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Cuando nos envuelve la niebla, los contornos
del mundo se difuminan, no hay aristas, las formas son borrosas e imprecisas.
Cuando el sol brilla en lo alto, nos sorprende ver la exactitud de los
límites, la dureza de las líneas. Es la hora de la realidad.
Hay vidas que transcurren entre jirones de bruma, se intuye, se teme,
tal vez
, están instaladas en la duda. Un día, de improviso,
sale el sol, arrincona la neblina y nos vemos tal y como somos. Es la
hora de la verdad.
Parte Meteorológico:
Cielos despejados. Hoy lucirá el sol en todo el ancho mundo.
Sobre la mesa del café, una cartulina amarilla
anuncia:
Té de Ceylan, té verde, té
rojo, con limón, con albahaca, con leche, con pastas, con licor.
Mi chocolate con churros queda muy lejos. Si me he adaptado en tantas
cosas, pasarse al té, era lo más leve.
Dijo que yo era su vida, que si me quedaba con él, lo haría
feliz. Pero no fue cierto. Miro su perfil duro, tallado a cincel, su ceño
fruncido, sus labios prietos, ajenos a la risa, sus ojos obstinados, cerrando
la entrada a cualquier ilusión.
Yo eché sobre mí la responsabilidad de hacerlo feliz. Me
esforcé en saber que quería. Y se lo fui dando todo. Y me
olvidé de mí. Pero no se aflojó su perfil de piedra,
sus ojos no se abrieron a la dulzura, no sonrió para mí.
¡Soy tan vulnerable!, mi felicidad depende de la suya y la suya,
es inasible. En cambio, él no tiene ese problema, nunca persiguió
mi felicidad.
Llega el camarero.
-Té con limón, para dos.
-No, para mí, chocolate con bollos, por favor.
He conseguido atraer su atención, - ¿vas a tomar chocolate?
-Sí, he decidido cambiar de vida y por algo hay que empezar.
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