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Su recuerdo me quemaba y me barrenaba el cerebro y yo para paliar la tortura, barrenaba y quemaba mi estómago con un güisqui irlandés tras otro. Lejos de olvidar, el alcohol que corría por mis venas provocó una orgía de involuntarios sentimientos que a esas alturas de la noche ya era incapaz de controlar. ¿Qué cuántas veces pensé en hacerla daño? Pues ni una ni dos veces. Aunque en cada una de las ocasiones me echaba para atrás. Aún hoy, no sé si me aguanté por bondad o por pura cobardía. Cuando he visto en las noticias que alguien ha acabado con su vida, no me he sentido mejor, al contrario. Después de vomitar, he vuelto a aferrarme a mi amigo irlandés y me he sentido vacío. Sólo cuando la policía vino a detenerme
el recuerdo vino a mi mente como un mazazo. Resulta que al final, no había
podido controlarme.
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