Forastero
Autora: Pilar Galindo Salmerón (Escritora)
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Su caballo estaba más cuidado que él mismo, y se justificaba diciendo -sólo lo tengo a él, no más nos tenemos el uno al otro- Con el jamelgo casi siempre al paso había andado muchas millas, no había razón para correr, no tenía prisa, pero marchaba siempre hacia el sur parando en los mesones del camino para darle un descanso al jaco negro, manchado de blanco en la testuz, su único amigo. Él también necesitaba reponer fuerzas y echar una dormida, y a veces deseaba más que nada un poco de conversación. Pero esa inútil, algo desprendía su estampa, el bigote cansado, el traje negro, sobado por el tiempo, la mirada oscura, reconcentrada, que hacía que la gente se fuera retirando despacio, con disimulo, hasta que se veía encerrado en un círculo de soledad. Allí quedaba resignado, sin intentar hablar con nadie -forastero, soy forastero en todas partes.
Había veces, si la noche era clara o se lo pedía el cuerpo, que después de tomar su burrito con tequila caliente salía fuera, a ladrarle a la luna como hacen los perros sin amo, rasguñando aquella guitarra tan vieja como el caballo, llena de heridas que eran como tatuajes de tiempo. Arañaba las cuerdas con desgana primero y luego con todo el empeño de su nostalgia y su abandono.
Bajo el exorcismo de las notas revivía su rancho, su mujer y su perro. Allí no era forastero, allí era el dueño de un tesoro que otro descubrió e hizo suyo. La noche aquella, con la que aún tenía que arreglar cuentas, encontró muerto al perro, rotas las frazadas y vacío el lado de la mujer.
Mejor hubiera sido verla muerta como al perro, se hubiera quedado allí quieto, se habría echado a morir, él también.
Pero no pudo ser; ahora tenía que encontrarlos y vagar siempre como forastero por los lugares donde tal vez ellos tendrían que haber pasado. Sabía que los acabaría encontrando, pero no tenía prisa. Al recordar la larga trenza negra, el corpiño bordado, su olor y su calor, le estremecía tener que hacer aquello que mandaba su hombría.
Y aminoraba el paso, recordaba, cantaba a la luna.
La muerte siempre puede esperar.