De este retrato del Papa, pintado inmediatamente después del de
, se ha dicho que es el mejor retrato de toda Roma. Velázquez consigue
en este cuadro, sin apartarse de los esquemas tradicionales de retratos
pontificios, imponer su personal toque de novedad. Sorprende por su veracidad
y el estudio psicológico del personaje, hasta el punto de que el
propio retratado exclamó "demasiado real" al verlo.
En el cuadro dominan los tonos rojos que destacan especialmente en la luz
reflejada en la capa que cubre los hombros de Inocencio X. |