NOTICIAS SOBRE LA EPIDEMIA DE
PESTE DE 1602 EN JAÉN.
Mª Amparo López Arandia.
“Huir de la pestilencia
con tres eles es prudencia: luego, lexos y luengo tiempo”.
1.- Introducción. VOLVER
Desde la Edad Media, las
epidemias de peste se convirtieron en las de mayor repercusión sobre la
población. Entre sus variantes, la principal, la peste bubónica, también
denominada peste negra, mermó desde el año 542, y con especial virulencia desde
el siglo XIV, buena parte de los efectivos poblacionales en Europa.
El contacto comercial con Asia
fue la principal causa de su propagación por el continente europeo.
La enfermedad era transmitida por
portadores del bacilo de Yerson, siendo las ratas negras (de ahí la
denominación con la que se conoció la enfermedad), los agente más activos de su
expansión. No fueron éstas las únicas portadoras, ya que los propios humanos en
contacto con el bacilo; parásitos -pulgas y chinches-, e incluso mercancías, aparecieron
como tales.
Su impacto e incidencia fue tal,
que para FROISSART fue la responsable de la desaparición de la tercera parte de
la población mundial.
Los efectos de la enfermedad
serán especialmente dramáticos ya que se desconocían tratamientos efectivos. De
hecho, únicamente se proponían algunos remedios preventivos como la quema de
maderas olorosas y llevar ropas perfumadas para que los vapores “corrigieran
la corrupción del aire”; o la aplicación de salvia o mitrídato. En gran
parte de las ocasiones, ante la ausencia de óptimos resultados, se recurría a
la búsqueda de remedios espirituales, caso de la celebración de
rogativas y procesiones implorando la intercesión divina para la finalización
del contagio.
Varias fueron las epidemias de
peste que asolaron la ciudad de Jaén a lo largo de la Edad Moderna. Especial
virulencia tuvieron las acaecidas en el siglo XVI, como las de 1523, 1559,
1564, 1581, 1582, y 1583, algunas de las cuales ya han sido detenidamente
estudiadas[1].
Será a inicios del siglo XVII, en
1602, cuando la ciudad sufrirá una de las epidemias más graves, y al mismo
tiempo interesante, ya que conllevó la aparición de diversos conflictos en el
seno del Concejo, a la vez que motivó la aparición de una obra de especial
significación entre los tratados médicos del momento, como fue la realizada por
Alonso de Freylas, titulada El arte de descontagiar las ropas de seda, telas
de oro y plata, tapicerías, lienzos y otras cosas contagiadas, con un discurso
al fin si los melancólicos pueden saber lo que está por venir con la fuerça de
su ingenio o soñando en la que intentó recoger algunos de los tratamientos
que aplicó durante la epidemia en Jaén y que consideró efectivos[2].
A lo largo de nuestro trabajo
pretendemos analizar su incidencia, prestando especial atención a la actuación
del Concejo de la ciudad al respecto.
2.- Jaén ante la epidemia de
peste de 1602.
2.1.- Prolegómenos al brote de
1602.
Hemos de remontarnos al año 1601
para tener las primeras noticias sobre la epidemia de peste que asolaba buena
parte de Andalucía y que, poco a poco, acechaba peligrosamente a la ciudad de
Jaén.
Es el 12 de marzo de 1601 cuando
el Cabildo Municipal trata por primera vez el asunto, fijando como medida
principal reedificar las partes de muralla en mal estado para aislar la ciudad
del exterior con el cierre de todos sus postigos, poniendo guardas en cada una
de las puertas[3]. Seguidamente, el 19 de marzo de
1601 se decide pregonar por la ciudad que ningún forastero “(...)sea osado
ni se atreva a meter en esta ciudad ni en sus arrabales, ni caserías, ni
cortijos, ni otras partes de la tierra y término desta ciudad ninguna cosa
movediza, ni ropa hecha , ni se consienta en ninguna de las dichas partes que
venga y se traiga de las partes y lugares que esta ciudad está mandado
guardarse, so pena de la vida, y que se quemará las dichas ropas, y so la misma
pena no se meta ninguna ropa nueva sin orden y licencia de la Justicia (...)”[4].
Se inicia así un período en el
que se intenta aplicar diversas medidas preventivas para evitar a toda costa
que la ciudad fuera contagiada por el mal de la peste, del que se desconocía un
tratamiento efectivo.
Poco a poco irán llegando
noticias de nuevos lugares afectados por la epidemia. El 9 de abril, gracias a
las informaciones llegadas desde Córdoba y Granada, se realiza el primer
listado que habría de estar presente en todas las puertas de la ciudad
prohibiendo terminantemente “so pena de muerte” que nadie procedente de
alguno de los lugares allí recogidos pudiese entrar en ella y que incluía las
ciudades y villas de Sevilla, Málaga, Cádiz, Sanlúcar de Barrameda, Antequera,
Alcalá de Guadaira, Vélez-Málaga, Morón, Coín, Osuna, Puerto Real, Cártama,
Castro del Río, Lisboa, Ronda, Gibraltar, Jerez de la Frontera, Arcos, el
Puerto de Santa María, Alcalá de los Gazules y Carmona[5].
A pesar de las primeros intentos
preventivos, el temor aumenta cuando se tiene conocimiento de que la ciudad de
Granada está permitiendo la entrada de personas procedentes de Vélez-Málaga,
por lo que cualquier granadino podría convertirse en transmisor de la
enfermedad[6], lo que motiva que se haga más
férreo el control en las puertas de la muralla[7]. A ello, hay que añadir un nuevo
problema a mediados del mes de mayo. El día 18, el Concejo estudia cómo varios
frailes dominicos, residentes en Sevilla, habían huido de dicha ciudad ante la
epidemia refugiándose en una casa y heredad propiedad del Convento de Santa
Catalina de Jaén, localizada en Valcrespo y que otros tres frailes procedentes
también de Sevilla estaban en el convento de dicha orden en La Guardia,
convirtiéndose en una nueva posibilidad para que a Jaén pudiera llegar el contagio,
acordando enviar una carta al corregidor de dicha villa poniéndole en
antecedentes y ordenándole que se impidiese a los frailes trasladarse a Jaén,
obligándoles a permanecer recluidos en el convento[8].
La epidemia se expande
vertiginosamente por el sur de la Península, causando una ingente proporción de
bajas entre la población. A finales de mayo, el Cabildo Municipal de Córdoba
envía a Jaén una nueva relación con los lugares afectados en la que es posible
apreciar, respecto a la anterior, un considerable aumento en el número de
villas y ciudades incluidas en ella: Sevilla, Alcalá de Guadaira, Morón,
Olvera, Arahal, Cádiz, Puerto Real, Coín, El Algava, Villamartín, Alcalá de los
Gazules, Málaga, El Puerto de Santa María, Osuna, Jerez de la Frontera, Alcolea,
Ronda, Antequera, Utrera, Lebrija, Paradas, Gibraltar, Vélez-Málaga, Carmona,
Arcos, San Juan de Aznalfarache, Lisboa y “todo el Reino de Portugal”,
Marchena, Sanlúcar de Barrameda, Medina-Sidonia, Castro del Río, Lora, Bornos y
Écija[9].
Las noticias obligan de nuevo al
Concejo a tomar medidas al respecto. Así se acuerda reforzar la guardia en las
puertas de la muralla, especialmente en la Puerta Barrera, al considerarse que
la zona se encontraba muy descubierta; se prohibe a mesoneros, posaderos y
cualquier vecino acoger forasteros “(...) aunque vengan con testimonios
auténticos y de lugares sanos (...)”, aplicando, en caso de incumplimiento,
la pena de muerte. Mientras, varios miembros del Cabildo proponen visitar las
casas de campo próximas a la ciudad porque a los cortijos solía llegar mucha
gente procedente de otros lugares[10].
Entre tanto, la epidemia seguía
su imparable aproximación a la ciudad. El 10 de junio se tiene constancia de
que en Córdoba ya ha aparecido un brote, por lo que se decide reforzar la
vigilancia en la Puerta de Martos, desde donde partían los caminos hacia
Andújar, Arjona y Córdoba, ya que “(...) allí se juntan muchos forasteros y
pueden llegar allí personas apestadas(...)”[11].
En una sociedad vertebrada por la
religiosidad, se interpreta la aparición de epidemias y plagas -en este caso la
peste- como un castigo divino por los pecados cometidos, idea que también se
advierte en Jaén, expresada claramente por algún caballero veinticuatro como Francisco
Anaya, para quien la ciudad estaba sana por la misericordia de Dios pero que “(...)
por nuestro pecados hay mal de peste en muchas ciudades y partes del Reino
(...)”[12]. Consideración que impulsa que
en todos los conventos de nuestra capital se celebren misas implorando la
intercesión divina que libre a Jaén del contagio. Incluso, el Cabildo
Eclesiástico acuerda realizar en la Catedral una solemne rogativa al respecto[13].
El Concejo de Lucena envía en el
mes de junio una carta al Ayuntamiento giennense con un nuevo listado de los
lugares apestados en los que ahora se incluían Lisboa, Málaga y su Hoya,
Aguilar, Cádiz, Alcalá de Guadaira, Coín, El Puerto de Santa María, Castro del
Río, Lebrija, Arcos, Marchena, Utrera, San Juan de Aznalfarache, Arahal, Alcolea,
Gibraltar, Alcalá de los Gazules, La Roda, Estepa, Campillos, Antequera, Loja,
Osuna, Sanlúcar de Barrameda, Morón, Puerto Real, Carmona, Jerez de la
Frontera, Olvera, Medina-Sidonia, Álora, Algava, Paradas, Villamartín, Bornos,
Villanueva de los Alcores, Córdoba, Écija, Puebla de Cazalla, y Santillana[14].
Ante las últimas informaciones, y
en un intento desesperado por evitar el contagio, vuelven a tomarse algunas
prevenciones al respecto. Entre ellas, se propone atender al estado de las
carnicerías de la ciudad, ya que su “(...) excesivo mal olor (...)”
podría “(...) engendrar contagio(...)”[15]. Igualmente, comienza a
estudiarse la situación de varias poblaciones próximas donde hay rumores de la
existencia de enfermos de peste. Se visitan las villas de Villadompardo y
Escañuela, ya que en la primera habían fallecido varias personas que se
sospechaba estaban apestadas[16]; así como Porcuna, villa que,
finalmente se certifica que se encuentra sana[17].
Días después se conoce que a las
villas granadina de Almuñécar y almeriense de Vícar también ha llegado la
epidemia[18].
Entre agosto y diciembre se
constata el incumplimiento de algunas medidas preventivas, entre ellas, que
algunos vecinos de la ciudad han estado en Sevilla comerciando, regresando
después con el consiguiente peligro; al igual que se verifica la presencia de
algunos vecinos en Córdoba, por lo que el Concejo establece un incremento en
las penas a todos aquellos que incumplieran los acuerdos relativos a la
epidemia, ordenando que no se recibiese a nadie procedente de Córdoba en
ninguna vivienda, mesón o posada, bajo pena de muerte y de cincuenta ducados,
así como de otros lugares, imponiendo una pena de diez mil maravedís y
doscientos azotes[19].
El año termina con una ciudad aún
libre del contagio, aunque con la noticia de que la epidemia sigue haciendo
estragos en Sevilla, llegando también a las villas de Villalba y Manzanilla[20].
2.2.- La epidemia llega a Jaén.
El temor ante un posible -y más
que probable- contagio era cada vez mayor. De hecho, el nuevo año comienza como
había terminado el anterior: con el debate entre los miembros del Cabildo
Municipal sobre las medidas más convenientes para evitar que la epidemia
afectara a la ciudad, entre las que el aislamiento controlado de la capital
parecía la principal disposición. Así, el 2 de enero, se ordena que las puertas
permanezcan cerradas desde el anochecer hasta el amanecer, de forma tan
estricta que se advertía que cualquier vecino que saliera al campo y no
regresara antes de dicha hora no podría entrar hasta la mañana siguiente en la
ciudad. Y para su firme cumplimiento se decidió que fueran caballeros
veinticuatros los que guardasen por la noche las llaves de las puertas de la
muralla[21].
En el mes de febrero, los
canónigos Fernando Arias Pizarro y Luis Carrillo, en representación del Cabildo
Eclesiástico, solicitan al Concejo su participación en unas fiestas que se
harían a la Virgen María en acción de gracias porque la ciudad no se encontraba
afectada por la epidemia que había asolado otros lugares de Andalucía, al mismo
tiempo que se recordaba que debían aplicarse nuevas medidas preventivas[22].
Jaén no contaba, por entonces,
con la presencia del Corregidor. Tras haber dejado el cargo Luis de Alcázar[23], había sido nombrado como tal
don Luis de Godoy[24], que residía en Córdoba. En
estos momentos se esperaba su incorporación a su nuevo destino en Jaén, lo que
planteaba un gran debate. El Corregidor debía tomar posesión, pero Córdoba
estaba afectada por la epidemia, por lo que la entrada de cualquier persona o
mercancía procedente de dicho lugar podría ser causa de la contagio. Los
canónigos que acudieron al Concejo ya habían advertido del posible problema que
podría suscitar la entrada del Corregidor. Analizado el asunto, el Cabildo
Municipal decide que la ciudad debía guardarse de la peste a toda costa, por lo
que aunque se debía dar la bienvenida al nuevo Corregidor se “(...) excuse
la entrada de la ropa y su casa (...)”[25], acordando celebrar una nueva
reunión el día 1 de febrero para tomar los acuerdos oportunos al respecto.
Así, el día 1, don Antonio de
Biedma, caballero veinticuatro, pone de manifiesto que había estado en
Arjonilla, donde había podido constatar que estaba apestada, señalando
cómo muchos de sus vecinos se encontraban en Jaén, por lo que, a su entender,
debían tomarse medidas al respecto ante el peligro de que fueran los
responsables de la expansión del contagio, solicitando que se registrase a
todos los arjonilleros que había en dicho instante en Jaén, nombrando guardas
en los puertas de las murallas para evitar su entrada. Incluso, el Concejo
determina escribir a los procuradores en Cortes y a Antonio de Talavera,
caballero veinticuatro, para que Felipe III prohibiese la entrada de “(...)
persona de lugar apestado si no fuere estando sesenta días fuera desta ciudad,
y que cuando hubiere de entrar, entre sin ropa (...)”[26].
El temor parece cada vez más
patente. El 28 de febrero el Ayuntamiento, que parece tener conciencia de lo
delicado de la situación, comienza a tomar medidas más concretas. Se nombra al
caballero veinticuatro Ambrosio Suárez, encargado de todos los temas relativos
a la epidemia evitando que “(...) por negligencia y descuido (...)”
entrase la epidemia en la ciudad y
creando un fondo “(...) de cuatrocientos o quinientos ducados (...)”
dedicados exclusivamente para la guarda de la ciudad. Una de las disposiciones
más habituales, ante el desconocimiento de otros remedios, era cerrar todas las
puertas de la muralla aislando la ciudad, medida que era vista con recelo ya
que suponía cuantiosas pérdidas para la actividad comercial. En esta ocasión se
tiene en cuenta el problema, decidiendo que se cerraran tan sólo tres puertas:
la Puerta Barrera, la Puerta de Baeza y la Puerta Noguera, que serían
custodiadas por personas nombradas por el Ayuntamiento que vigilarían la
entrada y salida de cualquier persona intramuros. Aunque los arrabales quedaban
fuera del cerco se acuerda vigilarlos, ordenando “(...) que cada uno de los
vecinos de los dichos arrabales que quedaren fueran de la cerca, se les
notifique que no reciban ni encubran a forastero ni natural que venga de fuera
parte, ni ropa alguna si no fuere con licencia y orden de la ciudad (...),
fijando en la ermita de San Roque y junto a los molinos de la Puerta del
Aceituno, a dos procuradores que actuarían como un primer cerco de vigilancia.
Y junto a ello, se disponía que dos caballeros rondaran durante toda la noche
la ciudad para evitar que nadie entrara en ella, individuos que, a su vez,
serían vigilados por varios caballeros veinticuatros y “(...) docena de
vecinos (...)” de cada collación[27].
Junto a las medidas que se han de
tomar, el tema de la toma de posesión del nuevo Corregidor, aparece una y otra
vez entre la documentación. El 7 de marzo, el Concejo decide que el
recibimiento a don Luis de Godoy podría hacerse a dos leguas de la ciudad, en
Castil de la Peña, rogando que “(...) porque es muy importante a la salud
(...)” el nuevo Corregidor no habría de traer ropa a su nuevo destino,
asegurándole que el Cabildo le entregaría nuevas ropas[28].
Entre tanto, se envía
representantes del Cabildo Municipal a los lugares donde se rumoreaba había
epidemia de peste para que lo constatasen. Don Juan de Guzmán y Córdoba,
caballero veinticuatro, certifica la existencia de peste en Arjonilla,
verificando el fallecimiento de dieciséis personas y la curación de otras dos,
indicando que a Andújar también había llegado la enfermedad, lo que motivó que
el caballero veinticuatro Alonso de Godoy viajase a Andújar y Villanueva para
examinar la situación en dichos lugares. Se determina igualmente endurecer las
medidas preventivas, estableciendo que la Puerta Barrera se destinase
exclusivamente al tránsito de forasteros mientras que los vecinos de la ciudad
deberían entrar por las Puertas Aceituno, Granada y Noguera, medida que debía
ser cumplida “(...) so pena de doscientos azotes a los guardas de las
puertas que no lo cumplieren (...)”[29].
Ante la agónica situación, se
escribe al nuevo Corregidor, indicando que en Jaén “(...) tan solamente ha
de entrar (...) su persona y oficiales sin que entre cosa de ropa suya ni menos
ha de entrar otras personas particulares ni caballeros ningunos (...)”[30].
Nuevas medidas se fijan el día
18, destacando la limpieza de la ciudad, para lo cual “(...) se quite la
basura e inmundicia de las calles, todos los vecinos desta ciudad luego limpien
y barran sus calles y pertenencias, y la broza y basura la saquen de la ciudad
(...)”, bajo pena de doscientos mil maravedís que se pagarían a favor de
los pobres de la cárcel y el Hospital de la Misericordia[31]. En la misma sesión, se ratifica
que Andújar sufre una epidemia de peste[32], recibiendo, además, un escrito
del escribano del Concejo de Higuera de Arjona, Cristóbal de Marciánez quien
indicaba que su villa estaba libre de la epidemia, aunque no Andújar. Jaén
acordó, por tanto, que en las tablillas existentes en las puertas de la ciudad
se escribiese el nombre de Andújar para evitar la entrada de ningún vecino, ni
mercancías procedentes de allí.
Ante la inminente toma de
posesión del nuevo corregidor, don Luis de Godoy, a quien se esperaba para
finales de mes, el Cabildo se reúne apresuradamente el día 21, sesión a la que
acuden tan sólo tres representantes, Miguel Fernández de Torres, Juan Ramírez y
Alonso Casado quienes ultiman varias decisiones al respecto. Don Luis de Godoy
y su esposa serían recibidos por los representantes del Ayuntamiento de Jaén en
Torredelcampo hasta donde se desplazarían, y previamente a su entrada en la
ciudad sería atendidos por un médico que examinaría su estado y el de sus
criados, alguaciles y ministros, los únicos que podrían acompañarlos, y una vez
dictado su parecer, el Concejo, en el caso de inexistencia de peligro para la
ciudad, aprobaría la entrada del corregidor[33].
El día 26, el Cabildo en una
nueva reunión manda a los caballeros veinticuatros don Pedro de Contreras de la
Cueva y don Luis Palomino que “(...) vean y visiten las casas de posadas y
mesones desta ciudad y toda la ciudad para que no se deje ni haya en ella
ningún forastero que haya roto lo que está ordenado, y los que hubieren entrado
sin orden les manden prender, que se castiguen con el rigor que conviene para
que la ciudad se guarde como se debe (...)”[34]. Cuatro días después se nombra
como comisarios encargados del cuidado de la ciudad y “(...) cosas tocantes
a la peste (...)”, a los caballeros veinticuatros don Luis Palomino, Juan
López de Soria, don Mendo de Contreras, Francisco Palomino Ulloa; y los jurados
Gabriel de Soria Vera y Baltasar de los Reyes.
A pesar de las medidas
preventivas, parece que la peste había entrado a la ciudad a finales de mes. De
hecho, el día 1 de abril, el nuevo Corregidor, desde hacía unos días en la
ciudad, atiende a una información de los médicos Alonso de Freylas, Alonso de
Soria, Burbano del Adarbe y Fernando de Higueras, relatada por el escribano del
Cabildo, Pedro de Vera, así:
“(...) a hora de las nueve de la
noche fueron a verificar el sábado en la noche treinta de marzo en una enferma
que estaba de frente de Santa Ana, y visitáronla los dichos doctor Soria y los
dichos licenciado Burbano del Adarbe y Fernando de Higueras, y, hecho todas
diligencias, hallaron estar tocada de peste con calenturas con grandes
accidentes y con una seca en el muslo izquierdo junto a la ingle con muchos
tumores y grande tensión, y así con juramento lo declararon ante su merced, y
por ante mí. Y como después ayer domingo en la noche último de marzo su merced,
por su persona, fue a otras casas que hubo aviso estaban apestados en distintos
barrios de donde tuvo principio este mal, que fue en la calle de la Vera Cruz,
donde murieron del trece personas, y se halló su merced un apestado junto a las
casas de don Gabriel de Córdoba y Mendoza, y habiéndolo visto médico lo declaró
así, y que estaba muy peligroso, y así su merced mandó así e enfermó, y a la
dicha enferma de frente de Santa Ana con cuatro palanquines a las dos de la
mañana hoy lunes, y se los llevaron en tablones a San Nicasio, lugar diputado
que es extramuros con parecer del doctor Alonso de Freylas, y aunque hay otro
tocado deste mal junto a las mercedes, declaró el médico está mejor, sin
embargo de lo cual se llevará al dicho sitio y hospital que se ha de formar es
pasando adelante este mal lo que Dios Nuestro Señor no permita y también su
merced tienen proveidos autos con penas a los médicos cirujanos y barberos que
den cuenta cada día los enfermos que tienen y de qué enfermedades, y los
nombres y calles donde viven sin hacer encubierta (...)”[35].
La opinión de Alonso de Freylas
era más que significativa. Natural de Jaén, y graduado por la Universidad de
Alcalá, médico de cámara de los obispos don Bernardo de Rojas y Sandoval y don
Sancho Dávila, y del Cabildo Eclesiástico, llegó a la ciudad en 1590 procedente
de Córdoba y pronto se convirtió en una de sus personalidades más relevantes de
nuestra capital[36].
Ante lo expuesto, el Cabildo
decide acometer medidas mucho más concretas: se fija un fondo de doscientos
ducados para cualquier gasto relativo con dicha enfermedad dedicado a “(...)mantenimientos,
medicamentos y otras cosas tocantes a su curación (...)”; se determina la
creación de un hospital para los enfermos de peste en la ermita de San Nicasio
y San Gerónimo al que habría que dotar de personal, del que pasarían a formar
parte el hermano Gerónimo Garrido, que trabajaba en el Hospital de la
Misericordia, al que se animaba a contar con un compañero que le ayudase; el
licenciado Fernando de Higueras, médico, que recibiría ocho ducados al día, y
al que “(...) por cuenta de la ciudad se le hagan dos vestidos, uno de
bocacin y otro de tafetán (...)”; el barbero Antón Crespo, quien cobraría
dos ducados de salario y recibiría por parte del Ayuntamiento otros dos
vestidos; un boticario, Hernando de Seguro, quien se indicaba no recibiría
ningún salario y cuatro contrapanes encargados de llevar a los enfermos,
a quienes también se les designaría un salario y cuatro vestidos; un capellán
asistiría a los enfermos en la ermita de San Gerónimo, donde siempre estaría
expuesto el Santísimo Sacramento; los enfermos siempre serían sacados de la
ciudad por la puerta de la Alameda. Igualmente, se solicitaba del Rey permiso
para tomar a censo ocho mil ducados que serían destinados a los gastos que
ocasionaría la expansión de la epidemia[37]. La situación es tan complicada
que ante la posible -y más que probable, teniendo en cuenta epidemias
antecedentes- huida de los miembros del Concejo, se prohibe tajantemente a “(...)
los caballeros veinticuatros y jurados della, a los escribanos (...) y otras
personas que tuvieren oficios públicos que ninguno dellos salga desta ciudad
sin expresa licencia de su merced -el Corregidor- so pena de privación
del oficio que tuviere público y que se procederá contra los inobedientes
(...)”[38].
Poco a poco parece que aumenta el
número de infectados, ya que unos días después, en una nueva sesión del
Concejo, se acuerda hacer doce camas para los convalecientes del Hospital
creado en San Nicasio y otras doce para los que acudieran a él enfermos[39]. Además se decide que un médico
debía visitar las viviendas donde hubiera posibles afectados para que fueran
trasladados al hospital y evitar el contagio, así como que todos los paños
usados y vestidos por los enfermos debían quemarse para evitar también el
posible contagio. Y se manda pregonar que ningún vecino oculte ni encubra
ningún enfermo de peste “(...) ni menos reciba en su casa, ni encubra, ni
esconda ninguna ropa (...)” ante la posible pena de “(...) un año de
destierro y diez ducados para gastos en la curación de los enfermos (...)”.
Junto a ello se establece enviar médicos a las poblaciones más próximas,
Torredelcampo, Fuerte del Rey, Los Villares y Villargordo, donde aún no había
llegado la enfermedad para evitar su expansión.
A pesar de los datos que nos
hacen pensar que la existencia de peste era veraz, comienzan a surgir entre los
miembros del Cabildo algunas voces que aseguran que la situación de la ciudad
era muy diferente a la propugnada desde el propio Concejo y los médicos. Entre
estas voces, encontramos la de Diego Ruiz de Navarra, caballero veinticuatro,
quien se expresaba en términos muy diferentes:
“(...) hay en la ciudad, por la
misericordia de Dios Nuestro Señor, la mayor sanidad que ha habido de muchos
años a esta parte, porque se pasa uno y muchos días que en toda la ciudad no
mueren ni se entierra una sola persona, por lo cual que le parece que no hay
causa para haber puesto y poner tan mala voz e infamado a esta ciudad que está
toda infectada y tocada de peste, pues para haberlo y publicar semejante
infamia se habían de haber muerto más de tres mil personas de la dicha
enfermedad como se manifiesta, pues habiéndose acudido por parte desta ciudad
al Supremo Consejo del Rey, nuestro señor, para que proveyese de remedio sobre
las renunciaciones de los oficios, responden se envíe relación cierta qué
enfermedad y qué personas han muerto della, porque no habiendo muerto en una
ciudad tan grande y de tanta vecindad como ésta, sino solamente a lo que así
doy informado quince o veinte personas en más tiempo de mes y medio que adonde
se supiere lo susodicho no se hará caso dello, y ansí todas las ciudades y
lugares circunvecinos están espantados y escandalizados de que en esta ciudad
se haya querido infamar de lo cual ha resultado grande daño de pérdida desta
ciudad y vecinos della porque ha cesado de todo punto el comercio y
contratación y se pierden las alcabalas y rentas relaes, y será causa que se
pierda la fruta del río que suele valer mucha cantidad de ducados como a la
ciudad es notorio, ques el remedio de la mayor parte de los vecinos della,
porque no habrá quien la saque y venga por ella, y así mismo hay en esta ciudad
más de quinientos arrieros en el oficio es traginar, a los cuales se ha
impedido usar sus oficios porque no los admiten en ninguna parte y estar
perdidos y clamando por el agravio que reciben y resultan a los muchos
inconvenientes irreparables en gran cargo de las conciencias (...)” .
Pero don Diego Ruiz iba más allá,
reclamando a la ciudad que reconociese ante el Rey que estaba muy sana
para evitar mayores perjuicios a su población.
No fue la única voz discordante.
Cristóbal Rodríguez Fuenterrey, síndico personero, señalaba que en Jaén se
había creado un hospital de apestados y que el Ayuntamiento costeaba al médico,
boticario -en realidad, como hemos advertido anteriormente, el boticario no
recibía ningún salario por su trabajo- y barbero, “(...) prevenciones todas
son muy buenas y de loables gobernación, pero según dicen todos los médicos de
Jaén, unánimes y conformes, dicen esta ciudad está muy sana y que no ha tenido
ni tiene peste en todos médicos que éstos lo dicen que la ha habido y que no ha
habido otra enfermedad alguna y mejor que los dichos médicos, lo dice la
evidencia y experiencia pues vemos por la misericordia de Dios que esta ciudad
está muy sana y que no ha habido ni hay enfermedad contagiosa (...)”, por
lo que solicitaba el cierre del hospital y la supresión de los salarios de
médico, barbero y boticario porque no había razón para mantenerlos puesto que “(...)
para pagar los dichos salarios se ha echado inprescciones en la carne cuatro
maravedís en cada arrelde y esto es de mucho daño en la República (...)”.[40]
La opinión del Corregidor era muy
diferente a la mantenida por estos dos personajes y ordena que sean los propios
“(...) Diego Ruiz de Navarra y el dicho personero y visiten los enfermos que
hay en él y declaren qué enfermedad tienen los que están allí de presente y se
informen de las personas que están curando qué personas se han muerto y de qué,
y hecha esta averiguación la traigan a este cabildo (...) lo cual cumplan
dentro de hoy y mañana en todo el día so pena de un cuento mil maravedís para
la Cámara de su Majestad (...)”[41].
En realidad, parece que la
epidemia continúa, ya que el Ayuntamiento decide cerrar y tapiar las viviendas
en las que “(...) ha habido u hubiere apestados (...)”, echando en ellas
capas de almagra, impidiendo su entrada en ellas hasta después del verano[42].
El 19 de abril, en otra sesión
del Concejo, es don Francisco Palomino de Ulloa, caballero veinticuatro, que
paradójicamente había sido nombrado uno de los comisarios encargados de atender
lo relativo a la epidemia, quien asegura que la ciudad está completamente sana,
“(...) tanto que de cincuenta años a esta parte que puede deponer no la ha
visto ni ha estado tan sana de todo género de enfermedades, de forma que los
clérigos, munidores y los demás ministros dicen que no entierran persona alguna
y mueren de hambre (...)”. Acto seguido hacía relación de los
inconvenientes para el comercio, ya que los giennenses no podían acudir a
pueblos próximos donde tenían heredades “(...) inconvenientes irreparables
así para la honra como a las haciendas (...)”[43].
Frente a ello, en la misma
sesión, el Corregidor ordena a un guarda que se dirija al campo impidiendo la
comunicación entre los vecinos con los enfermos, médicos y ministros del
hospital de apestados.
En realidad el problema era otro.
La declaración de epidemia en una ciudad suponía que ésta estuviera aislada,
por lo que las pérdidas económicas eran notables: los comerciantes de otros
lugares no podían acceder a ella, pero tampoco las mercancías de la ciudad
podían ser vendidas en otras localidades, cuestiones que obviamente
repercutirían en la vida cotidiana, de ahí que ante las quejas de distintos
sectores de la población se prefiriera incluso fingir la existencia de una
ciudad totalmente sana, aunque los hechos, más que patentes, demostraban
claramente lo contrario.
El Corregidor, ante el
enfrentamiento entre los distintos miembros del Concejo, unos considerando que
la ciudad estaba sana, y otros asegurando que existía epidemia, llama en una
nueva sesión al doctor Alonso de Freylas, principal responsable en la capital
de los temas relativos a la peste, quien realiza un largo relato para demostrar
que ciertamente a la ciudad había llegado el contagio. A pesar de su extensión,
dado su interés, reproducimos gran parte de su declaración:
“(...) un correo natural desta
ciudad llamado Simón Ruiz que vivía en el arrabal que dicen de la huerta de las
monjas vino herido de peste de la villa de Arjonilla, y entrando en su casa así
enfermo, murió a otro día, y pegó la dicha enfermedad en dos hijos suyos y
murieron, y de la comunicación y trato desta casa, en la misma calle otras tres
personas deste caso y sospechosa enfermedad me hizo relación el licenciado
Higueras, médico y vecino desta ciudad, y de muy buenas letras y otras muchas y
muy buenas partes, y aunque por ellas y la buena pompa y reputación que de él
tenga, le creí, deseé ver por vista de ojos algún caso semejante y le advertí y
rogué mucho si viniese otro a sus manos me avisase luego, y ofreciéndose en el
mismo arrabal, pared en medio de la casa del correo, otro enfermó con una
fiebre, pestilencias y un cobranco muy grande en una espalda, y otro enfermó en
el mismo arrabal y segunda calle que había sospecha de comunicación con la primera,
había muerto en tres días con una seca en la ingle con grandes accidentes, y
habiendo pegado la misma enfermedad a una hermana suya de diez a once años, me
resolví de visitar los dichos enfermos en compañía del licenciado Higueras, y
por las señales que vi con mis ojos, me certifiqué ser peste la enfermedad que
padecía, y no contentándome con esta resolución, visité a solas por mi persona
los dichos enfermos para mayor justificación, y estando actualmente curando y
murió a dos días con una seca se defendía se pegó a su madre que la estaba
curando, murió a dos días con una seca de pestilencia en la tabla del muslo que
por encubrir la enfermedad no sólo murió della, pero fue sin confesión ni
sacramentos, lo cual yo vi muerta curando a la hija el licenciado Higueras y
yo, la cual también murió con otras dos secas y un cobranco que le saliere.
Con esta resolución y fundamento,
por no escandalizar el lugar ni dejar de acudir, di cuenta a Vuestra Señoría y
a los caballeros diputados en la Junta para que apriesa se pusiese el remedio
que convenía, y se determinó que la mujer se enterrase luego en el Hospital de
la Vera Cruz y en muriendo la hija, se hiciese lo mismo, como se hizo en el
propio lugar, y se quemase la ropa de toda la casa y se purificase el aire
della, y se cerrase, y que todas las personas que habían acompañado a los
enfermos se retirasen a un lugar en lo que sin que se comunicasen con nadie, y
así se llevaron al hospital de la Vera Cruz y se les proveyó de otros vestidos y
comida, y por Vuestra Señoría se me remitió el hacer quemar la ropa de noche
con secreto, por guardar la opinión del lugar sirviendo a Vuestra Señoría, y
acompañando a los señores Juan Olivares, jurado, diputados en la Junta
cumpliendo con mi obligación, procurando secreto y pudiéndoles de mi casa
proveer lo que se había de hacer de medicina no reparando en que aventuraba mi
salud, antes gustando de ponerla en peligro por la pública, entré en las casas
de los apestados con los ministros que habían de quemar la ropa y estuve
presenta al hacerlo, y fue de suerte que saliendo de la primera casa que es
junto al canónigo Francisco Delgado me dio un vómito y escalofríos con la
alteración y mala calidad del aire que respiré, que me senté en el suelo y
comencé a vomitar en presencia del dicho señor Juan López de Soria y me
persuadió que me fuese a mi casa, que él acabaría de hacer lo demás, lo cual no
consentí antes aventurando mi vida le acompañé hasta haber en todo cumplimiento
el mandato de Vuestra Señoría con el dicho secreto, y para fundamento de mi
verdad y que por mi persona hice estas diligencias (...)”.[44]
Constatada, en opinión de
Freylas, la existencia de epidemia en la ciudad, se informó al Ayuntamiento de
la situación “(...) sin considerarla voz y título de difamar esta ciudad
(...)”, decidiendo que los enfermos fueran trasladados extramuros “(...)
para que allá fuesen curados y la ciudad se librase del contagio que comenzaba
(...)”. Y para verificar su opinión se reunió a los médicos más
significativos de la ciudad, el ya citado licenciado Higueras, el doctor Soria,
el doctor Urbano del Adarbe, el doctor Alberto de Acuña y el licenciado Acuña
del Adarve, quienes certificaron unánimemente que los síntomas y las muertes
acaecidas en la ciudad eran muestra del inicio de una epidemia de peste.
El doctor Freylas, en su
declaración, reconocía que comprendía el perjuicio que suponía la declaración
de epidemia en la ciudad pero resaltaba cómo el número de enfermos iba en
aumento: se había localizado otra enferma en el arrabal de Santa Ana,
fallecimiento al que se añadieron otros cincuenta muertos, en distintas partes
de la ciudad, además de la defunción de dos palanquines, encargados de trasladar
a los enfermos, el notario que certificaba dichos hechos, el santero de la
ermita de San Roque, Pedro Velasco, y una mujer en la collación de la
Magdalena; por lo que consideraba no debía cerrarse el hospital de apestados,
ni debía declararse que la ciudad estaba sana “(...) hasta que verdadera y
realmente haya entera salud y pase algún tiempo que pueda asegurar la recaída
(...)”[45].
Además de la declaración de don
Alonso de Freylas, el Cabildo Municipal atendió a las cartas escritas por otros
médicos de la ciudad, como el doctor Simón de Zafra de la Cueva; y el propio
Fernando de las Higueras, médico encargado del Hospital creado en las ermitas
de San Gerónimo y San Nicasio. El primero aseguraba haber visitado a una
enferma de peste, hermana del notario Luis de Higueras, y al padre de ambos,
igualmente enfermo, confirmando que los síntomas que presentaban eran los
típicos de peste dada su experiencia al respecto en Barcelona, Valencia, Alcalá
de Henares, Zaragoza y Madrid, donde anteriormente había prestado sus
servicios. El segundo, indicaba que en el hospital de San Nicasio, bajo su
dirección había en dichos momentos tres hombres y una mujer apestados, a
los que habría que añadir los que ya habían fallecido con los mismos síntomas,
y que sumaban hasta seis contagiados, sin olvidar que se había decidido
enterrar fuera de la ciudad al padre del notario Luis de Higueras y una joven,
ya que todo había hecho pensar que habían muerto de peste.
Opiniones apoyadas por don
Ambrosio Suárez del Águila, uno de los comisarios encargados de dicho asunto,
quien verificó la existencia de peste, defendiendo firmemente la decisión del
corregidor de crear un hospital extramuros como posible solución para evitar la
propagación del contagio.
Algunos caballeros veinticuatros,
como Pedro Colmenero de Ulloa, consideraban incluso que había que establecer
medidas más rígidas ya que muchos vecinos no declaraban que estaban enfermos de
peste y se enterraban en la ciudad, en claro perjuicio del resto de habitantes.
El número de enfermos se
incrementaba día tras día. Para hacer frente a los cuantiosos gastos, el
Cabildo Municipal aumenta la cantidad destinada para atender a los pobres
apestados, ya que los quinientos ducados fijados de los impuestos sobre la
carne no parecían suficientes. Así se decide su incremento en ciento dieciocho
ducados, acordando todos los miembros del Cabildo, desde el propio corregidor,
don Luis de Godoy, los caballeros veinticuatros, jurados e incluso escribanos
entregar todos los meses mientras durase la epidemia, como limosna, diversas
cantidades de dinero, e incluso pagar en especie con fanegas de trigo, arrobas
de aceite, gallinas, pollos y carneros, reforzando el fondo ya existente del
que se encargaría el caballero veinticuatro don Juan López de Soria Vera[46].
La desesperación parece ser la
nota predominante entre los vecinos, que no saben cómo hacer frente a la
epidemia para evitar que prosiguiese aumentando el número de bajas entre la
población. Francisco de la Chica, jurado, propone al Concejo actuar sobre el
hospital de apestados, ya que en su opinión, “(...) es muy pequeño y húmedo,
y sin ningún respiradero y en el paso de la mayor parte de los vecinos desta
ciudad, y desacomodado para curar enfermedad tan contagiosa y muy dañosa para
los enfermos y los que verán que los infectaron (...)”, de hecho, considera
que una posible solución sería cambiar su ubicación a un lugar en las
inmediaciones, pero más alejado del tránsito de personas, separando al mismo
tiempo el espacio dedicado a los enfermos más graves de los convalecientes,
para evitar que por medio del contacto entre ambos pudiesen experimentar una
recaída:“(...) mude el dicho hospital a la ermita de Nuestra Señora de la
Cabeza, mandando abrir dos o tres ventanas, y con esto es hospital anchuroso y
muy desenfadado y saludable, y que pueden estar médico y los demás en él, y que
por allá no pasa persona alguna, y que los convalecientes estén en el que era
convento de San Gerónimo que es do está el médico, casa grande, alegre, con
huerto y agua y saludable (...)”. Para don Francisco de la Chica, los
vecinos que vivían entre la ermita de San Nicasio y la Salobreja deberían
abandonar sus viviendas al encontrarse en el espacio más peligroso para el
contagio -era la zona más próxima al hospital de apestados- por lo que podrían
convertirse en transmisores potenciales -al entrar y salir de la ciudad- de la
enfermedad. Al mismo tiempo, recalcaba que había que incidir en una de las
medidas preventivas, la limpieza de las calles, evitando “(...) que por
ellas no anden puercos (...)” y clausurando muladares como el existente
junto al postigo de San Sebastián, donde se acumulaban numerosos residuos[47].
El Concejo finalmente no resuelve
trasladar el hospital a la ermita de la Virgen de la Cabeza, aunque sí toma en
consideración uno de los planteamientos de don Francisco de la Chica,
determinando erigir un muro, a modo de cerco, entre la Salobreja y la ermita de
San Gerónimo, en un intento por aislar la zona de la ciudad. Y ante la
ineficacia de cualquier otra medida atiende como única solución rogar al Cielo
la intercesión divina para que la epidemia concluyese. Así, se fija, tras la
aprobación del Cabildo Eclesiástico, la celebración de una procesión presidida
por la Virgen de la Capilla el día 29 de abril, en la que habría que poner
todos los medios disponibles para que la rogativa fuera escuchada, por lo que
el Ayuntamiento consideró que para que los ruegos tuvieran más efecto “(...)
los caballeros del Cabildo confiesen y vengan preparados para comulgar (...)”[48].
No era la primera vez que se
recurría a la Virgen de la Capilla solicitando su intercesión. De hecho, a
inicios de año se había realizado otra procesión, entonces en acción de gracias
porque la ciudad se había salvado del contagio que ya asolaba a buena parte de
las ciudades y villas andaluzas[49].
Entre los giennenses pronto
cundió la idea de que las plegarias habían sido escuchadas. El 6 de mayo, el
Cabildo Municipal celebra una nueva reunión en la que se atiende a las
declaraciones que todos los médicos de la ciudad -excepto Burbano del Adarve
que se encontraba ausente-, Alonso de Freylas, Alonso de Soria, el doctor
González, Alberto de Acuña del Adarve, Simón de Zafra de la Cueva, Pedro del
Adarbe, Lorenzo de Vilches, Fernando de Higueras; el barbero del hospital de
apestados, Juan de Aranda; y el capellán de dicho hospital, Cristóbal de
Madrigal habían realizado el día anterior, en las que todos aseguraban que la
ciudad se encontraba totalmente sana. Tan sana que, para Alonso de Freylas,
todos los enfermos y convalecientes estaban “(...) buenos andando por sus
pies muy alegres y contentos, y el hospital cerrado y sin enfermo alguno (...)”.
Todos fijaban el día 29 de abril como el último en el que habían recibido
enfermos. Atendidas todas las declaraciones, el Cabildo manifestó que Dios
había librado a la ciudad de la epidemia, anunciando que a las dos de la tarde
de dicho día, “(...) se junte la ciudad en los corredores del Cabildo, y por
ante los escribanos mayores se pregone la salud que Dios se ha servido dar a la
ciudad, tocándose trompetas y chirimías en el Cabildo y los atabales desde
donde salgan los dichos atabales y trompetas con dos escribanos reales y
alguaciles y pregoneros pregonando la salud desta ciudad por las calles
maestras públicas y acostumbradas (...)”, informando igualmente al Consejo
de Castilla de lo sucedido “(...) para que con todos los reinos de Su
Majestad puedan comunicarse los vecinos desta ciudad, tratando y contratando
(...)”, solicitando al Rey el envío de una Real Provisión que declarara a
la ciudad “(...) lugar sano por la miseración divina (...)”[50]. Además se ordenó que por la
noche las calles se adornaran con luminarias “(...) en demostración de
regocijo (...)”.
Tiempo después, el Ayuntamiento
propuso mantener diversas medidas para evitar el resurgir de la enfermedad, por lo que en el mes de junio se
acordó que debían mantenerse las calles limpias para asegurar la salud de la población[51].
Sin embargo, parece que en
realidad la epidemia no había finalizado con las rogativas de finales de abril,
y el número de afectados volvió a incrementarse a lo largo del mes de julio. A
comienzo de mes, se nombró un nuevo alguacil que se encargara de dicho asunto,
Francisco Calderón[52]. En este mes los problemas se
multiplican para el Ayuntamiento. Los fondos dedicados para atender los gastos
ocasionados por la epidemia escaseaban[53], a lo que había que añadir
nuevos conflictos como el mantenido con el capellán que debía asistir
espiritualmente a los apestados, quien en opinión del Concejo incumplía
con sus obligaciones al no acudir al hospital[54]. De nuevo se toman drásticas
medidas como establecer guardas en las puertas de la ciudad y mantener la
limpieza de las calles[55], pero el número de afectados,
ahora atendidos en el Hospital de la Misericordia[56], había ascendido a ciento
catorce.
El nuevo brote comenzó a remitir
a finales del mes de agosto. Al menos eso parece desprenderse del acuerdo
tomado por el Ayuntamiento el 26 de agosto, cuando se decidió suprimir una de
las plazas de alguacil de la peste, ocupada por Juan Rodríguez, al
considerarse que era suficiente con las otras dos existentes, ocupadas por
Francisco Calderón y Antón Rodríguez[57]. El 4 de septiembre se celebró
una nueva procesión con la imagen de la Virgen de la Capilla en acción de
gracias al considerarse que la ciudad estaba por fin libre de contagio, fiesta
que, al igual que la que tuvo lugar en el mes de abril, contó con la activa
participación de los miembros del Cabildo Municipal[58].
En esta ocasión, ésta no fue la
única celebración religiosa. El Cabildo Eclesiástico decidió celebrar honras
por todos los “(...) difuntos apestados (...)” en los dos brotes
sufridos por la ciudad, que tuvieron lugar el día 6 de septiembre por la noche
en todas las iglesias y monasterios de la capital; así como una celebración en
la Catedral el día 7 por la mañana, ceremonia que volvería a repetirse en todas
las iglesias dicho día por la tarde, cuando se llevaría a la Virgen de la
Capilla desde la Catedral a su templo, San Ildefonso[59], procesión y ceremonia que
importarían gastos por ciento treinta y ocho reales[60]. Días después se ordenó hacer
público que la ciudad estaba curada, mientras se determinó hacer una nueva
procesión, esta vez con las imágenes de San Roque y San Sebastián que serían
llevadas al Hospital de la Misericordia[61], así como una nueva fiesta en
honor de la Virgen de la Capilla[62]. Y el 25 de octubre, constatado
que no se había producido ningún brote nuevo, fueron retirados los guardas de
todas las puertas de la muralla[63], recuperando la ciudad poco a
poco la normalidad.
Los sucesos acaecidos durante la
epidemia de 1602 impulsarán al ya mencionado Alonso de Freylas a escribir su
tratado El arte de descontagiar las ropas de seda, telas de oro y plata,
tapicerías, lienzos y otras cosas contagiadas, con un discurso al fin si los
melancólicos pueden saber lo que está por venir con la fuerça de su ingenio o
soñando, en el que analizará la enfermedad y recogerá diversos remedios
cuya impresión fue aprobada por el Cabildo Municipal en 1604, siendo editado en
1606. Obra que se convertirá pronto en un referente entre los tratados médicos
del momento[64].
3.- Conclusiones.
La epidemia de peste marcó sin
duda el inicio del siglo XVII en Jaén. Su incidencia, aunque intentó ser
tapujada por algunos, supuso un significativo incremento de la mortalidad
durante unos meses, representando igualmente un importante gravamen económico
para sus habitantes que sufrieron las consecuencias de un descenso más que
notable en los beneficios del intercambio comercial, al mismo tiempo que vieron
aumentar algunos impuestos, como los relativos a la carne, a partir de los
cuales se intentaba aportar lo suficiente para crear un fondo que permitiera
afrontar los ingentes gastos ocasionados por la enfermedad.
El desconocimiento de un
tratamiento concreto y eficaz, convertía a la epidemia en motivo de la
aplicación de los más diversos remedios -casi todos únicamente con carácter
preventivo- cuya finalidad era impedir un incremento en el número de afectados;
convirtiéndose la intervención divina -cuestión lógica, por otra parte en un
mundo totalmente impregnado por las pautas de la religiosidad- en la principal
solución posible para garantizar la salud entre la población. Y frente a la
religiosidad, se convertirá en la base para la investigación médica que tendrá
a Alonso de Freylas a su principal representante.
[1] Vid. PORRAS ARBOLEDAS,
P. A.: “La peste de Jaén de 1523. Una cuestión de política sanitaria”, en Senda
de los Huertos, 19; pp. 93-98.
[2] Para una visión general
de su incidencia, vid. CORONAS TEJADA, L.: Jaén, siglo XVII. Instituto
de Estudios Giennenses. Jaén, 1994.
[3] Archivo Histórico
Municipal. Jaén. (A.H.M.J.) Actas Capitulares, 12 de marzo de 1601; fol. 52 rº.
[4] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 19 de marzo de 1601; fol. 55 vº-56 rº.
[5] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 9 de abril de 1601; fols. 73 vº-74 rº.
[6] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 16 de abril de 1601; fol. 80 vº.
[7] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 11 de mayo, fol. 94 vº; y 14 de mayo de 1601; fol. 95 vº.
[8] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 18 de mayo de 1601; fols. 98 vº-99 rº; y 6 de junio de 1601; fol.
112 vº.
[9] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 28 de mayo de 1601; fol. 105 rº.
[10] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 1 de junio de 1601; fols. 106 rº-107 rº.
[11] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 10 de junio de 1601; fol. 107 vº.
[12] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 1 de junio de 1601; fol. 106 vº.
[13] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 6 de junio de 1601; fol. 112 rº.
[14] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 18 de junio de 1601; fol. 117 vº.
[15] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 30 de junio de 1601; fol. 125 vº.
[16] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 25 de julio de 1601; fol. 147 vº.
[17] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 11 de agosto de 1601; fol. 159 rº.
[18] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 13 de agosto de 1601; fol. 161 rº.
[19] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 29 de agosto; fol. 172 rº; 1 de octubre; fol. 195 rº; y 3 de
diciembre de 1601; fol. 245 vº.
[20] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 29 de diciembre de 1601; fol. 265 vº.
[21] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 2 de enero de 1602; fol. 267 rº. (Aparece en el libro
perteneciente al año 1601).
[22] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 23 de febrero de 1602; s./f.
[23] Luis de Alcázar,
corregidor de Jaén, comenzó a despertar enojos entre los miembros del Concejo
de la ciudad en 1601 ante su prolongada ausencia de la capital, por lo que en
varias ocasiones se solicitó desde el Cabildo Municipal al Rey que realizara
alguna actuación al respecto ante la necesidad que Jaén tenía de contar con su
presencia. Al respecto, A.H.M.J. Actas Capitulares, 26 de enero de 1601; fol.
19 rº.
[24] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 3 de octubre de 1601; fol. 200 rº.
[25] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 23 de febrero de 1602; s./f.
[26] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 1 de febrero de 1602; s./f.
[27] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 28 de febrero de 1602; s./f.
[28] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 7 de marzo de 1602; s./f.
[29] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 14 de marzo de 1602; s./f.
[30] Ibidem.
[31] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 18 de marzo de 1602; s./f.
[32] Sobre la epidemia de
peste en Andújar, vid.:
GÓMEZ
MARTÍNEZ, E.: “Incidencia socioeconómica y demográfica de la peste general de
1597 y 1602 en la ciudad de Andújar”, en Boletín del Instituto de Estudios
Giennenses, 108 (1981); pp. 45-65.
[33] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 21 de marzo de 1602; s./f.
[34] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 26 de marzo de 1602; s./f.
[35] A.H.M.J. Actas Capitulares,
1 de abril de 1602; s./f.
[36] Diversos son los
estudios realizados sobre la figura y obra de Alonso de Freylas. Al respecto,
vid.:
AMEZCUA,
M.: “La extraña vida del Dr. Alonso de Freylas”, en Diario JAÉN, 28 de
febrero de 1988; pp. 18-19.
GARCÍA
SEDEÑO, G.: “La epidemia de peste que padeció la ciudad de Jaén en el año
1602", en Seminario Médico, 2; pp. 86-93.
HIGUERAS
MALDONADO, J.: Humanistas giennenses (s. XIV-XVIII). Universidad de
Jaén-Cajasur. Torredonjimeno (Jaén), 1999.
PALMA
CAMACHO, F.: La medicina personal de las obras de Alonso de Freylas,
Giennensis, doctor medicus, 1605. Suplemento de Seminario Médico, 24
(1964).
RINCÓN
GONZÁLEZ, Mª. D.: Estudio y edición de Alonso de Freylas. El arte de
descontagiar. Discurso sobre los melancólicos. Instituto de Estudios
Giennenses. Jaén, 1999.
[37] Ibidem.
[38] Ibidem.
[39] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 10 de abril de 1602; s./f.
[40] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 13 de abril de 1602; s./f.
[41] Ibidem.
[42] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 17 de abril de 1602; s./f.
[43] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 19 de abril de 1602; s./f.
[44] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 22 de abril de 1602; s./f.
[45] Ibidem.
[46] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 24 de abril de 1602; s./f.
[47] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 26 de abril de 1602; s./f.
[48] Ibidem.
[49] Sobre las rogativas a
la Virgen de la Capilla, vid.:
LARA
MARTÍN-PORTUGUÉS, I.: La Virgen de la Capilla. Cuatro siglos de devoción
mariana a través de documentos históricos conservados en la ciudad de Jaén.
Ayuntamiento de Jaén. Jaén, 1994.
[50] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 6 de mayo de 1602; s./f.
[51] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 5 de junio de 1602; s./f.
[52] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 6 de julio de 1602; s./f.
[53] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 15 y 16 de julio de 1602; s./f.
[54] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 12 de julio de 1602; s./f.
[55] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 26 de julio de 1602; s./f.
[56] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 6 y 26 de julio; y 7 de agosto de 1602; s./f.
[57] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 26 de agosto de 1602; s./f.
[58] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 4 de septiembre de 1602; s./f.
[59] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 6 de septiembre de 1602; s./f.
[60] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 7 de octubre de 1602; s./f.
[61] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 13 de septiembre de 1602; s./f.
[62] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 16 de septiembre de 1602; s./f.
[63] A.H.M.J. Actas
Capitulares, 25 de octubre de 1602; s./f.
[64] Vid.:
AMEZCUA,
M.: Op. cit.
GARCÍA
SEDEÑO, G.: Op. cit.
PALMA
RODRÍGUEZ, F.: Op. cit.
RINCÓN GONZÁLEZ, Mª. D.: Op. cit.