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Mi primer día en la Escuela de las Tablillas |
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Era una mañana increíble para mí, cuando todos los alumnos nos encontrábamos allí en la sala con una gran bóveda y frías paredes de piedra; los alumnos nos sentábamos en bancos de mármol. Al momento llegó nuestro profesor con un montón de tablillas de arcilla y unos punzones muy afilados. El profesor era un hombre anciano, de pelo y barba blanca, vestía con una larga túnica burdeos y sandalias de cuero negro. En la cabeza llevaba una especie de turbante. El anciano empezó a describirnos signos. Los copiábamos en las tablillas y los repetíamos de viva voz. ¡En el día llegamos a conocer catorce signos!; cuando finalizó esta clase me sentí el ser más feliz de toda la tierra. Unos meses después ya teníamos cierta capacidad para leer y escribir los signos. Un buen día un sacerdote llamado Benka Lí del templo “Iris” fue a la Casa de las Tablillas y le pidió a nuestro maestro que le mandase un alumno para el poder enseñarle como se llevan los negocios del templo y mi maestro pensó que yo era la persona adecuada, así que le obedecí y me fui con Benka Lí. A las ordenes del sacerdote estuve veintitrés años y aprendí todo lo referente a los signos de la escritura y negocios. Con el paso de los años fui unos de los mejores escribas del reino. Esto conllevó a que mi familia, yo y todos mis descendientes tuviéramos una posición privilegiada dentro de la sociedad. Algunos familiares y descendientes llegaron a ser funcionarios y estatales. Ángela Raposo Ramos 6º-B. Curso 06/07 |
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