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El autor autoriza la publicación del artículo íntegro sólo en la revista del I.E.S. VENTURA MORÓN fuente:
Europa Sur (15-11-2006) El fiscal jefe del
Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha ordenado a los fiscales bajo
su mando que tipifiquen como atentado -hasta cuatro años de cárcel-
las agresiones a profesionales de la enseñanza y la sanidad. Su homólogo
andaluz, Jesús García Calderón, confesó hace días
que se lo está planteando en relación con los enseñantes
víctimas de una violencia que no por aún insignificante desde el
punto de vista cuantitativo es menos peligrosa, vituperable y significativa. Más
allá de su innegable oportunidad (los casos ya proliferan y las protestas
de los docentes se extienden), la argumentación de los jefes de la Fiscalía,
además de basarse en una abundante jurisprudencia, es impecable: los profesores
y los médicos, cuando ejercen sus funciones, personifican y garantizan
el disfrute efectivo del derecho de todos los ciudadanos a la educación
y a la salud y, en esa medida, son una autoridad. Agredirles precisamente en el
momento en que enseñan o curan no sólo menoscaba, pues, su integridad
física y moral, sino que significa una perturbación de la función
pública que desarrollan. Eso agrava aún más la conducta de
sus agresores. Frente al impecable razonamiento jurídico, la implacable
burricie del padre que ataca al maestro que ha osado castigar a su infante indisciplinado
y gamberro o del propio niñato envalentonado que insulta y humilla a quien
pretende desasnarlo, y del familiar que violenta al facultativo que no atiende
con prioridad a un paciente, probablemente porque ha de atender antes a otro más
grave, según dictan su conciencia y el protocolo de la sanidad pública.
Ya supone el reconocimiento de un clamoroso fracaso colectivo el hecho de que
la autoridad de quien educa niños o sana enfermos tenga que ser impuesta
a golpe de Código Penal. Ahora bien, ¿qué otra cosa se puede
hacer cuando los mecanismos ordinarios de defensa y la autoridad competente -o
incompetente- fallan con tanta reiteración? Si la comunidad educativa y
los órganos de gestión sanitarios no son capaces de asegurar la
más elemental convivencia, que lo hagan los fiscales. A esa triste conclusión
estamos a punto de llegar. Y todo, por el pendulazo, tan hispánico. Antes,
el maestro era un ogro con vara al que no se podía ni rechistar, y si chocabas
con él, tu padre le daba la razón; ahora se le ha perdido el respeto.
Antes, el médico era como Dios, se le escuchaba con sumisión y se
le veneraba; ahora se le exige, bajo amenaza, que diga lo que uno quiere oír
y que cure lo que no puede curar. | ||||