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Había una vez, en un país muy
lejano, unos expertos en seguridad vial a quienes se les ocurrió
la idea de que las multas eran clasistas. Y ciertamente lo son, porque
una misma multa para una misma infracción es un castigo menos grave
para quien tiene mucho dinero que para quien tiene poco. También
consideraron que era clasista la retirada del carné, porque retirar
el carné es un castigo más leve para el que conduce por
gusto que para quien lo hace por necesidades de su trabajo. Además,
un policía de tráfico, por muy honesto que sea, es un ser
humano, y puede equivocarse. En esto tampoco andaban errados, un cierto
porcentaje de multas y retiradas de carné son, inevitablemente,
injustas. Para eliminar estas desigualdades e injusticias elaboraron una
ley que despojaba a los policías de tráfico de toda autoridad,
y suprimía las multas y las retiradas de carné. Esta nueva
ley, que pretendía no excluir a nadie del derecho a la libre circulación,
se denominó "Ley Orgánica de Conducción Sin
Exclusiones", aunque abreviadamente se la llamaba por sus siglas,
la LOCSE.
Lo que sucedió después es lo que cualquiera, sin ser experto
en seguridad vial, podía haber previsto: aumentaron los accidentes
y la circulación se convirtió en un caos. En apariencia
no se excluía a nadie, porque a nadie se le imponían multas
ni se le quitaba el carné. En la práctica, se excluyó
a los buenos conductores, que no se atrevían a utilizar el coche.
Pero esta evidencia no hizo ninguna mella en el ánimo de quienes
elaboraron la susodicha ley.
Después de constatar este empeoramiento de la situación,
los expertos y especialistas en la materia se pusieron a estudiar las
causas del fenómeno. Unos dijeron que lo que hacía falta
era más educación ciudadana, otros que el aumento de accidentes
no era más que un síntoma de una sociedad cada vez más
violenta y competitiva, y los de más allá echaron la culpa,
¡como no!, a la televisión, que constantemente da ejemplo
de conductas antisociales y violentas. También hubo quien dijo
que parte del problema era debido al aumento de la emigración,
como si un emigrante tuviera que ser a priori peor conductor que un aborigen.
Ni por asomo se les ocurrió que la LOCSE pudiera ser una mala ley,
esta posibilidad ni se consideró. La oposición planteó
preguntas en el parlamento y el gobierno creó comisiones de estudio,
las cuales elaboraron unos informes plagados de números, gráficos
y estadísticas. También gastó ingentes sumas de dinero
en pagar a expertos en seguridad vial, que asesoraran y dieran cursillos
a los conductores. Algunos de esos expertos no habían conducido
en su vida, pero no por ello eran menos sabios. Los títulos de
algunos de esos cursillos eran "Cómo resolver conflictos en
la carretera", "Seguridad vial y feminismo" y "Creatividad
al volante". Pero todo era inútil. Siguió aumentando
el número de siniestros, hasta que por fin un día, a algunos
ciudadanos de ese país, a quienes se les daba una higa parecer
políticamente incorrectos, se les ocurrió decir que todos
los informes elaborados por los expertos eran pura charlatanería,
y que la única solución estaba en reinstaurar las multas
y las sanciones, por muy represivo y frustrante que esto pudiera ser,
y por mucho que, irremediablemente, diera lugar a algunas injusticias
y desigualdades. Los expertos encargados de estudiar el tema se apresuraron
a decir que esos ciudadanos eran unos nostálgicos, que añoraban
tiempos pretéritos, y que no habían entendido el espíritu
de la LOCSE, y que lo de volver a poner multas era una solución
demasiado simple para un problema que en realidad era muy complejo. También
los policías de tráfico se quejaron, argumentando que, desprovistos
de toda autoridad, su tarea se había hecho imposible. Los expertos
respondieron que era muy cómodo cargar toda la culpa de una situación
disparatada sobre la ley que había creado el disparate, y que en
el problema todos tenían su parte de responsabilidad, de modo que
lo que necesitaban los policías de tráfico era hacer una
autocrítica. Y también que debían cambiar su mentalidad,
a fin de adecuarla a los nuevos tiempos.
Pero los accidentes siguieron en aumento, y entretanto los expertos siguieron
ganando sus buenos dineros asesorando, redactando informes e impartiendo
cursillos. Incluso uno de máximos responsables de la LOCSE fue
nombrado para un importante cargo cuya misión, entre otras, consistía
en asesorar a los países latinoamericanos sobre seguridad vial.
Y así termina mi cuento.
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