Un día en El Cairo
Autor: Paco Gómez (Jefe de Estudios y Profesor de Sistemas Electrónicos)

 
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Nunca pasará el suficiente tiempo como para que yo olvide aquel día en El Cairo. Y lo digo porque nos ocurrieron muchas cosas, sobre todo anécdotas inesperadas.

Habían transcurrido unos pocos días desde que me había casado con Lucía y habíamos decidido pasar la luna de miel en Egipto. Días en los que realizamos un crucero precioso por el Nilo visitando ciudades y pueblos hermosísimos, aunque eso sí, tomados por la policía y el ejército. Nos llevaron a ver muchos templos, incluso aquel en que hace ya bastantes años habían disparado contra turistas alemanes. Un guía me contó que él estuvo presente y al preguntarle que cómo reaccionaron los turistas la contestación me dejó helado. Me explicó que los desdichados alemanes se reían cuando los terroristas empezaron a dispararles. Al principio no comprendí, pero al cabo de unos minutos, después de reflexionar sobre el suceso, caí en la cuenta y concluí que a mí me podría haber pasado lo mismo. Estamos tan ciegos y tan cómodos en nuestra sociedad occidental, que no creemos ni por asomo que un hecho de tales características pueda ocurrir. Así que cuando ocurre, nuestra mente lo niega, no puede asumir la realidad que está aconteciendo en el momento.

Pero volvamos a aquel día en El Cairo, el segundo que pasábamos en la capital egipcia. Nuestro querido guía nos había tratado el día anterior como a "ignorantes turistas occidentales a los cuales sólo interesan las compras". Digo esto porque nos habían llevado de excursión a la meseta de Giza para visitar las pirámides. Mi decepción fue mayúscula ya que una de mis ilusiones era visitar por dentro la pirámide de Keops. Pues bien, nos llevaron a visitar la de Micerinos, la más pequeña de las tres. Cuando interrogué a nuestro querido guía al respecto, me dijo que íbamos a visitar Micerinos porque todas las pirámides eran iguales. Hacer una afirmación de tal magnitud descalifica automáticamente al sujeto que la hace, que en este caso no era ignorante, sino vago. Bien sabía él que llevarnos a Micerinos le acarreaba mucho menos trabajo que hacer una visita a Keops, que tiene establecido un tope de personas por día y un madrugón considerable para estar en la cola de los primeros.
María y Pedro, recién casados y compañeros de viaje, compartieron su decepción con nosotros, así como su anhelo de visitar la Gran Pirámide. Así que, después de hablarlo, decidimos que al día siguiente haríamos la visita por nuestra cuenta, desmembrándonos del grupo. Total, a ellos les iban a llevar a ver una presa que era "una de las mayores obras de ingeniería egipcia".

Al día siguiente madrugamos mucho, no queríamos que delante de nosotros hubiera más personas que el tope de lo permitido. Así que tomamos un taxi y en menos de media hora estábamos frente a las taquillas. Después de intentar sin ningún resultado comprar cinco entradas, preguntamos a los policías que impedían el paso al recinto. No se mostraron excesivamente amables, todo lo contrario. El caso es que interpretamos o, mejor dicho, quisimos interpretar que nos pedían que esperásemos porque todavía era demasiado pronto. Así que decidimos tomar un café y esperar que los acontecimientos se desarrollaran por sí mismos.

-Esto no me huele nada bien -comentó Pedro mientras encendía su cigarrillo.
-En cualquier caso, lo más lógico es que esperemos a ver qué pasa -contesté.

Tanto las mujeres como nosotros experimentábamos la ansiedad propia de la situación. Era el segundo intento que realizábamos y la mañana no había comenzado bien. Estuvimos en ese bar casi una hora observando por la ventanilla como los primeros rayos de sol empezaban a descender sobre la meseta de Giza. Y la ansiedad se transformó en una sensación de humillación cuando vimos la escena que se desarrolló fuera. Llegó un autobús que paró frente a las taquillas; el guía bajó rápidamente, compró las entradas correspondientes y fue repartiendo dinero entre los guardias, que abrieron el paso al autobús exhibiendo una colección de cínicas sonrisas.

-¡Vamos, tenemos que salir inmediatamente! -comentó Lucía con urgencia- Puede que si llega otro autocar de turistas se cubra el cupo y nos quedemos fuera después de haber llegado los primeros.
Llevaba toda la razón. No habíamos llegado a la taquilla cuando se volvió a repetir la misma escena.
-Venga, no os preocupéis -dije intentando que se calmaran los ánimos-. Ahora mismo compro las entradas y se acaban los problemas.

Me acerqué decidido a la taquilla, con cara sonriente, pero después de hablar con el hombre que expedía las entradas, mi rostro se congeló. Después de acceder a hablar en inglés de mala gana pronunció las palabras fatídicas.

-Sólo grrrrupos, siñor, sólo grrrrupos, siñor.
-Pero, si nosotros somos un grupo -dije con la mayor convicción que pude intentando incluso dar un poco de lástima.

Pero la respuesta fue la misma, esta vez mucho más desairada. Así que agaché la cabeza y me acerqué hasta mis ansiosos acompañantes.

-¿Qué te ha dicho? -me preguntó con urgencia María.

Mi respuesta hizo que las mujeres se abalanzaran como un resorte hacia la taquilla. Pedro y yo nos mirábamos sin saber muy bien qué hacer mientras ellas discutían acaloradamente con el empleado. Era la última oportunidad. Si llegaba otro autocar era más que probable que nos tuviéramos que marchar de allí sin cumplir nuestro objetivo.

Mientras mi compañero de viaje y yo mirábamos la carretera de acceso vigilantes por si venía otro autobús, la discusión se había elevado de tono. Pero las mujeres ya no estaban en la taquilla. Estaban enfrentándose a los policías que las miraban desde detrás de sus gafas de sol sin saber muy bien qué hacer. No puedo decir que no sentí miedo. Yo sólo veía a unos tíos muy fornidos con unas metralletas en las manos que yo no había visto jamás, salvo en las películas. Y lo que es más, ellos empezaban a ponerse tensos y a acercar sus índices derechos a los gatillos de las armas. No sé de dónde salió pero el caso es que en el tramo más álgido de la discusión vimos acercarse a un egipcio impecablemente vestido de traje y corbata. Lucía un poblado mostacho bajo su nariz y, cómo no, las intimidantes gafas de sol de la policía cairota. Ante su presencia, todos los agentes se cuadraron. Enseguida requirió al oficial para que le relatara lo que estaba sucediendo con los molestos y enfadados turistas. Creo que en ciertas situaciones no es imprescindible saber idiomas para interpretar lo que está ocurriendo.
La aparición de este hombre fue nuestra salvación, ya que él mismo nos pidió dinero en un exquisito inglés y nos compró las entradas. Así que le dimos las gracias por cortesía y nos alejamos en dirección a Keops lo más rápido que pudimos, no fuera que fuesen a arrepentirse.

La Gran Pirámide vista desde cerca no se parecía en nada a las fotografías y reportajes que yo había visto. Sólo se me ocurría una palabra para describir lo que estaba contemplando: imponente. Y tanto Lucía como nuestros compañeros debían estar pensando lo mismo; sus caras reflejaban perfectamente lo que yo estaba sintiendo.

Una vez dentro, mis sospechas se confirmaron. Lo que estaba viendo no tenía nada que ver con lo que habíamos visto en los días anteriores. Y aún hoy, creo que ni yo ni nadie sabemos más al respecto. Créanme, la primera sensación que se tiene en el interior de la mayor de las pirámides, es que quienes la construyeron no son los mismos que construyeron los templos de los márgenes del Nilo. Porque no se parecen ni en apariencia ni en estilos arquitectónicos ni en nada. Después de esta primera sensación lo siguiente que se me vino a la cabeza fue el intentar adivinar la funcionalidad de los distintos elementos y habitáculos. De pie en una de las esquinas de la Cámara del Rey desistí, porque no fui capaz de encontrar una mínima lógica al asunto. Cuando descendíamos por la Gran Galería en dirección a la actual salida excavada por el Califa Abdullah al Mamun en el año 820 d.C., sentí vértigo. Y de repente, tuve una irracional ansiedad por salir de allí. No he experimentado una sensación igual en mi vida.

Cuando salimos, ninguno de los cuatro dijimos nada, pero todos pensamos en lo mismo. No podíamos marcharnos de allí sin dar la vuelta a la pirámide para llevarnos impresa en nuestros corazones la perspectiva del monumento desde sus cuatro costados. Y después de una hora y de rechazar constantemente las ofertas de los camelleros que ofrecían exóticos y emocionantes paseos en camello por la explanada contigua a Keops, nos alejamos en silencio en presencia de la enigmática mirada de la esfinge.
Habíamos decidido ir y hacer algunas compras en el gran bazar de Al-Khalili, así que tomamos un taxi y tardamos algo más de media hora en llegar. El tráfico en El Cairo es infernal. Teníamos hambre, pero ¿quién se resistía a dar una pequeña vuelta por los primeros puestos antes de entrar en un restaurante?

La mañana había transcurrido con algunas sorpresas, pero el día no iba a terminar sin añadir unas cuantas más a nuestra especial recopilación. Yo creía que tendríamos dificultades en entendernos porque no sabía si los vendedores ambulantes iban a hablar en inglés. La idea se me quitó inmediatamente de la cabeza cuando nos vimos rodeados de niños que gritaban a todo pulmón: "¡Más barato que en el Pryca! ¡Más barato que en el Pryca!" Por alguna misteriosa razón todo el mundo parecía saber que éramos españoles y no dudaban en hablarnos en la lengua de Cervantes. Si no hubiera sido por los turbantes y las exóticas mercancías cualquiera hubiera creído estar en el madrileño rastro de La Latina.

En Egipto no se puede salir a la calle con ideas preconcebidas porque al final, uno se ve metido en las situaciones más imprevisibles. Les dije antes que pensábamos comer en un restaurante, ¿verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Estábamos investigando el género de uno de los primeros puestos cuando un simpático cuarentón que se presentó como Abdil se convirtió sin nuestro permiso en nuestro consejero de compras. Según nos dijo, no debíamos comprar nada a los mercaderes callejeros pues sólo conseguiríamos que nos engañaran. Pasados unos minutos, le dijimos que debíamos irnos y que si él conocía algún buen restaurante en donde pudiéramos degustar algunos platos típicos. Su reacción fue insólita para nosotros, ya que nos miró como si estuviéramos locos.

-Ustedes no pueden ir a un restaurante estando yo aquí -dijo con expresión de gravedad. Ninguno de nosotros entendimos realmente qué era lo que quería decirnos y para ser sincero, diré que empecé a pensar seriamente si no habríamos tenido la mala suerte de toparnos con un chalado. Estaba empezando a intentar vislumbrar la forma de sacárnoslo de encima cuando él continuó hablando-. Verán, yo no puedo dejar que unos amigos coman en un restaurante teniendo mi casa aquí al lado. Con sumo gusto les invito a que vengan a mi humilde hogar. Mi mujer no tardará nada en preparar alguno de los platos típicos a los que ustedes han aludido antes.

Me sorprendió, más que la proposición que empecé a considerar sincera, su forma de expresarse. Era educado y sus modales parecían exquisitos y en lo que respectaba a su español, lo hablaba mucho mejor que muchos de los españoles que yo conocía.

-No queremos molestar -dije, aunque me arrepentí al momento al ver cómo se ofendió-. Al fin y al cabo, usted no nos conoce y...
-Deben saber, amigos míos -me interrumpió-, que para un árabe es una obligación ofrecer su hospitalidad a un extranjero. Y que si éste la rechaza, el árabe lo considerará un insulto. Créanme, sólo intento ser amable y que en lo que de mí dependa, se sientan en mi país tan cómodos como si estuvieran en el suyo.

La verdad es que todos nos miramos inquietos, desconfiados. Pero ante los argumentos de nuestro nuevo amigo Abdil nuestra desconfianza acabó derrumbándose como un castillo de naipes. El egipcio nos llevó a su casa, situada en uno de los callejones aledaños al bazar. Después de ascender los peldaños de un angosto y húmedo pasillo nos abrió la puerta una mujer guapísima. Era de tez blanca y ojos oscuros predominantes y profundos. Nos dedicó una sonrisa de inmediato y nos saludó después de que su marido nos hubo presentado cortésmente a todos.

-Buenas tardes y bienvenidos a nuestro humilde hogar -dijo con una voz muy dulce y en perfecto español-. Mi nombre es Nadya y significa "la llamada por Dios".

Entramos a la casa y Abdil nos condujo a un pequeño salón presidido por una mesa baja rodeada de cojines, en el centro. E inmediatamente después Nadya nos sirvió uno de los tés más exquisitos que yo había probado nunca. Después se excusó amablemente y nos dijo que iba a preparar la comida. La infusión sirvió de catalizador para que iniciáramos una animada conversación en la que Abdil nos explicó que había estudiado Filología Hispánica. En la facultad había conocido a Nadya y se habían casado porque se habían enamorado perdidamente uno del otro. La ilusión de ambos era ahorrar y viajar algún día a España. Por eso no perdían la ocasión de practicar el idioma entablando conversación con todos los turistas españoles que les hacían el honor de brindarles su amistad.

Al cabo de aproximadamente una hora, Nadya volvió a aparecer y retiró rápidamente todos los accesorios de té. Y después nos sirvió "koshari", una especie de lentejas con arroz que estaban riquísimas. Después nos agasajaron con un "kebab" exquisito y de postre tomamos unos bollitos de varios sabores, a cual más delicioso. La comida finalizó con té y, si bien el anterior tenía un sabor a menta, éste dejaba un fresco regusto a hierbabuena.

Deseábamos ver el bazar y pasar la tarde vagando por las callejuelas colindantes, pero no queríamos parecer desagradecidos diciéndole a Abdil que queríamos irnos. Al final fui yo quien se lo dije intentando parecer lo menos impertinente posible.
-Les comprendo, amigos míos. Pero no pueden irse de mi casa sin ver mi género. Quizá hay algo ahí abajo -dijo señalando el suelo con su dedo índice- que les está esperando y ustedes aún no lo saben.

Y como no podíamos irnos sin acceder a la petición de Abdil, después de despedirnos de Nadya y felicitarla por sus extraordinarias habilidades culinarias, nuestro amigo nos condujo hasta la parte baja de la casa y encendió las luces. Aquello nos pareció un museo, aunque en realidad era el negocio del joven matrimonio. Durante la comida nos habían contado que no habían logrado encontrar un trabajo acorde con sus estudios, así que se dedicaban a la venta de mercancías.
Después de echar una ojeada, Lucía y yo nos decidimos por comprar un ajedrez realizado en piedra y con las figuras de hueso. Pedro y María compraron una alfombra. Y después, nos despedimos de Abdil, que nos agradeció haber confiado en él para las compras. Nosotros le agradecimos su amabilidad y su hospitalidad.

Pasamos el resto de la tarde comprando y paseando tranquilamente. Y cuando terminamos decidimos alejarnos un poco del bazar y contemplar las calles y las casas del barrio. Nos llamó la atención el hecho de que el bazar estaba acotado. Cuando se salía de él y te alejabas un poco, siempre había una calle cuya entrada estaba atravesada por trancas de madera, al estilo de las que delimitan el encierro de San Fermín en Pamplona. Esto nos hizo recelar unos instantes, pero al final atravesamos una de las demarcaciones y nos sumergimos en un mundo que no era para turistas. Lo supimos porque la gente nos miraba con extrañeza y porque el paisaje urbano varió bruscamente. Las tiendas de artículos habían sido sustituidas por panaderías, charcuterías y carnicerías. Y mi compañero Pedro y yo, nos sorprendimos mutuamente observando los talleres de los artesanos que estaban a pie de calle. Nos interesaban especialmente los antiguos tornos alemanes que hacía años que ya no se veían en España. Y en esos momentos, ambos nos revelamos que habíamos estudiado ingeniería industrial. De ahí nuestro interés por las antiguas máquinas.
Cuando el cansancio se reflejó repentinamente en nuestras caras decidimos que era hora de regresar al hotel. Así que buscamos un taxi y me preparé para observar la ciudad bañada por la noche. Al cabo de diez minutos y cuando el taxista paró en un semáforo, un mercedes negro se puso en paralelo a nosotros. Preguntó al taxista por el destino del trayecto y después nos hizo la misma pregunta a nosotros. Era un hecho que se repetía de forma recurrente. La policía secreta comprobaba que las versiones coincidían y después se marchaban o te seguían para comprobar los hechos.

Antes mencioné que el tráfico en El Cairo era infernal pero siempre recordaré especialmente este trayecto. A Pedro no se le ocurrió otra cosa que decirle jocosamente al taxista que fuera más deprisa. Supongo que se lo dijo con ironía porque hasta entonces, parecía que íbamos a apagar un fuego. El taxista sonrió al escuchar la sugerencia y notamos un tirón que nos hizo estremecer. Yo iba situado a su lado y Lucía, María y Pedro en la parte de atrás. El enloquecido taxista iba esquivando a los coches y dando unos volantazos inverosímiles. Y yo iba dando unos botes en el asiento que propiciaron que en más de una ocasión mi cabeza se estrellara contra el techo. No sé que ocurría atrás pero sólo se oían gritos entremezclados con las risas del taxista. Llegamos al hotel en diez minutos. Lucía y yo nos fuimos a cenar pero ellos se retiraron a su habitación debido a una indisposición de María propiciada por el trayecto en taxi.

Después de la cena nos fuimos a dormir, estábamos muy cansados. Pero para nuestros amigos la noche no terminó ahí, según me relató Pedro al día siguiente en el desayuno. Resulta que ella se sintió peor en la habitación y se dio cuenta de que el alocado trayecto en taxi había servido entre otras cosas para que a María se le hubiera descolocado el DIU que llevaba implantado como medida anticonceptiva. Inmediatamente, Pedro llamó a recepción y pidió un médico. Al rato subió un hombre a la habitación, cuyas vestimentas sorprendieron un poco a la pareja, ya que más bien parecía un técnico de mantenimiento. No obstante pensaron que a lo mejor los médicos en Egipto vestían de esa manera. Así que María abrió las piernas y el hombre se quedó desconcertado. Por un lado, aquella occidental loca le estaba enseñando su sexo sin ningún pudor y por otro, su marido le hacía gestos ostensibles de que se acercara a contemplarlo desde más cerca. El egipcio, asustado, optó por salir corriendo. Pedro volvió a llamar a recepción y después de contar al recepcionista lo que había ocurrido, sólo pasaron unos minutos hasta que subió un médico y solucionó el problema.

La confusión había venido porque cuando Pedro llamó por primera vez al recepcionista le había dicho: ""I need a doctor"" pero el recepcionista había entendido que necesitaba un adaptador eléctrico (adaptor en inglés) y le había enviado a un electricista.
Mientras me contaba esto yo estaba desayunando solo con él, ya que las mujeres todavía dormían. Y no recuerdo otro desayuno tan dramático, ya que las carcajadas no me dejaban beber el café. Yo sólo pensaba en el electricista. ¿Qué debió pensar aquel pobre hombre de los españoles?

Aquel día nos regaló a Lucía y a mí un buen puñado de anécdotas que jamás olvidaremos. Nuestra luna de miel fue maravillosa y aquel día resultó ser especial.