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Tenía que matarlo. Era la única
certeza que había en su mente. Todas las demás ideas estaban
al servicio de esa sentencia inapelable, dictada por él mismo,
sin juicio previo ni derecho a defensa. Su capacidad de pensar se había
reducido al estudio de la estrategia que seguiría para llegar a
eliminarlo. Y no tenía vuelta atrás, ya no volvería
a considerar nunca las razones que le habían llevado a esa decisión.
Estaba sentenciado a muerte.
Y el condenado lo sabía, hacía tiempo que veía su
muerte en los ojos de los otros. No obstante, obedientemente, tomaba todas
las precauciones indicadas, intentaba vivir con la mayor normalidad posible,
trataba de interiorizar la seguridad que le proporcionaban tantos medios
a su alcance, para tranquilizarse y tranquilizar a los suyos. Pero en
el fondo, sabía que era cuestión de tiempo. Estaba condenado
a morir y moriría.
Tenía que cercarlo, tenía que burlar el cordón que
lo rodeaba, sin prisa, con todo el tiempo del mundo, alguna vez habría
un fallo. Al fin y al cabo no tenía nada que hacer en toda su vida
aparte de matarlo.
Estaba lo del detector de metales. Una vez había camuflado la pistola
dentro de una de esas ametralladoras de plástico, para disparar
a los marcianos. Le había costado mucho, a simple vista no se hubiera
descubierto. Pero aquel chisme empezó a pitar y pitar, el guardia
le empujó hacía atrás y, a pesar de que la mostró,
- un regalo para mi sobrino -, desistió enseguida y se marchó
enfadado, protestando, pero se fue de allí antes de que descubrieran
el subterfugio.
Una tarde, siguiendo como siempre al sujeto,
pudo entrever la solución. Lo vio entrar en la Casa de Cristal,
seguido por toda su escolta. Preguntó que pasaba allí y
le informaron que se entregaban premios y distinciones a los grupos de
música que habían realizado actuaciones solidarias, cuya
recaudación se destinaría a paliar el hambre y demás
desgracias de las que sólo le ocurren a los pobres.
Apostado cerca de la puerta, vio como a lo largo de la tarde iba entrando
al salón la tribu variopinta de los artistas; vestidos de forma
estrafalaria, unos, otros muy serios y repeinados embutidos en su traje
de domingo. Pero todos cargados con sus instrumentos musicales: los enormes
trombones, los tambores, tan aparatosos que casi ocultaban a su portador,
las gráciles flautas, las guitarras y los violines, que dejaban
adivinar sus formar a través de las fundas que los protegían.
Y vio también sin llegar a creerlo, que todos entraban en tropel,
que el detector de metales estaba en desuso.
Y consideró cuán semejante a una guitarra podía ser
su escopeta, debidamente encapsulada en una funda rozada y mugrienta.
El cañón, tan largo y estilizado como el estirado asiento
de las cuerdas, donde dormía la música, igual que dormía
la muerte en su arma. Él abrazaba la culata como abrazaría
el músico el vientre de su instrumento, ambos estaban familiarizados
con el tacto rudo o delicado del metal o de la madera. Los dos, el artista
y él, esperaban sacar de su herramienta el máximo partido
posible. Los dos conocían bien sus respectivos útiles de
trabajo y sabían hacerlos latir en sus manos. Y en cuanto a la
parte práctica, era sencillo rellenar una funda de guitarra, por
la parte en que falla la escopeta.
El trasiego de músicos había terminado, las puertas se cerraron
y adentro se oyeron los primeros compases, y luego las voces engoladas
de los acostumbrados a discursear, seguidas de las voces titubeantes de
los premiados. Y aplausos y más música.
Al entrar, el condenado iba rodeado por los suyos, pero allí dentro
tendría que desmarcarse, saludar, ir hacia el micrófono,
entregar los galardones
Fue tan fácil que casi no cayó en la cuenta de que después
de ese disparo mortal, la Casa de Cristal se cerraría sobre él,
que no podría escapar
Pero no le importó. Había vivido para matarle y ya estaba
muerto.
Cumplida la misión, su vida carecía de sentido.
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