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Eran éstos unos tiempos bastante convulsos de por
si, los que
corrían. Más vale pájaro en mano que ciento volando,
pensaba
Alexi mientras se asomaba a la ventanilla del tren, de asientos
bastante duros y con la gomaespuma agujereada de forma irregular
por apagar los usuarios, apresuradamente, colillas; ya que allí
al menos se suponía que no se fumaba, en un transporte público.
Se le antojaba cada vez más, sobre todo desde que estaba fuera
de la misma, la Universidad como un ruidoso y sucio patio de vecinas
en que se unían las distintas facciones y camarillas tramando no
sólo por un cambio político, que no escaseaba esa vocación
de
revolucionario frustrado y un tanto desfasado, más bien
involucionista que revolucionario a juzgar por el signo que deseaba
adoptar; sino por la próxima botella compartida del jueves, viernes,
sábado y domingo: en el jardín X o Y de esta, aquella o
la siguiente
ciudad o pueblo. De paso, colocarse o tomar un puntillo con algún
canuto o alguna anfetamina ya sólida ya líquida, el último
grito,
si algún colega o tronco adinerado los traía.
Quizá para su gusto los más liberalotes
eran los estudiantes de
Matemáticas, aunque no pasaba de ser una conjetura, dura palabra
ésta que le sonaba incluso a él más que ampulosa,
que nunca había
hilvanado en serio, ya que sólo vivía el día a día,
el presente más
rabioso e inmediato, el carpe diem como a más de un filósofo
no
profesional, sino aficionado le gustaba citar en soberbio latinazo
sin entender demasiado qué demonios significaba aquello, u otros
latinazos. Había mucho flipao, colgado, muermo y medio loco, o
más
bien locaza un tanto ambigua y de ambiente, de la vida y Alexi no lo
acababa de entender ni asimilar en sus clases a las que él asistía,
con las asignaturas de Física, materia muy teórica y dura,
acostumbrado como estaba a trabajar duro manualmente, con sus manos
propias, y a pensar en cosas mucho más del aquí y ahora,
del hic et
nunc tal como había roído un siglo antes, no hacía
tantos años en
algún raído pero aún lúcido libro de latín,
matemáticas o lengua,
incluso en alguna interesante cháchara de colegio, instituto o
barra
de cafetería. Esas cosas, y no otras no tenían nada que
ver con una
palabra que se imponía con verdadera fuerza motriz, al rábano
con
los planos inclinados, las fuerzas ficticias o los microscopios
túnel, cada vez más en su pensamiento: charada, paja, es
decir,
cosa que no sirve. Recordó un nombre tan manido, pero que
significaba algo para él: Shakespeare. No es que fuera a recordarlo
cada mañana, como el protagonista de una novela que leyó
hace el
manso de años, pero sí le había dado que pensar,
incluso que llorar
las palabras de aquel poeta y actor, que cuatro siglos atrás
revolucionara la lengua inglesa de la mano también de Marlowe,
Burke, Pope, Cromwell el Grande, entre otros. Fue la de su
levantamiento en vida contra tanta insidia, tanta mierda con
perdón de la palabra, que no tenía puñetera idea
de las verdades
como puños de la vida y se dedicaba a filosofar como si ellos mismos
fuesen las puñeteras pompas de jabón, y no que las hiciesen
o que
hiciesen de sus formas un bello poema de Antonio Machado y cantado
por el gran Serrat, al que se quería y estimaba como si de un
miembro más de la familia fuese, Alexi era más bien liberal
y de
familia de talante dialogante y liberal y no de encontronazo de
chulazos entre esquina y esquina con un bardeo o navaja más grande
que la albaceteña común, esa levantisca rabia y mala baba
acumulada
contra los catedráticos, a quienes percibía como los causantes
de
las guerras con sus soflamas incendiarias, nacionalistas, espurias,
religiosas, decididamente nazis y fascistas más de una vez y siempre
xenófobas y homófobas, machistas, aristócratas, monarquizantes
una
de las razones más poderosas, decisorias y determinantes para dejar
las aulas en vez de perder el tiempo, no sólo que se le hiciera
indigesto el libro de turno o el plato de comida, apenas degustado
a toda prisa, o aquellos autobuses que perdía hasta las once, para
charlar con un igual. Alexi trabó amistad con un vigilante, una
maestra de matemáticas y un mecánico un tanto particular.
La amistad
perdura, no así las ganas de agarrar los libros. Eran horas perdidas,
salvo una posible novia que sólo quedó en eso, posible.
Las tardes solían ser en los pasillos, corre que
te corre el goterón
de lluvia fría o bien en el bar principal, tomando un café
tras otro
y sosteniendo un coloquio de los perros tras otro con cada colgao de
los que allí había, salvo tres o cuatro honrosas y poderosas
razones.
Era una forma de evadirse de las más que plúmbeas aulas,
donde era
raro que, cansado de trabajar como estaba no se durmiese en las
bancas, algo durillas para su gusto.
Adelante se ponían, no solo los destacados sino
los que no dejaban
comer el resto del pienso. De ahí que acabase germinando un
pensamiento que hizo propio: la gratitud es la enfermedad de los
perros. No era sino peloteo, del malo el que abundaba,
aristocratismo y víctimas figuradas de una realidad de pataleta,
pedorretas hechas mujer aburrida y dictadorzuelos que andaban en
trapacerías con media ciudad.
No entraba a considerar asuntos más bien espirituosos,
y no
espirituales porque sí eran de los emanados, por experiencia y
por
observación directa de los efluvios del buen o el mal vino, si
había
mayor grado de democracia o no, él consideraba todo ello una suerte
de dictadura empanada, si la sindicación o asociación, o
cualquier
aburrido tema con que papar moscas aquél día, bajo los dicterios
de
los mass media, era libre o no, Alexi comprobó al querer hacerse
de
una modesta asociación de amantes del olivo, que aquello era la
voz
de su amo y que ante todo, primaban los capitales, con que de eso
nada, dijo al cabeza visible de aquel despacho, dame la ficha y que
conste en acta que la he roto sin siquiera asociarme, si había
limpieza en los resultados de acta de examen o no, cuando aquella
ciudad era tradicionalmente el reino del pucherazo, amparado por los
usos y costumbres universitarios a los que nunca se había adaptado
del todo, y lo peor, bajo alguna suerte de respaldo legal: la ley
del diezmo, la ley del silencio de la manada de ovejas ante esto, y
quien chille será devorado o devorada. Alexi no se sentía
ni aprendiz,
ni profesional ni maestro sino un estado indeterminado e inveterado a
veces de la materia. Alexi trababa inteligencia, en particular con
una chavala con quien congenió, independientemente de su afición
a
las faldas traída y llevada desde pequeño: una mente poderosa,
que
no maravillosa, que aquello era una manera fidedigna de describirla
como una mujer con carácter y personalidad fuerte cuanto menos,
diferente al resto. Se llamaba Louise. Aunque no echaba de menos el
Aulario, echaba en falta alguna simpática mano de póker,
a Louise,
alguna otra amiga aislada y perdida de la mano de Dios, un dios
desenfocado al que no veía por ninguna parte con sus precisas lentes.
Alexi no sentía, sabía a estas alturas de siglo que la mayoría
de sus
compañeras y camaradas se habían marchado. Siempre hay tiempo
para
perderlo. Cogito ergo SUM, pienso porque
qué carajo, porque
sí, se
enrabió consigo mismo, meditó sobre la vez que tuvo que
aprender a
aburrirse ante los monitores de Intensivos como si de un cursus
honorum propio de los entendidos en leyes de la República romana
se
tratase. Delante de una sola señora semicomatosa, incapaz de moverse
y coordinar por sí misma y ya algo demenciada, toda una tarde al
más
puro estilo Gregory House, aquel doctor al que admiraba con toda su
alma y del que deseaba poder tomar una actitud más de una vez cuanto
menos sincera, con más de un paciente insufrible. Su puesto de
enfermero le atormentaba, le llevaba por la calle de la amargura. Le
hacía sentirse la puta del hospital, ya que aparte de ser
heterosexual, era hombre, y había siempre que observar un muy rígido
código de conducta que quien podía, se lo saltaba a pídola.
Ése
código de conducta, él intuía que si encontraba diversos
modos, se
lo podía saltar, aun a riesgo propio de ser pillado in flagrante.
Donde se endurecía particularmente era en la ausencia de otras
relaciones que no fuesen las laborales entre médicos y enfermeros.
Su amiga Louise le escuchaba a veces con sorpresa grande, hablar de
todo esto pero como era una amiga bien leída cuanto menos, y de
mucho
sentido común, al margen de ser hija de maestra de escuela, no
dejaba
de prestar atención. Todo lo más, hacía una breve
apreciación. Le
ponía a su amigo Alexi los pies en la realidad y no en el hundimiento,
contándole que su propia madre tuvo un hundimiento moral y personal
cuando ella era pequeña, que entonces no lo entendía muy
bien; así
como que ella, por desestimar ciertas normas morales y desertar de
ellas, en un entorno reducido y asfixiante, el académico, se sabía
poco considerada. Ni era deseable un hombre laborista, ni era algo
recomendable una mujer mundana, haciendo el juego de palabras en
inglés. "No socialite woman, no labour man, o algo así
recordaba
Alexi de la época de la escuela, donde se sentía algo más
libre y
mucho menos constreñido.
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