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Yo soy escritor. Nadie lo sabe todavía
porque mi obra no ha llegado al gran público, ni tampoco al público
a secas, duerme aún en los cajones de mi escritorio, esperando
su oportunidad. Pero si de algo estoy seguro es de que algún día
veré mis libros en los escaparates de las librerías. No
me importa esperar. Es sólo cuestión de tiempo.
La cocina de mi apartamento tiene una ventana que da a un minúsculo
parque, allí malviven unos pocos árboles y sobreviven dos
bancos. Bien, pues a esa ventana precisamente estoy aplicando mis cualidades
de cuentista.
Me levanto temprano y contemplando ese paisaje preparo el café
con tostadas, desayuno y me lavo los dientes. Esto lo hago para no perderme
el juego de los rayos del sol saliente en las copas de los eucaliptos.
Cada mañana pienso y repienso en cómo podría describir
este momento sublime en que el sol dora la arboleda, pero por más
que me exprimo el caletre no se me ocurren más que lugares comunes,
frases mil veces repetidas por todos cuantos cogieron una pluma, o un
bolígrafo, antes que yo
Además, dura tan poco el esplendor de mi parque, lo abandona tan
pronto la luz que lo embellece, que casi no merece la pena contarlo. La
pura realidad es que la mitad de las ramas están secas y las hojas
tienen polvo de meses, porque ya ni que acuerdo de cuando llovió
la última ¡Llueve tan poco aquí!
Esto sería labor para un pintor o para un fotógrafo, alguien
que captara ese instante en que los bancos, sobre un suelo alfombrado
de hojas secas, se ven rodeados de ramas verdes y ocres que, tamizadas
por la luz, parecen rendir pleitesía a los humildes asientos. Pero
claro, yo con estos mimbres debería contar una historia, para eso
soy escritor.
Y puedo hacerlo porque cada día bajo esa ventana transcurren dos
vidas, (o un trozo de ellas), que no son más que dos soledades
que se cruzan sin rozarse.
Primero llega ella, tiene aspecto de ejecutivo de alto rango, estirada,
con clase, desde aquí no puedo verle la cara pero las piernas y
el culo, un poco escurrido de más, me lanzan mensajes favorables.
Lleva tras de sí un perrito peludo que la hace detenerse a cada
paso para oler no sé que rastros. Pero ella tira de la correa sin
miramiento, a veces deja al animalito a medio echar su meada y lo arrastra
a tres patas; en verdad no parece importarle un ardite del perro, lo saca
a dar su obligado paseo para que no le ensucie el piso, nada más.
En cuanto llega al banco con el que los eucaliptos parecen jugar al corro,
suelta la correa y deja libre al animal, luego abre el periódico
sobre sus rodillas y lo hojea.
No me queda más remedio que dejar mi observatorio porque algo cálido
me resbala por la barbilla, y es que hace mucho que me cepillo los dientes
tengo
que ir al servicio.
Cuando regreso a mi mirador ya ha llegado el viejo; como todas las mañanas
se sienta en el otro banco, saca un cigarrillo y lo prende con la colilla
del que aún lleva en los labios, lo hace con movimientos nerviosos,
apresurados, creo que es un pobre anciano al que han prohibido fumar,
seguro que su mujer le escondió el tabaco y el mechero y le registra
la ropa al volver a casa. Fuma con el ansia del trasgresor. En cuanto
el perro huele al hombre se le acerca dando cabriolas, él lo acaricia
entre las orejas, le rasca la barriga, le habla con cariño. Ni
una sola mirada le dirige la señora, que sigue leyendo el periódico.
Me pregunto para qué se hizo con el perrillo, seguro que está
sola y lo utiliza como excusa para salir a pasear. O tal vez es de sus
hijos, que habrán ido de vacaciones con el padre. Porque si no
es soltera, está separada, la soledad se huele a distancia; y también
la de él, pero al menos le da cobijo al animal, se abre a algo.
Ella parece de madera, un maniquí perfecto, tan seca, tan distante
de todo lo que no sea el bolso y el periódico. El viejo me recuerda
a los payasos de los circos, que siempre me dieron pena y no risa, quizás
por la chaqueta demasiado grande o por los zapatos desastrados, o por
el aíre torpe con que se mueve.
Cada mañana, mientras desayuno y me lavo los dientes, los miro
moverse bajo mi ventana y siempre espero que algo cambie; él podría
hablar del perro, preguntarle los años que tiene, como se llama
ella
podría ofrecerle el periódico, que siempre deja en la papelera.
Pero las soledades son paralelas, pueden prolongarse hasta el infinito
sin encontrarse. Así que la señora, igual que ayer y anteayer,
llama al perro, le pone la correa, tira la prensa y se marcha a buen paso.
Entrará a trabajar a las ocho y aún tiene que dejar en casa
al animal.
Yo me quedo esperando cada día a que se rompa la norma, porque
no se puede escribir un relato tan lineal, en el que no pasa nada. El
movimiento siguiente es que el viejo, apenas la mujer vuelve la espalda,
agarra el periódico de la papelera y se pone a leerlo ansiosamente.
Qué más voy a ver: un pobre anciano que no tiene ni pasta
comprar la prensa y al que no dejan fumar en su casa. Tampoco puedo dar
fe de lo que sigue porque yo también tengo que irme a trabajar,
entro a las ocho.
He pensado escribir un ensayo sobre la incomunicación de la gente
de las ciudades, acerca de lo solo que puede uno sentirse rodeado de gente.
Ya sé que es un tema algo manido, pero las aventuras de los bancos
de mi arboleda y sus visitantes no dan para más. Antes de dar por
cegada esta fuente de inspiración y sólo por satisfacer
mi curiosidad, he pensado bajar mañana algo más temprano
que de costumbre para verles la cara a mis frustrados protagonistas.
Así, hoy, a las siete y media ya ando zascandileando por el parque,
atándome una cordonera suelta y examinado con interés una
flor de cactus que me sale al paso; logró ver el perfil aguileño
de la mujer, su porte altivo y nervioso y cuando me cruzo con el viejo
que acaba de rescatar el periódico, alguien me atropella en su
carrera de modo que, derribado sobre el banco de marras, veo como dos
policías sujetan al hombre que no es tan anciano y otro corre desalado
tras de la mujer que le saca bastante ventaja.
Debo tener la boca abierta hace rato porque algo cálido, que no
es pasta de dientes, me resbala por la barbilla. La cierro de inmediato.
A dos pasos de mí y en dirección al furgón que los
espera en marcha, pasan esposados los actores de mi presunta obra, los
que no eran capaces de cruzar sus soledades, pero que sí se intercambiaban
cada día cocaína y dinero, dinero y cocaína, hábilmente
camuflada en los periódicos que ella dejaba y él recogía
de las papeleras de este mi inocente parque.
El desenlace lo leí al día siguiente en la prensa. También
me enteré leyendo los detalles del caso, que el perrillo pertenecía
al hombre disfrazado de anciano, que se lo dejaba pasear a la dama para
proporcionarle la razón de estar en la arboleda a tan tempranas
horas. Si no he sabido sacar esta sencilla conclusión después
de observar tantos días la aptitud del animal, es que se me pasa
por alto lo más obvio. Menos mal que nunca pensé ser detective.
Pero, ¿no les parece que haber sabido transformar la realidad,
tan patética, en una dulce remembranza de soledades, demuestra
que tengo mucho cuento?
Ya lo dije al principio. Soy escritor.
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