|
Era delgado y avanzaba hacia mí con pasos saltarines
a medio camino entre el desfile y el trote. Su vestido era una síntesis
de hábito frailuno y de disfraz. Era un fraile, de una especie
rara de frailes, y avanzaba hacia mí, que estaba haciendo cola
ante una cabina de teléfonos protegida por un paraguas de metacrilato.
Me interpuse en su camino y, con los brazos en jarras, le dije ¿eh?
mirando hacia la cubierta de la cabina. Miró también él,
soltó una carcajada histérica, se acercó, dio un
salto de atleta y, de un manotazo, tiró al suelo el letrero, lo
cogió bajo el brazo y siguió su camino riendo y trotando.
De joven, pasé una vez por Lourdes, pero no recordaba nada de aquella
visita. Ahora, viendo de nuevo el lugar, reconocía la explanada,
la escalinata, la dorada cúpula, el camino empinado del Vía
Crucis, las recatadas piscinas ocultas tras el muro. Me recordaba a mí
mismo abriendo un grifo junto a la gruta y mojando mis ojos con el agua,
a veces milagrosa, para ver si me curaba de la severa miopía que
sufría. Como no tuve esa suerte, acudí de mayor a una clínica
oftalmológica y el láser obró el milagro que no pudo
conseguir el agua. Pensando en ello, me reí socarronamente procurando
no ser visto para que nadie pudiera reprocharme mi incredulidad.
Era una tarde de otoño de un día entre semana y yo paseaba,
casi solo, por aquella inmensa y limpísima explanada. Los cuatro
teléfonos estaban ocupados y, sobre la cubierta de metacrilato,
había un letrero, con una flecha apuntando hacia ellos, que rezaba:
Confesiones, aquí. Lo rezaba en francés -aquel era un lugar
sagrado y estábamos en Francia-, pero decía eso. Y pensé:
- A ver si el inmovilismo de los curas es más fama que otra cosa
La vergüenza que pasaba yo en el colegio los primeros viernes de
cada mes contándole mis pecados al profesor de física, que
era un cura, no la pasaría ahora con este moderno y anónimo
sistema de airear las propias miserias: 1) descuelgue el auricular y espere;
2) cuando oiga dígame o Ave María Purísima, empiece
a enumerar sus pecados; 3) cuando haya acabado, cuelgue el auricular y
lárguese a cumplir la penitencia.
Lo pensé, pero estaba equivocado. Aquello no era un confesionario
telefónico. La carcajada del fraile me lo daba a entender. Y su
salto felino para quitar de allí el letrero me decía a las
claras que algún gamberro lo había cogido de otro sitio
para ponerlo allí porque le parecía gracioso. O quizá
no fue un gamberro cualquiera sino un devoto arrepentido que no quiso
dar por acabado el lienzo sin dejar en él su pincelada irreverente.
Mejor eso que mearse en la cabina telefónica. ¿Cómo
hubiera enmendado el fraile tamaña gamberrada?
|