Aceituneros

     Formación de Base-Escenas de Jaén-Principal

   "Salían muy de mañana el matrimonio, la niña y el borriquillo. Habían desayunado leche de su cabra llamada Morita y picatostes recién fritos.

    Por la Cuesta de los Carneros bajaban al arroyo de Valparaíso, lo cruzaban y subían hacia el Zumbel, dejando a un lado la casería de la Negra y al otro lado la de Espejo. La vereda era mala, torcida y pendiente, pedregosa, entre gavias y cercas, entre cornicabras y almendros de ramas desnudas. La niña no quería ir en el burro porque se quedaba helada y seguía detrás, cogiendo candilillos o haciendo un ramico de lirios silvestres.

    El olivar tenía unas ciento cincuenta matras en la falda del Zumbel alto, que lo dominaba hacia el mediodía. Al llegar encendían una lumbre con los tallos derribados por el avareo y cuatro tamarillas que apañaban para calentarse las manos. Cerca del fuego ponían el cantarillo con el agua, hasta que luego le diera el sol, para quitarle el frío.

    El padre avareaba, la madre cogía, vestid de negro, siempre de rodillas ante los olivos, como el Señor de la Oración del Huerto que salía de San Ildefonso. La niña también ayudaba. Pero a veces se distraía y jugaba con las aceitunas. Y hacía marranicos con ellas. Les hincaba cuatro palotillos, que eran las patas, y el peciolo hacía de rabico.

    Al observarla, de reojo, los padres sonreían y se miraban, hasta que él saltaba:

    -¡Vamos, vamos, que hay que coger!

    Y la niña contemplaba ante ella una oliva grandísima con el ruedo lleno de aceitunas, y se apresuraba a cogerlas, y se aburría, porque nunca se acababan...

    El hombre cuando tenía llenos dos capachos los cargaba sobre el animal, y daba un viaje al molino de la Alcancatilla. Entonces quedaban solas en el olivar la madre y la niña, cogiendo siempre, y oían el avareo de otros tajos lejanos, o las campanadas de las horas, que a veces llegaban si el viento soplaba de allá.

    Luego calentaban la comida en el puchero puesto sobre dos piedras entre las que avivaban, soplando, las ascuas del fuego. Papas a lo pobre, bacalao, algún choricillo. O comían pan con aceite, con aceite frescal y una chispita de sal. Salchichón de alcuza como decía el padre.

    A medio día el hombre hacía otro acarreo y para no perder el tiempo comía por el camino, dejando la vara de arrear sobre los capachos. Y liaba un cigarro.

    Otras veces el último viaje era a comienzo de la tarde. Cuando las sombras caían y se alargaban en el olivar, que miraba al norte y el frío calaba.

    En aquella soledad, en aquel silencio, la madre sentía miedo y dejaban de coger. Y le decía a la niña:

    - Súbete conmigo a esta oliva, no vaya a venir un perro...

    Y buscando amparo se encaramaba a un árbol que ofreciese cierta facilidad y arropadas en el chal y en la toquilla, esperaban impacientes, calladas, medrosas...

    Hasta que oían el borriquillo que al subir la última cuestecilla tenía la costumbre de relinchar gozoso, porque conocía que llegaba a su destino. Y ellas, más confortadas con la llegada del hombre, bajaban de la oliva y respiraban sosegadas.

    Entonces enterraban el saco y el capacho con la última aceituna aceituna recogida y lo disimulaban con hojarasca de ramón.

    Y volvían los tres con el animal antes de que la noche cerrase. A veces les sorprendía la lluvia en el olivar y regresaban precipitadamente a la ciudad. La madre y la hija montadas en la bestia bajo un pobre paraguas negro, el padre a pie, cubierto con una manta o un saco formando capucha, como los molineros cuando salían al patio de los atrojes en días de agua...

    Cualquiera que los hubiera visto volver por aquellas sendas descarnadas, entre aquellos pelagartares que sólo criaban mosqueras y matagallos, hubiera recordado un grupo semejante que esos días se ponía en los nacimientos: La Huida a Egipto. No faltaba más que el ángel y quién sabe si iba delante de ellos, invisible, apartando guijos y resbalones...

    Al llegar a la casa, la madre mandaba a la niña al pilar cercano a por agua o a comprar algo a la tiendecilla de al lado. Mientras tanto ella, preparaba el cocido para el día siguiente y calentaba el que había hecho al noche anterior, que luego comían los tres juntos al calor del fuego...

    Los días que amanecía lloviendo se quedaban en casa y hacían migas que ella procuraba no salieran "barrosas", sino tostadas y sueltas. Y el padre antes de comerlas trazaba sobre ellas, en la sartén, una cruz con la rasera...

                                                * * * * * * * * * *

    Y un día y otro día, iba saliendo la cosecha del olivar, la pobre cosecha que para ellos era la ilusionada cosecha, sin que nadie, más que los tres, hicieran la recolección. Hasta que terminaba la aceituna y el padre, buen cortador, podaba sus olivos. Y luego hacía cuentas en el molino y la madre, con lo que él traía, le daba  una vuelta a la casa, le daba un "remiendo" al modesto ajuar y guardaba en el arca lo sobrante, para el apaño de los meses venideros, para lo que Dios mandase...

    Y hasta un año, un buen año de aceituna, criaron con mil fatigas un marranillo, que a poco se les muere pero que sanó a fuerza de remedios caseros. Y para San Andrés, hicieron la matanza y vinieron a ayudarles las vecinas. Y aquel año la niña se puso más lustrosa, y en sus mejillas pintaron rosas...   

                                                                            "ESCENAS Y COSTUMBRES DE JAÉN"

                                                                             Rafael Ortega Sagrista

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