Imagina
Autora: Pilar Galindo Salmerón (Escritora)
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Yo soy escritor. Nadie lo sabe todavía porque mi obra no ha llegado al gran público, ni tampoco al público a secas, duerme aún en los cajones de mi escritorio, esperando su oportunidad. Pero si de algo estoy seguro es de que algún día veré mis libros en los escaparates de las librerías. No me importa esperar. Es sólo cuestión de tiempo.
La cocina de mi apartamento tiene una ventana que da a un minúsculo parque, allí malviven unos pocos árboles y sobreviven dos bancos. Bien, pues a esa ventana precisamente estoy aplicando mis cualidades de cuentista.
Me levanto temprano y contemplando ese paisaje preparo el café con tostadas, desayuno y me lavo los dientes. Esto lo hago para no perderme el juego de los rayos del sol saliente en las copas de los eucaliptos. Cada mañana pienso y repienso en cómo podría describir este momento sublime en que el sol dora la arboleda, pero por más que me exprimo el caletre no se me ocurren más que lugares comunes, frases mil veces repetidas por todos cuantos cogieron una pluma, o un bolígrafo, antes que yo
Además, dura tan poco el esplendor de mi parque, lo abandona tan pronto la luz que lo embellece, que casi no merece la pena contarlo. La pura realidad es que la mitad de las ramas están secas y las hojas tienen polvo de meses, porque ya ni que acuerdo de cuando llovió la última ¡Llueve tan poco aquí!
Esto sería labor para un pintor o para un fotógrafo, alguien que captara ese instante en que los bancos, sobre un suelo alfombrado de hojas secas, se ven rodeados de ramas verdes y ocres que, tamizadas por la luz, parecen rendir pleitesía a los humildes asientos. Pero claro, yo con estos mimbres debería contar una historia, para eso soy escritor.
Y puedo hacerlo porque cada día bajo esa ventana transcurren dos vidas, (o un trozo de ellas), que no son más que dos soledades que se cruzan sin rozarse.
Primero llega ella, tiene aspecto de ejecutivo de alto rango, estirada, con clase, desde aquí no puedo verle la cara pero las piernas y el culo, un poco escurrido de más, me lanzan mensajes favorables. Lleva tras de sí un perrito peludo que la hace detenerse a cada paso para oler no sé que rastros. Pero ella tira de la correa sin miramiento, a veces deja al animalito a medio echar su meada y lo arrastra a tres patas; en verdad no parece importarle un ardite del perro, lo saca a dar su obligado paseo para que no le ensucie el piso, nada más. En cuanto llega al banco con el que los eucaliptos parecen jugar al corro, suelta la correa y deja libre al animal, luego abre el periódico sobre sus rodillas y lo hojea.
No me queda más remedio que dejar mi observatorio porque algo cálido me resbala por la barbilla, y es que hace mucho que me cepillo los dientes…tengo que ir al servicio.
Cuando regreso a mi mirador ya ha llegado el viejo; como todas las mañanas se sienta en el otro banco, saca un cigarrillo y lo prende con la colilla del que aún lleva en los labios, lo hace con movimientos nerviosos, apresurados, creo que es un pobre anciano al que han prohibido fumar, seguro que su mujer le escondió el tabaco y el mechero y le registra la ropa al volver a casa. Fuma con el ansia del trasgresor. En cuanto el perro huele al hombre se le acerca dando cabriolas, él lo acaricia entre las orejas, le rasca la barriga, le habla con cariño. Ni una sola mirada le dirige la señora, que sigue leyendo el periódico. Me pregunto para qué se hizo con el perrillo, seguro que está sola y lo utiliza como excusa para salir a pasear. O tal vez es de sus hijos, que habrán ido de vacaciones con el padre. Porque si no es soltera, está separada, la soledad se huele a distancia; y también la de él, pero al menos le da cobijo al animal, se abre a algo. Ella parece de madera, un maniquí perfecto, tan seca, tan distante de todo lo que no sea el bolso y el periódico. El viejo me recuerda a los payasos de los circos, que siempre me dieron pena y no risa, quizás por la chaqueta demasiado grande o por los zapatos desastrados, o por el aíre torpe con que se mueve.
Cada mañana, mientras desayuno y me lavo los dientes, los miro moverse bajo mi ventana y siempre espero que algo cambie; él podría hablar del perro, preguntarle los años que tiene, como se llama…ella podría ofrecerle el periódico, que siempre deja en la papelera. Pero las soledades son paralelas, pueden prolongarse hasta el infinito sin encontrarse. Así que la señora, igual que ayer y anteayer, llama al perro, le pone la correa, tira la prensa y se marcha a buen paso. Entrará a trabajar a las ocho y aún tiene que dejar en casa al animal.
Yo me quedo esperando cada día a que se rompa la norma, porque no se puede escribir un relato tan lineal, en el que no pasa nada. El movimiento siguiente es que el viejo, apenas la mujer vuelve la espalda, agarra el periódico de la papelera y se pone a leerlo ansiosamente. Qué más voy a ver: un pobre anciano que no tiene ni pasta comprar la prensa y al que no dejan fumar en su casa. Tampoco puedo dar fe de lo que sigue porque yo también tengo que irme a trabajar, entro a las ocho.
He pensado escribir un ensayo sobre la incomunicación de la gente de las ciudades, acerca de lo solo que puede uno sentirse rodeado de gente. Ya sé que es un tema algo manido, pero las aventuras de los bancos de mi arboleda y sus visitantes no dan para más. Antes de dar por cegada esta fuente de inspiración y sólo por satisfacer mi curiosidad, he pensado bajar mañana algo más temprano que de costumbre para verles la cara a mis frustrados protagonistas.
Así, hoy, a las siete y media ya ando zascandileando por el parque, atándome una cordonera suelta y examinado con interés una flor de cactus que me sale al paso; logró ver el perfil aguileño de la mujer, su porte altivo y nervioso y cuando me cruzo con el viejo que acaba de rescatar el periódico, alguien me atropella en su carrera de modo que, derribado sobre el banco de marras, veo como dos policías sujetan al hombre que no es tan anciano y otro corre desalado tras de la mujer que le saca bastante ventaja.
Debo tener la boca abierta hace rato porque algo cálido, que no es pasta de dientes, me resbala por la barbilla. La cierro de inmediato. A dos pasos de mí y en dirección al furgón que los espera en marcha, pasan esposados los actores de mi presunta obra, los que no eran capaces de cruzar sus soledades, pero que sí se intercambiaban cada día cocaína y dinero, dinero y cocaína, hábilmente camuflada en los periódicos que ella dejaba y él recogía de las papeleras de este mi inocente parque.
El desenlace lo leí al día siguiente en la prensa. También me enteré leyendo los detalles del caso, que el perrillo pertenecía al hombre disfrazado de anciano, que se lo dejaba pasear a la dama para proporcionarle la razón de estar en la arboleda a tan tempranas horas. Si no he sabido sacar esta sencilla conclusión después de observar tantos días la aptitud del animal, es que se me pasa por alto lo más obvio. Menos mal que nunca pensé ser detective.
Pero, ¿no les parece que haber sabido transformar la realidad, tan patética, en una dulce remembranza de soledades, demuestra que tengo mucho cuento?
Ya lo dije al principio. Soy escritor.