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Ocurrió rápidamente. Los enfermeros avanzaban
veloces por los fríos pasillos de urgencias. Yo estaba aturdido
contemplando estupefacto cómo sacaban a aquel hombre de la ambulancia.
En un abrir y cerrar de ojos estaba entubado y conectado a un complejo
sistema de máquinas y en la pantalla del osciloscopio aparecía
una línea recta horizontal. Todos gritaban mientras la doctora
le aplicaba los electrodos en el pecho. De repente, la línea horizontal
se transformó en finos impulsos que indicaban que el corazón
del paciente volvía a latir. El bullicio se fue transformando en
tensa calma y por fin, todos abandonaron la sala. Habían salvado
la vida a aquel hombre y ahora descansaba tranquilo y fuertemente sedado.
Sentí pena por él. Imaginé que tendría esposa
e hijos y que su vida se había truncado momentáneamente.
Me acerqué y le observé más de cerca. Tenía
el cabello oscuro y aparentaba unos cuarenta años. Su rostro me
resultaba extrañamente familiar, pero no podía adivinar
el motivo.
De pronto volví a escuchar una mezcla de ruidos y voces y al instante,
estábamos en el ascensor. Al parecer estaban trasladando al enfermo
a planta y empecé a inquietarme ya que nadie parecía reparar
en mí. Empezaba a no saber cuál era mi papel en aquel ascensor
del hospital. Hasta ahora me estaba limitando a seguir los acontecimientos.
Ya en la habitación, colocaron la cama con suma delicadeza en su
sitio. Y allí seguía yo, con aquel hombre que me resultaba
tan familiar. Yo le había visto en algún sitio, pero no
lograba recordar dónde. El caso es que no podía separarme
de él. Me acomodé en el sillón y reflexioné
sobre la fragilidad de la vida y sobre la levedad del ser humano y de
sus acontecimientos. Debí quedarme dormido enfrascado en mis pensamientos.
Algo me despertó y empecé a creer que estaba soñando,
porque flotaba y contemplaba la extravagante escena desde el techo. Mi
mujer estaba inclinada ante la cama y lloraba amargamente mientras ponía
su mano en el regazo de aquel hombre. Ahora lo veía claro, lo comprendía
todo. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Las lágrimas
de mi esposa corrían ahora por mi mejilla. Ya no contemplaba la
escena desde lo alto de la habitación, estaba en la cama, entubado
y sin poder moverme.
¿Adivinan quién era ese hombre?
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