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Nunca pasará el suficiente tiempo como para que yo olvide aquel día en El Cairo. Y lo digo porque nos ocurrieron muchas cosas, sobre todo anécdotas inesperadas. Habían transcurrido unos pocos días desde que me había casado con Lucía y habíamos decidido pasar la luna de miel en Egipto. Días en los que realizamos un crucero precioso por el Nilo visitando ciudades y pueblos hermosísimos, aunque eso sí, tomados por la policía y el ejército. Nos llevaron a ver muchos templos, incluso aquel en que hace ya bastantes años habían disparado contra turistas alemanes. Un guía me contó que él estuvo presente y al preguntarle que cómo reaccionaron los turistas la contestación me dejó helado. Me explicó que los desdichados alemanes se reían cuando los terroristas empezaron a dispararles. Al principio no comprendí, pero al cabo de unos minutos, después de reflexionar sobre el suceso, caí en la cuenta y concluí que a mí me podría haber pasado lo mismo. Estamos tan ciegos y tan cómodos en nuestra sociedad occidental, que no creemos ni por asomo que un hecho de tales características pueda ocurrir. Así que cuando ocurre, nuestra mente lo niega, no puede asumir la realidad que está aconteciendo en el momento. Pero volvamos a aquel día en El Cairo, el segundo
que pasábamos en la capital egipcia. Nuestro querido guía
nos había tratado el día anterior como a "ignorantes
turistas occidentales a los cuales sólo interesan las compras".
Digo esto porque nos habían llevado de excursión a la meseta
de Giza para visitar las pirámides. Mi decepción fue mayúscula
ya que una de mis ilusiones era visitar por dentro la pirámide
de Keops. Pues bien, nos llevaron a visitar la de Micerinos, la más
pequeña de las tres. Cuando interrogué a nuestro querido
guía al respecto, me dijo que íbamos a visitar Micerinos
porque todas las pirámides eran iguales. Hacer una afirmación
de tal magnitud descalifica automáticamente al sujeto que la hace,
que en este caso no era ignorante, sino vago. Bien sabía él
que llevarnos a Micerinos le acarreaba mucho menos trabajo que hacer una
visita a Keops, que tiene establecido un tope de personas por día
y un madrugón considerable para estar en la cola de los primeros. Al día siguiente madrugamos mucho, no queríamos que delante de nosotros hubiera más personas que el tope de lo permitido. Así que tomamos un taxi y en menos de media hora estábamos frente a las taquillas. Después de intentar sin ningún resultado comprar cinco entradas, preguntamos a los policías que impedían el paso al recinto. No se mostraron excesivamente amables, todo lo contrario. El caso es que interpretamos o, mejor dicho, quisimos interpretar que nos pedían que esperásemos porque todavía era demasiado pronto. Así que decidimos tomar un café y esperar que los acontecimientos se desarrollaran por sí mismos. -Esto no me huele nada bien -comentó Pedro mientras
encendía su cigarrillo. Tanto las mujeres como nosotros experimentábamos la ansiedad propia de la situación. Era el segundo intento que realizábamos y la mañana no había comenzado bien. Estuvimos en ese bar casi una hora observando por la ventanilla como los primeros rayos de sol empezaban a descender sobre la meseta de Giza. Y la ansiedad se transformó en una sensación de humillación cuando vimos la escena que se desarrolló fuera. Llegó un autobús que paró frente a las taquillas; el guía bajó rápidamente, compró las entradas correspondientes y fue repartiendo dinero entre los guardias, que abrieron el paso al autobús exhibiendo una colección de cínicas sonrisas. -¡Vamos, tenemos que salir inmediatamente! -comentó
Lucía con urgencia- Puede que si llega otro autocar de turistas
se cubra el cupo y nos quedemos fuera después de haber llegado
los primeros. Me acerqué decidido a la taquilla, con cara sonriente, pero después de hablar con el hombre que expedía las entradas, mi rostro se congeló. Después de acceder a hablar en inglés de mala gana pronunció las palabras fatídicas. -Sólo grrrrupos, siñor, sólo grrrrupos,
siñor. Pero la respuesta fue la misma, esta vez mucho más desairada. Así que agaché la cabeza y me acerqué hasta mis ansiosos acompañantes. -¿Qué te ha dicho? -me preguntó con urgencia María. Mi respuesta hizo que las mujeres se abalanzaran como un resorte hacia la taquilla. Pedro y yo nos mirábamos sin saber muy bien qué hacer mientras ellas discutían acaloradamente con el empleado. Era la última oportunidad. Si llegaba otro autocar era más que probable que nos tuviéramos que marchar de allí sin cumplir nuestro objetivo. Mientras mi compañero de viaje y yo mirábamos
la carretera de acceso vigilantes por si venía otro autobús,
la discusión se había elevado de tono. Pero las mujeres
ya no estaban en la taquilla. Estaban enfrentándose a los policías
que las miraban desde detrás de sus gafas de sol sin saber muy
bien qué hacer. No puedo decir que no sentí miedo. Yo sólo
veía a unos tíos muy fornidos con unas metralletas en las
manos que yo no había visto jamás, salvo en las películas.
Y lo que es más, ellos empezaban a ponerse tensos y a acercar sus
índices derechos a los gatillos de las armas. No sé de dónde
salió pero el caso es que en el tramo más álgido
de la discusión vimos acercarse a un egipcio impecablemente vestido
de traje y corbata. Lucía un poblado mostacho bajo su nariz y,
cómo no, las intimidantes gafas de sol de la policía cairota.
Ante su presencia, todos los agentes se cuadraron. Enseguida requirió
al oficial para que le relatara lo que estaba sucediendo con los molestos
y enfadados turistas. Creo que en ciertas situaciones no es imprescindible
saber idiomas para interpretar lo que está ocurriendo. La Gran Pirámide vista desde cerca no se parecía en nada a las fotografías y reportajes que yo había visto. Sólo se me ocurría una palabra para describir lo que estaba contemplando: imponente. Y tanto Lucía como nuestros compañeros debían estar pensando lo mismo; sus caras reflejaban perfectamente lo que yo estaba sintiendo. Una vez dentro, mis sospechas se confirmaron. Lo que estaba viendo no tenía nada que ver con lo que habíamos visto en los días anteriores. Y aún hoy, creo que ni yo ni nadie sabemos más al respecto. Créanme, la primera sensación que se tiene en el interior de la mayor de las pirámides, es que quienes la construyeron no son los mismos que construyeron los templos de los márgenes del Nilo. Porque no se parecen ni en apariencia ni en estilos arquitectónicos ni en nada. Después de esta primera sensación lo siguiente que se me vino a la cabeza fue el intentar adivinar la funcionalidad de los distintos elementos y habitáculos. De pie en una de las esquinas de la Cámara del Rey desistí, porque no fui capaz de encontrar una mínima lógica al asunto. Cuando descendíamos por la Gran Galería en dirección a la actual salida excavada por el Califa Abdullah al Mamun en el año 820 d.C., sentí vértigo. Y de repente, tuve una irracional ansiedad por salir de allí. No he experimentado una sensación igual en mi vida. Cuando salimos, ninguno de los cuatro dijimos nada, pero
todos pensamos en lo mismo. No podíamos marcharnos de allí
sin dar la vuelta a la pirámide para llevarnos impresa en nuestros
corazones la perspectiva del monumento desde sus cuatro costados. Y después
de una hora y de rechazar constantemente las ofertas de los camelleros
que ofrecían exóticos y emocionantes paseos en camello por
la explanada contigua a Keops, nos alejamos en silencio en presencia de
la enigmática mirada de la esfinge. La mañana había transcurrido con algunas sorpresas, pero el día no iba a terminar sin añadir unas cuantas más a nuestra especial recopilación. Yo creía que tendríamos dificultades en entendernos porque no sabía si los vendedores ambulantes iban a hablar en inglés. La idea se me quitó inmediatamente de la cabeza cuando nos vimos rodeados de niños que gritaban a todo pulmón: "¡Más barato que en el Pryca! ¡Más barato que en el Pryca!" Por alguna misteriosa razón todo el mundo parecía saber que éramos españoles y no dudaban en hablarnos en la lengua de Cervantes. Si no hubiera sido por los turbantes y las exóticas mercancías cualquiera hubiera creído estar en el madrileño rastro de La Latina. En Egipto no se puede salir a la calle con ideas preconcebidas porque al final, uno se ve metido en las situaciones más imprevisibles. Les dije antes que pensábamos comer en un restaurante, ¿verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Estábamos investigando el género de uno de los primeros puestos cuando un simpático cuarentón que se presentó como Abdil se convirtió sin nuestro permiso en nuestro consejero de compras. Según nos dijo, no debíamos comprar nada a los mercaderes callejeros pues sólo conseguiríamos que nos engañaran. Pasados unos minutos, le dijimos que debíamos irnos y que si él conocía algún buen restaurante en donde pudiéramos degustar algunos platos típicos. Su reacción fue insólita para nosotros, ya que nos miró como si estuviéramos locos. -Ustedes no pueden ir a un restaurante estando yo aquí -dijo con expresión de gravedad. Ninguno de nosotros entendimos realmente qué era lo que quería decirnos y para ser sincero, diré que empecé a pensar seriamente si no habríamos tenido la mala suerte de toparnos con un chalado. Estaba empezando a intentar vislumbrar la forma de sacárnoslo de encima cuando él continuó hablando-. Verán, yo no puedo dejar que unos amigos coman en un restaurante teniendo mi casa aquí al lado. Con sumo gusto les invito a que vengan a mi humilde hogar. Mi mujer no tardará nada en preparar alguno de los platos típicos a los que ustedes han aludido antes. Me sorprendió, más que la proposición que empecé a considerar sincera, su forma de expresarse. Era educado y sus modales parecían exquisitos y en lo que respectaba a su español, lo hablaba mucho mejor que muchos de los españoles que yo conocía. -No queremos molestar -dije, aunque me arrepentí
al momento al ver cómo se ofendió-. Al fin y al cabo, usted
no nos conoce y... La verdad es que todos nos miramos inquietos, desconfiados. Pero ante los argumentos de nuestro nuevo amigo Abdil nuestra desconfianza acabó derrumbándose como un castillo de naipes. El egipcio nos llevó a su casa, situada en uno de los callejones aledaños al bazar. Después de ascender los peldaños de un angosto y húmedo pasillo nos abrió la puerta una mujer guapísima. Era de tez blanca y ojos oscuros predominantes y profundos. Nos dedicó una sonrisa de inmediato y nos saludó después de que su marido nos hubo presentado cortésmente a todos. -Buenas tardes y bienvenidos a nuestro humilde hogar -dijo con una voz muy dulce y en perfecto español-. Mi nombre es Nadya y significa "la llamada por Dios". Entramos a la casa y Abdil nos condujo a un pequeño salón presidido por una mesa baja rodeada de cojines, en el centro. E inmediatamente después Nadya nos sirvió uno de los tés más exquisitos que yo había probado nunca. Después se excusó amablemente y nos dijo que iba a preparar la comida. La infusión sirvió de catalizador para que iniciáramos una animada conversación en la que Abdil nos explicó que había estudiado Filología Hispánica. En la facultad había conocido a Nadya y se habían casado porque se habían enamorado perdidamente uno del otro. La ilusión de ambos era ahorrar y viajar algún día a España. Por eso no perdían la ocasión de practicar el idioma entablando conversación con todos los turistas españoles que les hacían el honor de brindarles su amistad. Al cabo de aproximadamente una hora, Nadya volvió a aparecer y retiró rápidamente todos los accesorios de té. Y después nos sirvió "koshari", una especie de lentejas con arroz que estaban riquísimas. Después nos agasajaron con un "kebab" exquisito y de postre tomamos unos bollitos de varios sabores, a cual más delicioso. La comida finalizó con té y, si bien el anterior tenía un sabor a menta, éste dejaba un fresco regusto a hierbabuena. Deseábamos ver el bazar y pasar la tarde vagando
por las callejuelas colindantes, pero no queríamos parecer desagradecidos
diciéndole a Abdil que queríamos irnos. Al final fui yo
quien se lo dije intentando parecer lo menos impertinente posible. Y como no podíamos irnos sin acceder a la petición
de Abdil, después de despedirnos de Nadya y felicitarla por sus
extraordinarias habilidades culinarias, nuestro amigo nos condujo hasta
la parte baja de la casa y encendió las luces. Aquello nos pareció
un museo, aunque en realidad era el negocio del joven matrimonio. Durante
la comida nos habían contado que no habían logrado encontrar
un trabajo acorde con sus estudios, así que se dedicaban a la venta
de mercancías. Pasamos el resto de la tarde comprando y paseando tranquilamente.
Y cuando terminamos decidimos alejarnos un poco del bazar y contemplar
las calles y las casas del barrio. Nos llamó la atención
el hecho de que el bazar estaba acotado. Cuando se salía de él
y te alejabas un poco, siempre había una calle cuya entrada estaba
atravesada por trancas de madera, al estilo de las que delimitan el encierro
de San Fermín en Pamplona. Esto nos hizo recelar unos instantes,
pero al final atravesamos una de las demarcaciones y nos sumergimos en
un mundo que no era para turistas. Lo supimos porque la gente nos miraba
con extrañeza y porque el paisaje urbano varió bruscamente.
Las tiendas de artículos habían sido sustituidas por panaderías,
charcuterías y carnicerías. Y mi compañero Pedro
y yo, nos sorprendimos mutuamente observando los talleres de los artesanos
que estaban a pie de calle. Nos interesaban especialmente los antiguos
tornos alemanes que hacía años que ya no se veían
en España. Y en esos momentos, ambos nos revelamos que habíamos
estudiado ingeniería industrial. De ahí nuestro interés
por las antiguas máquinas. Antes mencioné que el tráfico en El Cairo era infernal pero siempre recordaré especialmente este trayecto. A Pedro no se le ocurrió otra cosa que decirle jocosamente al taxista que fuera más deprisa. Supongo que se lo dijo con ironía porque hasta entonces, parecía que íbamos a apagar un fuego. El taxista sonrió al escuchar la sugerencia y notamos un tirón que nos hizo estremecer. Yo iba situado a su lado y Lucía, María y Pedro en la parte de atrás. El enloquecido taxista iba esquivando a los coches y dando unos volantazos inverosímiles. Y yo iba dando unos botes en el asiento que propiciaron que en más de una ocasión mi cabeza se estrellara contra el techo. No sé que ocurría atrás pero sólo se oían gritos entremezclados con las risas del taxista. Llegamos al hotel en diez minutos. Lucía y yo nos fuimos a cenar pero ellos se retiraron a su habitación debido a una indisposición de María propiciada por el trayecto en taxi. Después de la cena nos fuimos a dormir, estábamos muy cansados. Pero para nuestros amigos la noche no terminó ahí, según me relató Pedro al día siguiente en el desayuno. Resulta que ella se sintió peor en la habitación y se dio cuenta de que el alocado trayecto en taxi había servido entre otras cosas para que a María se le hubiera descolocado el DIU que llevaba implantado como medida anticonceptiva. Inmediatamente, Pedro llamó a recepción y pidió un médico. Al rato subió un hombre a la habitación, cuyas vestimentas sorprendieron un poco a la pareja, ya que más bien parecía un técnico de mantenimiento. No obstante pensaron que a lo mejor los médicos en Egipto vestían de esa manera. Así que María abrió las piernas y el hombre se quedó desconcertado. Por un lado, aquella occidental loca le estaba enseñando su sexo sin ningún pudor y por otro, su marido le hacía gestos ostensibles de que se acercara a contemplarlo desde más cerca. El egipcio, asustado, optó por salir corriendo. Pedro volvió a llamar a recepción y después de contar al recepcionista lo que había ocurrido, sólo pasaron unos minutos hasta que subió un médico y solucionó el problema. La confusión había venido porque cuando
Pedro llamó por primera vez al recepcionista le había dicho:
""I need a doctor"" pero el recepcionista había
entendido que necesitaba un adaptador eléctrico (adaptor en inglés)
y le había enviado a un electricista. Aquel día nos regaló a Lucía y a
mí un buen puñado de anécdotas que jamás olvidaremos.
Nuestra luna de miel fue maravillosa y aquel día resultó
ser especial. |
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