Ya es célebre la cita que dice que todo hombre que no conoce la Historia tiende a repetirla. Ejemplos nunca faltaron y, por más que nos pese, nunca faltarán; ejemplos en el polo más opuesto del devenir de la Humanidad, donde ruedan en un eterno retorno las catástrofes, las penurias, las miserias, los crímenes... Tendemos a olvidarlos, desaprobarlos por mucho, cuestionarlos sin conocerlos a fondo, e incluso a reírnos de ellos con la más triste de las ironías. Y cuando la rueda pasa por nuestra vereda, por la que utilizamos a diario, queremos detenerla; curar antes de prevenir.
Eran otros tiempos, podemos pensar. Sí, de acuerdo, pero somos los mismos hombres, las mismas mujeres, los mismos hijos. De eso hace 65 años exactamente, cuando la rueda arroyó nuestra aldea en un frío mes de Enero, levantando una polvareda de sangre y pena, dejando un carril hondo, cavado en muchas conciencias a golpes de dolor y que hoy, cuando sólo pasan por las asfaltadas calles del pueblo neumáticos radiales, ya casi nadie recuerda. No se trata de olvidar quién o qué tuvo la culpa, no es cuestión de malos y buenos, de pobres o ricos, de perdedores y ganadores. Solamente fue la cara opuesta del conformismo galopante que sacude nuestra sociedad, nuestras ideas y a nuestros jóvenes. Pensaron, sufrieron, malvivieron, lucharon y murieron.
Hoy nadie sufre como ellos, eso es bueno; nadie malvive como ellos, eso es maravilloso; nadie lucha como ellos, eso es que no hace falta; nadie muere como ellos, eso es un logro; y también hoy nadie piensa como ellos, eso es una realidad.
Esos pobres desgraciados que estaban todo el día buscando para comer, en el campo, dejaron la luz encendida, la llama histórica que nos permite a nosotros -los pobres desgraciados que estamos todo el día buscando para disfrutar- pensar. Pero, ¿estamos aprovechando la oportunidad?, ¿de verdad ahora que tenemos la herramienta apropiada conocemos su uso? La cultura es un servicio público, casi gratuita, no está censurada, no hay capitanes Rojas para pegarnos dos tiros si expresamos nuestras ideas, ni nadie nos quemará la casa, porque no hay Casas Viejas.
Quedaron las cenizas, aún no se las llevó por completo el levante; queda ardiendo el espíritu de lucha contra las injusticias, contra los privilegios de los que tenían tierras por los que eran sostenidos por la tierra. Sí, la tierra, la que les dio mal de comer, la que les dio mala vida, la que les dio mala muerte. Sí, la tierra, la que los enterró.
El freno de la rueda está a nuestro alcance, en cada colegio, en cada instituto, en cada libro, en cada idea. Pero a nadie le apetece frenar, actuar, mantener viva esa llamita sexagenaria para que el levante barra de una vez las cenizas de lo que nunca debió ocurrir pero ocurrió.
La llamita está sola, es anárquica, pero esperanzadora.
¡Qué no se apague el rescoldo!
ANTONIO CEPERO BARBERÁN (Benalup - Casas Viejas)
-Ganador 1 Certamen Artículo de Opinión-
Artículo aparecido en la revista Parthenón o la ruinas de la palabra
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