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Desde la llegada de los primeros españoles a América en 1492, el flujo, la inmigración y emigración de una costa a otra, ha sido incesante y permanente. Sin embargo, la migración más significativa (que rescató a más de dos mil doscientos refugiados españoles desde Francia), por sus connotaciones emotivas, humanísticas, políticas y sociales, ha sido, sin duda, la gestionada por Pablo Neruda en 1939.
La llegada del Winnipeg, que depositó su valioso (y valeroso), cargamento en Chile, significó la esperanza y la alegría que, como una cápsula de acero flotante en el océano, llena de fe y buena voluntad, eclosionó y desbordó las calles de América con gritos de alegría y júbilo, diciendo que "no todo está perdido", "aún tenemos la vida" Según mi madre, ni bien llegó a Valparaíso el domingo 3 de septiembre de 1939, con 12 años, "se sintió chilena altiro", y "no tuvo problemas ni traumas de adaptación", ya que la gente, en su mayoría, se mostró solidaria y amistosa con ellos. Pablo Neruda no tiene hijos (que se sepa), sin embargo, la siguiente generación que nació a partir del arribo del Winnipeg, nos sentimos espiritualmente sus hijos, ya que él hizo posible el dejar atrás los horrores de la guerra, los bombardeos, los fusilamientos, las cárceles, los campos de concentración, el hambre, la separación de los seres queridos y la tremenda desolación que quedaba en España tras la caída del Gobierno Republicano (quien mandó oro a Rusia para que ésta enviara armas a España, no mandándolas nunca y quedándose con el oro para los famosos "planes quinquenales", que, como se ve, no fueron exclusivamente logros de los "soviéticos"). Pablo Neruda consiguió el que yo (y otros miles), naciéramos. Y ese istmo que une a Chile con España, modestamente, pretendo ser yo, en mi libro Existencial-Istmo
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