Navidades  pobres

Formación de Base-Escenas de Jaén-Principal

                                         

    Comienzos el siglo XX en nuestra ciudad de Jaén.

    Familia humilde, modesta, con un jornal de catorce reales, cuando lo había, y dueños de un haza de olivos de ciento veinte matas. Casa alquilada en el barrio labrador. Calle Salineros, de Olid o quizá de la Plata.

    Nochebuena. Cenaban en casa de la abuela mientras tuvo fuerzas, que luego era ella la que iba a casa de los hijos. Aunque la cena no cambiaba por eso, y se guardaba la abstinencia de carne, como entonces era precepto.

    Aparte de alguna sopa o de unas patatas, el plato fuerte era a base de bacalao encebollado que se guisaba el día anterior, para que tomara bien el gusto y estuviera sabroso. O servíase una fuente de sardinas, de boqueroncillos o tajadicas de pescada frita. Luego ensalada de apio para hacer la digestión, y de postre uvas negras del parral que tenían en los corrales y que se reservaban para los días de pascua.

    Nada de mantecados, de mantecados, de turrones ni de alfajor, que estaban fuera de sus alcances. Aguardiente carrasqueño o unas copitas de resol. Y como no faltaba el aceite que les proporcionaba su pequeño olivar, se preparaban unos gusanillos que salían muy finos y se hacían sobre el 21, día de Santo Tomás apóstol, que por eso lo llamaban "Santo Tomás gusanillero". Fritos en aceite desahumado con matalahuva, con su chispista de ajonjolí tostado y rebozados en azúcar, se ponían en una cesta bien tapada con un paño blanco, la cual se alzaba colgándola del clavo de una viga en el terrado, para librarlos de manos inocentes. Aunque a veces los chiquitos subían de puntillas a la cámara, al desván, y haciendo equilibrios sobre una silla desvencijada, quizá, quizá, alargando mucho la mano, conseguían alcanzar, extrayendo alguno para apaciguar su impaciencia golosa.

    Después vendrán las inocentadas del día 28 y los adagios de fin de año, reuniones de gente joven, con baile, vino y atrevidas sentencias. Y así hasta la víspera ilusionada de Reyes en que las madres, misteriosamente, confeccionaban unas cestitas de cartón, con su asa cosida o pegada, revestidas de colorines, con tres lacitos y forradas al interior con un papelito que se recortaba en puntas o flecos que salían por los bordes.

    Y dentro la ponían una oncica de chocolate para cada niño, anisillos, caramelitos, galletas y una mariposica con el cuerpo que era una ampolla de cristal llena de líquido dulzón y coloreado vivamente.

    Y así sentíanse todos felices, ilusionados, con estas parcas celebraciones, con estas golosinas, que un niño de hoy, hastiado de dulces y juguetes, vería asombrado, sin poderlo comprender.

    Y aquella pobreza, aquellas privaciones, tenían el encanto de las cosas escasas, de tener poco y saberlo gustar en plenitud, cono no ocurre cuando hay exceso de bienes.

    No olvidemos, pues, en nuestras alegrías, en nuestras abundancias y placeres de la mesa y de la sobremesa, a las navidades pobres, a las navidades tristes, a las navidades desgraciadas, que también las hay, ¡claro que las hay!, aunque no reparemos en ellas.

    Un poco de amor al Niño desnudo del establo de Belén, amor expresado en tender la mano al que tiene menos, al que no tiene nada, aunque esa carencia, esa falta sea solamente de felicidad, de salud, de compañía.

                                                                            

                                                                             "ESCENAS Y COSTUMBRES DE JAÉN"

                                                                             Rafael Ortega Sagrista

Atrás Siguiente