Jardín bucólico
Autor: María Luisa García Valladares

 
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Aquella bochornosa tarde de verano amenazaba tormenta; en el cielo, la Naturaleza dibujaba campos de nubes color violeta. La casa se encontraba al fondo de un bucólico jardín. Desde la primavera, los geranios, las rosas, la lavanda y las petunias, que rodeaban el sendero que conducía hasta la pequeña vivienda, desprendían buen olor. Los balcones aparecían, ante los ojos de todo aquel que quisiera recrearse con la mirada, cubiertos de geranios anaranjados quemados por el radiante sol. Un gran ventanal, que presidía el acogedor saloncito decorado en estilo provenzal, permitía divisar las peladas y ardientes rocas que protegían la pequeña playa de polvo dorado.

En primera línea de playa, anónimos seres humanos, agobiados por el calor, reflejaban en sus rostros una extraña benevolencia. Niños, que jugaban con una pelota de rayas, eran refrescados por el vaivén de la cálida espuma que surgía en la superficie del mar y, al fondo, en el lejano horizonte, las velas multicolores de las pequeñas embarcaciones deportivas parecían resoplar crujiendo con fuerza.
De repente, un suave viento se extendió por todo el pueblecito costero. El mar centelleaba. En el cielo, las nubes parecían competir en velocidad. Y aquello sólo fue el principio. Ricardo y Adela, que acababan de dar uno de sus largos paseos estivales, comentaban exclamando como todos los años: "Desde luego, no ha habido otro verano tan delicioso como éste".

Adela, ajena a aquella misteriosa visión, parecía no darse cuenta del transcurrir del tiempo. Tiempo sobrecargado, de excitación o de distracción. Tiempo naïf que no encuentra la plenitud que busca su mente infantil. Sin embargo, por primera vez en su vida experimentaba el gozo de un amor correspondido. Ricardo, después de cuarenta años, se había convertido en su compañero inseparable. Bien era verdad que Adela gozaba de su entrega incondicional y de su sincera amistad.

Los dos ancianos paseaban durante los tranquilos atardeceres y, desde hace dos décadas, cada verano cenaban confortablemente en el jardín a la luz de la luna, con la única compañía de su viejo y fiel perro Pipe. Y, a veces, durante aquellas veladas, Ricardo, mientras cogía cariñosamente su delgada mano, la besaba castamente en la frente. Y su corazón correspondido de mujer amada adivinaba otras cosas.

Adela supo, desde el mismo instante en el cual se unieron sus almas, el día de su matrimonio, que él la amaría hasta la muerte, y que, de cualquier forma, Ricardo, que hacia gala de un estoicismo autosuficiente, no permanecería impotente ante las situaciones más absurdas de la vida.

El pobre anciano, que llevaba grabado en su cansado y bondadoso rostro el esfuerzo sobrenatural que suponía la maldita palabra Alzheimer, no podía soportarlo más, vivir el día a día resignándose, sabiendo en el fondo de su corazón que aquello la estaba consumiendo.

Aunque jamás lo hubiera admitido, a veces se mostraba más aliviado que impotente, pero, sobre todo, tenía miedo. Tal vez porque ya no tenía ilusiones y se sentía perdido en sus pensamientos, y podía poner fin a sus sueños.

Es verdad, pero en todo ello había un rayo de esperanza, él sentía un cariño realmente profundo por Adela y le preocupaba que su cabecita infantil ya no pensara. Se había convertido en su razón de ser. No era mucho. Pero al menos algo más de lo que cualquier otro estaba dispuesto a hacer por ella.

Era su última oportunidad dentro de su madurez, antes de que su cerebro quedara desierto, para que comprendiera ese raro deseo que le obligaba a sobrevivir el día a día transfigurado estéticamente dentro de una horrible "nausea", a punto de desaparecer voluntariamente, que, angustiado y desolado, le dice bruscamente: "Ayúdame a poner paz en su interior". Lo peor está todavía por llegar.

Y en la vieja casa las parras verdes extendían sus largos brazos bordeando los vanos; y los limoneros, que crecían diminutos y tiernos, llegaban a la cintura. Todo crecía, todo se desarrollaba, todo se alzaba con el impulso anual del verano para ocupar un lugar bajo el sol. Adela, sentada a la sombra, indolente, aunque contenta, sentía agitarse en lo más íntimo de su ser, de su delicado cuerpecito, una nueva persona. Abrió los ojos y le sonrió con un afecto perezoso. Él resopló aliviado, como si fuera el último gesto de su dilatada vida, sobre su tumbona preferida. El sol calentaba todavía.

Resultaba muy agradable entrar en aquel jardín y ser recibido por un olor a arena cálida, a roca húmeda con olor a salitre, a helechos, a rosales, … Era una de esas tardes estivales de raro contento.

A eso de las ocho y media el sol empezaba ya a ocultarse. Una leve brisa agitaba las hojas del huerto. Muy alto, sobre sus cabezas, dos gaviotas pasaron volando hacia la orilla del mar buscando comida. "Terminemos por hoy", dijo Ricardo. Y comenzó a caminar hacia el interior de la casa arrastrando los pesados pies. -"¿Dónde estás?"-, preguntó, con aire de desconcierto, al atravesar el zaguán de la casa. La anciana quedó atrás sentada con una expresión confusa en el rostro. Adela ya no pudo girarse y dirigir su mirada hacia el huerto, … Él no se daba cuenta siquiera de la presencia de su única amiga que permanecía inmóvil. Ya no quedaba nada de la larga paz de aquella tarde estival, solamente algunas huellas recientes sobre la hierba, un libro abierto, caído al pie de un limonero, y el ocaso de la tarde que a cada minuto adquiría un rojo más intenso.