El cortador

   Formación de Base-Escenas de Jaén-Principal

  

 

    Ramón se llama, y es cortador.

    Ramón es nombre de hombro, de ramón de oliva y..., es cortador.

    Vive por la Alcantarilla. ¿En la calle Espiga o en la de Santa Cristina? ¿En la de Olid, o en Cañizares?

    Es igual, se llama Ramón, y es cortador.

    Vedlo salir de su casa a la luz gris de la amanecida. Amanecidas de diciembre o de enero. Amanecidas heladas de invierno en los días más cortos del año.

    Chirría la puerta oscura y se abre pesada, lenta. Y sale Ramón a la calle, la calle desierta. Donde huele a leña del horno vecino. Con su tapabocas y su aliento condensado. Como una nubecilla de vapor ligero.

    Ramón ha venido de servir al rey. Es recio y joven. Ágil y tenso. Al hombro lleva el hacha, con su boquera de cuero al filo, afilado, como una raya de plata.

    Desde la oscuridad del portal, la figura desvahída de la madre que insiste:

    -Ramón, las collejas.

    Ramón, la talega.

    Ramón, una carga de ramón "pa" la lumbre de San Antón.

    Y Ramón se va. Ramón mira al pasar por la casa de la esquina: una reja en lo alto. En la reja una maceta. Y los postigos cerrados...

    En el puente de la Alcantarilla, la cuadrilla. La cuadrilla y el maestro. Tres. Cuatro o seis peones de corta. Con sus gorras de visera, y en las manos, grandes, duras, hechas y curtidas, la liviandad de un cigarro.

    Carretera de Otiñar. Andar y andar. Los charcos helados y los ribazos blancos, de la paloma que ha caído.

    Peones de corta. Caminan callados los cortadores. Los astiles, como fusiles: al hombro. El sol que no sale; sin hojas los árboles al cruzar el arroyo: los árboles de ribera. Los olivos inmóviles, esperando. Los pájaros ateridos, apenas despiertan. Y yedras que se enredan.

    Carril de la izquierda, pedregoso y empinado. La casería está cerrada; el humo de las migas sube recto de la chimenea.

    Los hombres se derraman en el olivar. Las talegas, las capachas y la botija cuelgan de cualquier rama. Un perro los sigue y husmea rastros perdidos.

    El tajo se puebla de sombras, que van y que vienen, de olivo en olivo. De toses, de golpes hostiles en troncos duros.

    Cada hachazo es un suspiro:

    -¡Ay, ay, ay!, sopla el hacha.

    Y saltan despedidas las astillas.

    Pero Ramón no suspira. Suspira el hacha cuando hiende el aire. Y luego hiere. Se desgajan las ramas que crujen con gemidos de fractura. Ramón suda con perlas en la frente.

    Y el primer sol se quiebra con relámpagos de plata en las bocas de las hachas.

    Atardece. Ramón y su jornal, de vuelta a la ciudad. El borriquillo blanco y afelpado, peludo y suave, jadea bajo la carga de ramón que arrastra por el suelo, y casi lo tapa, lo oculta.

    -¡Arre, Platerillo! -y lo acaricia con una vara que no pega.

    Y el animal apresura su trote ligero, alegre, esforzado.

    Luego, cuando pasa ante la reja de la esquina, Ramón mira. La reja, la maceta y los cristales cerrados. Los postigos abiertos...

    ¿Qué hay detrás de los postigos?

    Sólo Ramón lo sabe. Ramón y su deseo.

    Ramón traspasa el umbral. Y su cuerpo recio se pierde en la oscuridad del protal:

    -Madre, las collejas.

    Madre, la talega.

    Madre, el ramón "pa" la lumbre de San Antón.

    Ramón se llama, y es cortador.

                                    

                                                                         "ESCENAS Y COSTUMBRES DE JAÉN"

                                                                          Rafael Ortega Sagrista

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