|
Mantenía una vinculación importante con
mi odontóloga de cabecera, debía terminar de arreglarme
tres molares inferiores y un canino del mismo lado.
Su esposo era amigo de mi familia desde que éramos pequeños.
Nuestros padres fueron compañeros de trabajo durante un período
corto en la boletería del hipódromo local. Hasta que ambos
tomaron por caminos diferentes quedando, eso sí, una amistad que
duraría toda la vida. Cuando éramos niños jugábamos
entre los sillones del living al dentista. Hacíamos que nos arreglábamos
la boca y en pequeños vasitos con o sin agua nos enjuagábamos
la boca. Su madre trabajaba de asistente de un odontólogo y su
casa estaba plagada de olores a clavo de olor, adhesivos y amalgamas,
que ella traía para reparar.
Todos aquellos juegos quedaron en mi memoria vívida como una película,
semejando a un carrusel que cada tanto se hacía consiente o aparecía
en los sueños reviviendo con encanto y felicidad aquellos divertimentos
infantiles.
Sin embargo, nunca había perdido el miedo, sentado en aquel sillón
que emulaba una silla eléctrica, desde que era pequeño,
mis palpitaciones y una transpiración fría recorrían
mi cuerpo. Previo a cualquier conducta o maniobra intervencionista, me
ponía tenso y en estado de alerta máximo. Dos cosas esperaba
con temor, las jeringas y las agujas de la anestesia local y la máscara
de gas.
Restaba bastante de tratamiento aún, cerrar conductos, prueba de
moldes, tallado y la colocación de pernos y coronas. Sin embargo,
y con estoicismo propio de un investigador que busca la curación
de la gripe, me dirigía a la consulta dos veces por semana.
La noche previa a la última visita había soñado con
todos los elementos del consultorio: tornos, turbinas, luces extrañas,
aspiradores y hasta la toallita de género para evitar derrames
en mi ropa.
Esto presagiaba un profundo malestar psicológico que trataba de
disimular. Esto no sólo era visible al sentarme en el fatídico
sillón, sino también al comenzar a abrir la boca para iniciar
el tratamiento de ese día. Presentaba una contractura de los músculos
mandibulares que me impedían totalmente la apertura de la misma.
Era en ese momento que la odontóloga tomaba la máscara de
gas y me la acercaba a la cara. Respiraba hondo tres o cuatro veces y
luego de una pequeña obnubilación de la conciencia, muy
transitoria, me relajaba y abría la boca, según me informó
la doctora, seguidamente ella comenzaba a trabajar. Me infiltraba con
anestesia local y efectuaba cualquier tarea que demandare en esa consulta.
Curioso por formación, investigué en Internet el gas utilizado
en estos menesteres. Se denominaba Oxido Nitroso, era totalmente inocuo
y su efecto tan transitorio que no necesitaba que se utilizase ningún
apoyo a la respiración. Uno de sus incómodos efectos era
que en ocasiones provocaba hilaridad marcada. Tal es así, que en
algún momento se lo llamó el gas de la risa. La misma era
tan transitoria como su efecto y producía placer y amnesia de tal
forma que el paciente no lo registraba en su memoria reciente y aún
le negaba si se le informaba de la complicación.
El transcurso de mi vida no aportaba demasiados altos ni bajos, casi normal.
Como siempre, dos veces por semana concurría a mi odontóloga
para el correspondiente tratamiento. Ya había pasado la etapa de
toma de moldes y no era momento para abandonar el barco antes de que se
hundiera.
El día que me tocaba el tallado de los frentes del tercer molar
que debía ser implantado, me había citado a la caída
del sol de un día de verano muy caluroso. A las veinte horas el
cemento de la ciudad quemaba con los 29º grados centígrados
y mi pánico odontológico se había exacerbado.
De sólo pensar que ese día temblaba. La profesional comenzaría
con los tornos, llevaría agua con la turbina a mi corona para enfriar
el tallado que realizaría y que pese al aspirador de saliva que
me instalaban en la parte anterior de la boca, que me daba la sensación
de ahogamiento por inmersión, ya que no alcanzaba a retirar todo
el líquido del lecho oral. Todo ello aumentaba mis temores a límites
insospechados.
Traté de no pensar ese día en lo que me ocurriría
por la tarde y me concentré en mi trabajo diario. Pero el problema
me martillaba el cerebro desde la noche anterior. Volví a soñar
con luces extrañas, equipos raros y permanecí, un tiempo
prudencial, dormido con la boca abierta, como me informó mi esposa
por la mañana.
Salí de mi trabajo y me dirigí al consultorio. Cuando llegó
mi turno, la amable odontóloga me hizo pasar. Luego del saludo
de práctica me dijo:
- Recuéstese en la camilla, don Julio.
Mi sensación en esos momentos era la de un condenado a muerte,
que lo sientan en la silla eléctrica mientras los ayudantes del
verdugo comienzan a asegurar sus manos y a mojar la cabeza al pobre desgraciado.
Se acercó la asistente, me acomodó las manos en los soportes
laterales y me acomodó el babero de práctica; me alcanzó
un vasito de enjuague flamante y encendió la luz especial sin sombra
que usan los dentistas.
En el momento que pensé cuándo comenzaría a pasar
la corriente por mi cuerpo, me percaté que lo mío era un
agudo ataque de pánico sin solución. En el fondo se escuchaba
el murmullo de una radio que informaba de las noticias de las veinte horas.
Mi cerebro lo interpretó como el sacerdote que santificando al
reo, se persignaba y perdonaba de mi terrenal vida todos mis pecados.
Ese instante coincidió con la contractura de mis músculos
masticadores, cerrándome la boca de tal forma que era imposible
que cualquier trabajo pudiese ser efectuado en mi boca.
Con mis sentidos totalmente obnubilados por el pánico, se agregó
una nueva cuota de tergiversación del momento, tal que pensé
que ya pasaría la corriente y que la máscara que me acercaron
a la cara era la capucha final de todos los condenados.
Esos segundos homologados a la ejecución invadieron mi psiquis
y pese a ello me tranquilizó. Pude ver las caras de mis familiares
y amigos y el famoso túnel que citan aquellos que regresaron de
exitosas reanimaciones cardiocirculatorias. Luces multicolores titilantes
y velocidad vertiginosa de paso a través de ese canal, con la observación
a vuelo de pájaro de mis padres y parientes ya fallecidos, sin
detenerme a poder hablar con ellos. Al final de aquel semicírculo
de colores, me esperaba solicita la odontóloga para terminar la
tarea con los elementos de tortura en sus manos. Mi cuerpo volaba a media
altura cerca de las luces incandescentes y parpadeantes a una velocidad
vertiginosa. Al llegar al fondo, las lámparas se hicieron más
tenues y la velocidad de desplazamiento se hizo más lenta. El choque
contra la profesional era inminente. Ella, con movimientos reptantes,
parecía una cobra al salir del morral de un encantador de serpientes.
Muñida de cables, tubos y aparatos saliendo de sus brazos, piernas
y hasta de su cabeza.
Cuando el impacto se produjo, algo amortiguó el choque tan temido,
una especie de goma negra que utilizó en mi boca de separador.
Como los caballos de sulki, con el instrumento de hierro dentro de su
cavidad bucal y de la cual penden las riendas, sirviendo de freno. Ello,
creo, le restó velocidad a mi traslado por el túnel, o a
las manos de la profesional.
De inmediato, todos los instrumentos se introdujeron dentro de mi cavidad
oral y la odontóloga desapareció de la escena como si yo
me la hubiese tragado. En ese momento, se apagaron todas las luces y un
silencio profundo invadió el lugar. Pensé que aquella era
la salida de la gruta y el pasaje al infinito con todo lo desconocido
por detrás. La sensación de quietud, silencio, oscuridad
y falta de movimientos de mi cuerpo me aportó una paz indescriptible.
¿Habría finalizado la ejecución y todos sus actores
volverían a sus respectivas funciones? Si fuera así, mi
cuerpo entraría en rigor mortis y sería colocado en su última
morada de madera y cubierto de tierra con la correspondiente congoja de
mis familiares.
Pese a no interpretar lo que sucedía, tenía una sensación
de bienestar que muchos habían descrito ante una muerte inminente.
Sentí en mi boca una mueca rara, parecía una sonrisa. Luego
se transformó en risa y al fin en carcajadas. No la podía
bloquear de ninguna forma, aún cuando sentía que me estaban
sepultando de pie. Tocaba en la oscuridad absoluta la textura de las paredes
donde me encontraba y evidentemente era madera, además había
géneros que parecían trozos de mortaja o lienzos suaves.
Una incontenible sensación de orinar culminó aquel momento
y comencé a sentir cómo una lluvia golpeaba contra la madera
del cajón de muerto, cayendo a partir de es instante en un sueño
que parecía eterno.
Cuando desperté, por los gritos de la odontóloga y su asistente,
que llegaron corriendo desde la otra habitación, en que se hallaban
haciendo un nuevo molde para mi molar, tambaleaba. Me tomaron por los
brazos y me sentaron en un taburete. Me reía a mandíbula
batiente y me dijeron que estaba orinando contra el fondo del ropero de
los guardapolvos y abrigos de la dentista.
- Súbase el cierre y abroche el cinturón, don Julio - dijeron
ambas mujeres al unísono -. En el baño se puede lavar la
cara y las manos -. agregó la profesional.
- Parece que el gas le hizo volar bastante esta vez, ¿no es cierto?
Ya se va, es el Oxido Nitroso, ¿sabe? Pero no se preocupe, terminé
mi trabajo por hoy.
- Entonces puedo terminar de orinar en casa - dije riéndome a carcajadas
y retirándome del consultorio.
|