|
|
|
"Mi mejor amiga se llamaba Adela Palacios. Fíjate, no la he vuelto a ver desde hace un montón de años; con lo amigas que éramos... enía el pelo rubio, y unos ojos azules, muy bonitos. Nos hicimos amigas nada más vernos, y nos entendíamos muy bien; sí, muy bien. Casi no hacía falta que habláramos; nos bastaba con una mirada para saber lo que pensábamos. Nos mirábamos y nos mondábamos; y la monja se mosqueaba y mandaba a una de las dos a la galería, que le decían galería al pasillo, que a todo le llaman de una manera de rara... Al váter le teníamos que decir cuartito: ¿Puedo ir al cuartito?". Y si te preguntaban, vaya curiosidad, tenías que precisar si al cuartito mayor o al cuartito menor. Y había una monja que cuando lo pedías decía: "¿Es grave?". ****** "Adela y yo éramos amigas desde que ingresamos en el colegio, con cinco o seis años, y nos hicieron tortugas a las dos. Nos llamaban así porque las monjas, a las que decían que éramos más inquietas nos ataba a las sillas con cinturones del babi. Y nosotras, pues claro, en cuanto la monja se volvía o se marchaba, nos levantábamos, así, encorvaditas, y zascandileábamos por la clase con la sillita a la espalda. De pequeña, Adela era un tanto meoncilla y algunas veces la monja no llegaba a tiempo a desatarla. Cuando le pasaba eso a alguna, tenía que ir a la cocina del colegio, y a la hermana que había en la cocina le tenía que pedir una bayeta, y después, esa cría, con un cubito y la bayeta, volvía a clase, recogía el pipí, regresaba a la cocina, enjuagaba la bayeta, y después, otra vez a la clase, donde nuevamente te volvía a atar a la sillita." ****** " A mí me pasó también una cosa con el uniforme, que lo cambiaron el último curso que estuve allí, y yo seguía con el antiguo, claro; que no es que me dijeran nada, pero me pasaban al final de la fila con otras que estaban en el mismo caso, justo delante de las gratuitas; y no podía ir a los paseos y cosas así. Una tontería, ya ves". ****** "Nada hay de malo en la práctica del deporte. Por el contrario, un desarrollo físico, conseguido con el ejercicio muscular, es muy recomendable. Y, sin embargo, existe el peligro de que mientras vas buscando un sano mejoramiento corporal, te alcancen las salpicaduras del barro de la sensualidad y aparezcan en tu alma las negras manchas de la impureza... Te pongo un ejemplo: las excursiones. Estoy contigo en la saludable gimnasia que implican, en ese aire más puro que tonifica tus pulmones; y también en la elevación del espíritu ante la contemplación de algunos paisajes... Pero ¿y si la vez que purificas tu cuerpo con el aire sano de la sierra o del campo se internas en un ambiente perjudicial para tu alma? Piensa en las circunstancias: muchachas a solas con muchachos en lugares apartados, sin el control de personas de respeto, a riesgo de ser sorprendidas con alguna libertad que ellos pretendan tomarse..." "La morena de la copla". Andrés Sopeña Molsalve. "Por pura mala suerte,
unos cables de la luz pasaban por la pared que nos servía de portería cuando
jugábamos al fútbol. Y eran de muy mala calidad los cables, oye;
****** "A la escuela, / que ya es hora, / sin demora/ vamos pues. / Nos lo exige, / nos lo manda, / la voz, santa del deber. Cantábamos a la entrada y cantábamos a la salida: Colegio querido / de mi corazón: / el Señor te guarde, / quédate con Dios. Cantábamos los límites de España y cantábamos la tabla de multiplicar; y los ríos, cabos y golfos. Cantábamos las respuestas del catecismo y cantábamos el Himno de la Legión, pesa en mi alma doliente calvario / que en el fuego busca redención. Lo cantábamos todo". "El florido pensil". Andrés Sopeña Monsalve.
"En la escuela hacíamos dictados, caligrafías, leíamos en el "Tesoro se los niños", el manuscrito de Calleja, que se llamaba el artesano. El pobre maestro hacía todo lo que podía, pues éramos muchos, chicos y grandes, los mayores nos poníamos en los pupitres de delante y los pequeños detrás.
Dentro de los pupitres: tinteros, palilleros, plumas, pizarras y pizarrines que se utilizaban principalmente para cuentas, yo todavía recuerdo el interés y la regla de tres. El material era, pues, muy escaso y para llevarlo al colegio no necesitábamos ni cartera, en la mano o, si acaso, unas tablas con correas. Mis padres eran de los que sí querían que fuésemos a la escuela, sin embargo otros por desinterés o, porque les hacía falta el dinero, pronto sacaban a sus hijos del colegio y los mandaban a cuidar marranos, de porqueros a los cortijos. Como muchos de éstos no sabían ni leer ni escribir tenían que ir por la noche, pagando una perra gorda, para aprender por lo menos a firmar". Conversación con Manolo el de Francisco Ramón. "Álbum Escolar". Manuel Jódar y Ana Vilches. "De mis ya lejanos años de infancia me vienen retazos sueltos de imágenes. Los pocos juguetes que teníamos, algunas muñecas de cartón que al bañarlas se deshacía. Por eso aprendí a hacer muñecos de trapo mientras los demás dormían la siesta. Tenían el pelo de lana blanca o negra de tela las manos, las piernas, los vestidicos... para pasearlas servía una caja de cartón con una cuerda como cochecico. Me acuerdo que iba a la escuela sin babi, aunque otros alumnos sí lo llevaban. Era blanco con grandes bolsillos, pero no todos se lo podían permitir. en todas partes había muchos piojos y en casa mi madre nos echaba aceite y vinagre sin descanso En las calles, sin asfalto, había muchos charcos, y con los alpargatillos que teníamos pasábamos mucho frío y como en la clase no había calefacción, mi padre nos echaba una en una lata de alambre para cogerla, una paletada de ascuas de la lumbre y la llevábamos a la escuela, al que no llevaba la lata le decíamos que se arrimara a la maestra". Conversación con Vicenta de Macarro. "Álbum Escolar". Manuel Jódar y Ana Vilches. "Mi padre vendía de topo: delante del mostrador de madera había una fila de sacos, abiertos y con la boca remangada, con garbanzos, lentejas, alubias y judías; a un lado, tarros de cristal con avellanas y caramelos, una caja de galletas María a granel y otra redonda de sardinas arenques. entonces en el pueblo no había pescadero y la gente comía mucho bacalao y mucha sardina arenque. La sardina se metía en un papel de estraza y se aplastaba en el marco de una puerta para que se le abriera la carne y se sacara mejor la raspa. en el estante de detrás del mostrador se veían los paquetes de achicoria, las latas de atún, las cajas de flan chino El Mandarín, las tabletas de chocolate Virgen de la Cabeza, las pastillas verdes de jabón Lagarto y las cajas de tintes Diana. Del techo colgaban sartenes, ollas y cazos y unas cintas para que se pegaran las moscas, porque antiguamente había más moscas que ahora, dónde va a parar. Ahora, con los detergentes y con los adelantos, casi no hay moscas". ****** "Me hizo mucha ilusión acompañar a mi madre cuando me compró el equipo del colegio: una cartera que olía a cuero nuevo y bien curado, la primera cartilla y una pizarra a la que mi padre ató el pizarrín y el trapo de borrar, para que no los perdiera. Pasé la noche sin pegar ojo de la emoción, encendiendo la luz a cada momento para mirar la cartera, que estaba en la mesita de noche, y la bata del uniforme recién planchada y con las iniciales V.G.M. bordadas e el bolsillo de arriba. Como no terminaba de amanecer, me levanté, me lavé y me vestí sin hacer ruido y me senté en el saloncito con la cartera colgando a la espalda a esperar a que se hiciera de día y mi madre me llevara al colegio. Los zapatos me apretaban bastante porque eran de estreno, pero me sentía tan feliz que no me importaba". ***** "Salí de casa, con mi madre de una mano y mi hermana de la otra, por la calle de las Torres adelante, cruzándonos con los hombres que iban y venían del campo, las mulas de reata cargadas con los serones, los arados y las herramientas, y con las mujeres que acudían al mercado con el cenacho de la compra. Yo iba más orondo que un marqués pensando que todos al mirarme se daban cuenta de que iba a la escuela con la bata y la cartera nuevas. Mi madre estaba muy guapa, con su mejor vestido, el reloj chapado en oro y los pendientes de coral que se ponía en las bodas, los bautizos, en Semana Santa y el día del Corpus. Yo apretaba el paso, y si mi madre se paraba a saludar a alguien, me impacientaba. Mi hermana Presentacioncita, como llevaba más tiempo en el colegio, no tenía prisa por llegar". ***** También había muchas macetas con aspidistras y azucenas. Creo recordar que no había árboles; si acaso, algún ciprés en la puerta de la capilla o un limonero. El jardín era tan hermoso que las monjas lo prestaban para los reportajes fotográficos de bocas, comuniones y bautizos". *****
"La escuela de don Aniceto estaba en la bomba, un caserón del barrio alto con los tejados combados y llenos de hierba; y los muro despintados, agrietados y con desconchaduras por las que asomaba el tapial de barro. Si por fuera era una ruina, pro dentro era pero. Las paredes reventadas de la humedad,; las baldosas del suelo tan partidas y remendadas que no quedaba una san; los techos y las paredes chorreados de goteras porque dentro no llovía más que en la calle. El caserón había conocido mejores tiempos, como se echaba de ver por los escudos de piedra que adornaban la fachada a uno y otro lado del balcón principal y por la escalinata de mármol, ya sin un peldaño sano, que conducía al piso principal. En la guerra, cuando la Bomba fue cuartel, los soldados habían escrito sus iniciales a punta de machete en las paredes, en las ventanas y hasta en los techos. Algunos también pusieron fu fecha de nacimiento y el nombre de su pueblo. Mi padre me decía que lo hacían para que quedara algo de ellos si los mataban, porque la familia los olvida pronto, así cuando pasaran los años y alguien leyera el nombre, aunque hiciera tiempo que estuvieran criando malvas, sería como si vivieran todavía y, como cuarteles siempre habrá, el nombre puede durar en la pared más que un guijarro en medio del campo". ***** "Don Aniceto no hablaba mucho de la historia reciente y cuando alguien le preguntaba por la guerra decía "esas son cosas tristes y más vale no acordarse". Algunas veces, mientras dibujábamos o resolvíamos un problema, don Aniceto miraba por la ventana el campo, los olivos y las mieses bajo la lluvia o al sol de la primavera. Yo lo observaba con ternura cuando no se daba cuenta porque era justo, bueno y pobre, y con ese sentimiento infantil que intuye más de lo que comprende; me parecía que aquel hombre arrastraba una congoja muy grande. Cuando miraba el campo con los ojillos miopes entrecerrados, parecía ausente y remoto como si estuviera en otra galaxia". ***** "Yo comprendía bien las lecciones, pero no me las sabía de memoria con sus puntos y comas, que era como había que recitarlas en la escuela, con lo cual era raro el día que no cobraba, y algunas veces me presentaba en mi casa con las manos doloridas, las pantorrillas acardenaladas y los ojos hinchados de haber llorado, pero en lugar de buscar consuelo tenía que disimular diciendo que me había peleado con algún compañero al salir de la escuela, porque si mi padre se enteraba de que don Raimundo me había atizado por no saberme la lección era muy capaz de propinarme otra ronda con el cinto. Es que en aquellos tiempos la norma pedagógica era "La letra, con sangre entra", algo distinta a la de ahora. Mi padre, dentro de su sencillez, tenía ciertos conocimiento de pedagogía, por eso le recomendaba a don Raimundo: -Usted no le pase una, Don Raimundo. ¡No se preocupe si lo desloma, que a la juventud hay que enderezarla y la letra con sangre entra! ***** "La patrona de Navas del Prior era santa Lucía Virgen y Mártir... Los niños pobres esperaban ilusionados el día de la patrona, más que por la misa y las comuniones, por el ochío y el chocolate. entonces, aunque ya hacía años que habían levantado el racionamiento, en muchas familias todavía se pasaba hambre, y bastantes niños no cataba el chocolate más que de pascuas a ramos. A mí, que lo merendaba todos los días, me hacía menos ilusión. Aparte de que el chocolate que repartían en la fiesta de la patrona era del que se quedaba rancio en el almacén, que el alcalde le compraba a mi padre rebajado, aunque luego en la factura figuraba el precio normal. Algunos niños devoraban su ochío en cuatro bocados y se metían otra vez en la fila para reengancharse". ***** "Como entonces no bahía televisión, la capital se me antojaba otro mundo y me tenía de pasmo en pasmo. Todo me llamaba la atención: la catedral, como una montaña habitada de grajos, los bloques de pisos, los ascensores, los escaparates llenos de los cahivaches necesarios para la vida moderna, las farolas, las luces de neón, las prisas, la gente que se cruzaba por la calle sin saludarse, los autobuses grises con el letrero "Transportes Vargas Machuca", los camiones de reparto de cerveza El alcázar, los taxis negros alineados en la parada, los guardias urbanos con su gorro blanco dirigiendo la circulación desde un pedestal pintado de rayas negras, blancas y rojas, con sombrilla playera. En la cornisa del cine Cervantes, en la plaza de José Antonio, había una anuncio de neón de las lavadoras Ade y en la cornisa de Correos, en la calle Campanas, otro de la Caja Postal, en la que una moneda dorada entraba en una hucha. Por haber, hasta había estación de ferrocarril, aunque pequeña; allí vi el tren por vez primera, una locomotora enorme, de las de carbón, como las que salían en las películas del oeste". " Escuela y prisiones de Vicentito González". Juan Eslava Galán. I
|