Las abuelitas

   Formación de Base-Escenas de Jaén-Principal

"Dedicado a la abuelitas de hoy que asisten a los Centros de Adultos/as,  nietas de aquellas otras abuelitas."

    Las abuelitas tienen, a veces, una gran misión que cumplir. Ellas dicen que sólo sirven para querer, lo cual ya es bastante, y lo demuestran en mil ocasiones. Saben contar historias y cuentos, que a los niños les emboban y les gusta que se lo repitan, una y otra vea. Y las abuelitas nos e cansan de volver a relatarlos, siempre iguales, pues a los pequeños les desagradan las novedades en los sencillos argumentos, porque los desconciertan. Y las abuelitas se pintan solas para repetir y repetir.

    La abuelitas tienen frecuente contacto con los nietos. Sus edades extremas se entienden bastante bien. Ellas guardan un cadejo misterioso de "hilo santo" para extraerles -sin que duela- los dientes que se mueven. Les mondan las frutas como nadie, "pues lo que hay junto a la piel es lo más sabroso". Por las noches les arropan en la cama, y rezan con ellos una oración infantil. Cuando llega la feria, les dan el "fereo", que es una moneda para que se compren un juguetito modesto.

    Les gusta llevar siempre consigo las llaves de los muebles, sobre todo las de aparador o del chinero, donde hay almíbares de acerolas, de toroja y de pulpa de tomate; anises piñones y chocolates, que ellas dan muy tasados, con lo que se duplica su valor ante la glotonería infantil.

    En "sus dominios" todo es reposo y orden. "Cada cosa en su sitio, y cada sitio para la misma cosa". Así no se pierde nada y todo se encuentra enseguida. Así desde décadas, lo que ayuda ahora a la falta de memoria.

    Guardan las cajas vacías, los papeles de envolver si son atractivos y las cuerdecitas, bien enrolladas, y otras cositas que a primera vista parece inservibles. 

    Y se empeñan en estar siempre limpias y bien peinadas, con brillantina India y perfumes antiguos que huelen a flor de níspero, a violetas o lilas.

    Pese a las gafas, enhebran con dificultad las agujas que guardan cuidadosamente en su canutero de madera, entre polvo de talco para que no se oxiden ni se extravíen y evitar accidentes. Y hacen unos zurcidos preciosos, con lentitud y pericia. O se entretienen con el ganchillos. confeccionando un jersey para el nieto, un breve tapabocas, un tapetito para el velador...

    Con sus pasos quedos, cansados, pasos de botitas de paño, que apenas se perciben entre el tic tac del reloj, recorren la casa, acuden a la cocina, vigilan las comidas, preparan una compota de membrillos cocidos con azúcar, unas astillas de canela y una cáscara de limón que retiran cuando ha hervido, para que no amarguen. O desgranan pétalos de rosas y los dejan secar. Y así, en bolsitas distribuidas entre la ropa limpia, dejan un rastro de aroma.

    Y si un niño bulle demasiado, exclaman:

    -¡Ese civirriaque parece que tiene artesín!

    O bien:

    -¡Este niño parece que está hecho de rabo de lagartija!

    Pero ellas son como madres que no castigan sino que acogen comprensivas, aureoladas por la sabiduría de los años, y a ellas recurren los nietecillos como a un refugio protector, cuando las cosas se les ponen serias, y se quedan a su lado, cogidos a sus faldas. Y a lo mejor, empinándose con los ojos a la altura de la mesa, contemplan admirados la mezcla de manzanilla, hierba luisa y tila que la abuela prepara y la envasa en antiguas latas de té decoradas con mandarines de colores e inscripciones en chino del lejano Celeste Imperio.

                                                                            "ESCENAS Y COSTUMBRES DE JAÉN"

                                                                             Rafael Ortega Sagrista

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