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El autor autoriza la publicación del artículo íntegro sólo en la revista del I.E.S. VENTURA MORÓN fuente:
Diario de Sevilla Un muchacho que vaya a hacer el bachillerato el curso que viene habrá vivido, o soportado, cuatro reformas educativas, cuatro, de las acreditadas ganaderías del Partido Socialista y del Partido Popular. Quizás sea imposible aprender con cuatro reformas a la vez y no estar loco. O quemado, que es como se sienten, con su síndrome y todo, los otros protagonistas básicos del sistema educativo, o sea, los profesores, que son las segundas víctimas de este carrusel de planes y contraplanes, logses y loces, que se les impone por la sencilla razón de que cada ministra tiene su librito sobre cómo arreglar el problema de la educación en España. La primera víctima es ella misma, la educación española. En realidad, el contenido de la última reforma anunciada por San Segundo es, por así decirlo, moderado. No presenta novedades abracadabrantes. Acepta de alguna manera ciertos énfasis de su antecesora Del Castillo y revoca otros, volviendo al espíritu de la Logse socialista, pero sin fanatismos. Ha sido criticada, como no podía ser menos, por tirios y troyanos, lo cual refleja que no ha contentado a nadie, ni tampoco ha disgustado en exceso. No acomete el problema central de la educación no universitaria, y no lo acomete porque está fuera de su alcance, ya que se trata de la atmósfera colectiva en que se desenvuelve la socialización de los menores en este país, caracterizada por la devaluación del saber, el menosprecio del esfuerzo y una cultura de sobreprotección e infantilismo a ultranza. Una política de enseñanza eficaz exigiría una mayor inversión y una mejora de los docentes. Se podría conseguir. Pero aun así chocaríamos con una barrera insalvable: nadie enseña a ser padres, y los que lo son actualmente abdican a menudo de su condición, por comodidad, por propia ignorancia o porque no tienen tiempo de complementar sus obligaciones laborales con sus deberes familiares. Resignan la educación de sus hijos en una escuela que no puede por sí sola acometer la labor o en una civilización del ocio (televisión, videojuegos) que puede demasiado, ya que acaba con los secretos de la vida y la administración de los tiempos. Quiero decir: que abarca mucho más de lo que se merece. Escribía Fernando Savater que para que funcione la familia hace falta que los adultos se resignen a serlo. Eso pasa ahora, que no se resignan. Quieren ser coleguitas de sus hijos, como si éstos aún anduvieran a gatas, y les abruman de juguetes y cosas materiales, evitándoles algo que les sería utilísimo cuando sean mayores, a saber, la convivencia con la frustración, la idea de que no se puede conseguir todo ni vivir a golpe de caprichos. Cuando se percatan de que deberían haber inculcado a sus niños valores como el esfuerzo personal, la tolerancia con la adversidad o el espíritu de superación, se dan cuenta de que ya es demasiado tarde. | ||||