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Una mente sucia, otra más sucia todavía
y un curioso que no se decidía acudieron a una casa de chicas bravas.
Presenciaron un desnudo. Las señoras y los niños ricos en
sus listas interminables de güisquis y otros combinados nacionales
y de importación. No era raro que más de un esposo infiel
viese a su mujer como trabajadora de la casa de masajes donde acudía
para ir de Rodríguez. El camarero, impertérrito y con cara
de póquer, servía copas y las lavaba. Algún invertido
encubierto, entre la humareda de cigarrillos, puros y cannabis observaba,
mientras se masturbaba suavemente a través del pantalón
sin bajar la bragueta, a grupos de chavales en busca de su primer, su
segundo polvo, en busca de dos gramos de cocaína mal cortada que
ni de lejos conoció Ecuador, Bolivia, Venezuela, Chile, Colombia
ni Afganistán, sino pasada por las manos e intestinos de mil rateros,
bingueras, pasantes, funcionarios corruptos, malos vendedores disfrazados
de tendero honorable... el primero en subir fue el loco y colgado que
teniendo una relación estable, la ponía al rojo vivo de
esta guisa. El segundo, tanteando mujer a mujer, reservado y algo pedante,
sombrío, se conocía el turbio negocio. Avisó a su
amigo, el indeciso antes de subir con todas las consecuencias, inclusiva
la del cinismo con que lo hacía, queriendo a una mujer de bandera
roja, apasionante como pocas. Éste, que no era tonto ni tampoco
listo, percibió que más que loco y colgado, aquél
era un mariposón de la vida que no quería salir del armario,
muy respetable de la ambigüedad. "Quien conoce ya el percal,
no puede evitar la culpa...qué carajo, sea ya lo que tenga que
ser, amén de otros asuntos"... pensaba, pensaba sobre sus
asuntos propios del corazón. Iba a desfogar, pero en un tenderete
despersonalizado por el mero hecho de serlo, él odiaba el transaccionismo
económico aunque recurriera a veces a él. El curioso, por
sorpresa fue el único en tolerar los embates de las mercenarias
amigas, aun haciendo algunas con marcha natural, otras cariñosas
de por sí, y otras más afectuosas, con la necesidad de aprecio
grabada en los ojos.
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