La caza
Autor: Ramón Cabrera Naveiras (Escritor)

 
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Primer Premio Carmen Ormaechea de relatos 2007 (Almadén, Ciudad Real)

-Como a conejos -había dicho el teniente, y al decirlo escupió en el suelo, con la punta de la bota aplastó rabioso el salivazo y respiró hondo, como el que va a cumplir un deber peligroso y dificil en el que hasta la propia vida está en juego.
Habían sido vistos, al parecer en una casa abandonada, cerca de Las Inviernas. Estaban acorralados por la nieve que, después de una pausa durante la madrugada del día de Navidad, no tardó en volver a caer con fuerza, tupida, en grandes copos, cubriendo campos y caminos, resquebrajando con su peso las ramas de los árboles y los viejos tejados y sumiendo a la Alcarria en un silencio blanco e inhóspito, en un sueño fúnebre en el que parecía imposible cualquier signo de vida.
Fue alrededor de las nueve de la mañana cuando la noticia llegó al puesto de Trillo. La tormenta arreciaba. Y fue entonces cuando el teniente, levantándose de un salto, exclamó:
-¡Por fin! -Para luego asegurar con altanería-: Les cazaremos como a conejos en su madriguera-. Y, extendiendo el brazo con el dedo índice estirado, simuló los disparos de un revólver mientras preguntaba-: ¿A usted le gusta cazar, cabo?
Cipriano, sentado en un banco, recogía las migas de pan del bocadillo de encima de la mesa con la mano derecha para depositarlas en la palma de la izquierda. Tenía la cabeza agachada y la vista muy pendiente en lo que hacía para que nada cayera al suelo. Al oir al teniente cerró ambos puños y durante unos segundos quedó en suspenso, meditando una respuesta apropiada a aquella pregunta de mala uva. Al girar la mirada hacia su superior sólo vió la caña de las botas, lustrosas e impecables, y por encima los pantalones, bien planchados hasta la altura de los faldones de la guerrera. Su voz dura, rasposa, le llegaba de arriba, de un lugar que no alcanzaba a ver desde la posición en la que mantenía la cabeza. Entonces alzó la vista y el rostro del teniente, pálido y tenso bajo la luz de la bombilla desnuda que pendía del techo, le pareció una máscara de cera en la que jugasen los reflejos rojizos de la estufa de leña situada en medio de la estancia. Aun así hacía frío. La nieve había cuajado en los cristales de las ventanas, y la puerta, abriéndose y cerrándose continuamente, dejaba entrar ráfagas de un viento húmedo y glacial. Todos, menos el teniente, cubrían sus cuerpos con los capotes de lana; algunos, además, se ayudaban para entrar en calor con un incesante movimiento de piernas o con su propio aliento sobre las puntas de los dedos. Era como si se encontrasen en un depósito de hielo.
-Nunca he cazado, mi teniente -sólo supo decir con desgana.
-Pues hoy tendrá ocasión de saber si le gusta. Un conejo y una coneja de tamaño natural. Y poco importa que los traigamos vivos o muertos. En cualquiera de los dos casos será nuestro regalo de Navidad-. Y los músculos de la cara del teniente se contrajeron en una risa sardónica y cruel.
Llevaban desde la tarde del día anterior aguardando novedades con tensa impaciencia. Durante la Nochebuena, sin embargo, se les permitió entretenerse con las cartas y los dados, echarse unos tragos de vino e, incluso, regalarse con unos pollos que les trajeron de la fonda. Pero sin dejar de estar al pie del cañón. Sabían muy bien que los fugitivos no podrían ir lejos, que con una tartana y una mula, nevando como nevaba y la mujer preñada y a punto de parir, sus posibilidades de escapar prácticamente eran nulas; que, en cualquier momento, les llegaría el aviso de que habían sido vistos y cercados.
-Aunque se trate de gitanos -insistió el teniente a lo largo de la noche-, los pillaremos. Los gitanos son como alimañas, muy astutos en la huida. Y más éstos, que son rojos. Pero yo los cazaré -afirmó, atribuyéndose de antemano todo el mérito de la operación.
El cabo Cipriano le dejaba hablar. A veces ni le escuchaba. Simulaba hacerlo mientras echaba un sueñecillo con un ojo abierto para despistar, pensaba en sus cosas o rumiaba acerca de la acostumbrada cretinez de los oficiales de academia. Porque el teniente era de la última hornada, presuntuoso como un gallo de corral. El cabo Cipriano opinaba que, pintándole el tricornio de encarnado, el teniente luciría la más hermosa de las crestas.
-A estos comunistas no hay que darles tregua -machacaba el teniente.
El cabo Cipriano sabía que no eran rojos. Gitanos sí, pero rojos no. Les conocía desde mucho tiempo atrás, desde que, antes de la guerra, hacía la ronda por la zona de La Puerta y Viana de Mondéjar. ¡La de veces que hicieron él y José pareja en el mus! Y María, siempre atenta, siempre tan servicial, le preparaba unas tostadas a la lumbre que luego untaba con manteca y azúcar; eso cuando no le servía una tortilla de harina, o unas gachas, o un morteruelo que era para chuparse los dedos. María era entrada en carnes, rolliza, de modales tranquilos y ojos de mora, muy oscuros; José, en cambio, con la tiesura elástica del mimbre, brincaba como un látigo ante la menor ofensa y su mirada se transformaba en dos amenazas que estremecían el ánimo. Pero era noble y leal y el cabo, medio en broma, le decía que su rostro, de perfil, debería sustituir el típico relieve de yelmo con penacho que en los escudos de tantas villas hacen de dichos ornamentos la esencia de su historia. Sin embargo, en ocasiones se veía en la obligación de advertirle:
-Tu mala leche te perderá. Eres un jodido gitano.
Habían llegado de algún lugar del sur a mediados de los treinta. Del Sacromonte, tal vez. José tocaba el acordeón en las ferias, apañaba los trastos cuando de uvas a peras llegaban la camioneta del cine o las tartanas del circo y hasta toreaba en las corridas del pueblo si a última hora el novillero de turno se cagaba en la taleguilla ante el espectáculo de unos cuernos como Dios manda. Pero era un gitano y, fuera de esto, vivía su vida sin mezclarse demasiado con la gente.
Con una cosas y otras hizo unos dinerillos que empleó en unos terrenos yermos que le vendió una viuda al borde de una torrentera. Por esos misterios del destino, una fuente cegada de la que nadie se acordaba brotó de la noche a la mañana y lo que había sido seco y estéril pasó a ser el mejor huerto del pueblo. Entonces el alcalde le dijo:
-Me gusta este terreno, José. Dime lo que pides por él.
-No vendo, Don Fabián. De ahí saco las lechugas, los tomates y las judías. Y en invierno mis buenas coliflores. Además ahora quiero plantar unos frutales.
-Pero a mí me gusta. No lo olvides.
Durante la guerra el alcalde vivió en Sevilla. Unos años después regresó sin haber olvidado aquel pedazo de tierra. Y le comunicó en otro tono:
-Te dije que me gustaba tu huerto, José. Te doy por él cuarenta duros.
-Sigo sin vender, Don Fabián. Los frutales ya dan frutas y en un rincón he puesto unas jaulas de conejos.
-Pues ahora te doy lo que te he dicho. Mañana no sé. Recuérdalo.
Aquellas palabras mosquearon a José, y así se lo confesó al cabo un día que se lo encontró por Trillo.
-Vende -le aconsejó el cabo-. Estos tiempos no son los de antes.
José no le hizo caso y continuó negándose al alcalde. A Don Fabián, que gustaba llevar camisa azul, correajes, pistola al cinto y botas de media caña, la tozudez del gitano le olía a afrenta personal.
-¿Olvidaste mi propuesta? -le recordó por última vez.
-No, Don Fabián, pero ese huerto lo preciso para mí.
-Te daba cuarenta duros.
-Con todos mis respetos, ni aunque fuesen dos mil.
El alcalde encendió un puro y a través del humo azulado obervó fijamente a José. Luego le soltó:
-¿Ves este puro tan hermoso? Pues me lo fumo y acaba en ceniza. En nada. Lo mismo hago con lo que se cruza en mi camino. A partir de este instante mi oferta se ha convertido en humo. Pero el terreno, José, será mío. Tenlo presente.
A continuación Don Fabián fue directo al bar del pueblo y, en voz alta, para que todos le oyeran, manifestó:
-Ese José, el gitano, es de poco fiar. Cuando su pedazo no era bueno ni para las cabras le ofrecí lo que no valía y hasta aceptó unos duros en prenda. El agua le ha hecho perder los memoriales y ahora se pasa el compromiso por los huevos. Y me digo, yo que soy hombre de palabra, que la paciencia tiene un límite. ¿No os parece? -El tabernero le sirvió una copa de anís, se encogió de hombros y calló, como callaron todos los presentes. El alcalde apuró la copa de un trago y antes de irse, añadió-: Así me gusta, que os parezca bien. José es un rojo resentido que no tiene cabida en este pueblo.
Le cerraron las puertas del bar, las de las casas, y la mala fama de José se extendió por la comarca.
-Te recomendé que vendieras, avestruz -le dijo el cabo Cipriano-. Ahora mi consejo es éste: coge tus bártulos y vuelve con tu mujer al lugar del que vinisteis. Yo ya veré si puedo sacarte algunas perras.
-¿Y mi honor, cabo, dónde lo dejo?
Para el cabo Cipriano no había más honor a guardar que el de la Gloriosa Benemérita. Con los otros, a su juicio, podía hacerse de más y de menos.
-Déjalo donde quieras pues ya no hay dios que lo recoja. Don Fabián te está pinchando, a ti te duele y él lleva un pistolón de no te menees. Mejor que no te compliques la vida porque yo, a partir de ahí, me lavo las manos.
Don Fabián no cesó de importunarle. Y cuando María, la mujer de José, quedó preñada, lo mejor que se le ocurrió fue poner en duda su paternidad:
-Esta gente ya se sabe. Folla igual que los animales, con lo primero que encuentra. El hijo de María tanto puede ser de un mulo como del loco aquel que meses atrás se escapó de la leprosería. ¿No estáis de acuerdo?
Desde ese instante no olvidó la pistola, bien cargada y a punto, ni para dormir. Estaba seguro de que aquel era el rejo que haría saltar a la fiera, de que con aquella puya, fatal y definitiva, la bestia malherida acabaría por embestirle y él, de un par de tiros certeros, le obligaría a morder el polvo a sus pies.
Cipriano también lo creía. Por eso, cuando la víspera de Navidad, a media mañana, en el puesto de Trillo recibieron la noticia de que Don Fabián se desangraba en un portal, no pudo evitar acordarse de todos los muertos de José.
-¡Gilipollas! -concluyó, dando un fuerte puñetazo sobre la mesa.
El gitano, sin duda, fue más rápido que las balas y con un cuchillo había atravesado de parte a parte, a la altura del pecho, el cuerpo del alcalde. Aún vivía cuando llegaron la Guardia Civil y el médico de Cifuentes. Don Fabián estaba tendido en el suelo, apretado contra la puerta de un establo sobre un montón de estiércol y nieve enrojecida por la sangre. Coceaba y daba unos alaridos que ponían los pelos de punta. Nadie le había ayudado hasta entonces, como si la pasividad fuese una muestra de respeto a la persona del edil. Entre el doctor y Cipriano intentaron moverle, alzarlo y conducirlo hasta la camioneta, pero al primer movimiento pareció partirse en dos y la cabeza y el tronco quedaron colgando por encima de los brazos del cabo como un saco vacío. Murió en segundos, con los ojos abiertos y unos espumarajos en la boca que para sí hubiese querido el más bravo de los toros.
Cipriano preguntó por José. Pero le dijeron que ya no estaba. Ni él ni María. Alguien les vió salir de estampida en la tartana, hacia el norte, posiblemente en dirección al Alto del Rey. Al día siguiente ya habían sido avistados no muy lejos de Siguenza.

-Como a conejos -reiteró el teniente al entrar en la cabina del camión que iba a transportarlos a Las Inviernas.
Eran alrededor de las once de la mañana del día de Navidad. Ya no hacía viento ni tampoco nevaba. La tormenta, sin embargo, seguía suspendida en el cielo como una inmensa losa de mármol gris a punto de desplomarse. Algunas nubes bajas celaban lo alto de los cerros, el lecho del río, las copas de los chopos desnudos, vagaban por la carretera igual que espectros en busca de sus tumbas. La temperatura había descendido considerablemente y Cipriano, el número Benítez y otros dos más, con los mosquetones sujetos entre las piernas, la cabezas gachas, envueltos en los capotes y sentados sobre unas mantas, temblaban de frío en la caja entoldada del camión en la que el aire se colaba a bocanadas.
Se detuvieron en Gárgoles. Alguien se acercó al vehículo y habló con el teniente, que bajó de la cabina, encendió un cigarrillo y observó las cuevas que perforaban la loma sobre la que el pueblo se erguía.
-¡Cabo! -gritó.
-Mande, mi teniente -respondió Cipriano, asomando la cabeza por detrás del toldo..
-La coneja ha parido. Crió allá arriba, en esa cueva de la derecha. Aún hay dos perros comiéndose la placenta.
Cipriano advirtó un deje de perversa satisfacción en las palabras del oficial.
-Por eso no han ido lejos -señaló el cabo. Luego murmuró para sí, preocupado-: Esa criatura ha venido al mundo antes de hora. Con este frío...
-¿Decía algo, mi cabo? -preguntó Benítez.
El cabo Cipriano no contestó.
Atravesaron Cifuentes. El castillo de Don Juan Manuel, en lo alto de la colina, destacaba con sus piedras grises contra el fondo blanco del paisaje. Una fogata encendida en un solar atrajo a unos niños que corrían por las calles. Cipriano les vio acercar sus manos a la hoguera, jugar saltando sobre ella, arrojarse bolas de nieve, disfrutar de la mañana navideña. La tristeza le encogió de repente el corazón. Contemplar la felicidad de aquellos muchachos había hecho crecer en su estómago una extraña sensación de vacío, casi de angustia. No quiso pensar en las causas, de sobras las conocía. Cerró los ojos e intentó dormir. No lo consiguió, y al rato resopló malhumorado.
A unos cinco kilómetros se desviaron a la derecha. Moranchel parecía un pueblo abandonado. O dormido en un sueño invernal y profundo que acechaban bandadas de cuervos silenciosos.
Cruzaron el Tajuña. Bajaba repleto, veloz, ansioso por recorrer su largo camino hasta el Tajo. Una pareja de jabalíes, posiblemente hambrientos, huyeron despavoridos al amparo de las carrascas. A partir de ahí, la carretera, convertida en pista forestal, se puso difícil, intransitable a trechos: la nieve, los baches que salpicaban el terreno, las rocas desprendidas, el hielo en ciertos lugares, obligaron al camión a detener su marcha.
-¡Mierda! -protestó el teniente. Había metido los pies en un charco y observaba enojado sus botas enfangadas. Tras un par de maldiciones, llamó a Cipriano-: ¿Cuánto falta para llegar a Las Inviernas? -preguntó.
-Unos ocho kilómetros, mi teniente. Con este terreno, algo más de dos horas a buen paso.
Desolado, el teniente miró hacia adelante.
-¿Pretende usted que vayamos caminando?
-Podemos limpiar el sendero. Pero nos llevará mas tiempo. Y nadie sabe si arriba será peor. Son las once y media pasadas. A pie llegaríamos alrededor de las tres. Aún lucirá el día.
-¿Sabe usted si los somatenes que vigilan son de confianza?
-No.
-¡Ah! ¡Todavía escaparán esos miserables!
-Lo dudo. Van en un carro tirado por una mula, la mujer debe de estar débil, el nacido es... pre... pre... ¿Cómo coño se dice? -se giró en busca de Benítez-: ¡Benítez!
-¿Prematuro? -insinuó el teniente.
-Eso, eso, mi teniente. No tendrá más de ocho meses, seguro. Lo pasará mal, el pobrecillo. Conozco a José y antes se entregará que poner en peligro la vida de los suyos...
El teniente, sin embargo, ya no le escuchaba. Plantado en medio del camino, con las piernas separadas, le daba la espalda. Cipriano vio cómo se ponía los guantes, se ajustaba el tricornio, se cubría el rostro con parte del faldón del capote y le hacía un gesto con la mano izquierda para que se acercara.
-A sus órdenes, mi teniente.
-Que cierren bien el camión. Seguimos a pie.
La marcha resultó penosa. Las piernas se hundían en la nieve y en el fango hasta más arriba de los tobillos; el aire frío y cortante de la sierra entumecía los músculos y las articulaciones; los obstáculos que había que sortear o retirar cada pocos metros, junto a lo empinado de la cuesta, convertían la caminata en una verdadera odisea. Para colmo, el oficial, en su obsesión por atrapar al gitano, en lugar de andar casi corría.
-Nos va a matar, mi cabo -protestó en voz baja Benítez-. ¿No descansaremos ni un minuto?
-Échale pelotas al asunto, joder, échale pelotas. El teniente busca otra muesca para la culata de su fusil, que es lo mismo que decir méritos para el ascenso. Que no sea a tu costa.
Alcanzaron, por fin, un bosquecillo de pinos bajos a partir del cual el terreno se extendía llano y liso hasta Las Inviernas. Lo peor había pasado y Cipriano propuso:
-Los hombres están fatigados, mi teniente. Tal vez...
-¿Tal vez, qué? -preguntó furioso -¿Sugiere usted que reposemos, cabo? ¡Si están cansados que canten! ¡Eso, que canten! ¡Cantar aligera el peso de las piernas!
Cantaron, cantaron mientras caminaban, uno detrás del otro. El teniente, en primera posición, no cesaba de mirar el cielo, intranquilo por la frágil y cenicienta claridad que se filtraba a través del denso manto de nubes. Temía que se hiciese de noche más pronto de lo previsto. Cipriano, detrás de él, no podía evitar pensar en su hijo. Al final, como tantas otras veces, los malos recuerdos vencían su resistencia. En esta ocasión por culpa de la nieve, la condenada nieve... En ella cayó su muchacho de un tiro que le entró por un ojo y le salió por el cogote, un tiro que no era para nadie, que no tenía que ser para nadie, de esos disparados al azar en los instantes de tregua, por pura diversión, y cuyo destino no es otro que hacer ruido y perderse sin alcanzar al enemigo. Le dieron por desaparecido en combate pero días después apareció su cuerpo sobre una mata de espinos de la que colgaban lágrimas de escarcha, hecho puro hielo, blancos sus cabellos, blancas sus cejas y pestañas, ovillado como cuando, aún un bebé, allá en su cuna de la casa cuartel de Paterna, Cipriano le cantaba nanas para acallar su llanto, y calmarle y mirar que se durmiera si la fiebre, los dientes, un simple catarro, importunaban su descanso. Él, el cabo Cipriano, tan duro en el servicio, podía ser en ocasiones más tierno y cariñoso que la propia madre. Para que cupiera en el féretro tuvieron que romperle las piernas, y fue suya la tortura de aquellos huesos al quebrarse, todo el sufrimiento y la angustia que su hijo ya muerto era incapaz de percibir. A menudo sentía aún ese dolor. Le asaltaba de improviso, con la insidia del adversario agazapado entre las sombras al acecho de la menor debilidad. Como ahora. Tal vez no fuese por la nieve, recapacitó, si no por los niños que vio jugando en Cifuentes... En las voces de los niños siempre creía distinguir la del suyo. ¿Cómo sería ahora, de vivir? En esos momentos de desánimo, más que nunca, las guardias, las rondas, los deberes del cargo y del servicio, el esfuerzo multiplicado le ayudaban a olvidar. Por eso, como si intentara dejar atrás esos recuerdos amargos, apretó el paso, alcanzó al teniente y le adelantó, y en breves instantes era ya sólo una figura lejana -verde oscura bajo el capote de invierno- que arrastraba tras de sí en un avance desenfrenado a toda la columna. Hasta el oficial, que ardía en deseos de conseguir un nuevo triunfo en su carrera, renegó por lo bajo al comprobar que era casi incapaz de seguirle.
Llegaron a Las Inviernas mucho antes de las tres.
Unos vecinos les condujeron hacia la casa abandonada, cuatro muros con un techo medio hundido en el fondo de un barranco. Dos somatenes, arrebujados en viejas mantas de lana, salieron a su encuentro. Uno de ellos se cubría la cabeza con una boina, y a ella llevó los dedos índice y medio de la mano derecha a guisa de saludo.
-¿Cuántos sois? -preguntó el teniente.
-Cuatro. Dos encima de las lomas y yo y éste aquí donde nos ve. Pero hay que andarse con cuidado, va armado. Robó una escopeta por el camino. Eso dio la pista de la ruta que seguían.
Sus palabras iban acompañadas de un vaho espeso y cálido, grisáceo, que el frío convertía al instante en lluvia diminuta.
-¿Qué posibilidades tiene la casa? ¿Se la puede atacar por varios lados?
-No, sólo por delante, donde hay una puerta y un ventanuco. La parte trasera es inaccesible. Tal vez si alguien se subiera al tejado bajando por ese sendero... Pero ignoramos si él o la mujer controlan ese acceso. Aunque...
-Es igual -le interrumpió con impaciencia el teniente-, si nos cubrís, entramos a saco.
-Con su venia, mi teniente -terció el cabo-. Me parece peligroso. Conozco a José y le aseguro que no le faltan agallas y buen ojo si advierte que vamos a por todas. Si es cierto que va armado, alguno de nosotros se quedará en la carrera. Que no es corta hasta ahí abajo.
-¿Insinúa que esperemos aquí a que se rinda? ¿Cree usted que la Guardia Civil no es capaz de sacar a tiros y puntapiés a esa rata?
-Es que, además, dentro hay un recién nacido -quiso recordarle Cipriano-. Con el follón quién sabe si...
-Entonces debería haber dicho dos ratas. Tres con la mujer -comentó, sarcástico, el teniente.
El cabo guardó silencio. Al cabo le parecía que, muchas veces, el proceder de un solo miembro podía cubrir de mierda a toda la Benemérita.
Se acercaron con cautela a la casa. A un par de cientos de metros se resguardaron, tendidos sobre la nieve, detrás de unos matorrales. La tarde declinaba con rapidez y las primeras sombras oscurecían ya los lugares mas profundos del barranco. El teniente observó la casa ayudándose de unos prismáticos.
-Como me suponía -dijo, al tiempo que guardaba los anteojos en su funda-, no tienen ninguna escapatoria. Pero me jode esperar a que se entreguen, igual que si nos dieran miedo esos rojos.
-Usted decide, teniente -El somatén de la boina tenía las manos amoratadas y se las frotaba entre sí para que la sangre circulase por sus venas mientras contemplaba de reojo, con cierta envidia, las del teniente, bien protegidas con unos guantes de piel-. No olvide, sin embargo, que la noche se echa encima y el fugitivo puede aprovecharla para mirar de escabullirse. La oscuridad es una ventaja para él y una dificultad añadida para nosotros.
-¿Con una zorra recién parida? -El teniente se sentó y comenzó a limpiarse la nieve adherida al capote y a las botas con un gesto de displicente fastidio-. A mi me parece, cabo, que ese tipo es menos listo de lo que usted supone. Uno con dos dedos de frente no se encierra en este hoyo del que ni Dios le va a ayudar a salir. Bien pensado, lo quiero vivo. A él, a José. La mujer y el hijo me importan un carajo. Pero ese gitano de mala madre ha de saber quién es el teniente Gálvez antes de probar la cárcel y el garrote... Le haré firmar la confesión con pinzas al rojo vivo.
Al cabo Cipriano un espeluzno le recorrió el espinazo, y no precisamente de frío. La amenaza del teniente iba en serio. Le conocía bien. Entonces le vinieron a la memoria las gachas comidas junto al fuego en casa de José y María, los sabrosos escabeches, las partidas de mus... El recién nacido... ¿Sería macho o hembra? "Si es de raza gitana, ¡qué importa que tenga almeja o chorizo!", canturreaba su futuro padre dándole a las palmas. Y él, Cipriano, se atusaba el bigote mientras rumiaba si pedirle o no que le dejara ser padrino en el bautizo. Y ahora, por un arrebato, todo perdido. ¡Mierda!
-... ¿qué opina usted, cabo?
La voz del teniente le sacó de su ensimismamiento con más virulencia que si hubiese recibido una bofetada en pleno rostro.
-¿Cómo? ¿Sí? ¿Decía, mi teniente? -balbució.
-Que cuál es su opinión.
-Si me permite, teniente, creo que deberíamos procurar, para evitar riesgos, que José se rindiese por las buenas antes de que anochezca. Para lo que no falta mucho.
-¿Parlamentar yo con un criminal?
-Si lo quiere vivo, es lo que más nos conviene. Con cualquier otra maniobra precipotada..., y perdone la expresión, existe el peligro de que... Ya sabe, mi teniente, las balas a veces van a parar a donde menos se piensa... -El recuerdo doloroso de su hijo le hizo temblar la voz. Pero se repuso y puntualizó-: Tanto las de él como las nuestras. Una vez esté todo oscuro...
-¡Hum! -dudó el teniente.
-Puedo hacerlo yo, con su venia. Sé de qué pie cojea y barrunto que conseguiré convencerle. Acabará rindiéndose para salvar a su familia. Se lo dije antes. Me apostaría con usted, mi teniente...
-¿Cómo dice?
-Quiero decir que me apuesto solo -rectificó azorado, intentando dar a sus últimas palabras un sentido diferente.
-Antes me pareció entender lo que no debía pero ahora ya no le comprendo, cabo.
-Apostarme, acercarme hasta la casa.
-Nos hace usted perder el tiempo con ese lenguaje tan extraño -le espetó el teniente, irritado, añadiendo de inmediato-: Déjeme pensar-. Se había puesto a cavilar una decisión con el mismo semblante concentrado del que sabe que en sus manos se encuentra el destino de la patria entera. Finalmente se levantó y con voz fuerte, para que no cupiese duda alguna de que, a la postre, era él quien organizaba y decidía, dijo al cabo Cipriano: -Hará usted lo que le ordeno: se aproximará usted al objetivo no más lejos de esa defensa rocosa de la izquierda; nosotros le protegeremos con fuego continuo y cerrado; desde su posición, calculo que a unos cincuenta metros de la casa, mostrará usted bandera blanca y conminará al fugitivo como máximo tres veces a que arroje su arma y a que él y su mujer avancen hacia lugar descubierto con las manos en alto, donde deberán tumbarse enseguida de bruces en el suelo. Si no obedecieran, mantendrá usted su situación a la espera de nuevas instrucciones. ¿Ha quedado todo claro, cabo?
Avanzó Cipriano gateando, en cuclillas, arrastrándose a menudo por encima de la nieve, en la que dejaba la muestra profunda y amplia de su voluminosa complexión, bien sujeto con su mano derecha el mosquetón de cuyo cañón colgaba el jirón de una vieja camisa blanca. Por encima silbaban las balas descargadas por sus compañeros, veloces e invisibles, temibles muchas hasta que el impacto las mostraba, inofensivas ya, como pequeñas explosiones contra los muros, vigas y tejados de la vivienda en la que José y María se ocultaban.
Renegaba Cipriano. Por el frío, por la humedad que empapaba su capote, por el esfuerzo y lo abrupto del terreno, por la inexperiencia de quienes le cubrían, algunos de cuyos disparos casi rozaban el charol de su tricornio, y por lo inoportuno del parto de la gitana.
Llegó a las rocas, se guareció tras ellas, alzó el mosquetón de modo que fuese bien visible el trapo que hacía de bandera y, haciendo bocina con las manos, gritó:
-¡Eh, eh! ¡José, José!
Había cesado el fuego y su voz se deslizaba sin obstáculos barranco abajo. Volvió a vocear:
-¡José, José!
Le respondió un escopetazo lanzado desde una de las ventanas. Los perdigones se estrellaron a pocos centímetros del lugar en el que se encontraba.
-¡Serás maricón! -protestó-. ¡Soy Cipriano, imbécil, soy Cipriano!
-¿Qué busca, cabo? ¡Aléjese si no quiere que le mate! ¿No se da cuenta de que ya no tengo amigos?
El cabo no veía a José, parapetado tras un muro medio derruido. Sólo creyó distinguir los cañones de la escopeta del gitano, negros y relucientes, asomando amenazadores.
-¡Hablar contigo es lo que busco!
-¡No me fío! ¡Es usted un guardia civil! ¿De parte de quién quiere usted hablar conmigo? ¿Qué me va a proponer si ya estoy condenado?
-¡No me seas tarugo, José! ¿Es que vamos a conversar a gritos? -Recordó las órdenes del teniente: conminarle a que se rindiera, a que entregara el arma, a que se acercara con las manos en el cogote. Y a que María hiciese lo mismo. Pero con un amigo no podían resolverse las diferencias a voces; con los amigos había que hablar cara a cara-. ¡Permite que me acerque! -le pidió.
-¿Hasta usted me quiere tender una trampa, cabo?
-¡Te doy mi palabra de que no! ¿Alguna vez te he engañado?
Se hizo el silencio, un silencio de cementerio amortajado por las sombras crecientes del crepúsculo. El cabo Cipriano no se atrevía a mirar hacia atrás, donde el teniente estaría vigilando el estricto cumplimiento de sus indicaciones. Al cabo Cipriano los nervios le consumían. Desconocía también cual iba a ser la reacción del gitano.
-¡Vale! -le oyó decir después de unos minutos que le parecieron eternos-. ¡Con el mosquetón al hombro! ¡Y sin triquiñuelas, eh!
Mientras recorría los pocos metros que le separaban de la casa escuchó de nuevo detrás de él las detonaciones de los fusiles, pero mucho antes, a dos dedos de su cabeza, ya había oído el silbo mortal de los proyectiles al rasgar el aire en su trayecto. El cabreo del teniente, al advertir la indisciplina, debía de ser de órdago. El cabo Cipriano, por lo tanto, ahora no sabía bien si los suyos continuaban protegiéndole con su maldita impericia o, por el contrario, no les animaba otra intención que la de convertirle en colador. Pero él no podía evitar hacer lo que hacía. A esa indisciplina le arrastraba su conciencia. Aun siendo el gitano un asesino delante de la ley, se decía entre dientes, era también un camarada, y nada ni nadie iba a impedir que intercambiara con él unas últimas palabras. La amistad es sagrada, no dejaba de repetirse.
Los últimos metros los salvó a la carrera, zigzagueando. Entró en la casa a trompicones por un boquete abierto en la pared, entre cuyas piedras descarnadas habían crecido espinos y hierbajos. Se dejó enganchado el capote en una rama reseca y retorcida.
-¡La madre que la parió! -gruñó. Encontró a faltar el mosquetón, que también colgaba de la rama.
-¡No se mueva, cabo!
José, enfrente suyo, le apuntaba con la escopeta. Apenas podía sostenerla. Le temblaban las piernas, vencidas por el cansancio o el miedo, y sus ojos apenas podían soportar el peso del sueño.
-¿Qué? -le desafió Cipriano-. ¿También quieres que levante los brazos? ¿O me bajo los pantalones y me das por detrás? ¿No ves que voy desarmado?
-No le deseo ningún daño, cabo, por la Virgen Santísima que no, pero ¿qué quiere usted de mí? ¿Que me entregue? No voy a hacerlo. Vengan todos, que aquí les espero -exclamó con desesperación-. Me defenderé hasta morir como un perro.
-Eres un majadero, José. No te largaste cuando aún estabas a tiempo y ahora la mierda te sale por las orejas. ¿Por qué mataste a Don Fabián, hombre de Dios?
-Por mi buen nombre, cabo, y el honor de mi familia. ¿Cuántas veces se lo he de decir?
-Pues mira por donde ahora tu nombre no vale un céntimo y tu vida mucho menos. Y no ha lugar a defenderla. El teniente te quiere vivo y vivo irás a parar a sus manos si no le pones remedio. Sólo tiene que esperar a que te caigas de fatiga para recogerte como una manzana podrida -De nuevo una sacudida eléctrica le bajó del cuello a la rabadilla. Le sublevaba la idea de entregarlo a las garras del teniente. Conocía sus métodos, la saña que empleaba en los interrogatorios, su crueldad refinada, las inacabables torturas, mucho peores que la muerte misma en el garrote o la horca. Pero, ¿qué podía hacer?-. ¿Y María, y el crío? -preguntó con ansiedad-. Corren un gran riesgo si plantas cara al teniente. Hay que mirar por ellos, José, es lo único que importa.
El rostro del gitano se contrajo en una mueca trágica y rompió a llorar..
-¡María ha muerto, cabo! -gimió. Y cayó de rodillas a los pies de Cipriano.
-¿Muerta? -El cabo se aproximó a José, le ayudó a levantarse, y nuevamente, como en Cifuentes o durante la larga marcha hasta Las Inviernas, le agobió el desánimo, la certeza de que la vida demasiadas veces carecía de sentido.
-Murió en el camino, como una cordera, calladita. Se le quedó el cuerpo frío, cabo, de tanto darle su propia calentura a nuestro hijo. Yo la llamaba, ¿sabe?, pero ella ya no estaba aquí, se había ido aunque sus ojos continuaran abiertos y sus labios mismamente parecieran querer decirme algo. La enterré, cabo, junto al río -Extendió las manos-. Con estos dedos y estas uñas cavé una tumba muy honda para que no se la comieran las bestias. Me hubiese pegado un tiro enseguida, cabo, pero, ¿y el niño?, ¿qué iba a hacer con el niño? Tampoco podía seguir hasta el norte con él, y aquí me quedé.
-¿Es un niño? -preguntó Cipriano.
-Le pusimos Manuel, cabo, es un nombre bonito.
No había alegría en las palabras de José. Mas bien tristeza por algo de lo que no iba a disfrutar.
-¿Dónde está?
-Duerme. Véalo usted.
José condujo a Cipriano hacia un rincón de la casa. Entre la paja, tranquilo, abrigado con mantas y pieles, dormía Manuel. Era chiquito y en su cara, congestionada, arrugada, se evidenciaban todavía los padecimientos del parto, las huellas de su existencia anterior en el vientre de la madre.
-Mi hijo también se llamaba Manuel - musitó el cabo, emocionado, acercando su rostro al del recién nacido. Y de pronto, delante de aquella criatura indefensa, le pareció que sí, que en este mundo las oportunidades nunca se acababan y que valía la pena luchar por ellas.
-¡Pues por eso, por eso le puse el nombre!
-Casi nunca he hablado con nadie de él. ¿Cómo ibas a saberlo? ¿O es que miras de enternecerme?
-¡Por Cristo que lo sabía! ¡Ayúdeme, cabo, y me escapo y me llevo al chaval conmigo! ¿Qué será de él sin su madre, que será de él si falto yo?
El cabo Cipriano se había situado junto al único ventanuco que daba al exterior.
-Están avanzando -observó-. El teniente viene para acá. He visto unas sombras esconderse. Y se estará preguntando que coño hago aquí escondido.
-Es casi de noche, cabo. Si usted quisiera... ¡Por el crío, cabo, por el crío! -imploró José.
-Ahora me iría bien un cigarrillo... -dijo por lo bajo. Y enseguida-: ¿Cómo se te ocurre pensar una cosa así? Yo no puedo sacarte del lío en el que tu mala cabeza te ha metido. Aunque Don Fabián fuese un hijoputa de aquí te espero. Al menos de la manera que me pides. La ley es la ley, José, y yo estoy donde estoy para ayudar a cumplirla. Aunque no siempre sea justa.... -murmuró para sí.
El gitano contempló a su hijo. Luego lo cogió en sus brazos y lo mostró al cabo.
-Entonces mejor sería que hubiese nacido muerto.
Cipriano se alarmó. No dudaba de que, de vivir María, José se le habría entregado en aquel mismo instante. El niño quedaría al cuidado de la madre. La pérdida de su mujer, sin embargo, le tenía desconcertado. Y había dispuesto de muchas horas para pensar barbaridades. Como la que acababa de soltar
-¿Cuál va a ser el futuro de mi hijo sin mí, sin María? -preguntó-. Sin embargo, nunca es tarde para morir -añadió desolado, mientras depositaba de nuevo al niño en la paja y lo abrigaba con las mantas y las pieles.
-Escúchame bien, escúchame bien -le dijo Cipriano-. No cometas más locuras. Siempre quise ser el padrino de ese niño. A partir de ahora cuidaré de él, José, estáte tranquilo. Palabra de guardia civil.
José fijó sus ojos en el cabo. Sabía que podía confiar en él. Aun así...
-¿Lo haría, cabo?
No era del todo una pregunta. Sólo la necesidad de apartar de su mente la última sombra de recelo.
-Palabra de Cipriano -y le tendió la mano.
José suspiró, agradecido, y la estrechó con fuerza entre las suyas
-Esa me vale más -reconoció.
-En cuanto a ti...
-Moriré luchando. ¿Qué otra alternativa tengo? Llévese al niño y deje que defienda cara mi vida.
-No me hagas esa faena. Yo deberé estar con ellos y no querría que una bala mía acabara contigo. Y tú no has de matar más. Nadie de nosotros -dijo, señalando hacia el exterior de la casa-, tiene la culpa de lo que sucede.
-¿Qué quiere que haga, entonces?
-Te seré sincero. Es mal asunto entregarte. El teniente no se anda con chiquitas y no es momento ahora de contarte lo que hará contigo aquí, allá, o en el lugar que le salga de los huevos cuando te tenga agarrado. Imagínatelo un poco y se te pondrán los pelos de punta. Quiero decir que acabarás afirmando que es blanco lo que a todas luces es negro si él se lo propone. Y total para nada. Porque luego vendrán la cárcel, el juicio y el garrote. Lo demás son cuentos chinos. Ten cojones, pégate un tiro en la boca y acaba de una vez. Favor por favor, ¿de acuerdo? -Cipriano tuvo que dominarse para que los ojos no se le anegaran de lágrimas-. Te dejo solo, José. Piensa y decide. Pero decide pronto, que el tiempo se acaba.
No añadió nada más. Se mordió el labio inferior, para reprimir la conmoción que a punto estaba de desbordarse por cada uno de sus poros, y despacio, sin volverse, sin dirigir una sola mirada al gitano, desapareció tras el boquete por el que había entrado en la casa. Recogió el mosquetón y esperó apoyado en el muro, oculto tras los espinos. Apenas se veía algo. El frío era intenso. Rumor de voces, de órdenes dictadas a la sorda, le llegaban nítidas a través del helado silencio del anochecer. Contó hasta cien. Volvió a contar. No oía ningún disparo. Regresó al interior y vio, de espaldas, la patética figura del gitano volcada hacia la escopeta. La sujetaba con las dos manos y había introducido la punta de los cañones dentro de su boca. Seguramente había estado así todo el rato. El cabo reconoció que no era fácil suicidarse. Tal vez José hubiese podido hacerlo al morir María. En aquel instante la misma desesperación le habría dado valor para apretar el gatillo contra sí mismo. Pero ahora, pese a las apariencias, era un ser débil sin valor para nada.
-José...
El gitano se volvió, arrastrando los pies, encogido sobre el arma con la que seguía apuntándose. Tenía los ojos cerrados, estaba lívido y una mancha húmeda destacaba en la bragueta y en las perneras de sus pantalones: se había orinado.
-Me faltan cojones, cabo -Su voz era un quejido. Los brazos le colgaban inertes a lo largo del cuerpo y la escopeta temblaba en su mano derecha-. Ayúdeme usted... -imploró.
-No, no, José, yo no haré eso. No me lo pidas. Por lo que más quieras, no insistas.
Fue como un relámpago lo que de pronto vio Cipriano en las pupilas del gitano. Apenas le dio tiempo a dejar caer de sus manos las esposas con las que iba a maniatarle y a cargar el mosquetón. En esos escasos segundos ya había disparado José el primer cartucho. El cabo no sabía bien si estaba herido. Todavía no sentía nada. El dolor siempre llega unos momentos después. En cualquier caso seguía de pie, anonadado. Pero el gitano daba la impresión de estar dispuesto a vaciar el segundo de los cañones. Entonces, en un instintivo movimiento de defensa, Cipriano apretó el gatillo de su mosquetón. Todo estaba ocurriendo en brevísimos instantes. Ni siquiera apuntó, pero la bala acertó a José en la frente que saltó hacia atrás, como empujado bruscamente. Con el cuerpo en el aire se dobló de pronto, cayó tambaleándose y de cara, ya muerto, se desplomó sobre el suelo.
El cabo permaneció donde estaba, sin moverse, perplejo, incapaz de entender lo que había sucedido. Se palpó el cuerpo y no experimentó molestia alguna. Entonces oyó la llamada del teniente apercibiéndole desde algún lugar cercano a la casa a que se dejase ver y le informara. Cipriano se acercó al gitano y comprobó que estaba muerto. Recogió la escopeta de entre sus piernas y la abrió para extraer los cartuchos. Sólo había uno, que todavía humeaba. El otro cañón estaba vacío. Al levantar la vista descubrió el impacto de los perdigones en la pared. José había disparado a la derecha de donde él estaba momentos antes, muy a la derecha... Demasiado a la derecha para que pudiera darle... Y si no había un segundo cartucho... El cabo entendió. Se inclinó sobre él para cerrarle los ojos.
-Que Dios me perdone, buen amigo... Y tú también.
. Arrodillado, se santiguó y rezó un padrenuestro. Luego, rodeando el cadáver con respeto, salió al exterior. Ya era de noche. El teniente y los otros hombres surgieron de improviso de la oscuridad.
-Aguardo sus explicaciones, cabo.
La voz del teniente no destilaba sentimiento alguno. Era la voz del que manda por mandar, neutra, dura, metálica como la del percutor en las armas de fuego. Al cabo Cipriano, el teniente, fatuo producto de academia, le daba asco y pena al mismo tiempo.
-Creí que se rendía, mi teniente -contestó-, y a punto estuvo de afanárseme, el muy macho. De milagro el fiambre no soy yo.
Sintió entonces un ligero dolor en la mejilla derecha. Se tocó la cara y sus dedos se mancharon de sangre. Un perdigón -uno de esos cuyo destino es perderse en el vacío, recordó- le había rozado ligeramente.
-Le preguntaba las razones por las que no cumplió mis órdenes a rajatabla. Lo quería vivo, cabo, vivo para mí.
Se escuchó el llanto de un bebé. Cipriano se inquietó. Y dijo al teniente:
-De fijo no lo sé, mi teniente. Quién sabe si para hacer la ley mas llevadera. Pero ahora, puede estar usted seguro, no tengo otras razones que esas que está usted escuchando.
El cabo saludó al oficial, dio media vuelta y entró en la casa. Recogió al niño con cuidado y, arropándolo con su capote, se sentó sobre unas piedras con él en el regazo. Intentó acunarlo mientras rumiaba que tal vez tuviese hambre.
"Deberé acercarme a Las Inviernas a por algo de leche, eso lo primero" se dijo. Y bajo su bigote, bajo la nieve que volvía a caer, se le escapó una tierna sonrisa.