Fue hace más de cinco años cuando se decidió dotar a nuestro centro de un emblema que lo representara. Se dieron muy distintos enfoques, con propuestas muy variadas. Lo más sencillo parecía crear un logotipo, algo parecido a una marca de empresa, tal y como había hecho la Junta de Andalucía, que había dejado aparcado su antiguo y poco logrado emblema del Hércules y los leones para optar por los arcos y la cuña que figuran desde entonces a la izquierda de nuestro membrete.  Otros, no muchos, por cierto, preferíamos hacer uso de la vieja ciencia de la Heráldica y dotar al Hozgarganta de un escudo auténtico o, mejor dicho, de un blasón. Y, por razones no muy claras, perdidas ya en los anales de la historia, esa fue la opción que fraguó.

 El usar de la heráldica no se debió a un vano intento por darle más respetabilidad a nuestro centro- que era del todo innecesario-  ni como señal de un abolengo inexistente- lo que habría sido más bien ridículo -. Se optó por la heráldica para contar no sólo con una imagen que sirviera como señal clara y reconocible de nuestra institución – es decir, un signo- sino que además tuviera una cierta vinculación con lo que representaba, con la realidad y la naturaleza propias de un centro de enseñanza. En definitiva, que más que un signo fuese un símbolo. Una imagen que no sólo nos identificara, sino que también comunicara parte de los que somos. Y si no de lo que somos, de los que al menos pretendemos ser.

 Así, al descartar los anagramas y los logotipos en favor del uso correcto del lenguaje heráldico, dimos a entender dos de los valores que debieran definir la naturaleza de nuestra institución.

  Por un lado, nuestro emblema habla del respeto a la Cultura. La Cultura en todas sus facetas, incluida una tan olvidada como la heráldica, que de complicada, puntillosa y puro vieja podría parecer inútil. Pero eso mismo se podría objetar de miles de manifestaciones culturales. Para nada sirven el techo de la Sixtina, ni el Amor Brujo de Falla, ni los poemas de Neruda. Pero no por ello tienen menos valor. Una cosa es lo inútil, y otra, muy diferente, lo vano.

 Por otra parte, nuestro escudo hace público otro de los valores propios de nuestra institución: la defensa de los valores democráticos.

 A diferencia de otras naciones, en España la heráldica no fue nunca patrimonio de la aristocracia. Desde los tiempos medievales, en el reino de Castilla cualquier particular  podía lucir un blasón con pleno derecho, ya fuera hidalgo o pechero. En ese sentido, el usar de un escudo no pretende ocultar lo que somos sino, todo lo contrario, ponerlo de manifiesto. El Hozgarganta es un simple instituto de pueblo. Nada más y nada menos, que, como tal, se adorna con un blasón. Su blasón. El que piense que es excesivo para nosotros es que nos tiene en menos de lo que somos. En España, a diferencia de otros reinos, como ya se ha dicho, el uso de blasones no depende de la alcurnia ni de la posición social.  Usa de escudo el que sabe valorarlo.

 

   El  BLASÓN  

    A la hora de hablar del escudo del Hozgarganta en concreto, habría que aclarar que no se trata de un blasón de pleno derecho, pues no ha sido reconocido como tal por el Ministerio de Justicia, ni en su nombre por los heraldos y reyes de armas de este reino.  Una cosa es el diseño, y otra el papeleo y los gastos que conlleva. Se podría decir por ello que más que un escudo oficial es un blasón oficioso- si ello pudiera existir -. Que nos perdonen los puristas.

Para describir un emblema heráldico de forma que se comprenda su composición sin necesidad de recurrir a su diseño es necesario recurrir a una terminología especifica y convencional. A eso se llama blasonar. Así descrito, nuestro escudo podría quedar de la siguiente manera:

Cortado y encajado de plata y gules,

                          sumadas las puntas con  tres torres de gules.

 

 

Lo que en román paladino vendría a significar lo siguiente:

                     Cortado-  Se trata de una partición del escudo, en sentido horizontal.


 

 


        Encajado-  Hace referencia a que las dos mitades de la partición encajan la una en la otra, formando un zigzag.

 


                         

 

                 De plata y gules-  Aquí se trata sobre los esmaltes o tonos de blasón.

 

        Los esmaltes de la heráldica se dividen en dos tipos:

                    Metales- Oro (dorado o amarillo) y plata (plateado o blanco)

                    Colores- Principalmente, gules (rojo), azur (azul), sable (negro) y  sinople (verde)

 

 

        Sumadas en las puntas, tres torres de gules. – Es decir, que encima de los tres picos que forma el encajado se colocan, unidos a ellos, tres torres  de su mismo color: rojas.  Así queda completo el escudo.


 

 

( Si algún entendido en heráldica encontrase que el escudo está mal blasonado - lo que bien pudiera ser-  sería muy de agradecer que nos mandara la corrección a nuestro correo electrónico. Nunca está de más hacer las cosas bien)

 

        Se escogió este diseño por sobrio y simple. Fácil de distinguir y de recordar. Pocas figuras y pocos esmaltes, siguiendo la regla básica de no colocar nunca metal sobre metal ni color sobre color. Así, al ser las torres de gules, sólo podrían ir sobre plata o sobre oro. Nunca sobre azur, sable o sinople.

 

        Habría quedado más hermoso con sólo dos dientes y dos torres. Algunos piensan que se escogió el tres por la alusión a las tres localidades que mandan sus alumnos a nuestro centro. Bien pudiera ser así.  Pero, aunque la heráldica sea un lenguaje, sus figuras no son ideogramas, que tengan que ir acompañadas de un sentido determinado. Y bien no pudiera significar absolutamente nada y no por ello ser menos válido.  

 

        Hasta aquí el blasón propiamente dicho. Pero es frecuente que en nuestros membretes el escudo vaya acompañado de otros elementos, los que se llaman ornamentos exteriores del escudo. Estos signos tienen un valor secundario y no forman parte de blasón en sí. Es más, podrían ser excesivos para un simple instituto de enseñanza media. Pero es nuestra costumbre usarlos y les tenemos cierto aprecio. Mientras que el blasón en sí es inalterable, los adornos exteriores pueden ser variados sin mermar el valor del escudo y permiten un variado juego de formas, adaptándose al gusto de cada ilustrador.   

 

 

        Con todos sus elementos, el escudo quedaría de la siguiente manera:   

 

 

 

 

 

        En primer lugar va el casco. El adornar los escudos con el casco es una tradición que se remonta a las justas y torneos de la Baja Edad Media.  El nuestro es un yelmo de acero y  - aquí nuestro pecado- está mal colocado, pues lo correcto es que fuera de perfil hacia la izquierda, o mejor dicho, hacia la diestra del escudo. Ponerlo de frente, como suele figurar el nuestro, es cosa de reyes.

 

        Sobre el casco figura la cimera, que como su nombre indica está en la cima del blasón. Muy usada en justas y demás competiciones, se realizaba en materiales ligeros, como el cartón y el cuero. La nuestra, por ahora, es un sencillo león de San Marcos, que con su libro bajo la pata viene muy bien a un centro de enseñanza.

 

 

        Otro ornamento del escudo son los lambrequines, unidos al yelmo por el burelete. Algunos dicen que el origen de los lambrequines se remonta a las piezas de tela que los cruzados colocaban sobre el acero de sus cascos para protegerlos del intenso sol de Palestina.  Los artistas tienen una total libertad a la hora de ordenar los lambrequines, que dan un gran dinamismo al diseño heráldico. Pueden parecer vegetales, o inflarse por efecto del viento. Lo correcto es que sean de los esmaltes del escudo, y por eso los nuestros son de gules y plata.

 

 

        Flanquean el escudo dos tenantes, es decir, dos figuras humanas o semihumanas que lo aguantan o sostienen. En nuestro caso a la diestra figura un ángel armado ( ¿San Miguel) y a la izquierda un demonio. Muchos han preguntado el porqué de unos tenantes tan peculiares. ¿El bien y el Mal? ¿El Amor y el Odio? ¿El personal del centro? Bien es sabido que hay profesores angelicales, y otros propios de las huestes de Satán. Y a veces son el mismo, que varía según el día. Y lo mismo se podría decir de los alumnos. Y también del centro en general, en el que dependiendo de las ocasiones nos encontramos a bien, como en el cielo, y otras no mejor que el fuego eterno. Al gusto de cada uno. Y si a alguien se le ocurre una interpretación mejor, que no dude en enviárnosla.

 

 

     

        Para terminar se encuentra la divisa. Se trata de una frase o sentencia que acompaña al blasón. La nuestra  podría traducirse por apuntar alto para llegar lejos.

 

 

 

        Bibliografía recomendada.

 

De Cadenas y Vicent. Vicente. Fundamentos de heráldica. Hidalguía. Madrid. 1975.

 

Pardo de Guevara. Eduardo. Manual de heráldica española. Aldaba ediciones. Madrid. 1987.

 

Messia de la cerda y Pita. Luis F.  Heráldica española. Aldaba ediciones. Madrid 1990.  

 

                                                                                  D. Pablo Martín

                                                                            Prof. Geografía e Historia