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Como dice un amigo, Algeciras, a las alturas que estamos, no puede construir un acueducto romano, ni una catedral gótica. Nuestra historia hizo que Algeciras no existiera como tal entre 1379 y 1704, limitando la persistencia de monumentos árabes que nos permitirían disfrutar de un casco histórico realmente importante. Los últimos descubrimientos nos hacen pensar en las posibilidades que hubiésemos podido tener pero que no tenemos. Como la historia no hay quien la cambie, no tenemos más remedio que aceptar nuestra historia y las consecuencias que ha tenido en el desarrollo urbano de nuestro pueblo.
Después de admitir lo anterior, nos podemos plantear
cómo querríamos que fuera Algeciras, o cómo queremos
que sea en el futuro.
Si visitamos otros pueblos, vemos que tienen lugares que nos dan idea de su pasado, manteniendo ciertos rasgos de su estructura urbana por encima del lógico progreso que cualquier pueblo o ciudad debe tener. Si buscáramos en nuestra memoria, cada uno de nosotros encontraríamos aquel rincón de nuestro pueblo que nos evoca recuerdos inolvidables: aquel cine de verano, aquella playa, aquel comercio céntrico, aquella calle donde jugábamos, aquella plaza, etc.
Pero pocos de estos lugares permanecen mínimamente parecidos a lo que recordamos. Ya no existe la antigua Peña Miguelín, ni la Peña Mondeño (luego Miguelete); ni el Casino Cinema; ni los cines Almanzor, Delicias, Sevilla, Fuentenueva, Terraza, Alegría, Mirador, España; ni el bazar Fillol, ni los comercios de Ramírez o Hidalgo, ni la librerías Bianchi, Bécquer o Marcos; ni bares como el Manolo, el Piñero, el España; ni la pastelería La Palma Real; ni las ferreterías El Martillo o La Campana; ni tejidos Martín, ni la zapatería Denis, ni tejidos Millán, ni Almacenes Mérida; ni la posada de la plaza Juan de Lima, ni los hoteles Término y Anglo Hispano, etc. El aspecto de calles céntricas como General Castaños, Ángel o Ancha ya no es el que era. Lugares como la Marina, la Banda del Río, la Escalinata, la Plaza Menéndez Tolosa ya no existen o han cambiado a peor. En este apartado podemos añadir muchos más lugares dependiendo de la edad y de la memoria que cada uno tenga.
El asunto es pensar qué es lo que vamos a hacer de aquí en adelante con lo que todavía nos queda. Mantener la Escuela de Artes y Oficios, y edificios como el de la confluencia de la calle Prim con General Castaños, o del callejón del Ritz con la plaza Alta. Acondicionar las ruinas árabes. Adecentar el teatro Florida. Construir un auditórium o Palacio de Congresos o lo que sea. Arreglar los alrededores del mercado Ingeniero Torroja y la plaza Joaquín Ibáñez. Mejorar el Parque Smith. Hacer algo con el Parque de Bomberos. Remozar el antiguo asilo. Decidir si queremos ser él único pueblo con dos cementerios en activo, etc. También podríamos plantearnos qué hacer con algunas de las últimas incorporaciones a nuestra estructura urbana. La esbelta torre de control portuaria, el inacabado edificio de los hermanos de la Cruz Blanca, el monumental pandero, la incalificable sirenita, las estatuas y esculturas diseminadas por calles y rotondas, el lamentable estado de los restos del molino de agua colocados en el parque, nuestro moderno parque infantil, el impresionante Parque Feria, etc. En definitiva, y sin ánimo de molestar, ya va siendo
hora de que los algecireños nos planteemos de una vez si queremos
tener una ciudad de la que sentirnos orgullosos. La única solución
será mejorar lo que todavía nos queda en pie o medio cayéndose,
y plantearnos la construcción de elementos urbanos que se mantengan
en el futuro para que alguna vez alguien piense que a principios del milenio
a los algecireños nos importaba nuestro pueblo.
Notas: Las fotografías que ilustran
este artículo, excepto la primera, proceden de antiguos ejemplares
del diario Europa Sur.
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