?

5. Traduce a un lenguaje de hoy todo el texto de Aristóteles.

 

Cuestionario del texto 3

1.¿En base a qué hechos consideró el hombre la centralidad de la tierra dentro del Universo?

2¿Cómo afectó esta idea a la imagen que el hombre tenía de sí mismo?

3. ¿En qué consistió según Freud la ofensa cosmológica?

4..Explica qué autores en las diferentes épocas históricas contribuyeron a realizar dicha ofensa.

5.¿En base a qué razones el hombre se situó por encima de los animales?

6.¿Qué es el totemismo? ¿Qué relación tiene el totemismo con el tema de las relaciones hombre animal?

7.¿Quién y por qué infringió al hombre la segunda ofensa?

8. Traduce a un lenguaje de hoy todo el texto de Freud

 

Cuestionario del texto 4.

1.¿Qué es la Etología?

2.¿Por qué dice el autor que la Antropología actual ha de tomar en cuenta las envestigaciones de la etología?

3.¿Por qué dice el autor que a la luz de la etología no podemos aceptar los planteamientod de Descartes y Teilhard de Chardin sobre el hombre?.

4.Explica qué capacidades humanas se encuentran también parcialmente en los grandes monos.

5.¿Qué quiere decir que las diferencias entre el hombre y los chimpacés son esenciales y no de grado?

6. ¿Qué es el etologismo? ¿Cuales son los errores que según el autor comete el etologismo?

7.¿Qué quiere decir que el etologismo cae en el reduccionismo y el antropomorfismo?

8. Comenta las conductas que según el autor jamás realizaría un cheimpacé

9 http://www.greatapeproject.org/spanish/gapdeconlineE.html Visita esta web y comenta lo más llamativo de su contenido.

10. Traduce a tu lenguaje todo el texto.