Dos amigos, un sobrero, en los toros...y luego, contándoselos
Autor: Carlos Alberto Ponferrada Almagro (Escritor)

 
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Una mente sucia, otra más sucia todavía y un curioso que no se decidía acudieron a una casa de chicas bravas. Presenciaron un desnudo. Las señoras y los niños ricos en sus listas interminables de güisquis y otros combinados nacionales y de importación. No era raro que más de un esposo infiel viese a su mujer como trabajadora de la casa de masajes donde acudía para ir de Rodríguez. El camarero, impertérrito y con cara de póquer, servía copas y las lavaba. Algún invertido encubierto, entre la humareda de cigarrillos, puros y cannabis observaba, mientras se masturbaba suavemente a través del pantalón sin bajar la bragueta, a grupos de chavales en busca de su primer, su segundo polvo, en busca de dos gramos de cocaína mal cortada que ni de lejos conoció Ecuador, Bolivia, Venezuela, Chile, Colombia ni Afganistán, sino pasada por las manos e intestinos de mil rateros, bingueras, pasantes, funcionarios corruptos, malos vendedores disfrazados de tendero honorable... el primero en subir fue el loco y colgado que teniendo una relación estable, la ponía al rojo vivo de esta guisa. El segundo, tanteando mujer a mujer, reservado y algo pedante, sombrío, se conocía el turbio negocio. Avisó a su amigo, el indeciso antes de subir con todas las consecuencias, inclusiva la del cinismo con que lo hacía, queriendo a una mujer de bandera roja, apasionante como pocas. Éste, que no era tonto ni tampoco listo, percibió que más que loco y colgado, aquél era un mariposón de la vida que no quería salir del armario, muy respetable de la ambigüedad. "Quien conoce ya el percal, no puede evitar la culpa...qué carajo, sea ya lo que tenga que ser, amén de otros asuntos"... pensaba, pensaba sobre sus asuntos propios del corazón. Iba a desfogar, pero en un tenderete despersonalizado por el mero hecho de serlo, él odiaba el transaccionismo económico aunque recurriera a veces a él. El curioso, por sorpresa fue el único en tolerar los embates de las mercenarias amigas, aun haciendo algunas con marcha natural, otras cariñosas de por sí, y otras más afectuosas, con la necesidad de aprecio grabada en los ojos.
Días después, el amigo curioso y el que sabía lo que se cocinaba allí en aquella casa de masajistas, comentaban al sol, grande como un cedazo de tela suave, como grama del trigo o como seda de la República de Roma:
-¿Cómo resististe?
-Me costó mucho trabajo
-¿Te gusta ella?
-¿Se me nota mucho?
-Sí
-Entre mil chicas bravías y ella, ¿quién eliges?
-Con ella.
-¡Si que te ha dado fuerte y estás colado con ella!
-Tengo las ideas claras, no más, aún no tengo novia, por consiguiente hago lo que creo me conviene a mi puro gusto.
-¡Joder!
-¿Por qué?
-No hagas caso en nada, así te lo digo, EN NADA, a mi amigo. El que te avisa NO es traidor.
-Ya sabía yo que tu amiguete no es nada coherente. Me di cuenta ese día.