Mi inigualable silla eléctrica
Autor: Mauricio Moday (Escritor)

 
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Mantenía una vinculación importante con mi odontóloga de cabecera, debía terminar de arreglarme tres molares inferiores y un canino del mismo lado.
Su esposo era amigo de mi familia desde que éramos pequeños. Nuestros padres fueron compañeros de trabajo durante un período corto en la boletería del hipódromo local. Hasta que ambos tomaron por caminos diferentes quedando, eso sí, una amistad que duraría toda la vida. Cuando éramos niños jugábamos entre los sillones del living al dentista. Hacíamos que nos arreglábamos la boca y en pequeños vasitos con o sin agua nos enjuagábamos la boca. Su madre trabajaba de asistente de un odontólogo y su casa estaba plagada de olores a clavo de olor, adhesivos y amalgamas, que ella traía para reparar.
Todos aquellos juegos quedaron en mi memoria vívida como una película, semejando a un carrusel que cada tanto se hacía consiente o aparecía en los sueños reviviendo con encanto y felicidad aquellos divertimentos infantiles.
Sin embargo, nunca había perdido el miedo, sentado en aquel sillón que emulaba una silla eléctrica, desde que era pequeño, mis palpitaciones y una transpiración fría recorrían mi cuerpo. Previo a cualquier conducta o maniobra intervencionista, me ponía tenso y en estado de alerta máximo. Dos cosas esperaba con temor, las jeringas y las agujas de la anestesia local y la máscara de gas.
Restaba bastante de tratamiento aún, cerrar conductos, prueba de moldes, tallado y la colocación de pernos y coronas. Sin embargo, y con estoicismo propio de un investigador que busca la curación de la gripe, me dirigía a la consulta dos veces por semana.
La noche previa a la última visita había soñado con todos los elementos del consultorio: tornos, turbinas, luces extrañas, aspiradores y hasta la toallita de género para evitar derrames en mi ropa.
Esto presagiaba un profundo malestar psicológico que trataba de disimular. Esto no sólo era visible al sentarme en el fatídico sillón, sino también al comenzar a abrir la boca para iniciar el tratamiento de ese día. Presentaba una contractura de los músculos mandibulares que me impedían totalmente la apertura de la misma. Era en ese momento que la odontóloga tomaba la máscara de gas y me la acercaba a la cara. Respiraba hondo tres o cuatro veces y luego de una pequeña obnubilación de la conciencia, muy transitoria, me relajaba y abría la boca, según me informó la doctora, seguidamente ella comenzaba a trabajar. Me infiltraba con anestesia local y efectuaba cualquier tarea que demandare en esa consulta.
Curioso por formación, investigué en Internet el gas utilizado en estos menesteres. Se denominaba Oxido Nitroso, era totalmente inocuo y su efecto tan transitorio que no necesitaba que se utilizase ningún apoyo a la respiración. Uno de sus incómodos efectos era que en ocasiones provocaba hilaridad marcada. Tal es así, que en algún momento se lo llamó el gas de la risa. La misma era tan transitoria como su efecto y producía placer y amnesia de tal forma que el paciente no lo registraba en su memoria reciente y aún le negaba si se le informaba de la complicación.
El transcurso de mi vida no aportaba demasiados altos ni bajos, casi normal. Como siempre, dos veces por semana concurría a mi odontóloga para el correspondiente tratamiento. Ya había pasado la etapa de toma de moldes y no era momento para abandonar el barco antes de que se hundiera.
El día que me tocaba el tallado de los frentes del tercer molar que debía ser implantado, me había citado a la caída del sol de un día de verano muy caluroso. A las veinte horas el cemento de la ciudad quemaba con los 29º grados centígrados y mi pánico odontológico se había exacerbado.
De sólo pensar que ese día temblaba. La profesional comenzaría con los tornos, llevaría agua con la turbina a mi corona para enfriar el tallado que realizaría y que pese al aspirador de saliva que me instalaban en la parte anterior de la boca, que me daba la sensación de ahogamiento por inmersión, ya que no alcanzaba a retirar todo el líquido del lecho oral. Todo ello aumentaba mis temores a límites insospechados.
Traté de no pensar ese día en lo que me ocurriría por la tarde y me concentré en mi trabajo diario. Pero el problema me martillaba el cerebro desde la noche anterior. Volví a soñar con luces extrañas, equipos raros y permanecí, un tiempo prudencial, dormido con la boca abierta, como me informó mi esposa por la mañana.
Salí de mi trabajo y me dirigí al consultorio. Cuando llegó mi turno, la amable odontóloga me hizo pasar. Luego del saludo de práctica me dijo:
- Recuéstese en la camilla, don Julio.
Mi sensación en esos momentos era la de un condenado a muerte, que lo sientan en la silla eléctrica mientras los ayudantes del verdugo comienzan a asegurar sus manos y a mojar la cabeza al pobre desgraciado. Se acercó la asistente, me acomodó las manos en los soportes laterales y me acomodó el babero de práctica; me alcanzó un vasito de enjuague flamante y encendió la luz especial sin sombra que usan los dentistas.
En el momento que pensé cuándo comenzaría a pasar la corriente por mi cuerpo, me percaté que lo mío era un agudo ataque de pánico sin solución. En el fondo se escuchaba el murmullo de una radio que informaba de las noticias de las veinte horas. Mi cerebro lo interpretó como el sacerdote que santificando al reo, se persignaba y perdonaba de mi terrenal vida todos mis pecados.
Ese instante coincidió con la contractura de mis músculos masticadores, cerrándome la boca de tal forma que era imposible que cualquier trabajo pudiese ser efectuado en mi boca.
Con mis sentidos totalmente obnubilados por el pánico, se agregó una nueva cuota de tergiversación del momento, tal que pensé que ya pasaría la corriente y que la máscara que me acercaron a la cara era la capucha final de todos los condenados.
Esos segundos homologados a la ejecución invadieron mi psiquis y pese a ello me tranquilizó. Pude ver las caras de mis familiares y amigos y el famoso túnel que citan aquellos que regresaron de exitosas reanimaciones cardiocirculatorias. Luces multicolores titilantes y velocidad vertiginosa de paso a través de ese canal, con la observación a vuelo de pájaro de mis padres y parientes ya fallecidos, sin detenerme a poder hablar con ellos. Al final de aquel semicírculo de colores, me esperaba solicita la odontóloga para terminar la tarea con los elementos de tortura en sus manos. Mi cuerpo volaba a media altura cerca de las luces incandescentes y parpadeantes a una velocidad vertiginosa. Al llegar al fondo, las lámparas se hicieron más tenues y la velocidad de desplazamiento se hizo más lenta. El choque contra la profesional era inminente. Ella, con movimientos reptantes, parecía una cobra al salir del morral de un encantador de serpientes. Muñida de cables, tubos y aparatos saliendo de sus brazos, piernas y hasta de su cabeza.
Cuando el impacto se produjo, algo amortiguó el choque tan temido, una especie de goma negra que utilizó en mi boca de separador. Como los caballos de sulki, con el instrumento de hierro dentro de su cavidad bucal y de la cual penden las riendas, sirviendo de freno. Ello, creo, le restó velocidad a mi traslado por el túnel, o a las manos de la profesional.
De inmediato, todos los instrumentos se introdujeron dentro de mi cavidad oral y la odontóloga desapareció de la escena como si yo me la hubiese tragado. En ese momento, se apagaron todas las luces y un silencio profundo invadió el lugar. Pensé que aquella era la salida de la gruta y el pasaje al infinito con todo lo desconocido por detrás. La sensación de quietud, silencio, oscuridad y falta de movimientos de mi cuerpo me aportó una paz indescriptible. ¿Habría finalizado la ejecución y todos sus actores volverían a sus respectivas funciones? Si fuera así, mi cuerpo entraría en rigor mortis y sería colocado en su última morada de madera y cubierto de tierra con la correspondiente congoja de mis familiares.
Pese a no interpretar lo que sucedía, tenía una sensación de bienestar que muchos habían descrito ante una muerte inminente.
Sentí en mi boca una mueca rara, parecía una sonrisa. Luego se transformó en risa y al fin en carcajadas. No la podía bloquear de ninguna forma, aún cuando sentía que me estaban sepultando de pie. Tocaba en la oscuridad absoluta la textura de las paredes donde me encontraba y evidentemente era madera, además había géneros que parecían trozos de mortaja o lienzos suaves.
Una incontenible sensación de orinar culminó aquel momento y comencé a sentir cómo una lluvia golpeaba contra la madera del cajón de muerto, cayendo a partir de es instante en un sueño que parecía eterno.
Cuando desperté, por los gritos de la odontóloga y su asistente, que llegaron corriendo desde la otra habitación, en que se hallaban haciendo un nuevo molde para mi molar, tambaleaba. Me tomaron por los brazos y me sentaron en un taburete. Me reía a mandíbula batiente y me dijeron que estaba orinando contra el fondo del ropero de los guardapolvos y abrigos de la dentista.
- Súbase el cierre y abroche el cinturón, don Julio - dijeron ambas mujeres al unísono -. En el baño se puede lavar la cara y las manos -. agregó la profesional.
- Parece que el gas le hizo volar bastante esta vez, ¿no es cierto? Ya se va, es el Oxido Nitroso, ¿sabe? Pero no se preocupe, terminé mi trabajo por hoy.
- Entonces puedo terminar de orinar en casa - dije riéndome a carcajadas y retirándome del consultorio.