Interrupción
Autor: Paco Gómez (Jefe de Estudios y Profesor de Sistemas Electrónicos)

 
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Ocurrió rápidamente. Los enfermeros avanzaban veloces por los fríos pasillos de urgencias. Yo estaba aturdido contemplando estupefacto cómo sacaban a aquel hombre de la ambulancia. En un abrir y cerrar de ojos estaba entubado y conectado a un complejo sistema de máquinas y en la pantalla del osciloscopio aparecía una línea recta horizontal. Todos gritaban mientras la doctora le aplicaba los electrodos en el pecho. De repente, la línea horizontal se transformó en finos impulsos que indicaban que el corazón del paciente volvía a latir. El bullicio se fue transformando en tensa calma y por fin, todos abandonaron la sala. Habían salvado la vida a aquel hombre y ahora descansaba tranquilo y fuertemente sedado. Sentí pena por él. Imaginé que tendría esposa e hijos y que su vida se había truncado momentáneamente. Me acerqué y le observé más de cerca. Tenía el cabello oscuro y aparentaba unos cuarenta años. Su rostro me resultaba extrañamente familiar, pero no podía adivinar el motivo.


De pronto volví a escuchar una mezcla de ruidos y voces y al instante, estábamos en el ascensor. Al parecer estaban trasladando al enfermo a planta y empecé a inquietarme ya que nadie parecía reparar en mí. Empezaba a no saber cuál era mi papel en aquel ascensor del hospital. Hasta ahora me estaba limitando a seguir los acontecimientos.


Ya en la habitación, colocaron la cama con suma delicadeza en su sitio. Y allí seguía yo, con aquel hombre que me resultaba tan familiar. Yo le había visto en algún sitio, pero no lograba recordar dónde. El caso es que no podía separarme de él. Me acomodé en el sillón y reflexioné sobre la fragilidad de la vida y sobre la levedad del ser humano y de sus acontecimientos. Debí quedarme dormido enfrascado en mis pensamientos.


Algo me despertó y empecé a creer que estaba soñando, porque flotaba y contemplaba la extravagante escena desde el techo. Mi mujer estaba inclinada ante la cama y lloraba amargamente mientras ponía su mano en el regazo de aquel hombre. Ahora lo veía claro, lo comprendía todo. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Las lágrimas de mi esposa corrían ahora por mi mejilla. Ya no contemplaba la escena desde lo alto de la habitación, estaba en la cama, entubado y sin poder moverme.

¿Adivinan quién era ese hombre?