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Por fortuna, y sólo gracias al poder de la imaginación,
Luis Miguel mantenía un diálogo, fértil y complejo
a la vez, articulando palabras con un sentido oculto mientras los cristales
de sus lentes reflejaban un campo de trigo de una magnitud fantástica.
Una dialéctica estimulante dentro de los límites que contenía
buena parte de psicología complementaria para abonar la corriente
de provocación que había inaugurado al comenzar la velada.
Quizá una fórmula de entender la vida. Otros se entretienen
con absurdos juegos de sociedad. Y la emoción se apoderó
de todos los que estábamos allí sentados, alrededor de la
fría mesa de mármol gris, escuchando con interés
el alentador maridaje de palabras que nos aportaría algo enriquecedor.
En aquel momento, Manuela, que no sabía por dónde empezar,
incorporó de una manera simultánea su mirada de igualdad
que, por otro lado, va más allá de su relación con
el mundo irreal. Sus palabras sonaban como si se tratase de un comunicado
especial, pues ponía especial énfasis para que el eco digital
de su voz estallara descolgando una coreografía de sencillez y
sabiduría emblemática. El resto éramos dichosos escuchando.
No encuentro en mis recuerdos el instante que decidimos buscar la felicidad
atesorando esa magnitud particular de confiar en lo que se quiere, de
amar cuando nos viene en gana
Y de escuchar historias caprichosas
que nos enseñan a no tener miedo.
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