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Esta Rita no es fría ni lejana como aquella adorable y altiva Rita a la que Lennon y McCartney quisieron invitar a té mientras ella les imponía una multa desde su severa y distante autoridad. O al menos no lo parece en las fotos que nos llamaron la atención sobre su existencia, en las que se muestra cálida y cercana tras ese encantador esbozo de sonrisa difuminado por un tenue visillo de tristeza. Conocíamos a esta mujer que ahora resulta ser Rita porque hace muchos años, demasiados ya, fue una referencia en el horizonte de nuestras jóvenes expectativas, cuando todavía creíamos tener un camino cuyo trazado perdimos un día sin darnos cuenta para desviarnos hacia parajes cada vez más recónditos por los que desde entonces andamos a salto de mata y con más pena que gloria, irremediablemente extraviados de toda posibilidad de alcanzar cualquier logro, abandonadas nuestras esperanzas a su suerte, habiendo olvidado incluso que un día las abrazamos como propias con entusiasmo y que luego no supimos hacerlas fructificar. Y de repente vuelve Rita con esa belleza contundente que ninguna cámara fotográfica es capaz de obviar, esa belleza inabarcable que nos impide apartar la vista de su contemplación, una belleza dolorosa por que es la misma que una vez iluminó nuestra mirada hacia el futuro dorado, y ahora nos alumbra un penoso panorama de fracaso desolador. Rita no es de este mundo, aunque seguramente obtiene de él cuanto desea, y ha venido a encarnar la fortuna de alguien que triunfó por que supo esperar los envites de la vida sin perder la compostura y los templó y los encarriló con destreza y firmeza en la línea de sus afanes, alguien que nosotros, inseguros y cobardes, nunca tuvimos ni siquiera ocasión de ser. En los dulces, lánguidos ojos de Rita nos reflejamos como una fruta vana, un empeño malogrado, el despojo de un proyecto frustrado cuya memoria, aunque se ha vuelto amarga, es lo único que nos consuela mientras nos abandonamos a la inercia de nuestra desdicha y abrazamos nuestra miseria acomodaticiamente. Rita fue siempre un fantasma: antes un espejismo alzado
como un hito en el amplio panorama, ahora un espectro que surge de las
sombras para mortificarnos en nuestra derrota y acuciar la decrepitud
contra nuestro maltrecho espíritu y, sin embargo, nos alegramos
de haber vuelto a verla y haber recordado con ella lo felices que quisimos
llegar a ser.
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